Educar
Es difícil, posible y bello
Palabras a padres y maestros
P. Ángel
Rossi SJ.
Lo primero que creo puede ser importante es
plantearme y plantearles
¿a quién le quiero dirigir estas palabras?
Y en este sentido me hace bien imaginar que estas
páginas,
las pudieran leer la mamá que se ha levantado temprano
y está preparando el desayuno para el marido y los
chicos,
para después empezar todos, cada uno en lo suyo, el trajín
del día,
O el papá que mientras se afeita piensa en todo lo
que le espera en el trabajo,
mientras se le cruzan los rostro y ' las
dificultades de la casa.
Se las quisiera decir al educador -la maestra, el
profesor,
la directora, el preceptor, la secretaria, el
portero-
que está
yendo a su colegio, escuela o universidad,
para empezar la labor educativa,
unos mirando por la ventanilla del tren o del
ómnibus,
si tuvieron la suerte de conseguir asiento,
otros caminando por el pueblo,
saludando al paso a todos, porque todos conocen al
maestro o la maestra,
otros a caballo por las picadas del monte,
o por los senderos de las montañas, otros en botes,
nimbo a las islas.
Y ¿qué querría decir/es? Creo que querría animarlos
diciéndoles estas tres verdades,
con las que hace más de diez anos el Cardenal
Martini
describió lo que significa el desafío de educar
hoy(1)
”que educar es ciertamente difícil,
pero a pesar de todo posible
y sobre todo y fundamentalmente bello”.
Es difícil
Por lo que vemos y sobre todo por lo que nos toca vivir cada día en nuestras casas, en el colegio. En los ambientes donde se mueven los chicos (hijos alumnos) experimentamos que
realmente es así, que es difícil educar. ~ 1uchos padres y maestros viven incluso esta dificultad con una fuerte sensación
de impotencia, y hasta de inutilidad, que se manifiesta en una carga grande de agobio, de duelo. En una desazón que los lleva a plantearse con hondo pesimismo el sentido de tanto esfuerzo educativo puesto en ello, o a desentenderse inmaduramente de su misión.
Educar es difícil porque surgen valores nuevos y se desprecian los viejos. Porque hay costumbres que se han modificado notablemente. Por sólo citar alguna: cada vez hay menos tiempo
libre, estamos perdiendo el valor de lo gratuito. Hoy en las ciudades es casi un sueño sentarse a la mesa juntos, escuchamos, compartir cosas, o estando implemente en familia, sin hacer nada, pero juntos. Y aún siendo un triunfo el juntamos, cuántas veces sin embargo dejamos que el televisor nos robe la atención rompiendo el círculo familiar, por un semicírculo que muchas veces nos libera de un compartir maduramente los hechos de la ida cotidiana.
Nos hemos vuelto tan geniales que ya no tenemos tiempo ni para jugar, lo cual paradójicamente es muy serio, y si lo hacemos, muchas veces es de espaldas a la gente, frente a una pantalla fría, impersonal de computadora ¡Estamos solos hasta para jugar!
Educar es difícil porque hay muchas certezas puestas en duda. Porque ha cambiado el valor de las instituciones.
Hay un fuerte rechazo a la familia que a la vez convive -aunque suene contradictorio- con una cada vez mayor necesidad y reclamo solapado de ella. Es cierto que ha cambiado la relación joven-adulto, y que hay una mayor igualdad -como cosa positiva-, pero con la dificultad de que muchas veces esto nos sirve de pretexto para liberamos de nuestra misión de autoridad: de maestro o de padre. El Papa dice que uno de los dramas de nuestros tiempos es la orfandad, y la peor de ellas, la orfandad con padres vivos. "La escala de valores paternales -dice Martín Descalzo- que durante siglos sirvió de última referencia, de respaldo vital a muchas generaciones parece haber hoy desaparecido. Ni los jóvenes parecen creer en sus padres ni tienen muchos padres el coraje de serlo en plenitud... Esa falta o minusvaloración de los padres gesta una enorme soledad. Y por lo tanto vemos muchos jóvenes y hombres grandes reaccionando con actitudes muy típicas de aquellos que perdieron a su padre en la primera infancia".
Por supuesto que no pretendemos defender ciertas formas de ser padre o maestro que no eran sino autoritarismos opresores y asfixiantes, pero sucede que, quizás por reacción a esta caricatura de la paternidad o de la autoridad, "hemos pendulado hacia el extremo opuesto y muchos padres han abdicado de su función en nombre de una supuesta libertad, que ciertamente permitirá vivir más cómodamente a los hijos o a los alumnos, pero también más huérfanos
Tenemos que convencemos que los chicos lino aman los rigorismos ni Las durezas absurdas, pero tampoco aman la confusión de una libertad llena de vacilaciones. Hay que convencerse que en el amor al padre, al maestro, no hay simple afán de seguridad y miedo a la aventura. Hay algo más sólido: hay el reconocimiento de que el hombre tiene mucho que ver con sus propias raíces y que se realizará verdaderamente en la medida que sea fiel a ellas" (4), sin perder por supuesto su propia originalidad, su capacidad de crear libremente muchas cosas nuevas. Hay en nuestros jóvenes una inmensa nostalgia de tierra firme y si no la encuentran en sus padres o maestros la irán a buscar en cualquier ideología o en cualquier amigote que les haga de padre, y si no, mendigarán en los falsos refugios sustitutivos o alienantes de la bebida, de la droga o del sexo loco, porque la necesidad de ese horizonte de referencia seguro es algo que el ser humano lleva en sus entrañas, y por lo tanto, bien o mal, no dejarán de buscarlo.
Educar es difícil porque los jóvenes no tienen suficientes modelos adultos creíbles. Ven caer las ideologías con todas sus promesas fascinantes, ven súper-hombres transformados en pobres-hombres, que deciden los destinos del mundo y no pueden gobernar su propio corazón, que juegan a ganar grandes guerras, y pierden bataholas de pasillo. que son amos del mundo, y extranjeros en su casa.
Ven figuras de adultos que lideran multitudes que proponen proyectos grandes para su pueblo, a las que se adhieren, y en pocos meses encuentran a los
mismos líderes sentados frente a un tribunal, ya no proponiendo nada para el bien de los otros, sino cuidando el propio pellejo, haciendo malabarismos para zafar de marchar presos. No es el hecho aquí de hablar de culpabilidades o inocencias, eso no nos corresponde si no lo podemos probar.
Lo que queremos remarcar aquí es el shock desarmante que provoca en el corazón del joven este contraste tremendo: el hasta ayer "ídolo ", hoy" reo"; el hasta ayer confiable y "seguible", hoy un "sospechoso". Esto provoca necesariamente en el joven este no creer ya en nada ni en nadie, este hacer la suya, actitud que de a poco se va convirtiendo en un modo de vivir, de relacionarse, de juzgar las cosas y las personas.
Y si esto sucede con los personajes públicos no es menos grave el hecho de que muchas veces encuentran. En nosotros -los más cercanos, los que deberíamos ser puntos de referencia claros en su vida de fe- gesto o actitudes que contradicen radicalmente lo que les predicamos convirtiéndonos para ellos en factor de hondos desencantos, en piedra de tropiezo.
Educar es
difícil porque para hacer frente a una carrera de competencia zoológica, se educa al hijo para el éxito, para que un día ocupe los primeros puestos, para que tenga más, para que sea más grande que los otros. Y así tenemos un inmenso rejunte de monstruitos educadísimos, eso sí: trilingües, brillantes en
eficiencia, en capacidad de trabajar sin descanso, empachados de títulos, preparados para servir a un sistema por el que
sacrificarán inhumanamente horas de sueño, de familia, de noviazgo o amistades, de servicio solidario a los demás; por el que tendrán que practicar fríamente -y sin culpas porque todo se hace en regla- recortes de
sueldos o jubilaciones, contratos indignos, despidos despiadados. Para, finalmente, ser por el mismo sistema sacrificados -para lo cual en cambio nunca se está preparado- cuando ya las neuronas se empasten un poco, cuando cometamos dos errores seguidos en las cuentas, o el simple pero gravísimo error de cumplir 40 ó 45 años.
Educar es
difícil porque se ha confundido la formación del corazón con una especie de training exigentísimo, que ha hecho de la eficiencia un fin, olvidándonos que es
válida y necesaria, pero siempre se inscribirá en el ámbito de los medios, y que cada vez que pierde su condición se convierte en un becerro de oro, a cuyo alrededor bailan un montón de idólatras, que a poco
de adorarlo se chasquean. Convenzámonos que el fin para el que nos educamos y formamos es la solidaridad y el servicio, y que la eficiencia no es más que
una servidora que recibe su dignidad o indignidad no de sí misma, sino del fin al que sirve. Lo que necesitamos son hombres para los demás, olvidados de sí, convencidos que hay
triunfos en la vida que tienen forma de fracaso, que se puede ganar perdiendo, que se es más feliz dando que acumulando. Que llena mucho más el corazón una pobreza digna con amor, que una opulencia indigna, o deshonesta. Que nada ni nadie nos puede hacer tirar a los costados del camino, si no queremos, virtudes como la lealtad, la fidelidad, la amistad, la justicia, la fe, la bondad.
En fin, por todo esto, y por muchísimos factores quizás tan serios como los que hemos citado, convengamos que no es fácil educar. Para ello -dice Fermín Gainza con una sana mezcla de idealismo y humor-:
"... uno tiene que llevar en el alma:
un poco de marino,
un poco de pirata,
un poco de poeta,
y un kilo y medio…
de paciencia concentrada”
Es posible
Si las dificultades
arriba mencionadas nos llevaran
a concluir
que educar hoy es prácticamente
imposible,
seria una mentira
y traicionaría el mensaje central de
estas páginas: y es que
ciertamente se puede. El educador tiene que
ser un hombre, una mujer lleno de
esperanza: tiene que creer que vale
la pena enseñar,
tiene que tener la convicción de que toda persona
es educable, capaz de crecer, de mejorar
de modificar relaciones
y modos de actuar.
Hablando de este aspecto nos dice Savater:
"En
la tarea de educar el optimismo es de rigor. ...
Podemos
ser ideológicamente o metafísicamente
profundamente pesimistas.
Podemos estar convencidos
de la omnipotente
maldad o de la
triste estupidez del sistema, de la
diabólica
micra física del poder,
de la esterilidad a medio
o largo plazo
de todo esfuerzo humano y de que 'nuestras
vidas son los ríos que van a
dar a la mar,
que es el
morir'
(...) Como individuos
y como ciudadanos tenemos derecho a verlo todo...
muy negro.
Pero en cuanto
educadores no nos
queda más remedio
que ser optimistas, ¡ay!
Y es que la enseñanza presupone
el optimismo
tal como la natación exige un medio líquido
para ejercitarse
... Quien sienta
repugnancia ante el optimismo, que
deje la enseñanza
...
Porque educar
es creer
en la perfectibilidad
humana, en la capacidad innata
de aprender
y en el
deseo
de saber que la anima,
en que
hay cosas (símbolos,
técnicas,
valores,
memorias, hechos
... ) que
pueden
ser sabidas
y que merecen
serio,
en que los
hombres
podemos
mejoramos unos a
otros
por medio
del
conocimiento"
(5).
Algunos dedicados a
la educación
cifrarán esa
posibilidad
en las nuevas leyes y
metodologías.
Y creo que es
una ilusión válida. Pero,
¡ojo!,
toda nueva
ley será fecunda en
la medida que se
apoye sobre la única
ley que
no pasa, que
resiste al
tiempo: la ley del amor,
lo que San Ignacio
llamaba la interna ley
de la caridad.
Una ley
que considera
a Dios ser
supremo y que respeta y ama
al ser humano,
y busca su
dignidad
y su felicidad. Una ley no
escrita en los
papeles sino
grabada a fuego
por Dios en lo profundo de nuestro
corazón
y del corazón de todos nuestros
hijos y alumnos.
Todas las
demás, aún
las más geniales, fecundas
y bien intencionadas,
van a la deriva de los
tiempos, de las necesidades,
de las circunstancias,
de los vaivenes políticos
o de las ideologías.
Y para nosotros
esta ley del amor tiene, o debería tener,
una sana obsesión, una única
fragilidad incurable: los más débiles,
los pequeños, los más
pobres, los ancianos,
los que el mundo arrincona
o desecha
porque no producen. Y es
cierto: no producen
ganancias, al contrario,
ellos hacen que no nos cierren
los números. No son los
que nos van a liberar del efecto
tequila,
caipirinha o peperina,
pero son el reservorio misterioso
de la sabiduría de
Dios y de su ternura,
son esa fuente de agua limpia
a la que nuestras
ocupaciones, siempre más
importantes que
jugar con un niño
y perder tiempo con un abuelo,
muchas veces y tramposamente
ya no nos permiten acceder,
privándonos de algo a
10 que ellos tienen derecho y
nosotros necesidad. Y así andamos,
muriéndonos de sed al lado
de la fuente.
En definitiva
esa será la clave,
el elemento
que nos permite discernir
cuál es la ley que nos rige, que
sustenta nuestros
esfuerzos. Y
será el signo infalible para juzgar
si nuestras
instituciones: familia, colegio, parroquia,
realmente son humanas y
cristianas, o si como tristemente
se ve en muchos casos,
nos hemos ido acomodando, y en
definitiva vueltos cómplices
piadosos del
mismo sistema cruel
que criticamos. Este
amor real, encarnado en gestos y que
tiene una opción
no exclusiva pero sí
preferencial por los más débiles,
por los que más sufren,
debería ser junto con el
gozo -que no
es sino un signo del amor-lo
que nos distinga, así
como fue el distintivo
de aquellas primeras
comunidades de cristianos de las que
decían admirados:
¡Cómo se aman!
¿Dicen de mi
familia o de mi colegio?, ¿Cómo
se aman, qué alegría
tienen? ¿Seducimos con nuestro amor
y con nuestro
gozo?
Decía Paulo VI hace años: La paz
es posible,
porque es posible el amor,
y creo que no es impertinente
robarle la idea y decir
sin miedo: Educar es posible,
porque es posible
el amor. Y el amor todo
lo puede, todo lo cree, todo
lo espera,
todo lo soporta.
Soporta... y no pasará jamás
(1 Cor. 13).
Dicho
de otro modo: educar
será posible
mientras haya amor: amor
a Dios, amor de familia,
amor de hermanos, al colegio y a su
gente. "La educación es cosa
del corazón -nos
decía San
Juan Bosco-:
el que se sabe
amado, ama abre
su corazón,
aprende,
se da a conocer,
se brinda" y hasta en casos heroicos,
llega a dar la
vida por los que ama, como dice el Evangelio.
Educares posible si renovamos
lo que Martini llama
la caridad educativa,
y que requiere conocer
las necesidades profundas
de los chicos, a través
de un diálogo
educativo,
que
exige que
los educadores
representen para los chicos verdaderas
figuras paternas
y maternas,
que sepan escucharlos
aunque sus palabras
hieran, que
sepan interpretar y tener paciencia de sus silencios
e indiferencias, que hagan
sentir a los chicos que valen por lo
que son, no
por lo que hacen.
Educar
es posible en la
medida que renovemos
la conciencia
profunda
de que la grandeza de un padre, de una
madre, de
un maestro, se la
da paradójicamente la fragilidad
que cuida.
Educar
es posible en la
medida que el padre o maestro no
se avergüence de la debilidad
de su hijo o alumno, si se anima
a abrazar con él
sus problemas.
Si apuesta
a la sabiduría de saber que no son todos
iguales y que
por lo tanto
la educación
no se vale de recetas
fijas:
tendrá que
ver qué necesita
cada uno, y así
mientras anima al tímido,
frena al
atropellado;
mientras aumenta
la dosis de ternura
y palabras de valoración
con el apichonado, se muestra
firme con aquel
al que se le han subido los
humos y necesita
ser reubicado.
Si respeta sus fuerzas y no maltrata
sus límites ni por exceso ni por defecto.
Si corrige siempre con
horizonte de cariño.
Si se
anima a educar
en ese equilibrio
difícil pero necesario de
una ternura que no es debilidad y una
firmeza
que no es dureza.
Si los anima a no
tener miedo a los sueños
grandes
y por ello
no descuidar
ni desmerecer los
gestos pequeños.
Si es fuerte
para poner un límite y más fuerte aún para
esperar (6).
Sí, es posible
educar hoy sin
alienarse de los
tiempos que nos toca
vivir cayendo en
un espiritualismo
desencarnado -y por lo tanto
no cristiano-
ni claudicar,
entregando a cambio
de comodidades
o beneficios
mezquinos, valores
que no se negocian.
O, cansados
de pastorear el gran
rebaño -rebelde y
difícil, y por
lo tanto poco
gratificante-,
dedicarnos
a formar exclusivamente
algunas cabecitas
escogidas o de buenos
modales que no
nos enerven
y sobre todo,
que nos hagan
quedar bien.
Poniendo
al amor por
nuestros hijos y
alumnos corno piedra
fundamental
que sostiene
todo el edificio
educacional, Saint Exupéry
en su obra póstuma
e inconclusa,
Ciudadela, y encarnado
en el responsable
de aquella ciudadela
(para nosotros
en este caso el
papá, la
mamá, la maestra,
el director
o responsable
del colegio)
dice:
"Hice
venir a los
educadores y les dije: No
maten al hombre,
presente
en germen en los pequeños,
ni los transformen
en hormigas para
que sostengan la vida
del hormiguero. Poco importa que el hombre
esté más o menos
colmado.
Importa
que sea más
o menos
hombre.
No
los llenen
de fórmulas vacías,
sino de imágenes
cargadas de estructuras
(de valores) que los ayude
a enfrentar
la vida con
dignidad.
No
los llenen
de conocimientos
muertos.
Y en cambio ayúdenlos a
forjar un
estilo propio.
No
juzguen sus aptitudes
por
su aparente
facilidad
para una cosa u otra.
Porque tiene más mérito
el que
más trabaja
venciéndose
a sí
mismo. Y para juzgarlos consideren siempre en primer
lugar
su amor.
Enséñenles
el respeto,
y no la ironía,
que los
hace ir para atrás
y despreciar
los rostros
de sus hermanos o compañeros.
Ayúdenlos
a luchar
contra los
lazos del hombre por los bienes
materiales,
para que no se endurezcan.
Enséñenles a rezar,
porque
con la plegaria se
dilata el alma.
Les
enseñarán
el ejercicio
del amor. Porque a éste nadie
lo puede
reemplazar.
Y recuérdenles
que el amor egoísta, el excesivo
amor de sí mismo es exactamente
lo contrario del amor.
Corrijan
en primer
término
la mentira
y la delación.
Recuérdenles
que solamente
la fidelidad
nos hace fuertes.
Y que
no puede
haber
fidelidad en un campo y no en el otro. El que es
fiel,
es siempre
fiel.
Y no es
fiel
quien puede
traicionar
a su
compañero de
labor.
Les enseñarán de
a poco el
perdón
y la
caridad.
Enséñenles
la maravillosa
colaboración
de todos por
todos y por
cada uno.
Si son
fieles a todo
esto
que les
he dicho,
entonces
el cirujano
se apresurará
a cruzar
corriendo
el desierto
para reparar
la rodilla de un humilde
peón.
Porque
sabrá que
ambos
son vehículos
(mensajeros)
del amor, y ambos
tienen
el mismo
conductor:
Dios" (7).
Y aprovechando
el envión que nos
da Saint Exupéry
podríamos agregar:
Y entonces
el político no será
el paradigma
del corrupto,
como tanta
gente cree, y tantos
políticos
se encargan
de que así lo crean.
Y el empresario
sabrá que cada
uno de sus obreros lleva
atrás una familia,
tan digna como
la propia y que todos
y cada uno de esos rostros
valen más que
todo 10 que
tiene, que
son su mejor
capital.
Entonces
el abogado no
se aprovechará
de la sencillez y el
sufrimiento de
la gente.
Y el ingeniero
y el arquitecto
soñarán no tanto en construir
la mejor de
las mansiones con la más infranqueable
de las murallas,
sino un barrio de casas digna para la gente sencilla.
Entonces
el sacerdote pastoreará a su rebaño, y en vez de
vivir de su lana y cuidar de las ovejas fuertes
que adulonamente
le dicen que es una monada, saldrá a campear
a las más débiles,
a las más alejadas,
a las que por mil circunstancias
andan heridas en los
desfiladeros
de la vida y necesitan
ser buscadas,
entablilladas
con delicadeza
y cargadas sobre
sus hombros,
que es propiamente
lo que nos define como
sacerdotes:
el hacemos
cargo de los otros.
Entonces la excelencia
de nuestra medicina
y de nuestra
educación
no será un lujo al
que acceden unos
pocos, como
cada vez
más está sucediendo,
sino lo que debe ser:
un derecho inalienable
del pueblo
al que acceda
con la naturalidad
con que un niño
mete su jarrito
en el pozo
para tomar
la mejor de las
aguas.
Es bello
Me dirán
a esta altura:
-Padre,
dejemos de soñar.
Bajemos
a la realidad.
Y yo les
diré: -¡Ni loco!,
no quiero dejar
de soñar,
porque si
dejamos de
hacerla dejaremos
de ser cristianos,
y no tendrá
sentido ni
nuestra palabra,
ni nuestros gestos,
ni nuestra conducción
en la escuela,
ni cada uno de
los consejos
que pueda decir
un maestro a su
alumno, un
padre a su hijo.
No, no quiero
dejar de
soñar, no podemos
dejar de
soñar. Si lo hacemos
traicionaríamos
a nuestros hijos,
corromperíamos
a nuestros alumnos!
Si educar
es bello en gran
parte es por esto: porque
es misión
de soñadores,
que a su vez cuidan,
protegen, hacen crecer
sueños de
otros: de los
hijos, de los alumnos.
"Hay
que seguir soñando
y sembrando
empecinadamente,
como lo hace
el sembrador, en esperanza
de que el mañana multiplique
lo que hoy
desparrama,
sin saber lo que
decidirán
las lluvias,
las heladas,
los calores
... Sabe sí que tiene que
sembrar. No es un
ingenuo,
sabe también
de la ingratitud de
esa tierra,
sabe que parte
de lo sembrado
se va a perder.
Sabe que hay
zonas que parecen
buena tierra
pero abajo tienen piedra,
sabe que va
a tener
que llorar
por plantas que
cuando sólo les
faltaba fructificar
murieron
asfixiadas. Y sin embargo
no mezquina
en la siembra, porque
¿quién
que ame realmente
no está dispuesto
a perder
mucho por lo que
ama'!
Durante
años, aquel
hombre ha repetido
este gesto
de esparcir
todas las semillas,
de arriesgar
todo en la siembra,
de volver
a la casa con la bolsa
y las manos
vacías, y el
corazón lleno
de ilusiones
de que Dios bendiga
este año con buenas lluvias.
De su parte lo dio
todo: aró la tierra y la sembró.
Ahora
las cosas están
en manos de Dios, tendrá
que esperar
¿ Quién
que ame realmente
no está dispuesto
a esperar
mucho ? dentro
de algunos
meses contemplará
entre risas
y festejas
de familia el campo lleno
de frutos, y se
lanzará
a la cosecha
con todos los suyos
y algunos más
que vengan a
darle una
mano de los campos vecinos, o
quizás se
secará a escondidas
las lágrimas, simulará
una sonrisa a los suyos
y les dirá:
'Y bueno ...
Dios quiera que el año
que viene nos
sea propicio'.
y volverá
a salir, a abrir los surcos,
y a sembrar la
tierra, con la misma generosidad
empecinada.
Y volverá
en ese gesto, una vez
más a morir, para empezar
a resucitar
en esperanza.
Es la suerte
de todo sembrador:
de los padres
para los hijos, del
maestro para los alumnos,
de quien trabaja en
las fronteras sociales
buscando una
vida digna
para su pueblo.
De la mamá que
todos los
días vuelve a comenzar
el trabajo de la
casa. De la enfermera
que cambia por enésima vez
a su paciente para tener que
volver a hacerlo quizás
en un ratito
más. Es la suerte
de todos
aquellos que quieren
a pesar de sus límites y debilidades,
que la Palabra pase por sus
palabras y el
Amor por sus gestos.
'Sólo el
hombre en quien el invierno no
ha asesinado la esperanza,
es un hombre
con capacidad de sembrar -dice
bellamente Menapace-
tenemos que comprometer
nuestras manos en la
siembra del
amor. Que
la madrugada nos encuentre
sembrando ...
con cariño, con verdad, con desinterés,
jugándonos
limpiamente
por la luz en la
penumbra del
amanecer. Trabajo
simple que nadie verá y que no será
noticia. Porque la
única noticia auténtica
de la siembra la da sólo la tierra y la historia ...
Que la mañana
nos pille
sembrando" (8).
Y sepan
"los que se dedican a sembrar las
infancias de sus hijos
y alumnos de gestos de amor, que antes
o después, cuando
pase el tiempo de las
palabras, cuando el
viento se lleve
las ideologías
que alguien
prendió
con alfileres
en nuestro
corazón,
lo que quedará
en el recuerdo
serán aquellos gestos, el cariño
en el modo
de enseñar, la ternura
que hubo durante
una enfermedad
o dolor de
familia, el amor silencioso
de las horas
oscuras...
" (9).
Es bello
porque es algo
muy parecido
a lo que Dios
hace con nosotros
en esa imagen
bíblica tan
linda del Alfarero,
que mete mano
en el barro
de nuestro
corazón y de a poquito,
le va dando forma.
Y de pronto,
es como si dijera
al papá o al maestro:
-Reemplázame un ratito,
seguí
un poco vos. Y entonces
uno también mete
manos y le ayuda
a Dios, no por
capricho nuestro, sino
suyo.
Es bello
pensar que el día
que los hijos
y los alumnos le entreguen
el alma a Dios,
ella tendrá,
como dice
el poeta, un poquito del
olor a las manos
de Dios y también
otro poquito
del olor a nuestras
manos.
Educar
es un arte
gozoso. No
un trabajo forzado.
No un fin de lucro.
Es ayudar en
la creación
armoniosa
y feliz
de una persona,
y cuando se vive así
la satisfacción
de los padres
y de los maestros
es la misma que
la del
artista
frente
a su obra de arte.
Por lo tanto,
es algo que no tolera
receta o fórmulas
pétreas, sino
que exige originalidad,
gozo, respeto
de la individualidad
y originalidad
del alumno o del hijo.
Volvemos
la mirada a ese papá,
mamá, maestra
o profesor,
secretaria o portera
que han
comenzado
el día en su
casa o que van
camino al colegio, para decirles
que no le aflojen,
que vale la pena,
que -como dice
Gainza
tomando
la imagen
clásica de
la vida como un viaje,
arduo pero hermoso-:
"Es
consolador soñar
mientras
uno trabaja,
que ese barco,
ese niño
irá muy lejos
por el agua.
Soñar
que ese navío llevará
nuestra carga de palabras,
y de
amor,
hacia puertos distantes,
hasta islas
lejanas.
Soñar que
cuando un día esté durmiendo
nuestra propia barca,
en barcos
nuevos seguirá nuestra
bandera enarbolada".
Referencias
1.C.M.
MARTINI, Interioritá
e futuro (Bologna,
EDB, 1988),438-450.
2.JOSÉ
LUIS MARTÍN DESCALZO,
El desmadre
y el despadre,
en Razones para la esperanza
(Madrid, Atenas,
1993), págs.
155-157.
3.Ibid.
4.Ibid.
5.FERNANDO
SAVATER, El valor de
educar (Barcelona,
Ariel, 1997),
p. 18.
6.Cfr. JORGE
MARIO BERGOGLIO S.J.,
El superior
local, en Meditaciones
para religiosos (San
Miguel,
Ed. Diego de Torres,
1982), págs.
105-128 ..
7.ANTOINE DE SAINT EXUPÉRY, Ciudadela
(Bs. As., Ed. Goncourt, 1983),
págs. 95-96.
8.Cfr.
ÁNGEL ROSSI, S.J.,
Semillas de
cielo y tierra
(Bs. As. Sudamericana,
1997) págs.
20-40.
9.JOSÉ
LUIS MARTÍN DESCALZO, Razones
para el amor
(Madrid, Atenas, 1996), p.
101.