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MCC SAN MARTIN - ESCUELA DE DIRIGENTES
Movimiento de Cursillos de Cristiandad - Diócesis de General San Martín - Buenos Aires - Argentina - Para meditar este mes: "Dios en Cristo te Ama"

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06 de Octubre, 2011 · GENERAL

EDUCAR ES DIFICIL, POSIBLE Y BELLO

 Educar

 Es difícil, posible y bello

  Palabras a padres y maestros

 

 P. Ángel Rossi SJ.


 
 

 

 

Lo primero que creo puede ser importante es plantearme y plantearles

¿a quién le quiero dirigir estas palabras?

Y en este sentido me hace bien imaginar que estas páginas,

las pudieran leer la mamá que se ha levantado tem­prano

y está preparando el desayuno para el mari­do y los chicos,

para después empezar todos, cada uno en lo suyo, el trajín del día,

O el papá que mientras se afeita piensa en todo lo que le espera en el trabajo,

mientras se le cruzan los rostro y ' las dificultades de la casa.

Se las quisiera decir al edu­cador -la maestra, el profesor,

la directora, el pre­ceptor, la secretaria, el portero-

que está  yendo a su colegio, escuela o universidad,

para empezar la la­bor educativa,

unos mirando por la ventanilla del tren o del ómnibus,

si tuvieron la suerte de conse­guir asiento,

otros caminando por el pueblo,

salu­dando al paso a todos, porque todos conocen al maestro o la maestra,

otros a caballo por las pica­das del monte,

o por los senderos de las montañas, otros en botes, nimbo a las islas.

Y ¿qué querría decir/es? Creo que querría animarlos diciéndoles estas tres verdades,

con las que hace más de diez anos el Cardenal Martini

describió lo que significa el desafío de educar hoy(1)

 

”que educar es ciertamente difícil,

pero a pesar de todo posible

y sobre todo y fundamentalmente bello”.



Es difícil

 

Por lo que vemos y sobre todo por lo que nos toca vivir cada día en nuestras casas, en el colegio. En los ambientes donde se mueven los chicos (hijos alumnos) experimenta­mos que realmente es así, que es difícil educar. ~ 1uchos pa­dres y maestros viven incluso esta dificultad con una fuerte sensación de impotencia, y hasta de inutilidad, que se mani­fiesta en una carga grande de agobio, de duelo. En una desazón que los lleva a plantearse con hondo pesimismo el sentido de tanto esfuerzo educativo puesto en ello, o a deentenderse inmaduramente de su misión.

Educar es difícil porque surgen valores nuevos y se des­precian los viejos. Porque hay costumbres que se han modificado notablemente. Por sólo citar alguna: cada vez hay menos tiempo libre, estamos perdiendo el valor de lo gratuito. Hoy en las ciudades es casi un suo sentarse a la mesa juntos, escuchamos, compartir cosas, o estando im­plemente en familia, sin hacer nada, pero juntos. Y n sien­do un triunfo el juntamos, cuántas veces sin embargo deja­mos que el televisor nos robe la atención rompiendo el círcu­lo familiar, por un semicírculo que muchas veces nos libera de un compartir maduramente los hechos de la ida cotidiana.

Nos hemos vuelto tan geniales que ya no tenemos tiem­po ni para jugar, lo cual paradójicamente es muy serio, y si lo hacemos, muchas veces es de espaldas a la gente, frente a una pantalla fría, impersonal de computadora  ¡Estamos solos hasta para jugar!

Educar es difícil porque hay muchas certezas puestas en duda. Porque ha cambiado el valor de las instituciones.

Hay un fuerte rechazo a la familia que a la vez convive -aunque suene contradictorio- con una cada vez mayor nece­sidad y reclamo solapado de ella. Es cierto que ha cambiado la relación joven-adulto, y que hay una mayor igualdad -como cosa positiva-, pero con la dificultad de que muchas veces esto nos sirve de pretexto para liberamos de nuestra misión de au­toridad: de maestro o de padre. El Papa dice que uno de los dramas de nuestros tiempos es la orfandad, y la peor de ellas, la orfandad con padres vivos. "La escala de valores paterna­les -dice Martín Descalzo- que durante siglos sirvió de últi­ma referencia, de respaldo vital a muchas generaciones pare­ce haber hoy desaparecido. Ni los jóvenes parecen creer en sus padres ni tienen muchos padres el coraje de serlo en ple­nitud... Esa falta o minusvaloración de los padres gesta una enorme soledad. Y por lo tanto vemos muchos jóvenes y hobres grandes reaccionando con actitudes muy típicas de aque­llos que perdieron a su padre en la primera infancia".

Por supuesto que no pretendemos defender ciertas for­mas de ser padre o maestro que no eran sino autoritarismos opresores y asfixiantes, pero sucede que, quizás por reacción a esta caricatura de la paternidad o de la autoridad, "hemos pendulado hacia el extremo opuesto y muchos padres han abdicado de su función en nombre de una supuesta libertad, que ciertamente permitirá vivir más cómodamente a los hijos o a los alumnos, pero también más huérfanos

Tenemos que convencemos que los chicos lino aman los rigorismos ni Las durezas absurdas, pero tampoco aman la confusión de una libertad llena de vacilaciones. Hay que con­vencerse que en el amor al padre, al maestro, no hay simple afán de seguridad y miedo a la aventura. Hay algo más sóli­do: hay el reconocimiento de que el hombre tiene mucho que ver con sus propias raíces y que se realizará verdaderamente en la medida que sea fiel a ellas" (4), sin perder por supuesto su propia originalidad, su capacidad de crear libremente mu­chas cosas nuevas. Hay en nuestros jóvenes una inmensa nos­talgia de tierra firme y si no la encuentran en sus padres o maestros la irán a buscar en cualquier ideología o en cualquier amigote que les haga de padre, y si no, mendigarán en los fal­sos refugios sustitutivos o alienantes de la bebida, de la droga o del sexo loco, porque la necesidad de ese horizonte de refrencia seguro es algo que el ser humano lleva en sus entrañas, y por lo tanto, bien o mal, no dejarán de buscarlo.

Educar es difícil porque los jóvenes no tienen suficien­tes modelos adultos creíbles. Ven caer las ideologías con to­das sus promesas fascinantes, ven per-hombres transforma­dos en pobres-hombres, que deciden los destinos del mundo y no pueden gobernar su propio corazón, que juegan a ganar grandes guerras, y pierden bataholas de pasillo. que son amos del mundo, y extranjeros en su casa.

Ven figuras de adultos que lideran multitudes que pro­ponen proyectos grandes para su pueblo, a las que se adhie­ren, y en pocos meses encuentran a los mismos líderes senta­dos frente a un tribunal, ya no proponiendo nada para el bien de los otros, sino cuidando el propio pellejo, haciendo malabarismos para zafar de marchar presos. No es el hecho aquí de hablar de culpabilidades o inocencias, eso no nos corresponde si no lo podemos probar.

Lo que queremos remar­car aquí es el shock desarmante que provoca en el corazón del joven este contraste tremendo: el hasta ayer "ídolo ", hoy" reo"; el hasta ayer confiable y "seguible", hoy un "sospechoso". Esto provoca necesariamente en el joven este no creer ya en nada ni en nadie, este hacer la suya, actitud que de a poco se va convirtiendo en un modo de vivir, de relacionarse, de juz­gar las cosas y las personas.

Y si esto sucede con los personajes públicos no es me­nos grave el hecho de que muchas veces encuentran. En nostros -los más cercanos, los que deberíamos ser puntos de refe­rencia claros en su vida de fe- gesto o actitudes que contradi­cen radicalmente lo que les predicamos convirtndonos para ellos en factor de hondos desencantos, en piedra de tropiezo.

Educar es difícil porque para hacer frente a una carrera de competencia zoológica, se educa al hijo para el éxito, para que un a ocupe los primeros puestos, para que tenga más, para que sea más grande que los otros. Y así tenemos un in­menso rejunte de monstruitos educadísimos, eso sí: trilingües, brillantes en eficiencia, en capacidad de trabajar sin descanso, empachados de títulos, preparados para servir a un sistema por el que sacrificarán inhumanamente horas de sueño, de fa­milia, de noviazgo o amistades, de servicio solidario a los de­s; por el que tendrán que practicar fríamente -y sin culpas porque todo se hace en regla- recortes de sueldos o jubilacio­nes, contratos indignos, despidos despiadados. Para, finalmen­te, ser por el mismo sistema sacrificados -para lo cual en cabio nunca se está preparado- cuando ya las neuronas se epasten un poco, cuando cometamos dos errores seguidos en las cuentas, o el simple pero gravísimo error de cumplir 40 ó 45 años.

Educar es difícil porque se ha confundido la formación del corazón con una especie de training exigentísimo, que ha hecho de la eficiencia un fin, olvidándonos que es válida y necesaria, pero siempre se inscribirá en el ámbito de los me­dios, y que cada vez que pierde su condición se convierte en un becerro de oro, a cuyo alrededor bailan un montón de idó­latras, que a poco de adorarlo se chasquean. Convenzámonos que el fin para el que nos educamos y formamos es la solidari­dad y el servicio, y que la eficiencia no es más que una servido­ra que recibe su dignidad o indignidad no de sí misma, sino del fin al que sirve. Lo que necesitamos son hombres para los demás, olvidados de sí, convencidos que hay triunfos en la vida que tienen forma de fracaso, que se puede ganar perdien­do, que se es más feliz dando que acumulando. Que llena mucho más el corazón una pobreza digna con amor, que una opulencia indigna, o deshonesta. Que nada ni nadie nos pue­de hacer tirar a los costados del camino, si no queremos, virtu­des como la lealtad, la fidelidad, la amistad, la justicia, la fe, la bondad.

En fin, por todo esto, y por muchísimos factores quizás tan serios como los que hemos citado, convengamos que no es fácil educar. Para ello -dice Fermín Gainza con una sana mezcla de idealismo y humor-:

"... uno tiene que llevar en el alma:

un poco de marino,

un poco de pirata,

un poco de poeta,

y un kilo y medio…

de paciencia concentrada”



Es posible

Si las dificultades arriba mencionadas nos llevaran a con­cluir que educar hoy es prácticamente imposible, seria una mentira y traicionaría el mensaje central de estas páginas: y es que ciertamente se puede. El educador tiene que ser un hom­bre, una mujer lleno de esperanza: tiene que creer que vale la pena enseñar, tiene que tener la convicción de que toda persna es educable, capaz de crecer, de mejorar de modificar rela­ciones y modos de actuar. Hablando de este aspecto nos dice Savater:

"En la tarea de educar el optimismo es de rigor. ... Pode­mos ser ideológicamente o metafísicamente profundamente pe­simistas. Podemos estar convencidos de la omnipotente mal­dad o de la triste estupidez del sistema, de la diabólica micra física del poder, de la esterilidad a medio o largo plazo de todo esfuerzo humano y de que 'nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir' (...) Como individuos y como ciudadanos tenemos derecho a verlo todo... muy ne­gro. Pero en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la natación exige un medio líquido para ejercitarse ... Quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la enseñanza ... Porque educar es creer en la perfectibili­dad humana, en la capacidad innata de aprender y en el de­seo de saber que la anima, en que hay cosas (mbolos, técnicas, valores, memorias, hechos ... ) que pueden ser sabidas y que merecen serio, en que los hombres podemos mejoramos unos a otros por medio del conocimiento" (5).

Algunos dedicados a la educación cifrarán esa posibili­dad en las nuevas leyes y metodoloas. Y creo que es una ilusión válida. Pero, ¡ojo!, toda nueva ley será fecunda en la medida que se apoye sobre la única ley que no pasa, que resis­te al tiempo: la ley del amor, lo que San Ignacio llamaba la interna ley de la caridad.

Una ley que considera a Dios ser supremo y que respeta y ama al ser humano, y busca su digni­dad y su felicidad. Una ley no escrita en los papeles sino gra­bada a fuego por Dios en lo profundo de nuestro corazón y del corazón de todos nuestros hijos y alumnos. Todas las des, aún las más geniales, fecundas y bien intencionadas, van a la deriva de los tiempos, de las necesidades, de las circunstan­cias, de los vaivenes políticos o de las ideologías.

Y para nosotros esta ley del amor tiene, o debería tener, una sana obsesión, una única fragilidad incurable: los más dé­biles, los pequeños, los más pobres, los ancianos, los que el mundo arrincona o desecha porque no producen. Y es cierto: no producen ganancias, al contrario, ellos hacen que no nos cierren los números. No son los que nos van a liberar del efecto tequila, caipirinha o peperina, pero son el reservorio misterioso de la sabiduría de Dios y de su ternura, son esa fuente de agua limpia a la que nuestras ocupaciones, siempre más importantes que jugar con un niño y perder tiempo con un abuelo, muchas veces y tramposamente ya no nos permiten acceder, privándonos de algo a 10 que ellos tienen derecho y nosotros necesidad. Y así andamos, muriéndonos de sed al lado de la fuente.

En definitiva esa será la clave, el elemento que nos per­mite discernir cuál es la ley que nos rige, que sustenta nues­tros esfuerzos. Y será el signo infalible para juzgar si nuestras instituciones: familia, colegio, parroquia, realmente son hu­manas y cristianas, o si como tristemente se ve en muchos casos, nos hemos ido acomodando, y en definitiva vueltos cóm­plices piadosos del mismo sistema cruel que criticamos. Este amor real, encarnado en gestos y que tiene una opción no ex­clusiva pero sí preferencial por los más débiles, por los que más sufren, debería ser junto con el gozo -que no es sino un signo del amor-lo que nos distinga, así como fue el distintivo de aquellas primeras comunidades de cristianos de las que decían admirados: ¡Cómo se aman!

¿Dicen de mi familia o de mi colegio?, ¿Cómo se aman, qué alegría tienen? ¿Seducimos con nuestro amor y con nues­tro gozo?

Decía Paulo VI hace años: La paz es posible, porque es posible el amor, y creo que no es impertinente robarle la idea y decir sin miedo: Educar es posible, porque es posible el amor. Y el amor todo lo puede, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Soporta... y no pasará jamás (1 Cor. 13).

Dicho de otro modo: educar será posible mientras haya amor: amor a Dios, amor de familia, amor de hermanos, al colegio y a su gente. "La educación es cosa del coran -nos decía San Juan Bosco-: el que se sabe amado, ama abre su corazón, aprende, se da a conocer, se brinda" y hasta en casos heroi­cos, llega a dar la vida por los que ama, como dice el Evangelio.

 Educares posible si renovamos lo que Martini llama la caridad educativa, y que requiere conocer las necesidades pro­fundas de los chicos, a través de un diálogo educativo, que

exige que los educadores representen para los chicos verdade­ras figuras paternas y maternas, que sepan escucharlos aunque sus palabras hieran, que sepan interpretar y tener paciencia de sus silencios e indiferencias, que hagan sentir a los chicos que valen por lo que son, no por lo que hacen.

 Educar es posible en la medida que renovemos la con­ciencia profunda de que la grandeza de un padre, de una ma­dre, de un maestro, se la da paradójicamente la fragilidad que cuida.

 Educar es posible en la medida que el padre o maestro no se avergüence de la debilidad de su hijo o alumno, si se anima a abrazar con él sus problemas.

 Si apuesta a la sabiduría de saber que no son todos igules y que por lo tanto la educación no se vale de recetas fijas: tendrá que ver qué necesita cada uno, y así mientras anima al tímido, frena al atropellado; mientras aumenta la dosis de ter­nura y palabras de valoración con el apichonado, se muestra firme con aquel al que se le han subido los humos y necesita ser reubicado.

 Si respeta sus fuerzas y no maltrata sus límites ni por exceso ni por defecto.

 Si corrige siempre con horizonte de cariño.

 Si se anima a educar en ese equilibrio difícil pero nece­sario de una ternura que no es debilidad y una firmeza que no es dureza.

 Si los anima a no tener miedo a los sueños grandes y por ello no descuidar ni desmerecer los gestos pequeños.

 Si es fuerte para poner un límite y más fuerte aún para esperar (6).

 Sí, es posible educar hoy sin alienarse de los tiempos que nos toca vivir cayendo en un espiritualismo desencarnado -y por lo tanto no cristiano- ni claudicar, entregando a cambio de comodidades o beneficios mezquinos, valores que no se negocian. O, cansados de pastorear el gran rebo -rebelde y difícil, y por lo tanto poco gratificante-, dedicarnos a formar exclusivamente algunas cabecitas escogidas o de buenos mo­dales que no nos enerven y sobre todo, que nos hagan quedar bien.

Poniendo al amor por nuestros hijos y alumnos corno piedra fundamental que sostiene todo el edificio educacional, Saint Exupéry en su obra póstuma e inconclusa, Ciudadela, y encarnado en el responsable de aquella ciudadela (para noso­tros en este caso el papá, la mamá, la maestra, el director o responsable del colegio) dice:

"Hice venir a los educadores y les dije: No maten al hombre, presente en germen en los peque­ños, ni los transformen en hormigas para que sostengan la vida del hormiguero. Poco importa que el hombre esté más o menos colmado. Importa que sea más o menos hombre.

No los llenen de fórmulas vacías, sino de imágenes car­gadas de estructuras (de valores) que los ayude a enfrentar la vida con dignidad.

No los llenen de conocimientos muertos. Y en cambio ayúdenlos a forjar un estilo propio.

No juzguen sus aptitudes por su aparente facilidad para una cosa u otra. Porque tiene más mérito el que más trabaja venciéndose a sí mismo. Y para juzgarlos consideren siempre en primer lugar su amor.

Enséñenles el respeto, y no la ironía, que los hace ir para atrás y despreciar los rostros de sus hermanos o compañeros.

Ayúdenlos a luchar contra los lazos del hombre por los bienes materiales, para que no se endurezcan.

Enséñenles a rezar, porque con la plegaria se dilata el alma.

Les enseñarán el ejercicio del amor. Porque a éste ndie lo puede reemplazar. Y recuérdenles que el amor egoísta, el excesivo amor de sí mismo es exactamente lo contrario del amor.

Corrijan en primer rmino la mentira y la delacn.

Recuérdenles que solamente la fidelidad nos hace fuertes. Y que no puede haber fidelidad en un campo y no en el otro. El que es fiel, es siempre fiel. Y no es fiel quien puede traicionar a su compañero de labor.

Les enseñarán de a poco el perdón y la caridad.

Enséñenles la maravillosa colaboración de todos por todos y por cada uno.

Si son fieles a todo esto que les he dicho, entonces el cirujano se apresurará a cruzar corriendo el desierto para reparar la rodilla de un humilde pn. Porque sabrá que ambos son vehículos (mensajeros) del amor, y ambos tienen el mismo conductor: Dios" (7).

Y aprovechando el envión que nos da Saint Exupéry podríamos agregar:

Y entonces el político no será el paradigma del corrup­to, como tanta gente cree, y tantos políticos se encargan de que así lo crean.

Y el empresario sabque cada uno de sus obreros lleva atrás una familia, tan digna como la propia y que todos y cada uno de esos rostros valen más que todo 10 que tiene, que son su mejor capital.

Entonces el abogado no se aprovechará de la sencillez y el sufrimiento de la gente.

Y el ingeniero y el arquitecto soñarán no tanto en cons­truir la mejor de las mansiones con la más infranqueable de las murallas, sino un barrio de casas digna para la gente sencilla.

Entonces el sacerdote pastoreará a su rebaño, y en vez de vivir de su lana y cuidar de las ovejas fuertes que adulonamente le dicen que es una monada, saldrá a campear a las más débiles, a las más alejadas, a las que por mil circuntancias andan heridas en los desfiladeros de la vida y necesi­tan ser buscadas, entablilladas con delicadeza y cargadas so­bre sus hombros, que es propiamente lo que nos define como sacerdotes: el hacemos cargo de los otros.

Entonces la excelencia de nuestra medicina y de nuestra educacn no será un lujo al que acceden unos pocos, como cada vez más está sucediendo, sino lo que debe ser: un dere­cho inalienable del pueblo al que acceda con la naturalidad con que un niño mete su jarrito en el pozo para tomar la mejor de las aguas.

Es bello

 

Me dirán a esta altura: -Padre, dejemos de soñar. Baje­mos a la realidad.

Y yo les diré: -¡Ni loco!, no quiero dejar de soñar, porque si dejamos de hacerla dejaremos de ser cristianos, y no tendrá sentido ni nuestra palabra, ni nuestros gestos, ni nuestra con­ducción en la escuela, ni cada uno de los consejos que pueda decir un maestro a su alumno, un padre a su hijo. No, no quiero dejar de soñar, no podemos dejar de soñar. Si lo hacmos traicionaríamos a nuestros hijos, corromperíamos a nues­tros alumnos!

Si educar es bello en gran parte es por esto: porque es misn de sadores, que a su vez cuidan, protegen, hacen crecer suos de otros: de los hijos, de los alumnos.

"Hay que seguir soñando y sembrando empecinadamente, como lo hace el sembrador, en esperanza de que el mañana multiplique lo que hoy desparrama, sin saber lo que decidi­rán las lluvias, las heladas, los calores ... Sabe sí que tiene que sembrar. No es un ingenuo, sabe también de la ingratitud de esa tierra, sabe que parte de lo sembrado se va a perder. Sabe que hay zonas que parecen buena tierra pero abajo tienen piedra, sabe que va a tener que llorar por plantas que cuando sólo les faltaba fructificar murieron asfixiadas. Y sin embargo no mezquina en la siembra, porque ¿quién que ame real­mente no está dispuesto a perder mucho por lo que ama'!

Durante años, aquel hombre ha repetido este gesto de esparcir todas las semillas, de arriesgar todo en la siembra, de volver a la casa con la bolsa y las manos vaas, y el cora­zón lleno de ilusiones de que Dios bendiga este año con bue­nas lluvias. De su parte lo dio todo: aró la tierra y la sembró. Ahora las cosas están en manos de Dios, tendrá que esperar ¿ Quién que ame realmente no está dispuesto a esperar mu­cho ? dentro de algunos meses contemplará entre risas y fes­tejas de familia el campo lleno de frutos, y se lanzaa la cosecha con todos los suyos y algunos más que vengan a dar­le una mano de los campos vecinos, o quizás se secará a es­condidas las lágrimas, simulará una sonrisa a los suyos y les dirá: 'Y bueno ... Dios quiera que el o que viene nos sea propicio'.

y volverá a salir, a abrir los surcos, y a sembrar la tie­rra, con la misma generosidad empecinada. Y volverá en ese gesto, una vez más a morir, para empezar a resucitar en espe­ranza.

Es la suerte de todo sembrador: de los padres para los hijos, del maestro para los alumnos, de quien trabaja en las fronteras sociales buscando una vida digna para su pueblo. De la mamá que todos los días vuelve a comenzar el trabajo de la casa. De la enfermera que cambia por enésima vez a su paciente para tener que volver a hacerlo quizás en un ratito más. Es la suerte de todos aquellos que quieren a pesar de sus límites y debilidades, que la Palabra pase por sus pala­bras y el Amor por sus gestos.

'Sólo el hombre en quien el invierno no ha asesinado la esperanza, es un hombre con capacidad de sembrar -dice be­llamente Menapace- tenemos que comprometer nuestras ma­nos en la siembra del amor. Que la madrugada nos encuentre sembrando ... con cariño, con verdad, con desinterés, jugán­donos limpiamente por la luz en la penumbra del amanecer. Trabajo simple que nadie verá y que no será noticia. Porque la única noticia auténtica de la siembra la da sólo la tierra y la historia ... Que la mañana nos pille sembrando" (8).

Y sepan "los que se dedican a sembrar las infancias de sus hijos y alumnos de gestos de amor, que antes o después, cuando pase el tiempo de las palabras, cuando el viento se lleve las ideologías que alguien prendió con alfileres en nuetro corazón, lo que quedará en el recuerdo serán aquellos gestos, el cariño en el modo de enseñar, la ternura que hubo durante una enfermedad o dolor de familia, el amor silencio­so de las horas oscuras... " (9).

 

Es bello porque es algo muy parecido a lo que Dios hace con nosotros en esa imagen bíblica tan linda del Alfarero, que mete mano en el barro de nuestro corazón y de a poquito, le va dando forma. Y de pronto, es como si dijera al papá o al maes­tro: -Reemplázame un ratito, seguí un poco vos. Y entonces uno también mete manos y le ayuda a Dios, no por capricho nuestro, sino suyo.

Es bello pensar que el día que los hijos y los alumnos le entreguen el alma a Dios, ella tendrá, como dice el poeta, un poquito del olor a las manos de Dios y también otro poquito del olor a nuestras manos.

Educar es un arte gozoso. No un trabajo forzado. No un fin de lucro. Es ayudar en la creacn armoniosa y feliz de una persona, y cuando se vive así la satisfacción de los padres y de los maestros es la misma que la del artista frente a su obra de arte. Por lo tanto, es algo que no tolera receta o fórmulas treas, sino que exige originalidad, gozo, respeto de la individualidad y originalidad del alumno o del hijo.

Volvemos la mirada a ese papá, mamá, maestra o profe­sor, secretaria o portera que han comenzado el día en su casa o que van camino al colegio, para decirles que no le aflojen, que vale la pena, que -como dice Gainza tomando la imagen clá­sica de la vida como un viaje, arduo pero hermoso-:

 

"Es consolador soñar mientras uno trabaja,

que ese barco, ese no­ irá muy lejos por el agua.

Soñar que ese navío llevará nuestra carga de palabras,

y de amor, hacia puertos distantes, hasta islas lejanas.

Soñar que cuando un día esté durmiendo nuestra propia barca,

en barcos nuevos seguirá nuestra bandera enarbolada".

 

 

 

 

 

 

 

Referencias

1.C.M. MARTINI, Interioritá e futuro (Bologna, EDB, 1988),438-450.

2.JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO, El desmadre y el despadre, en Razones para la esperanza (Madrid, Ate­nas, 1993), gs. 155-157.

3.Ibid.

4.Ibid.

5.FERNANDO SAVATER, El valor de educar (Barcelo­na, Ariel, 1997), p. 18.

6.Cfr. JORGE MARIO BERGOGLIO S.J., El superior local, en Meditaciones para religiosos (San Miguel, Ed. Diego de Torres, 1982), gs. 105-128 ..

7.ANTOINE DE SAINT EXUPÉRY, Ciudadela (Bs. As., Ed. Goncourt, 1983), págs. 95-96.

8.Cfr. ÁNGEL ROSSI, S.J., Semillas de cielo y tierra (Bs. As. Sudamericana, 1997) págs. 20-40.

9.JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO, Razones para el amor (Madrid, Atenas, 1996), p. 101.

 

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