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MCC SAN MARTIN - ESCUELA DE DIRIGENTES
Movimiento de Cursillos de Cristiandad - Diócesis de General San Martín - Buenos Aires - Argentina - Para meditar este mes: "Dios en Cristo te Ama"

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04 de Junio, 2011 · BIBLIOTECA

PARA CAMINAR EN CURSILLOS DE CRISTIANDAD-CARLOS MÁNTICA

MOVIMIENTO DE CURSILLOS DE CRISTIANDAD SALTA

 PARA CAMINAR

EN CURSILLOS

DE CRISTIANDAD

Carlos Mántica

(Escaneado por el P. Donato Vargas)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SECRETARIADO NACIONAL DE CURSILLOS DE CRISTIANDAD MADRID. 1978

                        

INDICE

Presentación 5                 

A manera de prologo 6                 

               I.-DESDE LA ALTURA DE LOS PRINCIPIOS

Postulados generales del Movimiento de Cursillas de Cristiandad 11        Kerygma y Cursillos    16   

  Antecedentes 16

A. Cursillo y Kerygma  18     

    Generalidades sobre el kerygma                

    Contenido del kerygma 19

    Valor kerygmático del Rallo de Sacramentos  20

    Valor kerygmático de la liturgia  26 

   Autoridad y testimonio  27

B. Precursillo y kerygma    29

C. Poscursillo y kerygma   33

   Mentalidad del Poscursillo  34

   Poscursillo y lo fundamental cristiano.  35

   El Poscursillo y la vertebración cristiana de la sociedad.  36

   Respeto a la vocación personal. 37

   Descubrir la vocación personal 38

   Escuela de Dirigentes y kerygma  39

   Posibles objeciones a esta Visión kerigmática.  41

   Cursillos y Pastoral  41  

Conversión y Cursillos  42              

A. La conversión y su trayectoria  43    

   1. Vuelta a la fe: epístrofe  43

   2. Adhesión a Cristo: metanoia 44

   3. Adhesión al Cuerpo Místico koinonía  45                    

  B. La conversión en el Cursillo  46

       1. Frutos de la conversión   47                

       2. Comienzo de la conversión  47                               

       3. Caminos de la conversión en la vida y en la verdad  48                  

            Fase de información  49           

            Fase de testimonio  49

            Fase de santificación en común.  50

           Observaciones prácticas  51

 

            II. DENTRO DE LA IGLESIA

Los Cursillos, Movimiento de Iglesia 54

  Los Movimientos en general  54

  El Movimiento de Cursillos  55           

  El Movimiento de Cursillos en la Iglesia  56 

Pastoral y Cursillos  57

A. En la línea del kerygma. 58

      Kerygma y Catequesis.  59

      Línea vivencial y línea doctrinal  60         

      El Movimiento de Cursillos en la Pastoral  61

      No comprometerse para poder comprometerse  62                          

      Los Cursillos, pista de lanzamiento 64

 

B. En el campo de la animación cristiana de la sociedad. 64

     Los Cursillos en la Pastoral.  65

     Parroquia y Cursillos  65

    El porqué y el para qué de la selección de vértebras.  66

    Adaptar el método sin cambiar lo esencial  67

     Lo que se pide en Cursillos: 68

  Piedad estudio y acción  69      

  Conversión  global y conversión progresiva, en la piedad el estudio  

  y la acción  71

  Cursillos piden la persona misma  72

 

            III. EN EL CAMPO DE LA METODOLOGIA 

 

Lo fundamental cristiano  74  

   Qué es lo fundamental cristiano. 76

   Lo fundamental y lo elemental. 76      

   El Mandamiento Nuevo y lo fundamental cristiano. 78

   La gran llamada a lo fundamental cristiano. 80

La transformación de los ambientes 82 

    Consecuencia de lo fundamental cristiano.

    Influencia de los ambientes. 83                 

    Instituciones ambientes.  85                               

    La Iglesia-institución.  88                                  

    Para levantar el vuelo  90       

   A la luz de una parábola  91                                

Esquema de estrategia para la  trasformación de los ambientes. 92

Estrategia de Cursillos para le transformación de loa ambientes  95                 Obstáculos generales. 95

   Un obstáculo concreto. 96

   Condiciones previas a la trasformación de los ambientes. 98

   Estructuras y ambientes.  101

   Nuestros ambientes. 103

   Una estrategia al vivo. 104

  El Cursillo 108

   I.  Qué se dice en el Cursillo. 109                                    

        Conclusiones 111

  II. Qué se hace en el Cursillo. 113

      La vivencia de lo fundamental cristiano. 114

      La convivencia general en el Cursillo. 114

      La convivencia particular en el cursillo. 116

Mi Rollo sobre el estudio. 117

     Algunos prototipos. 117

     Dios se acerca al hombre  120                                       

     Mi encuentro personal con Cristo. 123

     El secreto de la sabiduría. 123

     Conocer a Cristo. 124              

     Conocerme a mí.  125             

      Las causas de nuestros fallos. 126

      Remedio, el estudio 129

 

       IV. A LA LUZ DE UNAS  VIVENCIAS

Del arsenal de mis reflexiones. 131

      Tiempos difíciles. 131

       ¡Hay solución!  132

       El Reino de Dios. 132

       Haced que venga el Reino. 133

       Sentido de responsabilidad. 134

       A esta llamada yo la llamaría vocación 134

       Carismas, posición y madurez. 135

           Madurez de la inteligencia.  136

           Madurez de la voluntad.  136

           Madurez de la libertad  137              

Sigamos reflexionando.

   Algo que vale la pena: El grupo.  137

    Somos distintos pero unos. 138

    El porqué  de las divisiones. 139

    “Nos preocupa” el Movimiento de Cursillos.  140

    ¡Cuidado a los caminos únicos!  141

    Mi ruego de seglar a los sacerdotes. 141

    A los treinta años de Cursillos. 142

De cómo lo mejor es a veces enemigo de lo bueno. 142

Las gentes de mi ultreya. 144

 

 

 

PRESENTACIÓN

Vale la pena ofrecer en un libro estos trabajos de Carlos Mántica a los Dirigentes del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

La mayoría de ellos fueron anticipadamente publicados; pero generalmente, cuanto aparece en las revistas, más que objeto de un estudio ponderado,  suele ser «victima») de una lectura fugaz.

Por eso se ha animado el Secretariado Nacional de C de Cristiandad en España a ofrecer en un libro, a los miembros de las distin­tas Escuelas de Dirigentes todo este material -riquísimo- sobre el Movimiento y el Método de C.

Carlos Mántica jamás escribió algo que no fuera directa o inmediatamente para aquellas sus Escuelas de Nicaragua, que tanto saben de sus competencias, de sus reflexiones, de sus inquietudes y de sus entregas. Cuanto escribe, lo escribe pensando en sus compañeros pere­grinos de Managua. Lean, Granada, Matagalpa, Esteli, Diriamba...

Y escribe desde la vivencia de aquellas Escuelas, poniendo luz sobre los problemas que en ellas han ido apareciendo, a medida que avanza el Movimiento.

Aun reconociendo esa intencionalidad circunscrita del autor, siem­pre he visto en sus escritos un material válido para Cursillos en todo el mundo, y, concretamente, para España.

Carlos Mántica no ha pretendido innovar nada; ha intentado echar haces de luz regresando a las fuentes, inquiriendo sobre sus tiempos primeros, indagando la mentalidad de sus pioneros. El sólo ha querido descubrir las aguas que, más o menos subterráneamente, podían aflo­rar de la misma identidad de C.

El otro pie sobre el que Mántica se ha apoyado para sus magnificas elucubraciones, ha sido la realidad viva, detectada y compartida por él. No se trata de ensayos teóricos, si no de profundas vivencias, que él ha ido derivando de cuanto ha visto, oído y palpado que el Señor iba haciendo en sus Grupos, en sus Ultreyas, en sus Escuelas...

Por todo ello, siempre me ha parecido que Carlos Mántica es uno de esos “fermentos de reflexión” de que habla “Ideas Fundamentales”: “personas o grupos que además de estar mentalizados, mantienen una actitud pensante dentro del Movimiento, y no poseen la verdad en mera actitud de goce pacífico, sino que la sienten radicalmente, como interrogante continuo”.

Puede que parezca que al libro le falta unidad: el autor no ha in­tentado construir una arquitectura, sino separar los materiales precisos para coda exigencia, para cada inquietud.

El libro lleva un titulo humilde y significativo: PARA CAMINAR EN CURSILLOS DE CRISTIANDAD. Pretende encender puntos de luz sobre la pista, a fin de que cuantos peregrinamos en pos del Señor a través del Movimiento, podamos evitar los baches, comprobar los arcenes, apoyados en la certeza de un camino iluminado.

Se ha dividido el libro en cuatro partes, que se han intitulado: “Desde la altura de los principios”; “Dentro de la Iglesia”; “En el campo de la metodología” y “A la luz de unas vivencias”. Creemos que los títulos son suficientemente elocuentes para indicarnos las posturas y los propósitos del autor. Carlos viene a volcar el fuego inextinguible de un hombre que se encuentra con Dios en la ilusión de cada día.

En esta hora del Movimiento de C, estimamos que estas páginas habrán de ser unas muletas muy válidas PARA CAMINAR EN CURSILLOS DE CRISTIANDAD.

Victorino ARIZTI. Vitoria, Diciembre de 1978.

 

 

                      A MANERA DE PRÓLOGO

Este libro va a marcar un jalón en el caminar de la Iglesia de Nicaragua. No porque intente ser, en si mismo, un hito presuntuoso, sino porque va a quedar como garante de una fecha, de la que han derivado muchas fechas en muchas vidas.

Con este libro Nicaragua quiere recordar que, hace quince años, fue testigo y usufructuaria de un acontecimiento imperceptible a las ojos de un buen cubero humano, que no supiera de aquellas tres medidas de harina que hacen fermentar la masa; pero en realidad serán muchas las vidas que se irán sentando a la mesa del Pan, fermentado a la hogaza de aquella fecha: en 1963 penetraron en Nicaragua, con pie leve y sin ditirambos publicitarios, los C de Cristiandad. De aquel hecho se cumplen ahora tres lustros.

Puede parecer que fue ayer..., y han pasado quince años. Creo que fue Tácito, el historiador romano, quien dijo que quince años son un, «gran espacio de vida”, porque son muchos los años que le roban a las dimensiones ordinarias de una vida. En este caso, las cosas se agigantan. Al menos se profundizan. Porque, en estos quince años, son mu­chas las vidas que han cobrado sentido y razón de ser. Muchas vidas se han sentido iluminadas, potenciadas, transformadas. Cristo ha avanzado en ellas; “el Evangelio ha tenido entrada, repetiría Pablo VI, en el hombre fuerte, el jefe de industria, el catedrático, el obrero, en la ciudad como en el campo”; el dinamismo del Espíritu Santo ha des­pertado iniciativas y obras, que adornan de nueva eficacia y lozanía el mensaje evangélico” (A la I Ultreya Mundial en Rama). La Ig1esia de Nicaragua -muchas vidas cristianas-, han hallado su Damasco par­ticular a través de los C de Cristiandad.

Este libro ha querido ser como un monumento vivo que señale la llegada a Nicaragua de aquel “muevo Pentecostés”; de aquel “instrumento providencial de renovación cristiana” (Mons. Hervás). El autor, con la publicación de estas paginas, ha querido tejer, sin decirlo apenas, en nombre de muchos, un himno de acción de gracias.

Aun sin negarle a todo ello su enjundia, la conmemoración nos parece, por lo que al libro respecta, un elemento coyuntural y anecdóti­co; el libro tiene sobrado valor para no tener que esperar una fecha que ofrezca ocasión a su salida: independientemente del testimonio, del aval y de la acción de gracias que merecen quince años en C en Nicaragua, el libro tiene fuste suficiente para ocupar un sitio des­tacado en el anaquel de los libros mas cercanos y queridos.

Se reúnen en él varios trabajos que de una u otra forma, habían ido apareciendo aquí y allá. La mayoría de ellos habían tenido lugar en las columnas del Boletín del Secretariado Nacional de Cursillos en Es­paña, que recibió por ellos no pocos plácemes y admiraciones. Estas apariciones previas no le restan interés, sino que le añaden solera porque han pasado felizmente las termópilas de los críticos; no le restan interés, porque serán muy pacos los que hayan po­dido disfrutar del sabor de todos los trabajos, y menos todavía los que hayan podido prever toda la riqueza que en ellos se albergaba, como para reunirlos coleccionados.

Y es que Nicaragua no se ha limitado a beneficiarse de los frutos y las gracias que le han reportado quince años de C, sino que ha ido haciendo al Movimiento notables aportaciones, que han enriquecido la visión de su naturaleza, de su finalidad, de su estrategia, el caudal en fin, de su contenido. Aportaciones tan realistas, que pueden ir desde la profundidad vivencial de las Ultreyas de Managua, a las claridades doctrinales de este libro conmemorativo.

Podríamos decir que el libro ha ido naciendo; ha necesitado años para nacer. Unas páginas pertenecen a un año y a una oportunidad: otras se gestaron en otra oportunidad y otro año. Los distintos capítulos responden a etapas distintas -distintas por ser sucesivas- y a dis­tintas exigencias de la vida evangelizada y evangelizadora de su autor. La necesidad de presentar un trabajo en algún encuentro nacional o internacional de C, o el empeño de paralizar alguna desviación que en C se infiltraba por las rendijas; el deseo de clarificar algún extremo todavía poco definido en el Movimiento, o de revestir algún Rollo nuevo en Movimiento de C; la exigencia de alumbrar alguna inquietud muy propias de un intelectual, o el temor de no tener exactitud en la exposición de una vivencia en una Ultreya, han sido otras tantas oportunidades y urgencias que han empujado al autor a hilvanar los varios  capítulos de esta obra, en los que fue vaciando horas muy largas de cavilaciones profundas y montones de cariño indisimulado. Todo, al parecer, a trancas y barrancas; todo, en realidad, fruto del esfuerzo y la reflexión.

Podría decirse, quizá, que el libro nos ofrece puntos de luz descoyuntados; sin embargo, a quien se siente a escudriñar en la belleza de estas páginas, no le será excesivamente difícil descubrir, en lo hondo del pensamiento, una unidad orgánica y principalmente, una preocupación espiritual por iluminar unas zonas encubiertas o apagadas o incultivados desde la cima de los principios de la teología y la psicología, que corren caminos paralelos, porque, como muchas veces se ha repetido en C, “las mayores realidades de Dios colman siempre las mejores aspiraciones de los hombres”. La concatenación doctrinal entre los varios capítulos no se da porque no se ha buscado; sin embargo todos forman un cuerpo compacto entre la doctrina, el método y la vivencia.

A estas coordenadas -doctrina, método y vivencia- responden las distintas partes en que se ha conjugado el libro.

No cabe duda que es renovador. Tiene luz propia, a pesar de que ésta se hace bajar de los altos postulados. No parte de cero ni se echa en el vacío. No quiere cambiar por cambiar, ni seguir así par seguir así.

El libro intenta comparar lo que los C son con lo que deben ser, y están aquí para hacer que estén como Dios manda. No para cambiar su finalidad, sino para dar mayor eficacia a la finalidad que ya tienen, y para darle toda la que deben tener. No para cambiar su esencia y para que los C se conviertan en “otra cosa”, sino para conocer mejor esa esencia, y lograr que los C sean todo lo que deben ser. No para cambiar el método, sino para lograr, revisándolo dentro de la autenticidad, que el método, en su esencia, logre integrarse en la acción total de la Iglesia. Algún capítulo termina con aquella breve plegaria, que es parámetro de las intenciones de su autor: “Señor: danos serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar, danos valor para cambiar las que podemos; danos sabiduría para ver la diferencia”. Toda su mentalidad se halla en la mejor línea ascética y evangélica, de jerarquización de valores, de saber que no es el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre (Mc 2, 27), de no querer exterminar la cizaña crecida en el trigal hasta la hora de la siega, para no arrancar con la cizaña la espiga de trigo feraz (Mt 13, 30), de edificar la casa sobre cimientos de roca viva, para evitar que, al venir la arremetida del río, las aguas crecidas la desplomen (Lc 6,46).

Para mi el capitulo de enunciación de los “postulados fundamentales” o el ir a las fuentes del capitulo del “kerigma” para hallar el lugar y el papel que, en la acción “pastoral” de la Iglesia, se puede asig­nar y se debe exigir al Movimiento de C, o el presentar los «obs­táculos a la vertebración de la cristiandad” precisamente para procla­mar la forma de impregnar de Evangelio los ambientes, son algo defi­nitivo. ¡Qué bien se mueve Carlos, teologizando, desde su banquillo de seglar, sobre el problema de la conversión! ¡Nunca le agradeceré bas­tante que nos lo haya puesto al alcance de quien quiera tener “ojos para ver y oídos para entender!”

Carlos Mántica -Chale le llamamos los amigos- era un hombre joven cuando a Nicaragua llegaron los C de Cristiandad. Frisa­ría en los treinta años, cuando el fue a un C. No he visto -ni in­teresa mayormente- su partida de nacimiento. La vida se le abría con las puertas de par en par. Todos los halagos del mundo le rondaban: una inteligencia preclara, un porte distinguido, una condición econó­mica desahogada. Una cultura brillante, unas aficiones musicales que le concitaban simpatías, un don de gentes desbordado, todo le hacía un “hombre de porvenir”. Le sonreía todo. Y, sin embargo, algo le llora­ba dentro, muy dentro, recordándole que es poco lo que aprovecha al hombre tenerlo todo, si se pierde a si mismo (Mt 16, 26).

Un día fue al C, Y Chale, renacido en virtud del Espíritu, tie­ne su vida varada en aquella fecha, donde Cristo empezó a ser brújula, proa, piedra angular de su vida: “solamente el Reino es absoluto, y toda el resto es relativo” (EN 8). Todo siguió siendo igual: su hogar, su negocio, sus amigos y todo era distinto: la luz, la casa, la poesía, el dinero, el aire, el amor, la música, la mujer. Todo tenía tono distinto, color distinto, distintas perspectivas. Como aquel día del Templo de Jerusalén. Cristo había subvertido todos los valores de su existencia (Mt 21, 12). Y Carlos Mántica sigue viviendo en dos coordenadas que nada ni nadie ha logrado aminorar: un clima de alegría desbordada, nueva cada mañana, como recién estrenada, que se abreva en la fuente del gozo íntimo que le da su amistad con el Señor y la capacidad de asom­bro ante las maravillas que Él está pronto a verificar en la amistad con los hermanos. No sé por que recuerdo algún escrito del cardenal Piro­nio, diciendo: “En un mundo que se muere de tristeza, se desangra en la violencia y se paraliza en el miedo y el cansancio, yo quisiera anun­ciar a mis hermanos la alegre noticia de la venida de Jesús».

Tengo algunas cartas de Mántica, escritas entre el fragor del fuego y los estallidos y las dilapidaciones y los derrumbamientos y la sangre y los cadáveres, a raíz del seísmo que, en las navidades de 1974, devoró aquella su bella tierra de Managua. En esas cartas creo que se halla el mejor retrato espiritual de Chale. Transcribo sólo algunos fragmentos:

“De Managua no quedan sino las zonas suburbanas. La que quedó en pie, esta siendo dinamitado, y no podrá reconstruirse en el mismo lugar. Nos esperan tiempos aun peores. Bendito el día en que conocí al Señor, y acepte su escala de valores. No hecho de menos nada de lo perdido; he descubierto en el amor de tantos hombres tesoros que no merezco ni sabía poseer. Me duele ocasionarles angustias y pena. Quie­ro ser cada día más esclavo de Dios y servidor de los hombres...

Perdimos cuatro supermercados, la tienda y dos bodegas. Todas fue­ran saqueadas por las turbas, y quemadas. Siento, sin embargo, una gran paz y serenidad. Nos sobra juventud y entusiasmo para recomenzar siempre, bajo la protección de mi Señor Jesús, y en la línea que hemos seguido hasta hoy.

Dile a los C del mundo entero cuanto los amamos. En lo personal ofrezco todo lo sucedido y cuanto pueda suceder por la conversión de todos aquellos a quienes esta llamando el Señor a través de C. Tú tranquilízate. Estoy en las manos de mi Hermano y de mi Madre. Pueden hacer conmigo lo que quieran; sólo pueden querer mi bien, pues me aman. ¡Somos el dios de Dios! Le he interrogado acerca de cual es su voluntad sobre mi; en el fondo me basta con que Él la sepa, y ésta se cumpla...

En mi familia nunca hemos estado más unidos ni más felices. ¡Calcu­la tú, si ya antes era mi casa un Paraíso! He visitado a nuestros ex-em­pleados, y también ellos están sanos. Los iremos llamando a medida que reabramos nuevas fuentes de trabajo...”

Otro día me decía: “Vivimos en un país en estado de incertidum­bre: En unos meses vendrá el hambre. Muchos países han retirado su ayuda. Desde antes del terremoto la situación económica era crítica, debido a una larga sequía que diezmó nuestros cultivos de exportación. Lo único cierto y permanente es la presencia clara de mi Señor Jesús, en este paisaje de nuestra historia. ¡Venga tu Reino! ¡Ven, Señor Je­sús! No me interesa conocer sus caminos, Él es el camino, y basta se­guir sus pasos…”

A un amigo desconocido que, con motivo del terremoto, se interesa por él, Chale contesta: “Dios te bendiga, Rafael”. Yo he tenido que confesar, en alguna Clausura, cuando las lágrimas me impedían hablar, que soy capaz de hablar por horas de cualquier cosa, pero incapaz de resistir unos minutos, hablando del Misterio del Amor de Dios por mí.

Ahora descubro que ya tampoco soy capaz de hablar del amor de los hermanos entre si, sin que se me cierre la garganta por la emoción. La cual, por cierto, me imposibilita como Rollista de C: pero ya saldrá por allí algún puesto de campanero...”

De campanero, teólogo, dirigente y escritor. ¡Bienaventurados los campaneros que saben aunar, como Mántica en estas cartas, realismo y fe, humildad y fortaleza, responsabilidad, y despreocupación, ini­ciativa y esperanza... y saben pensar en sus empleados, mientras se espera y se ora al Señor Jesús...

Mántica es, además, sesudo y cerebral, en el mejor sentido de la palabra. Le gusta analizar, palpar minuciosamente las ideas, exprimir­les todo su jugo, jugar con ellas como en un juego de ajedrez, para no descansar hasta tenerlas todas encajadas y jerarquizadas en su sitio y con su función exacta. Cuando las tiene ya adobadas, empieza la cons­trucción arquitectónica de un artículo, que siempre es fruto de muchas idas y venidas, de muchas vueltas, y revueltas, de mucho laboratorio y de muchas compulsaciones, en un parto largo, que el amor les hace fácil.

Tiene luego la difícil facilidad, el don de saber plasmar la idea en palabras medidas y precisas. El lenguaje no se le muestra arisco; sabe decir con llaneza, sin retoricismos; sabe esculturar en el lenguaje el vuelo de la idea, que le queda limpia y clara porque Mántica, que primordialmente es un autodidacta, la recoge de la vida. La idea se le ha hecho carne; la sabría expresar de esta y de otra y de otra manera; la hace descender a la calle, y la compulsa y la comenta, y la enriquece en el diario compartir con los hombres hermanos. Y la viste. Y le pone música. El afán de amar no le deja quieto; la claridad le nace de una honda fuente interior.

Por eso nacidas del amor más alto, y fraguadas en su vertiente más humana, sus ideas encandilan, Y levantan asombros y hacen adeptos. Es difícil sustraerse a su fascinación; yo creo, que a su inmensa capacidad de amar.

Y es que Cristo le vive dentro. Le sabe expresar porque le ha sabido orar. Y le ha sabido orar porque no sabe no quererlo. Repasad los fragmentos transcritos de sus cartas. Chale se lo ha jugado todo a la aventura de ser cristiano: sólo desde este ángulo se puede comprender su libro: “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” <EN 14).

¿Será necesario añadir que la aparición de estos puntos de luz debiera señalarse en bronces sobre la historia de los C de Cristiandad?

Estoy convencido de que Mántica seguirá abriendo caminos. Él -es cristiano- no ha recibido la luz para esconderla debajo del celemín sino para subirla al candelero, para que los hombres, glorifiquen al Padre (Mt 5, 15). De seguro que no olvidará aquella incisiva exhortación de Pablo VI, de ser, gracias a los carismas del Espíritu y al mandato de la Iglesia, verdaderos evangelizadores, dignos de esta vocación, y ejercer su vocación sin reticencias debidas a la duda y al temor, y no descuidar las condiciones que harán no sólo posible, sino también activa y fructuosa esta evangelización (EN 74).

Tu fragua, Chale, no ha agotado su fuego. Si algún día notas que el Señor se te insinúa, toma otra vez tu «cassette" -ese que siempre tie­nes a mano, aunque sea mientras vas en coche sobre el asfalto, como cuando, en los días del seísmo de tu tierra, nos mandabas tus últimas ánsias- y haznos el don de dejarnos participar en esa tu vida irrefre­nable.

Gracias, Chale, por este don. Y por los que vendrán... ¿No?

Para mi es honor y gozo y exigencia prologar tu libro, a los treinta años de aquel primer C de Cristiandad en mi tierra de Mallorca.

Sebastián GAYA

 

 

 

 

 

 

 

I. DESDE LA ALTURA DE LOS PRINCIPIOS

 

Postulados generales del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

Estimamos que estos postulados, que llamamos generales, deben considerarse no como afirmaciones “a priori”, para ser objeto de posteriores experimentos que determinen su validez, sino afirmaciones «a posteriori», acerca de un Movimiento “avalado par la experiencia y acreditado por sus frutos”, objeto de un consenso general en lo que respecta a su esencia y finalidad.

Son, pues, verdades entresacadas de la vida. Postulados que brotan de la experiencia. Enunciados de una realidad. No pretenden decir qué son los C de Cristiandad, sino sugerir todo lo que pueden ser y lo que no pueden ser.

 

I.- El Movimiento de Cursillos no es una obra acabada y completa. Busca estar en la verdad y al día, en un espíritu de constante revi­sión y renovación. Para ello procura el desarrollo en la identidad, para la consecución más eficaz de su propia finalidad, aplicando de diversas formas una misma mentalidad a situaciones concretas, sin modificaciones que desvíen su finalidad o frustren su eficaz consecución.

 

II.- Los Cursillos de Cristiandad son un Movimiento de Iglesia con una proyecci6n eminentemente seglar.

A.- Son Movimiento de Iglesia, por cuanto:

1. Tienen por finalidad última la misma misión de la Iglesia;

2. Están integrados por sacerdotes, religiosos y seglares de uno y otro sexo;

3. Están abiertos a todos los bautizados;

4. Se hallan en línea con la doctrina y el magisterio de la Iglesia;

5. Es la iglesia quien da los Cursillos;

6. Han sido autorizados por la Jerarquía, para cumplir con su finalidad desde su esencia y con su método propio.

Los Cursillos Pertenecen a la Iglesia en la misma forma y medida en que los cristianos pertenecemos a ella.

 

B.- Los Cursillos tienen una proyección eminentemente seglar, por cuanto:

1. Posibilitan la vivencia de lo fundamental cristiano en el mundo;

2. Tienen como finalidad última la cristianización de las estruc­turas temporales;

3. Con un estilo de vida fundamentalmente seglar.

 

III.- Los cursillos sólo son para la Iglesia:

-en cuanto la vivifican por la conversión de miembros muertos en miembros vivos y responsables en la edificación del Cuerpo Místico de Cristo.

No son para la Iglesia:

1. En cuanto su proyección, eminentemente seglar, se da sobre el mundo y sus estructuras;

2. En cuanto la Iglesia no es una finalidad en si misma, sino que su misión salvífica se proyecta sobre el hombre y sobre el mundo;

3. Por cuanto no se pretende la transformación de las estructuras eclesiales, sino la transformación de las estructuras temporales;

4. Por cuanto el mundo tiene unos problemas, y la Iglesia es depo­sitaria de su solución, el Movimiento, desde la Iglesia y con la Iglesia, pretende llevar esta solución al mundo;

5. La Iglesia misma, como Cristo, ha declarado que no ha venido a ser servida, sino a servir.

 

En conclusión los Cursil10s no son una respuesta a la Iglesia sino una respuesta de la Iglesia al mundo.

 

IV.- Los Cursillos de Cristiandad son un método práctico fundamentado en un criterio de eficacia. Dejan de ser un método práctico y eficaz:

1. Cuando sacrifican o merman la obligatoriedad del Mensaje al apartarse, en lo teológico, de lo fundamental cristiano, y, en lo humano, del sentido común y del conocimiento exacto de la realidad;

2. Cuando exigen a alguien lo que no le obliga; cuando exigen lo que no obliga a todos; cuando exigen imposibles; cuando rompen la normalidad en su sentido exacto; cuando desubican a las personas, violentan su vocación o exceden sus carismas;

3. Cuando no facilitan métodos prácticos de maduración y creci­miento en la conversión;

4. Cuando no facilitan métodos prácticos de maduración y creci­miento en la conversión;

5. Cuando se usan sólo como método sin estructuras de Poscursi­llo o con estructuras no kerigmáticas;

6. Cuando se usan para fines distintos a aquellos para los que están diseñados;

7. Cuando la presentación del Mensaje no se hace asequible a todos.

 

V.- Los Cursillos de Cristiandad, como instrumento de conversión, parten de la firme convicción de que la teología y la psicología son paralelas, porque las mayores realidades de Dios colman siempre las mejores aspiraciones de los hombres.

 

VI.- Los Cursillos de Cristiandad como Movimiento que tiende a la estructuración cristiana de la sociedad parten de la convicción de que el estado actual, es consecuencia de su descristianización, debida no a que existan muchos paganos, sino muchos cristianos que no viven su Bautismo; en consecuencia  establecen como solución la cristianización de las estructuras por la conversión integral -vivencia plena del compromiso Bautismal- de aquellas personas que son ejes de conste­lación.

 

VII.- Por estructuración cristiana de la sociedad debe entenderse la cristianización de las estructuras ya existentes en la sociedad y no la creación de “nuevas” estructuras “cristianas”.

 

VIII.- El Movimiento de Cursillos pretende la transformación de las estructuras sociales únicamente mediante la conversión integral de los agentes del cambio social.

 

IX.- Los Cursillos de Cristiandad son un elemento y un instrumen­to de la Pastoral.

Además de ser un instrumento, constituyen un plan concreto de Pastoral, con objetivos, estructuras y metodología concretas, que el obis­po puede libremente integrar en su totalidad a la suma de planes con­cretos que constituyen su Pastoral diocesana total.

Son un elemento y un instrumento de la Pastora kerigmática:

a) por su finalidad inmediata: la conversión personal e integral del individuo;

b) por su contenido: el Mensaje de lo fundamental cristiano, el Misterio de Cristo.

c) por su estilo: jubiloso, dinámico, testimonial, vivencial, autori­zado.

 

X.- La metodología toda del Cursillo responde a la visión de un mundo que ha dejado de ser cristiano y se encuentra en una situación universal de diáspora.

En consecuencia, se orienta a la conversión integral de los individuos concebida como un proceso progresivo y permanente pero siem­pre inacabado que requiere que la metodología de sus tres fases –Precursillo, Cursillo y Poscursillo-, sea eminentemente kerigmática.

 

XI.- Los Cursillos de Cristiandad, conforme a su estrategia y fina­lidad no pueden ser un instrumento de Pastoral de masas, sino instrumento de una Pastoral kerigmática de “élites”, entendiendo por “élite» los agentes del cambio social, sin distinción de clases, posición, educación, etc. Así se desprende de la literatura y de la experien­cia de Cursillos, que afirman:

1) Que los cursillos no son aptos para todos.

2) Que la consecución de su finalidad y la eficacia de su estrategia esta condicionada a la selección de personas aptas para lograrlas;

3) Que la vertebración cristiana de la sociedad y de sus estructuras no se logrará por la asistencia de todos a un Cursillo.

 

XII.- Se trata, por el contrario, de hacer llegar los frutos del Cursillos a todas partes. Ello, a su vez, supone heterogeneidad, no especialización.

 

XIII.- La finalidad del Movimiento se consigue solamente y a plenitud cuando éste está estructurado en sus tres elementos: PRECURSILLO, CURSILLO Y POSCURSILLO.

 

XIV.-  El PRECURSILLO es elemento esencial del Movimiento. En él la selección de candidatos se hace, ante todo, de cara a la consecución de su finalidad última: la estructuración cristiana de la sociedad. El “tratamiento” del candidato se hace de cara a la consecución de su finalidad inmediata: la conversión integral del individuo.

 

XV. El Precursillo, en su forma más perfecta, debe constituir un inicio de conversión. En este sentido es kerigmático:

a) En su intención procura un indicio de conversión;

b) En su forma da una predicación vital testimonial; la proclamación de una verdad que se ha hecho realidad en el “padrino»; la promesa de que esta verdad puede ser también realidad en el candidato;

c) En su estilo, no se funda en argumentos, ni raciocinios, ni polémicas, ni “lecciones”.

 

XVI.- El CURSILLO, como método aplicado en tres días, es esencialmente kerigmático. La pureza kerigmática de los tres días del Cursillo no depende de la mayor o menor densidad teológica de su Men­saje, sino:

1. De su capacidad de dar vivencia de cuanto en el se predica;

2, De la orientación de cuanto en el se dice hacia una conversión del individuo;

3. De la obligatoriedad del Mensaje, que será tanto mayor cuanto más fundamentales sean las verdades que se exponen;

 

En consecuencia, ningún Rollo debe lanzar hacia el conocimiento como meta. Se pretende llegar por el estudio al conocimiento, por el conocimiento al amor, por el amor a la fe, por la fe a la vida.

Con igualdad absoluta de temario, un Cursillo puede ser puramente kerigmático, o convertirse en “catequético”, según la forma, intención y estilo con que se expongan y orienten las verdades en él contenidas.

 

XVII.- La conversión, concebida como un proceso progresivo, supone, a su vez, una exposición progresiva del Mensaje y un clima ascendente en el Cursillo.

Aunque en el Cursillo no se dan etapas rígidas, deben distinguirse en él diferentes fases sucesivas y concatenadas, con finalidades distin­tas y concretas que se deben respetar de cara a la eficacia.

No se trata, sin embargo, del conocimiento progresivo de una teolo­gía, sino de conjugar en los “Rollos” elementos de teología, psicología y pedagogía, para saber qué decir, cuándo decirlo, que no decir y cuándo y cámo decir, para lograr la conversión que se pretende.

En el Mensaje del Cursillo se adivinan tres grandes fases: información, testimonio y lanzamiento. En las dos primeras se informa y tes­timonia lo que Dios ha hecho por nosotros -Dogma y Sacramento-; en la tercera fase se lanza al Cursillista a una respuesta directa y comprometida a corresponder a este Amor.

 

XVIII.- Los Cursillos de Cristiandad son la síntesis viva del dogma católico. Nacieron de la convicción de que los hombres no vivían en cristiano no porque les pesara la ley, sino porque desconocían el cristianismo autentico. El énfasis, por tanto, no debe ponerse en la Ley (Los Mandamientos), ni en las practicas piadosas o los Sacramentos como ayudan para soportar la ley, sino en el conocimiento y vivencia de lo fundamental cristiano y el Mandamiento único del Amor.

Los Sacramentos son testimonio de la que Dios hace en nosotros por amor; las prácticas piadosas indican la relación entre el hombre y Dios en Cristo, que, no sólo expresan, sino que acrecientan la amistad.

 

XIX.- Todas y cada una de las estructuras del POSCURSILLO tienen, como finalidad última, perfeccionar y acelerar el proceso de conversión integral iniciado en el Precursillo y continuado en el Cursi­llo. Por tanto, también la Reunión de Grupo, la Ultreya y la Escuela de Dirigentes deben ser eminentemente Kerigmáticas.

 

XX.- La dimensión comunitaria de los Cursillos de Cristiandad apun­ta a la vida y no a la estructura.

 

XXI. La comunidad, como realidad existencial no estructural, está fundamentada en:

1. Unos valores compartidos;

2. La experimentación de una misma cosa de idéntica manera;

3. El respeto por lo singular de cada individuo.

 

Esta común unidad se encuentra, dentro de Cursillos, en un solo Señor, una sola Fe, un solo Bautismo, un solo idioma -el del Amor-, compartidos de idéntica manera, desde la perspectiva de nuestra propia conversión.

Sólo así puede hablarse de la comunidad de la Ultreya o de la comunidad eclesial en las que no se dan relaciones interpersonales prima­rias de todos a todos, ni problemática común, ni realidades homogéneas estables.

La Reunión de Grupo ha sido definida como la unión voluntaria de todos en la misma verdad y en la misma vida. Es la dimensión comuni­taria de Cursillos en su forma más íntima. Está fundamentada en la amistad, que, a su vez, presupone las bases anteriores: valores compartidos, respeto a la individualidad, experiencia compartida, etc. Respeta la vocación personal y posibilita la proyección de los carismas en absoluta libertad de opción.

 

XXII. Los Cursillos de Cristiandad están en la línea del «ser» y no del «hacer” cristiano.

Hay quienes hacen porque son; quienes parecen porque hacen, y quienes hacen por parecer. Cuando se es, se hace mejor todo lo que se puede.

En su visión de evangelización, los Cursillos de Cristiandad po­nen todo el énfasis en conseguir apóstoles más que en hacer apostolados. Sólo vale la acción apostólica que es consecuencia del ser cristia­no. La acción que no es expresión del ser íntimo, no tiene fuerza de eficacia, porque no lleva sobre sí el sello inconfundible del -compromiso vital; a lo más sirve para tranquilizar a los que creen que, con un de­terminado cupo de actividades; han cumplido con su obligación.

 

XXIII. El Movimiento de Cursillos de Cristiandad, al procurar la orientación de toda la vida a la luz de todo el Evangelio, es y debe ser -como el Evangelio- un Movimiento Liberador:

1. En lo personal, supone ruptura con el pecado y con el hombre viejo, y adhesión a un Cristo libre y liberador;

2. En lo social, es liberador, como Cristo,

-de la esclavitud -opresión e injusticia-

-del pecado -egoísmo e individualismo-

-de la muerte -materialismo inmanentista-.

 

Kerigma y Cursillos

 

Antecedentes:

En agosto de 1968 asistimos al I Encuentro Latinoamericano de Delegados Nacionales de C de Cristiandad, celebrado en Bogota. En dicho Encuentro llegamos a la siguiente conclusión: “Dentro de la Pas­toral de Conjunto, el Movimiento de C de Cristiandad es un agente con función específica. Esta función esta determinada por su finalidad, su esencia y su método en la acción total de la Iglesia”.

 

Regresamos de Bogota con una doble preocupación.

1. El criterio de máxima eficacia exigía que los C se inte­graran en “la acción total de la Iglesia”. No podía ser “el Movimiento del Padre Fulano”, ni siquiera “del Obispo Zutano”, algo paralelo pero inconexo con la Pastoral Diocesana.

2. No podían ser tampoco agentes de cualquier Pastoral ni de toda la Pastoral, capricho de cualquier Padre o de cualquier Obispo; sino agentes con una función específica, que aún desconocíamos, pero que sabíamos que estaría determinada por su finalidad, su esencia y su método.

 

No podíamos inventarla pero trataríamos de descubrirla y de ex­plicarla a los pastoralistas.

Descubrirla fue fácil. Nos bastó leer un paco sobre el Kerygma, para intuir el lugar de C en la Pastoral Diocesana. En algunos escritos de C, sobre todo en la exposición de Madrid, del año 1951, de don Juan Capó, la intención kerigmática de C era evidente: “No se intenta una explicación catequética, sino que el Cursillo se sitúa en un punto previo: la proclamación del Mensaje que salva, de una vida nue­va, que transfigura y configura”.

 

Finalmente encontramos la palabra “KERIGMA” con todas sus le­tras, en tres escritos de C:

1. En la Ponencia “Los Rollos Místicos”, presentada por don Juan Capó en el Encuentro del Valle de Los Caídos: “Los Rollos Místicos, en la línea del Kerygma, deben pregonar, como anuncio jubiloso, el acontecimiento salvador del cristianismo, provocando la fe de conversión, que debió preceder a la fe de contem­plación, en la que el individuo ha estado inmerso desde que fue bautizado sin haberse convertido...”

2. En la serie de artículos de don Victoriano Arizti, publicados en el Boletín de C, bajo el título “Formación y C”: “El Cursillo, al buscar el Kerygma, no intenta conseguirlo a través de discursos, conferencias o charlas, ni siquiera por una serie de Rollos existenciales o vivenciales, sino por toda una vivencia que se da durante esos tres días, y que engendra un compromiso vital”.

3. En una amplia, aunque prudente, exposición de Mons. Hervás sobre la Teología kerigmática, en el capitulo “Novedades en la Teología», de su libro “Los C de Cristiandad, instrumento de renovación cristiana”.

 

Basados en estos antecedentes y en nuestras propias conclusiones, escribimos el Rollo “Ubicación del Movimiento de C en la Pas­toral de Conjunto”, con motivo de nuestro II Encuentro Nacional de Dirigentes, llevado a cabo a escasos tres meses del Encuentro de Bogo­ta. Este Rollo y su corolario –“Conversión y C”- circulando en forma mimeografiada, fue objeto de gran difusión en países como México y Brasil, estudiándose en Encuentros Nacionales, por la importancia que el tema había adquirido, al fijar, como finalidad del En­cuentro Mundial de Tlaxcala, la incorporación del Movimiento de C a la Pastoral Diocesana.

Llegó el Encuentro de Tlaxcala (México), y sucedió algo imprevisto: lo que se había afirmado de C, como método aplicado en tres días, consciente o inconscientemente se afirmaba ahora del Movimien­to de C: “Los C de Cristiandad, como Movimiento de Iglesia, no pueden ser considerados como una cosa aparte de la Pastoral de la Comunidad Eclesial. Son un elemento y un instrumento de esa Pastoral, en uno de sus aspectos -la Pastoral Profética-, y, dentro de la Pastoral Profética, de la Pastoral Kerigmática”.

Al Encuentro de Tlaxcala siguió una serie de publicaciones al res­pecto. España publicó los dos trabajos de Nicaragua, poniendo así so­bre el tapete una vez más el tema del Kerygma. En general, se aceptaba y reafirmaba lo dicho acerca del Método, sin afirmar o negar el carácter kerigmático del Movimiento en sus tres fases.

A manera de ejemplo, don Francisco Suárez, en su serie de artículos titulados «Los C de Cristiandad son un Movimiento de Espiritualidad Cristiana”, afirma: “Los C de Cristiandad son un Método de Evangelización, situado en la línea del Kerygma, que engendra un Movimiento, que tiende a cristianizar los ambientes y estructuras del mundo, a través de personas que por sus valores humanos, ofrecen mayor garantía de realizarlo con eficacia».

Lo que se afirma del Método no se afirma necesariamente del Movimiento. En su libro “Los C de Cristiandad abiertos al Futuro”, don Francisco Suárez y don Clemente Sánchez comentan las conclu­siones de Tlaxcala, pero explicitan el carácter kerigmático de C sólo de cara a los Rollos y al estilo de los tres días del Cursillo.

Sin embargo, don Jaime y don Juan Capó, en la Introducción a su nuevo libro “El Porqué y el cómo de C”, reafirman el carácter kerytmático del Cursillo como Movimiento y como Método: “La dimensión kerytmática de los C de Cristiandad es otro presupuesto criteriológico básico a la hora de una revisión de su doctrina y de sus exposiciones. No creemos que sea necesario detenernos aquí en la demostración de algo que está comúnmente admitido, y que resulta lógicamente innegable, desde el momento en que se sitúa toda la arqui­tectura metodológica de los C sobre la dinámica de la Gracia, como realidad transfiguradora y como determinante de su objetivo pleno, la conversión.

Hoy nadie duda del carácter kerigmático del Movimiento de C, supuestas las zonas de discusión y de estudio que todavía comporta para la Pastoral este concepto, y la diversidad de planteamientos con qué se enfrentan ante el las diferentes escuelas y los diferentes autores.

Llegado el Pre-Encuentro de Lima (Perú), se sintió la necesidad de clarificar el significado de las conclusiones de Tlaxcala: analizar el contenido kerigmático de C en sus tres tiempos: Precursillo, Cursillo y Poscursillo.      

El primero y el último resultaban especialmente obscuros en lo que al kerygma se refiere. Pero aún con respecto al Cursillo surgían algunas dudas. Se argumentaba que, aunque el Cursillo está “en la línea de! Kerygma, no es Kerygma puro, significando que puede trascenderse, ampliando el Mensaje hasta temas que normalmente caen en el campo de la catequesis. Concretamente se objeta que la teología de los sacramentos, las prácticas piadosas del Rallo de Vida Cristiana y toda la liturgia están completamente fuera del campo del Kerygma.

Para dar una respuesta satisfactoria a estas preguntas, deseamos iniciar este tema con un estudio acerca de la evolución del significado y del contenido del Kerygma; la evolución del término catequesis y de su contenido doctrinal, y el valor kerygmático de la liturgia.

Nos adentramos en el tema sin prejuicios, sin argumentos a favor o en contra, dejando que el lector saque sus propias conclusiones. Buscamos explicitar una mentalidad que sirva de criterio para los tres tiempos de C, y no nos interesa bautizarla con el termino Ke­rygma ni con ningún otro apelativo, sino con el valor de lo evidente.

 

a. cursillo y kerigma

Las definiciones Conceptos que expondremos en esta breve intro­ducción sobre el Kerygma están tomados en su totalidad de las obras del Kart Rahner, Karl Lehman y del P. Nebreda. Este último director del Instituto Pastoral del Este  Asiático, a cuya autoridad nos referimos.

 

Definición

Según Rahner, “Kerygma, en sentido pleno, es la predicación actual determinada por la situación histórica de la palabra de Dios en la  Iglesia, mediante predicadores que, acreditados por Dios, dan testimo­nio. Esta palabra pronunciada par los predicadores, en fe, esperanza y amor, por la virtud del Espíritu hace presente aquello mismo que se predica (y en la que el mismo Dios se promete al hombre) como Mensaje evangélico de la salvación. y como fuerza obligatoria y normativa que permite que la historia de la Salvación en Jesucristo esté presente “ahora” según su principio y su fin –cada uno a su modo- de tal suerte que esta palabra, hecha a su vez acontecimiento en las cosas dichas y escuchadas, puede ser aceptada por el oyente en fe y en amor».

Esta definición de Rahner, que trataremos de explicar con citas del mismo autor, introduce una serie de conceptos esenciales para la comprensión de la naturaleza puramente kerigmática del C.

A manera de ejemplo, solamente, lo determinante del Kerygma no radica tanto en el contenido del Mensaje que se predica, cuanto en:

1) la intención o finalidad del Mensaje: provocar la conversión del individuo;

2) su obligatoriedad;

3) la autoridad, estilo y testimonio del predicador;

4) el espíritu con que se predica;

5) que hace presente aquello mismo que se predica; par ello “da vivencia” de lo predicado.

 

Contenido del Kerygma

A este respecto todos lo autores están de acuerdo en que “el Keryg­ma se limita a proclamar la sustancia profunda del cristianismo, los rasgos fundamentales de la vocación cristiana, evitando lo accidental, los adornos, lo superfluo”. Nosotros lo llamamos la proclamación de lo fundamental cristiano.

El contenido de esta predicación kerigmática concreta varía, y estará determinado por lo que Rahner, en su definición, llama la situación “histórica”. Estas variantes resultan evidentes en los textos kerygmáticos más importantes del Nuevo Testamento. En 1Ts 1, 9; 1Co 8, 4-6; Ga 4, 8, el kerygma está encaminado a apartar a los paganos de los ídolos y llevarlos al Dios vivo (1Ts 1, 9); a aceptar que tales dioses no existían (1Co 8, 4-6); al anuncio de la Trinidad y Unidad Divina en 1Tm 9, 4; Hb 10, 26. En el Kerygma de Juan el Bautista el contenido es el anuncio de la proximidad del Reino de Dios y la llamada a la Penitencia, mientras en Cristo se proclama la llegada del Reino y su propio misterio.

Pero todos los autores consultados están de acuerdo en que el kerygma, en lo que a su contenido se refiere, no debe confundirse con “el mínimum de doctrina que debe proclamarse en una primera evangelización”, sino que es la proclamación global de aquello que es base, causa y continente de toda lo cristiano.

En términos cursillistas no es sino volver a insistir en la diferencia entre lo elemental cristiano (mínimo ético, cristianismo rudimentario) y lo fundamental cristiano, sustentación, condición y distintivo de todo lo cristiano. Basten, como prueba, las siguientes citas textuales:

 

P.Semois

“Toda la moral cristiana está contenida en el precepto de la caridad teologal para con el prójimo: ‘Quien ama al prójimo ha cumplido la ley’ afirma San Pablo, “pues el amor al prójimo es la plenitud de la ley” (Rm 13, 8-10). De la misma manera, ‘…la fe que justifica, está englobada totalmente en la creencia en Cristo-Redentor (Rm 4 y 5). La re-conversión (kerigmática) no está vacía de contenido doctrinal. Muy al contrario, implica en germen, y de manera muy determinada, todo el contenido de la fe dogmática”.

 

Alfonso M. Nebreda:

«Uno debe evitar el oponer la fe de conversión por la cual el creyen­te aúna su, suerte con la de Jesucristo, a la fe de conocimiento, par la cual el mismo creyente se une interiormente a la totalidad del Credo, Toda la catequesis, todo el dogma, ya está contenido en el Misterio de Cristo. Para el católico, el Credo no se debe comparar a una cadena de eslabones iguales, sino más bien al espectro solar, en el cual todos los colores están unidos en una síntesis luminosa, o al nacimiento de la planta, de la semilla”.

 

Gottlieb Söhngen

“El Kerygma no es en si mismo teología, en el sentido de una con­cepción científica. Pero no se podría desarrollar ninguna teología a par­tir del kerygma, si esta teología no estuviera contenida en él... Así es válida esta proposición: ‘Kerygma est initium, fundamentum et radix omnis theologie».

 

Karl Rahner y Karl Lehman:

“…el concepto de Kerygma puede aplicarse al acto y al contenido de la predicación eclesial, sin establecer como norma ninguna especie de descripción minimizante. El concepto de Kerygma fue y es emplea­do en la nueva teología pastoral... en el sentido complejo que abarca la realidad total de la predicación cristiana o alude al menos a ella de una manera potencial”.

 

Conforme a lo anterior, la pureza kerigmática de C no de­pende de la mayor o menor densidad teológica de su mensaje, sino, como veremos más adelante, de su capacidad de dar vivencia de lo que en él se predica, de la orientación de cuanto en el se dice hacia una conversión del individuo, de la obligatoriedad del mensaje que será tanto mayor cuanto más fundamentales sean las verdades que se exponen, y del testimonio del Rollista.

Por la misma razón, la existencia de un Rollo de Sacramentas, las practicas de Piedad o la Liturgia tampoco restan a C valor kerigmático, cuando se comprende la verdadera intención de los mismos, y no se desvirtúa su verdadero contenido.

De hecho, en igualdad absoluta de temario, puede darse un Cursillo puramente catequétioo o puramente kerigmático, según se expongan u orienten las verdades en él contenidas. No sólo el Rollo de Sacramentos, sino que la misma doctrina de la Gracia y aún las Meditaciones sobre Cristo pueden ser indistintamente instrumentos de conversión o temas de catequesis.

Quisiera hacer un  paréntesis en la presentación de los elementos kerygmáticos del Cursillo, para analizar el valor kerigmático del Rollo de Sacramentos de la Liturgia, y el verdadero sentido de las prácticas de piedad en la “Hoja de Compromisos”.

 

Valor kerygmático del rollo de sacramentos.

Debemos historiar un poco la evolución de la pastoral de Evangelización en la Iglesia y del significado auténtico de la catequesis.

Catequizar significa en su acepción griega original, hacer resonar, provocar un eco. Un eco pero también una mayor resonancia de lo que se había proclamado en el kerygma. Se trataba de dar un mayor conocimiento para dar mayor solidez a la fe recibida globalmente en el kerygma. Avanzar en la fe por el conocimiento, pero teniendo la fe y no el conocimiento como meta. Se diría que no se trataba de creer más, sino de creer mejor. “Creo Señor, pero aumenta mi fe”. Catequesis, que aumente el conocimiento, pero que no aumente la fe, no es catequesis.

Y fe será siempre “la decisión personal -existencial- del hombre ante Dios” (Rahner).

Dice el P. Nebreda: “El fin del apostolado catequístico no es el conocimiento como tal, sino la fe viviente, la respuesta del hombre al llamamiento de Dios”.

En muchos países y por muchos años, el cristianismo se ha estado presentando como enseñanza, instrucción e información. Se acentúa la doctrina. Es importante que entendamos los eventos que han causado esta situación, ya que alguna gente se opone aún a aceptar el método kerigmático, porque teme apartarse de la tradición. Debemos demos­trar, por tanto, que el tipo de catecismo que la mayor parte de noso­tros aprendimos cuando éramos niños, fue realmente una desviación desafortunada, de la verdadera tradición de la catequesis de la Iglesia (cfr. Jungmann, Catequética).

Los conceptos que siguen, están extractados de los escritos del P. Alfonso Nebreda.

En las primeras fórmulas de evangelización, como en las fórmulas de Cirilo de Jerusalén o san Agustín -e inclusive en el Catecismo Romano- el cristianismo es sencillo y bello. Es un bello círculo de amor que viene de Dios y que regresa del hombre a Dios, teniendo a Cristo como centro, primero, lo que Dios hizo y hace por nosotros en Cristo; según,  cómo  debemos responder a Dios en Cristo.

 

LA PRIMERA PARTE incluye dos secciones: el Credo y los Sacramentos. Ambas para mostrar, lo que Dios ha hecho y hace por nosotros:

El Credo nos habla del Amor, de un Dios que nos ha creado, que se encarna en el tiempo en Cristo, que, muriendo por nosotros, nos redime y habiendo resucitado, nos santifica con su Espíritu, se perenniza en su Iglesia, y nos promete la resurrección eterna. Todo se centra en el Misterio de Cristo.       

Los Sacramentos nos muestran lo que Cristo ha hecho y sigue haciendo por nosotros a lo largo de nuestra vida.

La presentación del Amor de Dios por nosotros debía ser el propósito del Dogma y los sacramentos. Que podarnos decir al final esta primera parte, con todo nuestro ser: “Y hemos conocido el amor que Dios nos tiene», como escribe san Juan en su primera Carta. De lo contrario, es inútil empezar la secunda parte, que es nuestra respuesta a la primera.

 

LA SEGUNDA PARTE compendia los Mandamientos y la oración  especialmente el Padrenuestro. Pero todo ello centrado en “el Mandamiento”. Porque los Mandamientos no son la característica específica  del cristianismo, pues sólo tenemos un Mandamiento, el espíritu de amor, el espíritu de Cristo. Si no entendemos “el Mandamiento” podríamos cumplir los diez Mandamientos materialmente sin ser verdaderamente cristianos. Pero si lo entendemos, comprendemos que el amar al prójimo es nuestra respuesta al Amor de Dios, y quien ama al prójimo cumple los diez Mandamientos, porgue el amor es la plenitud de la ley. “Quien me ama cumple mis Mandamientos”.

La oración y todas las prácticas de Piedad de la Hoja de Compromiso también son respuesta al amor de Dios. Lo contrario sería como quien dijera que tiene un amigo, pero ni le hablara (oración), ni le escuchara (Meditación), ni le visitara (Misa-Visita), ni le recibiera (comunión), ni lo obsequiara (ofrecimiento de obras). Sería el contacto normal entre dos personas que dicen conocerse mutuamente y desean encontrarse en la comunión del amor.

Pero vino la Reforma y con ella la Contra-Reforma. El énfasis se centró en responder o prevenir la difusión de los errores de los reformadores como San Pedro Canisio y San Roberto Belarmino escribieron Catecismos, para resumir la enseñanza ortodoxa católica. El énfasis ya no estuvo en las mayores realidades de Dios, sino en las peores desviaciones de los hombres.

Belarmino, por ejemplo, atacando a los reformadores por negar la visibilidad de la Iglesia, la define como “una asamblea y congregación de los hombres bautizados, que, bajo la obediencia al Romano Pontífice profesan la misma, fe y ley de Cristo”. El énfasis se pone en las características que distinguen la verdadera Iglesia de una comunidad herética. En relación a  la unidad de la Iglesia, Belarmino la ve arraigada en la Jerarquía  y no en el Espíritu Santo.

A esto siguió el moralismo antropocéntrico del iluminismo. La Mo­ralidad se dijo es el principal objeto de la Biblia. Si el Catecismo Ro­mano acentuó primero lo que Dios ha hecho para Salvamos, el Catecis­mo del siglo de las luces acentuó lo que el hombre debe hacer para salvarse. La unidad, el orden y la profundidad de la Buena Nueva, basados en Revelación, fueron averiados y la estructura de la catequesis cambió de orden y de sentido.          El nuevo catecismo contra-reformista, moralístico y antropocéntrico, fue el siguiente:

1) Dogma: lo que  el hombre debe creer para salvarse.

2) Mandamientos: lo que el hombre debe hacer para salvarse, y

3) Sacramentos, oración y prácticas piadosas: una ayuda para guar­dar los Mandamientos.

Triunfaron los fariseos, que se salvaban por el cumplimiento de la ley. Empezó el reinado del terror, en vez de predicarse el Reino del Amor. La Iglesia, institución de servicio para salvar, vino a ser insti­tución de privilegio para salvarse y banco central de los Sacramentos.

Los Sacramentos son ahora algo que nosotros, recibiéndolos, debe­mos hacer para nuestra salvación. Medios para ayudar a guardar los Mandamientos. Lejos de aparecer como signos trascendentes y vehícu­los sacramentales de la muerte redentora de Cristo y de su resurrección aparecieron como medias para la virtud. La única conexión prácticamente entre los Sacramentos y Cristo fue la tesis sobre la institución y el poder de otorgarlos, que Cristo reclama como propios. En una cate­quesis así la concepción semipelagiana se abre campo fácilmente. Uno puede ser desviado a creer que nuestra salvación se encuentra en la acción y voluntad del hombre más que en la Redención de Cristo.

Las practicas piadosas, al igual que los Sacramentos, se convirtie­ron en medias de perseverancia. Ambas perdieron su sentido kerygmático. Juzgue cada uno lo que el Rallo de Sacramentos y el Rollo de Vida Cristiana han sido en su localidad.

De la exposición anterior quisiera, sin embargo, sacar tres comentarios.

 

Primera observación:

En el Mensaje de C se adivinan claramente estas dos gran­des fases de la predicación, que la eficacia exige que se respeten:

El amor de Dios y lo que éste ha hecho y hace por nosotros presentado desde el Vía Crucis de la primera noche del Cursillo, el Hijo Pró­digo y Gracia, hasta el final del Rollo de Sacramentos. Amor de Dios que, de momento, solo se contrasta con lo que nosotros hemos hecho con El y con nosotros mismos: nuestros fallos y lacras personales: “Película de nuestra vida”, “Tres Miradas”, falsas posturas en “El Seglar en la Iglesia”, “Estudio” (orgullo, cobardía, suciedad, niñería, cortedad).

La teología y la psicología nos piden, par el momento, olvidarnos del prójimo y del mundo. Hasta aquí el Cursillo es algo íntimo entre Dios y nosotros mismos: mi propia liberación, el salto a la Verdad que nos libera y a la Vida que nos resucita.

La segunda gran fase comienza con el Rollo de “Acción”. Debe ser nuestra primera invitación, abierta a corresponder a su Amor. Es el mismo Amor el que invita a ser correspondido, y su llamada se hace insoportable en la medida en que es desinteresada. A la altura del Rollo de Sacramentos, el alma pide a gritos que se le pida algo. Ya no soporta tanto Amor sin condiciones. El Rollo de Acción viene a ser lo que debe ser: una puerta que se nos abre hacia un inmenso camino de posibilidades, por donde se desborda nuestro amor para corresponder a ese Amor.

En todos los Rollos hay una llamada implícita, que el Rollista no debe explicar antes de Acción, al menos como llamada personal a los presentes. Hay que dejar que el Cursillista saque sus propias conclusiones. A nadie le gusta tragar comida digerida. Tales conclusiones, por ser propias, tendrán entonces mucha más fuerza y duración. No hay que arrancar decisiones, sino madurar convicciones.

Yo he visto mil veces a dirigentes -sacerdotes y seglares- frustrar ese desbordamiento con sus exigencias prematuras. Las llamadas insistentes a “limpiar la pantalla”; el “teólogo” que agrega a la definición de Gracia la respuesta que el hombre debe dar a la amistad que Dios nos brinda el “compromiso” con el mundo en “El Seglar en la Igle­sia”; el sacerdote  que te reclama una confesión o al menos una lágrima en la lectura de cada palanca; el Rector que después de “todo esto por mí” “todo lo otro para Cristo, el prójimo y el mundo”. Una exigencia en cada Sacramento.

Muy pobre debe ser el Dios que pide algo por cada cosa que te da. Muy falsa la  teología de un amor interesado y condicionado, y de un Cristo que nos amó y nos ama, cualquiera que sea nuestra respuesta a su amor. Y muy pobre la psicología y pedagogía del Rollista.

La experiencia nos demuestra que hay una mayor y una mejor respuesta, cuando este brota por sí solo como decisión propia nacida del Amor. La respuesta forzada, por prematura, suele ser débil y efímera. Cuando este sucede, el Rollo de Acción ya no es un cauce para el amor, que el Amor despertó en nosotros un abanico de posibilidades más, una obligación más, otra respuesta sumada a las muchas respuestas y obligaciones que se nos han venido martilleando, y que no cesarán hasta el Rollo de “Cursillista más allá”, donde la responsabilidad es todavía habilidad de responder.

La segunda gran fase debe, pues, comenzar con el Rollo de Acción. Si, en la primera fase, el Cursillista contrastó el Amor de Dios con su propio amor, teniendo por catalizador el testimonio de amor.

 

- del Rollista de Piedad (su conversión);

- del equipo (clima de Cursillo y labor de pasillo);

- de la Comunidad (palancas);

En la segunda fase querrá corresponder a ese amor porque tiene capacidad de asombro.

Se decidirá a hacerlo porque tiene personalidad.

Podrá hacerlo porque su circunstancia era limpiable:

Y querrá hacerlo:

1) Conforme al deseo de Dios: “Mensaje de Cristo al Cursillista”;

2) Inspirado en el cómo, que señalan las vivencias de “Acción” y “Comunidad Cristiana” pero limitando al Rollista en su porque: porque Dios nos amo primero, que es el verdadero Mensaje de la Pasión de Cristo, al final del Rallo de “Cristiandad en Acción”;

3) Contrastando la realidad del mundo, de los hombres, de sus ambientes, con lo que Dios quiere que sean, en el Rallo de “Estudio y animación del ambiente”. Cambiándose a si mismo -conver­sión- a los hombres -evangelización-, y las estructuras (re­estructuración del orden temporal);

4) Podrá hacerlo con o desde un Grupo de Cristiandad, manteniendo además una comunión vital con Cristo y un contacto permanen­te con los hermanos.

Lo que Cristo pide en el cursillo es mucho, porque lo pide todo y antes de pedirlo, debe ser también mucho lo que da. El Dios que dio su vida por él, le pide, en el Cursillo, su vida toda:

- en el Rollo de Piedad, la orientación de toda nuestra vida a la luz del Evangelio, en unión vital con Cristo;

- en el Rollo de Acción, la orientación de todos nuestros actos ha­cia la instauración del Reino de Dios en la tierra por el ejercicio de la caridad, amor a Dios y amor al prójimo por Dios;

-en el Rollo de dirigentes, la orientación de todas nuestras poten­cias –cualidades naturales y sobrenaturales- al servicio de Dios y de los hombres;

-en el Rollo de Estudio, la configuración de todo nuestro ser se­gún su voluntad y ejemplo;

-en el Rollo de Vida Cristiana -resumen del Cursillo- nos dirá que esta vida debe manifestarse como vida de fe, vida de espe­ranza y vida de caridad. Vida de amor a Dios, que se expresa y acrecienta par la unión con El, en las prácticas de Piedad. Vida de Amor al prójimo, expresada en acción y compromiso temporal. Plenitud de vida cristiana.

 

Segunda observación:

Debemos insistir en que la Evangelización, ya se le llame Kerygma o Catequesis, no se agota en el conocimiento, sino en la fe, y en la fe como decisión personal, existencial, del hombre ante Dios, es decir, en la conversión. La intención de todo el Mensaje, debe, pues, ser sola­mente la conversión del individuo y la intención de cada Rollo deter­minará su contenido. Ningún Rollo, por tanto, lanza al conocimiento como meta. Ni siquiera el Rollo de Estudio. Ni el Estudio en la Hoja de Compromiso. Ni la pregunta de Estudio en la Reunión de Grupo. El Rollo primitivo de Estudio se centraba en este simple esquema: “co­nózcate a ti, Señor, y me conozca a mí”.

Conocer más a Dios, sí, pero para amarlo más y servirle mejor. Conocernos mejor a nosotros mismos, pero para contrastar el tú -ilusión del Padre- con el tú, ilusión de ti mismo. Buscando la perfección en su ilusión, en su plan para ti, porque el hombre, en su más radical au­tenticidad, no es sino lo que Dios piensa de él. Somos pensamientos de Dios hecho realidad por su amor y voluntad, y, par ello, nuestra per­fección está en conformar nuestra realidad a su pensamiento, a su voluntad, a su amor.

 

Por todo ello forman parte del Estudio:

- el Examen de Conciencia, que te dirá que piensa Cristo de ti;

- la Meditación, que te dirá que quiere Cristo de ti;

-la Dirección Espiritual, para ir logrando cada día más la orientación de toda tu vida a la luz de todo el Evangelio, que es donde se manifiesta su pensamiento, su voluntad, su amor.

 

El Estudio, como la Catequesis debe dar:

1) Solidez a nuestra fe: por el estudio al conocimiento; por el conocimiento al amor -o viceversa-; por el amar a la fe, y por la fe a la vida;

2) Forma nuestra vida, conformándola a la imagen de Cristo, que también es vida, y viviéndola a la luz de un cristianismo con­cebido como vida clave que la explica toda.

 

Tercera observación:

Ni los Sacramentos ni las prácticas de piedad son instrumentos de perseverancia dentro de la mentalidad de C. Si no lo son, abstengámonos de presentarlos como tales. La simple visión de la medici­na nos hace temer la enfermedad. Es triste ver como, en ciertos C, se gastará horas en convencer al Cursillista a cerca de la posibili­dad de una “perseverancia”,  tratando de vencer un temor que tal vez no existiría si el buen sacerdote no lo hubiera despertado.

No existe, en el Mensaje puro de C, una “fase de perseverancia”. Esta nació de la presentación de un cristianismo que consistía en no pecar. Pero el cristianismo no puede consistir en evitar una muerte, sino en vivir una vida, y vivirla en plenitud y abundancia. Presentemos, pues, los Sacramentos como fuentes de esa vida que salta hasta la Vida Eterna, no como gasolineras para continuar la marcha, y las prácticas de piedad como esa comunicación recíproca entre Dios y los hombres, que, como toda comunicación, aumenta a la vez que expresa su amor y amistad. Por ellas expresamos a Dios nuestro amor y Dios el suyo; y el nuestro y el suyo se acrecientan, si es que puede acrecentarse lo infinito.

 

Valor kerigmático de la liturgia

No solamente la estructura del Catecismo y la relación entre el Dogma y los sacramentos se desequilibraron, como resultado del punto de vista antropocéntrico del siglo de las luces, sino inclusive se afectó  la presentación kerigmática de los misterios centrales del cristianismo: la Encarnación, la Pasión, la Resurrección y la Ascensión del Salvador  consideraron como hechos salvíficos que pasaron y están com­pletos, en vez de hechos que trascienden el espacio y el tiempo, y llegan hasta nuestros días. Demasiado a menudo los misterios cristianos se presentan, en los catecismos, bajo su aspecto histórico, y no bajo su aspecto litúrgico, por el cual están contenidos, y se continúan en el presente.         

La misma liturgia “secreta e incomprensible”, perdió también su va­lor kerygmático por excelencia, hasta el punto que hoy se considera como algo distinto y separado del kerygma.

Una vez más quisiéramos citar a Rahner: «....la palabra pronunciada en los actos litúrgicos centrales es simplemente Palabra de Dios en su plenitud, en su fuerza eficaz, y explica, por eso, en su sentido primario y pleno, lo que quiere decir kerygma...» En efecto, la liturgia sobre todo de la Cena del Señor y de los Sacramentos, se apoya en la palabra eficaz “ex opere operato”. Esta palabra es pronunciada como palabra de Dios; encierra en sí, de hecho, la realidad que pronuncia; hace verdaderamente presente y aplica esta realidad a la vida de la comunidad y a las situaciones decisivas de cada uno de sus miembros.

La celebración cúltica de la Cena del Señor tiene un acusado sentido kerygmático: “Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1Co 11,26). También la celebración de la Cena del Señor puede incluirse en el concepta de “predicación”.

En esta calidad de mensaje, el Kerygma es lo que Pablo llama “dynamis de Dios”. En la predicación se lleva a cabo, y acontece al mismo tiempo lo mismo que se proclama. No es que actúe el “contenido” que se predica, sino que el mismo Dios se hace presente en él.

Para llegar a conocer el sentido pleno de estos conceptos, sólo falta  añadir una cosa: que la comunicación del Dios trino, por la gracia, se dé también, y sea eficaz -ofrecida o incluso recibido- en el que oye esa palabra. De esta manera, la misma realidad que se proclama en el kerygma como presente y eficaz, es la que posibilita la audición del kerygma. Sólo así consigue el kerygma de la Iglesia su plena presencia y realidad; sólo así es realmente acontecimiento de la salvación, al convertirse, como palabra llena de la realidad afirmada, en salvación del oyente.

“El kerygma tiene su manifestación más plena en la celebración de la Cena del Señor, porque aquí es donde se dan todos los elementos mencionados en su forma más original y profunda. El Kerygma no sólo acontece con ocasión de la Eucaristía, sino que es esta fiesta eucarística…; puede decirse que la mistagogía de la Celebración de la Cena es (según la palabra sacramental en su sentido estricto) la forma más original y más plena del kerygma” (Rahner).

La, liturgia, por tanto, no esta reñida con el kerygma, sino que, por el contrario, el kerygma alcanza su perfección en la liturgia.

El Cursillo y la Liturgia tienen valor kerygmático, en cuanto en ellos se testimonia y se realiza lo que en ellos se proclama: en la Liturgia, por el misterio; en el Cursillo, la presencia de Dios par la Gracia, soli­citada en las palancas y recibida en los Sacramentos; par la realidad de Cristo en el Sagrario, de la Iglesia en sus apóstoles y en la intendencia, y por la presencia y vivencia del amor de todos a todos en Cristo.

En este realizar lo que en el Cursillo se proclama, radica el verda­dero sentido de su carácter vivencial como “experiencia” de lo funda­mental cristiano, y así se ha dicho en los esquemas de los C de C desde siempre.

A manera de sugerencia nos permitimos mencionar la conveniencia de una Liturgia que se planifique de modo que responda al espíritu y mensaje de cada uno de los tres días del Cursillo, como elemento importante que es, en el todo de la predicación kerigmática.

 

Autoridad y testimonio

Sólo nos resta explicar dos elementos esenciales a la definición de kerygma y a la mentalidad de C, como kerygma puro. Estos ele­mentas son la autoridad y el testimonio del predicador.

Kerygma significa, en el Nuevo Testamento, proclamación en po­der, palabra autorizada de predicación. En su sentido original, el kerygma es la proclamación hecha por un heraldo, en pie, con voz fuerte, en público, anunciando de un lugar a otro una nueva, en nombre de un poderoso mandatario.

Del predicador kerygmático tendría que poder decirse también que “habla como quien tiene autoridad”. Autoridad, naturalmente, que le viene de Dios.

Al respecto dice Rahner: "Este hacer se presenta, en el acontecimiento salvífico, mediante el kerygma, a diferencia de la mera comunicación de una verdad del pasado o de una verdad universal, asequible siempre y en todas partes, y determina la autoridad de que debe estar dotado el kerygmático, es decir, aquel que puede pronunciar la palabra. Este debe recibir históricamente de Cristo, que es el auténtico acontecimiento salvífico, acreditado por sí mismo, su plenitud de poder. El kerygmático debe poder hablar y actuar con este mismo po­der en nombre de la comunidad evangelizadora. Su kerygma debe apo­yarse en la misma realidad salvífica, ya sea que él, como hombre justificado, posea esta realidad salvífica como santidad propia, o que, al menos, anuncie y testifique el kerygma en la comunidad de la Iglesia, siempre santa, en sentido subjetivo”.

A este respecto la literatura de C es interminable. Desde la insistencia machacona de que lo más importante de un Rollo es el vi­virlo, antes, en y después del Cursillo. Sus elementos: una verdad -la del esquema- y una vida, la del Rollista. El concepto mismo del “san­to temor al Cursillo”. La santidad del equipo, como elemento principal del Cursillo. La insistencia en que “es la cristiandad la que da el Cursillo”; que no se dan C sólo “para” que exista una cris­tiandad, sino “porque” existe esa cristiandad, cuyo testimonio es fun­damento y condición para poderse dar un Cursillo.

El kerygma debe ir acompañado necesariamente del testimonio. Un testimonio triple:

1) el del apóstol;

2) el de la Comunidad;

3) el de la Iglesia toda.           

 

El kerygma, como el Cursillo, tiene dos aspectos:

1) La palabra: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”; y

2) El testimonio: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra”.

 

Dice San Pedro: “Nos ordenó predicar al pueblo y atestiguar” (He­chos 10, 42).

Y San Juan: “Nosotros damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna” (1Jn 1, 2).

Y San Pablo: “Cristo me envió para anunciar el Evangelio..., dando testimonio a judíos y a griegos sobre la conversión a Dios... Y yo, her­manos, llegué a anunciaros el testimonio de Dios”. (1Cor 2, 1). Y de San Pablo se dice en Hechos (28, 23): “Les expuso la doctrina del Reino de Dios, dando su testimonio, y tratando de convencerlos”.

Esta insistencia en el testimonio, como elemento esencial e insepa­rable de la predicación kerigmática, sea el predicador Cristo, Pedro, Pa­blo o Juan, no tiene otro propósito que el de urgir a los sacerdotes y a los seglares a un mayor testimonio en sus Rollos, obligación de la que no faltan quienes parecen considerarse exentos.          

El Kerygma aspira a dar a conocer a Cristo y su mensaje, y el testimonio tiende a hacerle admitir. El primero se dirige a la inteligencia; el segundo  la voluntad libre. Pero así como  el entendimiento y la vo­luntad libre trabajan en estrecha interdependencia en la unión vital de la persona, así el kerygma y el testimonio forman un todo indivisible que se dirige a lo íntimo de la personalidad.

Testimonio es el compromiso personal, en una convicción recibida de fuera y exteriormente manifestada con una garantía, motivada, de veracidad, en orden a captar constructivamente la adhesión de aquel y de aquellos a quienes se atestigua.

El testimonio no puede ejercerse plenamente, sino mediante un compromiso personal, por parte del apóstol respecto al auditorio, y mediante una acción constructiva directa sobre el oyente, con miras a provocar en él una decisión, rigurosamente personal, lo cual no puede realizarse sino mediante un contacto directo y personal, oral entre el apóstol y el auditorio, e incluso con cada oyente en particular.

En este sentido, el testimonio trasciende la simple exposición pública de un Rollo, y cae también en el terreno de la “labor de pasillo”. Los Hechos de los Apóstoles recuerdan algunos kerigmas privados de este genero: el de Felipe al Chambelán de Etiopía (Hch 8, 30-38); el de ­Pedro al Centurión Cornelio (Hch 10, 24-43); el de Pablo al carcelero de Filipos (Hch 16, 32-33), Y también en las casas (Hch 5, 42),

 

El testimonio, como dijimos anteriormente, debe ser triple:

1) El testimonio de vida del apóstol, su personalidad entera, comprometida en una convicción. Es el contagia psicológico del ejemplo, la fuerza comunicativa de la convicción, manifestada en la conducta vital diaria. Y como la vida cristiana consiste fundamentalmente en la caridad para con Dios y para con el prójimo, el valor del testimonio de vida, para la conversión de los que están fuera, procederá sobre todo del ejemplo de vida de amor sincero hacia Dios, de unión con Cristo Salvador, y de verdadera caridad hacia todos los hombres.

 

2) Este testimonio de vida debe provenir de los apóstoles individual y colegialmente considerados. Es el testimonio del Equipo y de la Ultreya. El testimonio comunitario no debe ser considerado como las sumas testimonios individuales; proviene en primera línea, de los factores mismos de la vida comunitaria, especialmente de la vida litúrgica.

 

3) El testimonio de vida de toda la Iglesia militante, más allá de la comunidad local o regional: “Vosotros sois la luz del mundo. Vuestra luz ha de lucir ante los hombres para que, viendo vues­tras obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 14-16).

«Conozcan todos que su primera y principal obligación en la di­fusión de la fe, es vivir profundamente la vida cristiana; gracias a tal testimonio la Iglesia aparecerá como estandarte levanta­do entre las naciones, luz del mundo y sal de la tierra» (AG36).

Sin afirmar nada nuevo, hemos creído robustecer, con nuevas aportaciones teológicas, lo que ha sido mentalidad de cursillos, ampliamente difundida. Hemos destacado aquellos elementos que hacen del Cursillo una predicación eminentemente kerigmática, y confiamos en que al poner el énfasis en aquello que es esencial al kerygma, se logre una mayor eficacia en la consecución de la finalidad inmediata del Cursillo: la conversión personal, integral, del Cursillista.

Quisiéramos ahora exponer aquellos factores que pueden obstaculizar la predicación kerigmática Y la conversión del individuo.

Son textos que pensaríamos salidos de la pluma de los iniciadores de Cursillos o extractados de la literatura oficial  del Movimiento, pero que están tomados de la palabra autorizada del P. Semots, uno de los teólogos kerygmáticos de mayor prestigio en el mundo.

 

A tenor de este autor, son obstáculos a la conversión:

 

A) Por parte del testimonio kerygmático

 

1) un testimonio de vida insuficiente, en el apóstol y, sobre todo, en la comunidad cristiana (que esta advertencia reafirme nues­tro “santo temor”, y frene la inflación en número de Cursillos, que debe venir determinado por la santidad y clima de la Ultreya);        

 

2) Una falta de contacto fraternalmente humano y realmente religioso. Deberemos procurar la convivencia integral, de todos con todos y los encuentros plenos, de persona a persona;

 

3) Una predicación presentada de manera infantil, superficial o incomprensible para el oyente, o dada de modo inoportuno, sin esperar la ocasión psicológicamente favorable. Los Rollos deben poder ser seguidos como “una explicación en publico de verdades, hecha en forma simple; profunda y encarnada”. Deberán concatenarse de cara a la conversión y no sólo de cara a la teología, conjugando en el Mensaje la teología, la psicología y la pedagogía, para poder ser a la vez aptos y oportunos;

 

4) Una falta de adaptación en el Mensaje, complicándolo con superestructuras psicológico-culturales extrañas, haciéndolo desconcertante e inasimilable, por inadaptado o por ir cargado de un bagaje de servidumbres extrañas, para un auditorio social­mente distinto del ambiente de donde procede el apóstol. No se puede caer ni en el anquilosamiento ni en la innovación ca­prichosa. No podemos oscurecer lo fundamental por la adición injustificada de cuanto puede ser “bueno”, o “actual” en la teo­logía de la Iglesia. Habremos de preferir lo eterno a lo nuevo, el dogma a la opinión, lo evidente a lo experimental, para que el kerygma y el Cursillo sigan siendo, por su obligatoriedad y sentido común, algo imposible de rechazar.

 

B) Por parte del candidato al Bautismo, son obstáculos a la conversión:

 

1) “Una ausencia total de sinceridad, cuando alguien se presenta al Bautismo fingidamente, como puede suceder bajo ciertas pre­siones abusivas”. No debe bastar al Precursillo una “selección”, sino que debe seguir un “tratamiento”, que logre una “dispo­sición”;

 

2) La falta de recta intención, tergiversada por móviles de interés temporal, de ventajas terrenas. La disposición obtenida debe ser sana, recta, ilusionada;

 

3) Una “voluntad indecisa, por simple atavismo, por falta de energía, para prescindir de antiguos hábitos o para superar cierto respeto humano”.Los candidatos deben tener personalidad, entendida como capacidad de optar, decidir y actuar par si mismos;

 

4) “Una voluntad que choca con ciertos obstáculos de orden mo­ral, que atan al candidato a ciertos extravíos”. Su voluntad, su personalidad no debe estar viciada; debe tener una circunstancia limpia o limpiable.

 

El paralelo del Padre 8emois con la literatura de Cursillos resulta impresionante.

 

C) Con respecto a la inserción en la colectividad eclesial, ciertos defectos en el apoyo comunitario pueden ser obstáculo para la conversión:

 

1) La falta de acogida, por parte de la comunidad ambiente, a cau­sa de deficiencias en el espíritu comunitario y en el celo por la ayuda fraterna; deficiencias y faltas de los «padrinos», de la Ultreya y del Grupo de Dirigentes que forma la Escuela;

2) Una falta de adaptación concreta de las formas de vida, que hace difícil a los nuevos convertidos sentirse a gusto en la comuni­dad cristiana ambiente: se ha de cuidar el clima de la Ultreya;

3) Una deplorable ineficacia del ministerio pastoral para defen­der a los bautizados contra las solicitaciones del materialismo, del paganismo, de la herejía, de la superstición;

 

4) Una falta general de vitalidad, espiritual y apostólica, en las comunidades cristianas. Puede haber, quizá, muchos Dirigentes y poca dirigencia, muchos Cursillistas y pocos santos.

 

B. PRECURSILLO Y KERYGMA

Acostumbrados a poner el énfasis en la selección de candidatos y en el conseguir que estos vayan a Cursillos, no es extraño que no se­pamos descubrir en el Precursillo elementos de carácter kerygmático. Evidentemente el Precursillo no suele ser kerygmático, ni insistiremos en que todo Precursillo debe serlo.

Pero sí podemos afirmar que, en la medida en que lo sea, el Precursillo será más perfecto, y que el perfecto Precursillo, que supone una “disposición” y un “tratamiento”, contiene, en su forma ideal, ele­mentos innegablemente kerygmáticos.

 

1) El Precursillo ideal presupone un testimonio de vida: a) de parte del “padrino”, es decir, de quien se responsabiliza de su Precur­sillo, y b) de parte de la comunidad.

 

a) La “disposición” ideal del candidato es la que nace de su ad­miración ante el cambio de vida del padrino, y que despierta en él una inquietud, una apertura y una disposición al cam­bio. Interrogado acerca de los motivos de su propio cambio, el padrino dará como causa, su encuentro con Cristo, aunque señale como ocasión un Cursillo de Cristiandad.

Este testimonio, elemento esencial de la predicación vital que es el kerygma, es proclamación silenciosa de la llegada del Reino de Dios a su propia Vida. “El Reino de Dios está dentro de vosotros”.

b) La disposición del candidato puede nacer también del testimonio que le llega de la comunidad. En la experiencia nica­ragüense, son muchos ya los que “vinieron, vieron y permanecieron” en nuestras Ultreyas, contando con no menos de  cuatro autenticas conversiones por el simple testimonio de la comunidad, incluyendo la conversión de una jovencita norteamericana (Susan Day) y un primo suyo, quienes sin hablar una palabra de español, pidieron ser bautizados, -y lo fueron- preparados y dispuestos por el solo testimonio de amor de la comunidad.

Son millares, suponemos, en el mundo entero, los que tuvieron como Precursillo un testimonio individual o colectivo.     

Con respecto a la Palabra, el Precursillo ideal será siempre kerygmático en su intención. Al respecto, queremos repetir lo que ya señalamos un día en nuestra ponencia en el I Encuentro Latinoamericano de Tlaxcala; “...creemos necesario insistir en el Precursillo como verdadero inicio de conversión. La experiencia nos dice que, en la mayoría de los casos y países el padrino se esfuerza más por llevar al candidato al Cursillo, que por acercarlo a Cristo… Se habla de obtener una disposición que suele explicarse y entenderse como disposición de asistir al Cursillo, y no como apertura a si mismo y a la Verdad, que implica una disposición a la renuncia y al cambio: renuncia a una vieja escala de valores, y cambio de mentalidad y de conducta... Debemos tener presente que, en el Cursillo ni se pretende ni se logra una conversión  total en tres días. Que dicha conversión no debe iniciarse en él, sino que debe iniciarse en el Precursillo y completarse en la vida pe­renne del Poscursillo. Es obvio que, en igualdad de trayectoria reco­rrida, alcanzará un nivel más avanzado de conversión quien haya lle­gado al Cursillo con una mejor disposición al cambio, gracias a un precursillo eficaz, como autentico inicio de conversión”.

De cara a la conversión, el Precursillo deberá asemejarse a la predicación de Juan el Bautista, Precursor de Cristo. El buscaba “preparar los caminos del Señor y hacer derechas sus sendas”, incitando al sujeto a hacer penitencia -cambio de mentalidad y costumbres, me­tanoia-, prometiendo -anunciando- un encuentro con quien “ha de bautizaros en el Espíritu Santo y en el fuego”. Todo ello desde una fe profunda y una convicción absoluta de que “todo valle será terraplenado, todo monte o cerro allanado, los caminos torcidos enderezados y los escabrosos igualados, porque poderoso es Dios para hacer que nazcan de estas mismas piedras hijos de Abraham”.

En cualquiera de los casos, este “tratamiento” no consistirá nunca en  argumentos, ni raciocinios, ni polémicas, ni lecciones, sino en una pre­dicación vital o un testimonio del padrino, que sea a la vez proclamación de una verdad que se ha hecho realidad en él, una confesión de esa realidad y una posibilidad cierta de que puede serlo también en el candidato.

Los teólogos kerygmáticos señalan unánimemente la necesidad de un “Precursillo” para la proclamación del kerygma, y llaman a este Precursillo Pre-Evangelización

 

El Padre Nebreda

Concibe esta pre-evangelización como: “un estado de preparación para el kerygma”, el cual, tomando al hombre como es y donde se en­cuentra, hace posible un diálogo humano para despertar en él el sentido de Dios, elementos indispensable para abrir su corazón al mensaje. En C decimos que “sólo partiendo del hombre como es puede llevársele a lo que Dios quiere que sea. Llevarlo desde donde está hasta  donde Dios quiere que esté. Lo admirable es la coincidencia en lo relativo al tratamiento. En su capitulo “La Pedagogía de la Pre-evangelización”, el P. Nebreda insiste en:

1) Contacto personal, individual, con la persona a quien desea­ comunicar el Mensaje. Un dialogo es imposible en una multitud. Debemos recordar que un adulto tiene una personalidad madura; todas las cosas en él han alcanzado un grado de diferenciación de sus asociados, que lo hace un individuo. Debe traérsele como tal: pescar con anzuelo, no con red;

2) Un discernimiento de la motivación: la primera tarea en la preevangelización es descubrir los motivos que han traído hasta nosotros a estas personas;

 

3) Una instrucción -tratamiento- individual, en lugar de la de masa o grupo;

3) Un testimonio, alma de la pre-evangelización: “...la palabra es una de las cosas más ambiguas. Dios, para prevenir este peligro ha tomado los medidas necesarias...” Decidió que este mensaje debía ser transmitido a través de testigos.

 

El P. Simios dice:

“Una predicación psicológica del Mensaje es necesaria; pero será necesario, no pocas veces, preparar el terreno antes de exponer el Mensaje en su conjunto, bien disipando ciertos prejuicios, bien poniendo remedio a una eventual y acusada falta de sentido religioso, corrigien­do ciertas desviaciones que hacen incompatible la aceptación del men­saje, o haciendo lo necesario para conquistar la simpatía precisa para todo contacto apostólico fructuoso”.

“Es necesario, en primer lugar, sin prisas apologéticas, ni simplismo misionero, tomarnos el tiempo y la molestia necesarios, para comprender simplemente la postura o situación de los otros, la profundidad de sus posiciones, de sus aspiraciones, de todo lo que en el mundo espi­ritual pide ser tomado en serio y respetado”.

En resumen diría que el Kerygma, como “predicación de le conver­sión”, supone con frecuencia una pre-evangelización, y no puede defi­nirse simplemente como “primera evangelización”. Por el mismo mo­tivo, la concepción del Cursillo, como proclamación pura del Kerygma no debe ser excusa para minimizar la necesidad del Precursillo, re­afirmando, por el contrario, su necesidad absoluta.

Cristo mismo, nuestro Dios, antes de dar el Cursillo de su predicación, juzgó necesario el Precursillo, y nos mandó por ello un Pre-cursor que preparara sus caminos.

 

C. POSCURSILLO Y KERYGMA

 

INTRODUCCION.

Después de exponer el sentido pleno del Kerygma, y habiendo ex­plicado la verdadera finalidad o propósito de la Catequesis como algo no distinto, sino progresivo del Kerygma, teniendo ambos como meta la perfección de la fe como conversión progresiva -fe viviente, res­puesta del hombre al llamamiento de Dios- la distinción entre un Postcursillo kerygmático y otro catequístico resulta clara.

Por ello nos limitaremos a señalar la intención o finalidad de las estructuras del Poscursillo, explicando su mentalidad, conforme a la literatura oficial del Movimiento. Insistimos en el estilo vivencial y carácter testimonial, eminentemente kerygmático de la Ultreya. Y afirmamos de todas y cada una de de las estructuras del Poscursillo, que ninguna de ellas, incluyendo la Escuela, tiene por finalidad última darle mayor  reconocimiento o información, sino el completar el proceso de conversión iniciado en el Cursillo. Como estructuras al servicio del Mo­vimiento, están al servicio de su finalidad propia.

Creemos también con Rahner, en la necesidad de una proclamación repetida del kerygma dentro de la comunidad cristiana, y, por ello deseamos borrar la imagen de un kerygma concebido como “primera predicación a los no-cristianos”, en vez de “predicación de conversión”, que debe actualizarse y departirse en la comunidad ya creyente, pero en interminable proceso de conversión.

En efecto, dice Rahner: “Una interpretación que reduzca el kerygma... a una “predicación misional” a los “no-cristianos”, le priva de su rango esencial más importante y de su más profundo criterio de obli­gatoriedad, ya que, en cuanto presencia causada por el Espíritu del Señor Glorificado en medio de su Iglesia, llama siempre a conversión obediencia, mediante la actualización del “Evangelio de Dios”.

 

Mentalidad del Poscursillo.

Es evidente que, al hablar del Poscursillo, nos referimos a sus estructuras oficiales y no a la vida de quienes hicieron un Cursillo de Cristiandad. Se trata concretamente de determinar si las Reuniones de Grupo, las Ultreyas y las Escuelas de Dirigentes, deben continuar en la línea del kerygma, mantenida en los tres días del Cursillo. La res­puesta dependerá, naturalmente, de los fines que con tales estructuras se pretenda conseguir, y nuestra primera tarea será determinar la finalidad de dichas estructuras.

Poco se ha escrito con claridad al respecto. Pero es evidente que la finalidad de dichas estructuras no puede ser otra que la de conseguir, a plenitud y con eficacia, la finalidad misma del Movimiento. Como toda estructura, estas son simples instrumentos para lograr un fin. Ello nos obliga a su vez a revisar, a ver de nuevo, no para cambiarla sino para verla mejor, la finalidad del Movimiento, a la luz de su auténtica mentalidad, de modo que cobren nuevo significado y mayor claridad frases y definiciones ya conocidas.

Los Cursillos de Cristiandad fueron -y debían ser- una respuesta.

Sus iniciadores tuvieron “una persuasión íntima de que la vida había dejado de ser cristiana, a pesar de la existencia de manifestaciones externas, que exteriorizaban un cristianismo cuya influencia en la vida era, para muchos, muy débil y prácticamente nula”. Creyeron, con Pío XII, que “a la vuelta de los particulares y de la sociedad a la ley de su verdad y de su amor son la única vía de salvación”, y que el cristianismo auténtico y verdadero “es la única e integral solución” a todos los problemas humanos”.Pensaron que “el mundo no anda mal porque existan paganos” sino porque hay muchos cristianos que lo son (bautizados), paro no ejercen, porque no viven su Bautismo. Observaron que las estructuras y sociedades llamadas cristianas no se rigen por criterios cristianos.

La solución integral sólo podía consistir en procurar que los hombres –o, al menos, ciertos hombres, los ejes de constelaciones- vivie­ran su cristianismo y su Bautismo. La cristianización del mundo no consistiría en crear estructuras cristianas, sino en que vivieran en cris­tiano los hombres que crean las estructuras. La gran respuesta de C -la propia, original y eficaz respuesta de C- a la sociedad y a la Iglesia sería vertebrar cristianos para vertebrar cristiandad. Vertebrar la cristiandad a través de cristianos prácticos, que, con su vida, dieran la tónica cristiana a una vida que ha dejado de serlo.

Para ello tratarán de:

1) Buscar y forjar las piezas necesarias. Los hombres se mueven por constelaciones, y lo que interesa, de cara a la eficacia, es en cristiano los ejes que las soportan, y alrededor de los cuales giran tales constelaciones. Habrá que buscarlos -Precursillo- y for­jarlos en cristiano: Cursillo y Poscursillo;

2) Situarlos en su justo lugar: donde Dios los plantó; donde ya esta­ban; donde ya actuaban; donde son eficaces; decisivos por su mis­ma condición de ejes, con su función concreta y personal, con su vocación y su profesión;

3) Vincularlos orgánicamente entre si. No “orgánicamente para”, como instrumentos en manos de, sino como organismo vivo, Movimiento y no Asociación, amistad no jerarquía.

 

Con ello se intenta asegurar:

a) La permanencia de sus frutos, no sólo de las personas;

b) La madurez, humana y cristiana, de sus miembros. La madurez es la verdadera perseverancia. Perseverar es vivir una vida, no evitar una muerte. Un adulto es ante todo un niño que perse­veró;

c) La fermentación de los ambientes.

 

Siempre me llamó la atención la manera diferente cómo se definía el vertebrar cristiandad, en España y en América Latina. Es significa­tiva. Mientras en Bogota la definimos como el suscitar núcleos de cristianos que vayan fermentando de Evangelio los ambientes, en Es­paña se siguió definiendo simplemente como fermentar de Evangelio los ambientes par la vivencia de lo fundamental cristiano en la vía de la normalidad. Mientras en América Latina, la situación pastoral obliga a poner el énfasis en el suscitar núcleos; comunidades eclesiales de base, células unitarias de pastoral, focos de evangelización, en España el énfasis se mantuvo en la vivencia de lo fundamental cristiano como ingrediente esencial y determinante para la vertebración de la cris­tiandad.

Esta diferencia será decisiva para el tema que tratamos -finalidad, carácter y estilo de las estructuras del Poscursillo- ya que según se ponga el énfasis en una u otra casa, el esfuerzo puede indistintamente concentrarse:

a) en tener más C, más reuniones de Grupo, más Comunidades, es decir, más núcleos, con peligro de inflación; o,

b) en lograr que los núcleos ya existentes, resultantes de pocos o muchos C, vivan realmente en cristiano. Ir logrando que quienes son y están, vayan, cada día más, enfocando toda su vida a la luz de todo el Evangelio.

 

El poscursillo y lo fundamental cristiano

La definición de que los C son la vivencia de lo fundamental cristiano, no se aplica sólo a los tres días del Cursillo, sino también y sobre todo al Poscursillo. Nuestro Poscursillo-Vida tendría que ser, sobre todo, la vivencia -el vivir- lo fundamental cristiano. Por ello, donde la vertebración de la cristiandad se condiciona sobre todo a la  vivencia de la fundamental, las estructuras del Poscursillo, que pretenden, como el Movimiento, conseguir esta vivencia, tendrían que orien­tarse a conseguirlo. Y la finalidad de las Reuniones de Grupo y de a Ultreya, “reunión de Reuniones de Grupo” será la de ir “posibilitando la vivencia autentica, continua y progresiva de la fundamental cristiano”, que es lo que ha sido siempre. La Escuela será escuela de santidad, y el Secretariado, ante todo, acelerador de lo fundamental cristiano. En la literatura tradicional de C todo está centrado y orientado a completar y perfeccionar  la conversión.

Ahora podemos ver más claro la diferencia o al menos la opción según se tenga uno u otro criterio, unos querrán que los Cursillistas sepan más, y otros que vivan mejor lo que ya saben. Unos querrán Ultreyas formativas en el Evangelio y otros, con-formativas con el Evangelio. Unos querrán Escuelas catequeticas y teológicas, y otros Escuelas Kerigmáticas, al menos en su intencionalidad: la de conseguir la versión plena y progresiva de sus miembros, donde lo fundamental -todo lo fundamental y sólo lo fundamental- sea criterio absoluto para regir sus vidas.          

Los pastoralistas querrán que la Ultreya, directa o indirecta, se sitúe como pista de educación y enseñanza. La tónica vivencial les suena a sensiblería, porque su filosofía no pasó de los capítulos de Descartes y de Kant. Así consiguen, de paso, ser ellos los educadores, maestros y promotores; por ello mismo la Ultreya no les compromete personalmente... Admitirán lo vivencial como simple táctica para explicar las ideas a los “torpes”, por vía de ejemplo. El terreno de lo bautismal, de lo fundamental, es para ellos 'filosofía' y simples abstracciones: en su mentalidad, estadística y contable, quizá tenga razón” (IDEARIO-Poscursillo. XIV).

Pero desde el punto de vista de la mentalidad de C, lo importante no será que Fulano aprenda mucho más de lo que aprendió en el Cursillo, ya que allí aprendió todo lo necesario para vivir su cristianismo a plenitud, sino en conseguir que viva bien y a plenitud todo lo que aprendió. Que renueve y perfeccione su propia conversión.

Desgraciadamente, en la práctica no es así. En muchos lugares las estructuras del Poscursillo hacen del Movimiento una llamada. Son para “vender el producto”, para encuadrar, para dirigir, para encajar, para comprometer, para encargar el apostolado, para llamar hacia tales o cuales actividades buenas y necesarias quizá; pero, una vez más, se logra una superabundancia de estructuras para saciar la sed de Dios, de Justicia, de Acción, y se desfiguran las pocas estructuras llamadas a despertar esa misma sed, hasta lograr la consabida desgana. Una vez más resulta más fácil “arrancar decisiones que madurar convicciones”.

 

El poscursillo y la vertebración cristiana de la sociedad

Pretendemos la vivencia de lo fundamental cristiano. Y lo fundamental cristiano como realidad “es el hombre vivo, vivificado y transformado por la Gracia, que se sabe objeto del amor de Dios y llamado a crecer continuamente en Cristo y en la Iglesia, hasta satisfacer todas las exigencias de su vocación personal”. Las estructuras del Poscursillo tendrán que estar orientadas por tanto, a acelerar y perfeccionar esa transformación, ese crecimiento, y a procurar el descubrimiento, aceptación y realización de la vocación personal.

  En Bogotá agregamos a la definición de C una frase que olvidamos en nuestras estructuras de Postcursillo: “ayudando a descubrir y realizar la vocación personal, con respecto a la misma”. En Nicaragua definimos la vía de la normalidad como “el cumplimiento gozoso del plan personal de Dios para cada cual”, es decir su vocación y sabemos que esta normalidad es distinta y creciente en sus exigencias para cada uno. En muchos países sin embargo, esta modalidad, -y la normalidad de Cristo fue la cruz- es rechazada o mal interpretada como quietismo o mediocridad. Entre los “clericales” porque pasa sobre  muchas mentes la idea de que el compromiso temporal es un competidor del Señor”: hay que hacer algo más, y “en mi parroquia si es po­sible”. Entre los activistas, porque “muchos creen que el apostolado supone un nuevo compromiso”, sin comprender que «el apostolado comporta una nueva actitud en la realización del mismo compromiso temporal”.

“Este apostolado es el que dimana de la vocación cristiana y es una responsabilidad del individual”. “El apostolado que se desarrolla indi­vidualmente, fluyendo con abundancia de la fuente de la vida verdade­ramente cristiana, es el principio y fundamento de todo apostolado se­glar, incluso consociado, y no puede sustituirse por éste”. “Privar y re­ducir al cursillista de los puntos de inserción que tiene con el mundo, es reducir la capacidad de presencia de la Iglesia en el mundo” (Jaime Capó, “Mentalidad de los C”).

En otros casos la actitud de llamada en el Poscursillo nace de la incomprensión del Precursillo. Hay que encajar y comprometerse y lanzar a quienes, si hubiesen sido ejes o vértebras, estarían encajados y comprometidos desde antes de ir al Cursillo, y lanzar a quienes, si hubiesen sido 'locomotoras', estarían lanzados y lanzando, limitándonos en el Cursillo y Poscursillo a cristianizar acciones ya existentes, que es para lo único que sirven los C. Con un Precursillo bien entendido y un Poscursillo bien atendido, bastarían un par de Cursillos al año, para transformar un país en poce tiempo.

De este afán por crear estructuras cristianas nace nuestra deficiencia en cristianizar a quienes realmente hacen o manejan las estructuras. Este afán de encargar el apostolado nace de nuestra deficiencia descubrir y potenciar al apóstol. Esta llamada continua a que se decidan, nace de no llevar personas decididas, capaces de optar por sí solas. De mentalizar a quienes faltó capacidad de asombro. Y de cuidar, guiar y dirigir vagones, que debieron ser  escogidos por ser ya  guías y directores de los demás. Y así vamos teniendo un Movimiento que arrastrando y empujando personas, en vez de tener personas de arrastre que vayan empujando un Movimiento, y transformándolo todo a su ­paso.

 

Respeto a la vocación personal

Y una vez más caemos en la tentación de la Asociación. De  cuadrar a quienes, si fueron bien escogidos, debemos “soltar y dejarlos ir”, si han de transformar el lugar de donde salieron. 0 en la tentación de especialización de unos C que, por su mentalidad, no pueden ser especializados sin traicionarse a sí mismos, porque los ambientes y vocaciones que deseamos bautizar, son y deben ser distintos si queremos lograr eficacia. Tanto la Asociación como la especialización son una llamada. Llamada a ser cristianos y actuar como cristianos “así”, y “aquí”, y no a ser así como eres o quieres ser. Y allí donde Dios te plantó.

Al hablar de vocación, en Bogota, no sólo hablamos de descubrir y realizar, sino de respetar la vocación. Así lo exige la eficacia. En la práctica, sin embargo, casi todas las llamadas tienden a irrespetar lo vocación. Se nos lanza al “compromiso temporal” siempre y cuando este no sea el “compromiso personal". Los C, instrumento de conversión, concebidos simplemente para lograr a plenitud la vivencia de lo fundamental, suponen la existencia de instituciones, asociaciones y movimientos especializados cívicos, gremiales, culturales o eclesiales, o, al menos, de actividades y ocupaciones que canalicen, encaucen o plasmen las inquietudes que brotan como exigencia de la Gracia, dándole una forma, un “así” concreto a nuestra vida cristiana. No obstan­te, en la práctica, más fácil que “tirarse a los leones”, que “infiltrarse”, dirían los “camaradas”, es asociarse con los “hermanos cursillistas”, para la consecuencia de tales o cuales fines concretos, sobrando siempre quien establezca metas y prioridades. Si el fermento no se inserta en la masa, viene a ser masa de fermento, pero masa, al fin y al cabo.

En el ámbito intra-eclesial sucede otro tanto. Más fácil que vivificar las Asociaciones existentes en la Iglesia -los C las vivifican aunque no son para eso resulta el pedir los mismos frutos a quie­nes tienen vida. Así piensan algunos. Más fácil que crearlas, será pedir a C que tomen a su cargo estas acciones. Y así la Escuela, que debe ser kerigmática, llamada a completar la conversión, escuela de escuela de santidad, se convertirá en Centro Catequístico o Centro de Estudios pastorales y las Ultreyas en centros de reclutamiento para los mismos, porque el buen párroco o el señor obispo así lo desean.

Es curioso que, mientras los sacerdotes insisten, con razón, en que es imposible lograr una conversión plena en tres días, no hagan mucho por completarla, y, a la mañana del Cuarto Día, esperan, reclaman y nos lanzan a tareas que suponen la conversión: al planteárselas a grupos heterogéneos hacen caso omiso de tres criterios fundamentales: el ca­risma, la vocación y la madurez.

Al respecto, dice Miguel Benzo, profesor de teología del Seminario Hispanoamericano de Madrid: “La Iglesia no puede imponer a cada fiel el modo concreto de realizar su vida religiosa personal, porque carece de certeza de las premisas que para ello le serian necesarias: la psicología del individuo (carismas, disposición, etc.), el momento de su evolución (madurez) espiritual, y más aún la misión especifica a la que Dios le llama (vocación). Esta limitación del campo de la autoridad doctrinal de la Iglesia se hace más patente todavía en el ámbito de la aplicación de los principios revelados a las realidades temporales... Entiéndase bien: la Iglesia, conjunto de creyentes, ha de descender a la acción real y concreta sobre las realidades temporales, mediante la acción de cada uno de sus miembros, especialmente de los laicos. Pero la Iglesia no puede imponer autoritariamente a sus miembros más que los grandes principios que han de inspirar esa actuación. Es cada creyente el que ha de tomar sobre sí la responsabilidad, ante Dios y su conciencia, del juicio que decide su deber moral, como miembro de la Iglesia que actúa sobre el mundo” (Prólogo al libro de Karl Rahner: “Misión y Gracia”).

 

Descubrir la vocación personal

Es Cristo quien debe señalar la vocación, el Evangelio es quien lanza, y la vida de los demás lo que compromete. Y surge la pregunta: toda vida cristiana supone un “así” personal, una forma de vivirse, corresponde a los sacerdotes o dirigentes el determinarla, ¿Cómo los C pensaron mostrar el camino a los nuevos, a los que descubrir y asumir su misión concreta?  Mediante:

1) La Hoja de Compromiso que, con la Meditación, el Estudio, Dirección Espiritual, nos ayuda a descubrir la vocación y forma concreta de vida cristiana, planificada y revisada diariamente con el Ofrecimiento de Obras y el Examen de Conciencia, y alimentada con la Comunión, la Misa y la Visita. Desvirtuamos su finalidad cuando hacemos de la Hoja de Compromiso instrumento de perseverancia, siendo, como es, instrumento de madurez;

2) La Ultreya y la Reunión de Grupo, escuelas vivas de vida cristiana, donde se nos presentan, como en un abanico de posibilidades, opciones para un “así” de nuestra vida cristiana. Opción, no obligación, pero sí reto, que brota de la amistad y de la admiración de los santos en la Reunión de Grupo; reto que, en la Ultreya, toma la misma voz de Cristo con la centración de la Ultreya a la luz del Evangelio. Una Ultreya bien entendida y bien planeada será siempre un reto comprometedor. La vida -de vi­vencia- que compromete, unida a la palabra de Dios que siem­pre nos susurra –“ve tú y haz otro tanto”- sin dejar por ello de ser invitación y no mandato, lanzada para quienes tienen oídos para oír: capacidad de asombro.

 

La Ultreya y la Reunión de Grupo son, pues, también Kerigmáticas:

 

1) En su finalidad, de renovar y completar la conversión, o, como se dice en C de C, de “ir posibilitando la vivencia autentica, continua y progresiva de lo fundamental cristiano”. “La finalidad del Grupo es lograr que se viva, a una intensidad tensa y creciente, todo lo fundamental cristiano” (IDEARIO­ Poscursillo, V);

 

2) En su contenido, al hacer de lo fundamental cristiano el tema único o central de nuestro revisar y compartir;

3) En su estilo vivencial de proclamación y comunicación jubilosa, con sencillez de lenguaje, sin argumentaciones ni afectaciones de maestros.

 

Escuela de dirigentes y kerygma

De la Escuela hemos hablado ya ligeramente. Hemos dicho que debe ser kerigmática, al menos en su intención de renovar y completar la conversión, repitiendo lo que de ella se ha dicho siempre: que debe ser, ante todo, escuela de santidad.

No puede ser de otra forma sin desmentir el Mensaje de C, donde afirmamos que “más vale ser santos que sabios”, y reconocemos que la verdadera sabiduría es la santidad. En el Rollo “Dirigentes” decimos además que todos podemos y debemos ser ‘Dirigentes de Cris­tiandad' y, al hablar de las cualidades que debe tener el Dirigente, no hemos incluido nunca ni la educación, ni sus conocimientos de doctrina. Es la vida lo que interesa. En Nicaragua más que hablar de las cualidades que el dirigente debe tener, hablamos de ejercitar lo que ya tiene, y definimos el ser Dirigentes como “el ir poniendo al servicio de Dios y de los hombres todas nuestras cualidades naturales y sobrenaturales”, o, lo que es igual, “el ir dando a Dios todo lo que se tiene a medida que se va teniendo”.

Sería contradictorio afirmar que todos podemos y debemos ser di­rigentes para luego concebir una Escuela de formación, inaccesible en su Mensaje a un alto porcentaje de Cursillistas. Sabemos, además, por experiencia lo que supone el planificar programas de estudio aptos pa­ra gropos tan heterogéneos y de capacidad, preparación y madurez tan variadas. Su desarrollo, su estructura y su temario, tendrán que estar orientados a quienes pretenden la orientación de sus vidas a la luz del Evangelio, integren cada día un paco más de Evangelio a una parcela más de sus vidas, viviendo mejor lo paco o mucho que ya saben.

Cursos de Biblia, de Teología o de Pastoral pueden seguirse en muchas otras partes. Libros abundan. Más, ¿Dónde aprenderemos a ser evan­gelios vivos? A un sacerdote que sólo brillaba por sus luces, dije una vez que “la teología es el opio de los santos”.

En lo concerniente al contenido, es decir, a su temario, ya hemos señalado que el carácter kerygmático del Movimiento no esta condicionado al contenido de su Mensaje. Así como toda la moral de la Igle­sia está compendiada en el Mandamiento del Amor, de igual manera la teología de la Iglesia está contenida toda en el kerygma. El carácter kerygmático de la Escuela no dependerá, pues, de lo que en ella se hable, sino de lo que se pretenda lograr con lo que se dice.

En lo que al estilo se refiere, creemos que debe ser kerygmático en cuanto debe estar determinado por la “situación histórica”, audiencia, idiosincrasia y grado de madurez. Debe ser claro y adaptado, con un contacto personal entre el Rollista y cada oyente en particular. Toda la nueva pedagogía insiste en el abandono de las viejas formas, en las que un “maestro” imponía sus ideas a unos “oyentes”, que deben ser “pen­santes”. En Nicaragua, desde hace dos años, sustituimos los “Rollos” de la Escuela por motivaciones dialogadas, a petición y exigencia de los mismos asistentes a la Escuela.

Nos dice IDEARIO (Poscursillo, XIV): “El seglar era alguien a quien habla que educar o guiar, enseñándole verdades o fijándole tareas. Todo esto revertía en una situación que se alimentaba de reuniones colecti­vas (masivas), donde los iniciados comunicaban algo de su saber y de sus virtudes al auditorio teológicamente débil. Gracias a Dios, tal mentalidad pertenece a la prehistoria del Vaticano II la pastura actual de diálogo que se ha auto-impuesto la Iglesia, va por la vía que desbroza la Ultreya. Porque el verdadero dialogo no se dará, al menos plenamente, en el terreno de las ideas o de los quehaceres, pues no pasaría de ser táctica de los que son maestros o tienen jurisdicción. El verdadero diálogo se da cambiando no solo de estilo o de modo, sino de plano: confrontando ahora las vidas, las realidades de personal entrega amo­rosa a Dios y al prójimo. En este plano no hay primeros, porque quie­nes lo sean, cuidaran de ser últimos para no perderlo”. Agregamos no­sotros que sólo así se logra que los verdaderos maestros sean los que son verdaderos santos, en esta escuela de santidad.

Desde hace meses experimentamos, con éxito extraordinario, una nueva modalidad de Escuela, larga de explicar, en la que ocho grupos voluntarios y afines, de 15 a 20 personas cada uno, se reúnen dentro de un encuadro litúrgico, para estudiar, en forma dialogada, temarios escogidos distinta y libremente por cada grupo, y en los que se conjugan los temas teológicos y los existenciales, con preguntas que suscitan manifestaciones de sinceridad, humildad, caridad, etc., y la comunicación de vivencias, sentimientos, dudas y opiniones, haciendo de esta curiosa Reunión de Grupo una autentica vivencia cristiana de Piedad, Estudio y Acción.

 

Posibles objeciones a esta visión kerigmática.

Esta visión general del Poscursillo, con estructuras Kerigmáticas, llamadas a renovar y perfeccionar la conversión del Cursillista, puede encontrar serias objeciones según la visión que se tenga de la Iglesia, de su naturaleza y misión. Si el esfuerzo en el Poscursillo debe centrarse en madurar al cursillista, ¿Cuándo recogeremos los frutos? ¿Cuándo comenzará este a producir? ¿A rendir utilidades a la Iglesia? Es duro decirlo, pero hay mucho de esta actitud en nuestro medio.

Olvidamos que la labor de la Iglesia Jerárquica es la impuesta por Cristo en la Última Cena: servir. No se hizo el pueblo para la Jerarquía, sino la Jerarquía para el pueblo, y por ello la Cabeza visible de la Iglesia se autodenomina Servidor de los siervos de Dios. No es institución de privilegio, sino de servicio, fundada por quien no vino a ser servido sino a servir.

La misión de la Iglesia no es recoger los frutos, sino plantar la semilla. Los C no son una respuesta a la Iglesia, sino respuesta al mundo. Es el mundo el que llama y necesita respuesta.

La respuesta de Dios al mundo  es Cristo. Y la respuesta de Cristo al mundo es su Iglesia, prolongación y presencia de Cristo en la historia.

La repuesta de C al mundo será la presencia de otros Cristos. -Y el signo de otras iglesias-, hombres, configurados, conformados y convertidos en Cristo, comprometidos y consagrados al mundo. No pretendemos dar “fieles” a la Iglesia, si no Iglesia al mundo que, como luz y sal, lo ilumine y transforme y preserve.

 

Cursillos y pastoral

¿Donde queda entonces la relación de C con la Pastoral Dio­cesana? Los C tienen su lugar en la Pastoral y ya lo hemos defi­nido. Tratando de completar la dicho, los C se ubican dentro de la Pastoral Kerigmática de élites. Buscan la evangelización y conversión de los agentes del cambio social, con miras a la transformación del mundo; y tienen como finalidad la misma misión última de la Pastoral: lograr que los hombres vivan en cristiano para lograr un mun­do mejor.

Jugando una vez más con las preposiciones, diríamos que son un agente de pastoral -instrumento pastoral- no instrumentos PARA la Pastoral. La Pastoral también es un medio, no un fin. El objetivo es el hombre y el mundo de los hombres.

No son tampoco un agente de toda la Pastoral, ni de cualquier Pastoral, sino agente con función especifica. Eficaces para aquello que fueron creados, y que, en el ejercicio de su propia esencia y finalidad, colaboran eficazmente -estupendamente- en la Pastoral Diocesana.

Si nuestro método está diseñado para cristianizar, es eso y sólo eso lo que debemos procurar: lograr poner el Reino de Dios en los corazones de los hombres, para que estos pongan el Reino de Dios en el mundo donde viven, entendiendo por Reino de Dios el lugar donde Dios reina, que es donde se escucha su palabra, se cumple su voluntad y se glorifica su nombre. Poner el Reino de Dios en nosotros, para irlo poniendo en los demás -los otros-, e implantarlo en los ambientes.

La visión kerigmática del Poscursillo supone la concentración de todo el esfuerzo y de todas sus estructuras en ir logrando el Reino de Dios en el corazón de cada uno -conversión progresiva y permanente pero siempre inacabada-, donde el Cursillista, al escuchar la palabra de Dios, y verla hecha vida en los hermanos, descubre la voluntad del Padre y la cumple gozoso hasta sus últimas consecuencias, orientando progresivamente toda la vida y todos sus actas a la luz de todo el Evangelio. La vertebración cristiana de la sociedad y sus estructuras es la consecuencia  en el logro de este Reino.

 

Bibliografía consultada sobre el kerigma

SEMOIS. André: Apostolado. estructura teológica; Editorial Verbo Divino. Eslella (Navarra). España. 1968.

RAHNER. Karl y LEHMANN. Karl: Kerigma y Dogma. Fundamentos de la Dogmática como Historia de la Salvación. Tomo II. Ediciones Cristiandad. Madrid. 1969.

SOHNGEN. Gottlieb: Kerigma. Dogma. Exégesis. Historia. Fundamentos de la Dogmática como Historia de la Salvación. Tomo II. Ediciones Cristiandad. Madrid. 1969.

RAHNER Karl  Misión y Gracia Tomo I

 

 

Conversión y Cursillos

No quisiera teorizar sobre C, cuando “ha llegado la hora de la acción”. Creo, sin embargo, que en la medida que el Mensaje de C se dé más completo y más puro -integridad y fidelidad- sus frutos serán más abundantes y más duraderos.

Quisiera ayudar a que la exposición del Mensaje sea más íntegra y más fiel. A que en C se diga sólo lo que se debe decir, todo lo que se debe decir y que cada idea se exponga en el momento oportuno y con el énfasis debido.          

Para lograrlo, puede ser oportuna una visión global y ordenada del Mensaje, de cara la conversión cristiana, que es la finalidad inmedia­ta del Cursillo. No se trata de aportar nuevas ideas, sino de ofrecer al Dirigente un instrumento para ordenar las que ya tiene. La experiencia nos dice que muchos de los que conocen los esquemas, no siempre comprenden el porqué de tal o cual idea, el porqué de tenga que exponerse ahora y no antes o después, o su mayor o menor importancia dentro de la totalidad del esquema; ya que ideas que, en el “Manual de Dirigentes” solamente ocupan un par de líneas, requieren gran ampli­tud y énfasis en su desarrollo y viceversa.

El Cursillo, como método aplicado en tres días, pretende la conversión real e integral del individuo a la Verdad y la Vida cristiana. Ahora bien, si buscamos la conversión, difícilmente sabremos que decir y que hacer, si no sabemos qué supone el saber o el hacer en el sujeto de la conversión. En qué consiste esta conversión. ¿Cómo se logra? ¿Qué cambios de pensamientos y de conducta presuponen?

Señalemos pues, paso a paso, los cambios necesarios en el individuo para alcanzar la conversión los medios que provocan este cambio, y, finalmente si tales cambios se dan en el Cursillo, estableciendo un paralelo entre el proceso de conversión y el método de C.

Vamos a exponer lo que la Iglesia ha entendido siempre por conversión, usando la terminología griega que le es propia, a fin de insistir en la ortodoxia de unas ideas que de hecho están contenidas en las Epístolas de san Pablo, en los Hechos de los Apóstoles y en libros tan recientes como “Apostolado”, “Estructura Teológica”, del P. Semois. En la segunda parte intentamos ilustrar como el Método de Cursillos contempla una trayectoria de conversión realmente eclesial, y traducimos la terminología griega al vocabulario de C.

 

A. La conversión y su trayectoria

La conversión supone un cambio integral del hombre, de cara a Dios y de cara al prójimo. Si el cambio es integral, supone un cambio de entendimiento y un cambio en la voluntad, un cambio intelectual y un cambio moral, de pensamiento y de conducta, una verdad aceptada y una actitud vivida de acuerdo a esa verdad.

Como ningún hombre es una isla, sino animal social, supone también un cambio social. Una nueva "actitud y una nueva conducta ante los hombres, y un nuevo modo de vida con los hombres.

Pero sobre todo, la conversión del hombre -cuerpo, alma y Gracia- implica un cambio sobrenatural.

A este cambio intelectual se le llama epístrofe, que significa regreso, vuelta a la fe. Implica una adhesión del pensamiento a la persona de Cristo, y esta, adhesión esta fundamentada en la FE.

Al cambio de moral o de conducta se le llama metanoia. Implica una adhesión de la conducta a la doctrina de Cristo, y esta adhesión está fundamentada en la ESPERANZA.

Al cambio social lo llamamos koinonía o vida comunitaria. Implica una adhesión de la persona al Cuerpo Místico de Cristo, y esta adhesión está fundamentada en la CARIDAD.

 

Finalmente, al cambio de la vida sobrenatural lo llamamos con el nombre de su puerta de entrada: Bautismo. Implica una incorporación real y sobrenatural al Cristo Total, y esta adhesión no puede estar basada sino en el AMOR de Dios porque la realidad de la justificación viene toda de Dios.

Esta trayectoria de la conversión es la que se refleja y plasma en el  proceso de evangelización de la Iglesia primitiva, conservada sólo en teoría por nuestra Iglesia actual: el hombre, habiendo eso la Buena Nueva por la proclamación del KERIGMA, cambia la vida METANOIA y, mediante el Bautismo, es incorporado a la Comunidad Cristiana -KOINONIA- y el mismo Cristo.

 

En Gálatas 3, 26-28, lo resume San Pablo de la siguiente manera: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo (sello de la Fe), habéis sido revestidos de Cristo (sello de la Metanoia). Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús) (sello de la Koinonía).

 

Conocida la trayectoria general de la conversión, veamos ahora que supone cada uno de esos pasos.

 

1.- La vuelta a la fe: EPISTROFE

Yo entiendo por Fe el creer algo, porque me lo dice alguien en quien creo. Una entrada o regreso a la fe cristiana- epístrofe- supone, por tanto:

 

a)     Creer en lo que me dice Cristo, y

b)     Creer en lo que me dice Cristo porque es Cristo quien me lo dice, en quien creo, a quien amo y de quien espero...

 

El gran error de nuestra Evangelización ha sido precisamente el predicar mucha doctrina y paco a Cristo. Y la doctrina queda enton­ces sin fundamento.

El núcleo de la predicación de San Pablo puede reducirse a esta frase: “Cristo es el Señor”. La fe que justifica, está englobada en el creer en Cristo, que es Dios y hombre, muerto y resucitado. El cristianismo se diferencia de las demás religiones en que aquellas siguen solamente una doctrina, mientras nosotros seguimos a una persona.

Para que los hombres conozcan a Cristo, hay que mostrarlo con la palabra. Como dice San Pablo: “¿Cómo creerán sin haber oído de El, y cómo oirán si nadie les predica?” (Rm 10, 14-17). Tiene razón. Pero además hay que demostrarla mediante el testimonio. La palabra da conocimiento, el testimonio convencimiento.         

Nuestro testimonio será el de una unión personal con Crista vivo y una unión de verdadera caridad con los hermanos: “Quien ama al prójimo ha cumplido la ley, pues el amor al prójimo as la plenitud de la ley” (Rm 13,8-10). Este testimonio debe darlo no sólo el apóstol, el –el enviado-, sino también y sobre todo la comunidad que lo envía.

Quien recibe el Mensaje requerirá, para su conversión, un acto libre y personal,  pero sobre todo requerirá de Dios la acción de su Gracia porque, como dice San Pablo: “Nadie puede decir, “Jesús es el Se­ñor, si no es por el Espíritu Santo” (1Cor 12. 3).

Hasta este momento, la conversión es algo puramente intelectual.

El hombre, movido por la Gracia de Dios y por el testimonio del apóstol y de la comunidad, acepta la Verdad de un Cristo-Dios, muerto y re­sucitado, y la bondad de su doctrina. Pero su vida no esta comprometida con esa verdad. Tiene un Cristo en quien cree, pero a quien no sigue: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí” (Mc 7, 6).

 

2.- La adhesión a cristo: METANOIA

El siguiente paso será precisamente la decisión de conformar la conducta con la doctrina del Señor, de orientar todo el comportamiento vital y personal en función del ideal cristiano. A esto llamamos metanoia. Este cambio de vida supone en el sujeto cinco cosas:

a) Una revisión de su propio pasado. Reconocer lo que ha sido y comprender lo que puede y debe ser;

b) Una ruptura con el pasado, que parte del arrepentimiento, que debe ser verdadera liberación, mediante la renuncia; no sólo del pecado, sino de la falsa escala de valores que ha regido su vida hasta hoy;

c) El tercer paso constituye la metanoia propiamente dicha aceptación de Cristo y su doctrina, como nuevo eje de vida. Es el renacimiento que pedía Cristo a Nicodemo para ver el Reino de Dios, que sólo existe donde se cumple su voluntad. Es cambiar mi voluntad, por la de Cristo. Es no ser yo quien vive sino Cristo quien vive en mí. Es revestirnos del hombre nuevo porque somos de Cristo;

d) Sin embargo, el que rompe con el pasado, necesita de una visión hacia el futuro. Necesita saber que “quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar” que, “si perseveráis en mi doctrina, seréis verdaderos discípulos míos y conoceréis la y la Verdad os hará libres”; que “el cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”; que El “ha vencido al mundo”.

e) Como la metanoia no es un acto sino una nueva vida, supone también la revisión de vida: vivir revisando lo que he sido y lo que puedo y debo ser; vivir reorientando nuestra conducta en función de Cristo y su doctrina.

 

Por eso también la Iglesia, antes de administrar el Bautismo, exigía un periodo de catecumenado, que San Cirilo de Jerusalén concebía como una “metanoia de cuarenta días”: un madurar convicciones y de­cisiones.

Durante ese periodo se iniciaba la catequesis, que era un ir expresando detalladamente el Mensaje recibido globalmente en el kerygma.

 

3.- La adhesión al Cuerpo Místico de Cristo: KOINONÍA

Terminado el periodo de catecumenado, la persona que había presentado al candidato a la Iglesia local, sería de padrino en su Bautismo, e ­introducía al nuevo cristiano en la koinonía de la vida comunitaria donde convivía con los demás en amor mutuo y ayuda mutua, participando no sólo de la liturgia de la Palabra, sino también de la Eucaristía.

La frase de Pablo es significativa: “Lo que hemos vista y oído, os lo anunciamos a vosotros a fin de que viváis también en koinonía con nosotros”.

Quiere decir que el kerygma y la metanoia no son sólo instrumentos para lograr la koinonía, y que, al menos humanamente, la conver­sión tiene como propósito el lograr que los hombres vivan en comuni­dad de fe, de esperanza y de amor. Esa vida comunitaria, es el testi­monio público de conversión a Cristo. No es sino el cumplimiento de la petición de Cristo: “Que sean una misma cosa, para que crea el mundo qué tú me has enviado”.         

Quienes así viven ya son apóstoles, puesto que llevan el Mensaje de caridad. Otros llevarán también el apostolado de la palabra, predicando el Ev­angelio, a toda criatura, proyectándose fuera de la comunidad, desde la comunidad a la que regresan para compartir sus éxitos o fracasos.

Este es el itinerario o trayectoria de la conversión.

 

Del Epístrofe a la Metanoia por el Kerygma, de la Metanoia a la Koinonía por la puerta del Bautismo; de la Koinonía a todas partes por el Apostolado.

Conocida la trayectoria de la conversión, nos resultara mucho más fácil saber en que momento o etapa de esa conversión se encuentra cada Cursillista. Sabremos respetar la secuencia de cada uno de sus pasos, sin pedir apostolado a quien escasamente lucha por alcanzar su epístrofe. Veremos que algunas ideas del esquema, a las que acaso no dábamos importancia alguna, son esenciales al proceso de conver­sión. Y veremos, sobre todo, que por una parte hemos mutilado el Cur­sillo, privándolo de ciertas partes esenciales a su Mensaje, mientras hemos agregado muchas otras que no logran sino esconder lo funda­mental, o saturar de ideas un Cursillo que ya de por sí tiene el máxi­mum de ideas que es posible proclamar en tres días.

Si traducimos al lenguaje de C todo este itinerario de conversión, nos daremos cuenta de que todos sus elementos están presen­tes en C, y que, de hecho, los C son una actualización del proceso de conversión tradicional de la Iglesia.

La Iglesia llama kerygma a la proclamación de la Palabra y al testimonio de la sustancia de la Buena Nueva, evitando lo accidental, lo adventicio y lo superfluo, para que el Mensaje pueda ser asimilado de manera luminosa y exultante. En C lo llamamos conocimiento, convencimiento, vivencia y convivencia de lo fundamental cristiano.

Metanoia es la orientación de todo el comportamiento vital y personal en función del ideal cristiano. En Cursillos la llamamos enfoque de toda la vida a la luz del Evangelio.

Perspectivas escatológicas y esperanza cristiana son un concepto triunfal del cristiano.

Koinoía es santificación en común.

Apostolado es la proyección apostólica: concepto dinámico de un catolicismo comprometido.

El kerygma y la metanoia deben tener como resultado la koinonía:

El Cursillo debe tener como resultado la santificación en común, el Grupo de Cristiandad.

 

B. La conversión en el Cursillo

Analicemos cada uno de los pasos de la conversión de cara al método de C.  

Lo primero que debemos tener presente es que en C ni se pretende ni se logra una conversión en tres días. Dicha conversión no debe iniciarse en el Cursillo ni puede terminar en él, sino que debe iniciarse en el cursillo y completarse en la vida perenne del Poscursillo. La conversión no es un punto -ni el Cursillo tampoco- sino una trayectoria o itinerario; el fruto del Cursillo debe medirse por la trayectoria recorrida y no por el nivel alcanzado, ya que, según haya sido su punto de partida inicial -y esto lo debe dar o al menos determinar el Precursillo-, un Cursillista puede haber alcanzado un nivel de con­versión avanzado con una trayectoria muy corta, mientras otro, habiendo recorrido un largo camino puede encontrarse aún en los umbrales de la conversión, sin que pueda decirse que el Cursillo fue menos eficaz en él.

Es obvio que el Cursillo a sido eficaz para aquel que, habiendo llegado con serias dudas de fe o con ninguna fe, encuentra a Cristo y acepta su doctrina -epístrofe-; y ha sido ineficaz para aquel que, habiendo entrado con fe y un voluminoso equipaje de catecismo y teología, no decidió ajustar su vida a esas verdades -metanoia- aún cuando su fe sea más ilustrada que la del primero.

Por la misma razón, debemos concluir que, si cada Cursillista llega al Cursillo en un estado o nivel reconversión distinto, requiere atención -tratamiento individual- distinta en el Poscursillo. Unos iniciarán el Cuarto Día habiendo alcanzado el epístrofe; otros, una metanoia de madurez variable, y muy pocos una koinonía que sólo experimentan en el Cursillo, pero que deben vivir en el seno de la comunidad cristiana.

Por la misma razón si lo que recibieron es distinto, debe esperarse de ellos y debe exigírseles cosas distintas, siendo esta, una de las razones por la que el compromiso del Cursillista debe ser libre y personal, acorde a su vocación y sus carismas y distinto para cada uno. Ahí esta también el porqué no deben dedicarse las estructuras del  Poscursillo a una enseñanza catequética, ya, que, mientras unos requieren la ilustración de las verdades cristianas más simples, otros recla­man una teología avanzada, o se lanzan por los caminos de la ascética o la mística: se debe mantener el carácter kerygmático de estas estruc­turas, por lo mismo que la conversión es un proceso que no termina, sino que exige renovación constante.

 

Frutos de la conversión

En la continuación de esta trayectoria puede esperarse, de unos o de otros, progresivamente, una mayor asistencia a los actos litúrgicos, mayor frecuencia en la practica de los Sacramentos, su iniciación en la oración la fidelidad conyugal, la superación de algunos vicios, una mayor responsabilidad paterna, las primeras experiencias apostólicas. Las primeras renuncias, la mayor competencia y eficacia profesional, el descubrimiento de la esperanza, el compromiso cívico, la lucha, Primero personal y luego pública, por la justicia, una vocación de pobre­za, y, finalmente, una vida comunitaria y la aceptación total, cotidiana y gozosa de la voluntad de Dios, y la vivencia de las Bienaventuranzas, con todos los avances y retrocesos, “noches oscuras” y explosiones de luz, que lleva la vida normal del seglar.

Pecan contra la caridad y el sentido común aquellos Dirigentes que esperan o reclaman, del nuevo Cursillista, obras, sacrificios, actitudes o estados que a ellos tomó años madurar y mas aún, algunos sacerdotes que descargan, sobre los hombros, aún débiles del Cursillista, "cargas que ellos mismos con frecuencia no se atreven a tocar. El amor que puso al Cristo adulto en una cruz, sólo exige del Cristo niño el dormir en un pesebre. Y es bueno recordar también que ese, mismo amor llevó a Egipto, porque no había llegado su hora, y que quien nos redimió en la cruz, pudo redimirlos degollado por Herodes.

Es bueno recodar que ser cristiano no es coronar una obra sino emprender un camino, y que, antes de separar el trigo y la cizaña, dice el Señor, hay que esperar que crezcan la cizaña y el trigo. Pretender que convierta a otros quien apenas inicia su propio proceso de conversión; que catequice quien no ha sido catequizado, y que se proyecte en promoción humana quien no ha logrado estructurar su propia humanidad. No nos extrañemos, pues, que algunos sintiéndose “agobiados por el peso de una carga enorme”, opten por “capear el bulto”. Si vamos a pedir al Cursillista todo y ya por favor, dejemos de repetir que “el Cursillo no obliga a nada”. Si el Cursillo se limita a descubrir o señalar responsabilidades ya existentes contraídas en el Bautismo abstengámonos de presentar como responsabilidades “propias del Cursillista, lo que son responsabilidades de todo cristiano y con frecuencia de todo ciudadano”.

 

Comienzo de la conversión

Decíamos que el proceso de conversión debe iniciarse en el Precursillo. Esta debiera ser la principal finalidad del mismo.

Cristo Jesús al planear el Cursillo de su predicación y redención y el “Poscursillo” de su Iglesia, previó igualmente un “Precursillo”, y, para ello, envió a su Precursor, cuya finalidad era “preparar los cami­nos del Señor, y hacer derechas sus sendas”; el centro de su predica­ción era el “haced penitencia -metanoia- porque está cerca el Reino de Dios”; su promesa se plasma en aquel “bautizamos en el Espíritu Santo y en el fuego”; todo ello desde una fe profunda de que “todo valle será aplanado, todo monte y cerro allanado, los caminos torcidos serán enderezados, y los escabrosos igualados...”, “porque poderoso es Dios para hacer que nazcan de estas mismas piedras hijos de Abraham”.

Siguiendo el paralelismo, diríamos que el candidato a C debe recibir previamente el Bautismo de Juan para “moverlo a la penitencia” -metanoia- y la promesa de Alguien a quien él no es digno siquiera de desatar las correas de sus sandalias.

Como la aceptación de la Palabra y el testimonio supone, en quien lo recibe un acto libre y personal, ello implica:

a) para que sea libre, una normalidad psíquica y una circunstancia limpia o limpiable.

b) Para que sea personal, una personalidad, que hemos definido como la capacidad para optar por sí mismo.

 Como la fe viene de Dios, y ninguna personalidad, disposición o circunstancias pueden procurarla por sí solas, antes de convencer al candidato a que la acepte, habremos de «convencer» a Dios para que la dé. De ahí el porque de la intendencia, que definimos como el amor del prójimo que, en la unidad de la Iglesia, arranca de Cristo -Dios del amor- la Gracia, sintetizando en ella todo lo fundamental cristiano.

 

Caminos de la conversión en la vida y la verdad

El Retiro Espiritual y el Rollo de Ideal, más que iniciar el Cursillo, completan el Precursillo. Quien va a cambiar de vida, de mentalidad, necesita de una conversión de su propio pasado; necesita saber lo que ha sido y lo que puede y debe ser. Por eso el Retiro será inicialmente “un alto en el camino de la vida”; y en él se darán los tres elementos de la penitencia:

1. Un examen de conciencia, mediante la revisión de nuestra “película”;

2. El dolor de los pecados ante el amor del Padre (2ª Meditación) y el dolor del Hijo (ViaCrucis);

3. Un propósito de enmienda, diciendo “me levantare e iré a mi Pa­dre”, en el “Hijo Pródigo”, y reaccionando ante !as propias caídas, como Pedro, en la Meditación de las “Tres Miradas”.

 

A la largo del Cursillo ira viendo que ha sido pecador (1ª Meditación); que ha si do hijo pródigo (2ª Meditación); que ha sido Judas y Joven Rico (3ª Meditación); que ha sido uno de los que se parapetan en su verdad a en su bien, o se instalan en la duda (El Seglar en la Iglesia); beato, practicón o fariseo (Piedad); católico burgués (Estudio); hijo desheredado, templo destruido, enemigo de Cristo, esclavo del diablo (Obstáculos); católico a ratos, por descuido o por cuidado de no serlo (Estudio y animación del ambiente).

Y descubrirá lo que puede ser: algo distinto, algo más (Ideal); Hijo de  Dios, hermano de Cristo, templo vivo del Espíritu Santo y heredero del cielo (Gracia); miembro de la Iglesia, signo e instrumento de Dios co-creador, co-redentor y co-santificador del mundo (El Seglar en la Iglesia); santo (Piedad y Estudio); apóstol (Acción y Dirigentes).

 

1) Fase de información

En la primera fase -de información al entendimiento- al Cursillista se le da una síntesis de lo que, como cristiano, esta obligado a creer: lo que deberá aceptar en su epístrofe: que existe un Dios; que es nuestro Padre; que nos ama y espera (Hijo Pródigo); que, se encarna en Cristo; que es nuestro hermano, muerto y resucitado (Gracia); que se personifica en la Iglesia (El seglar en la Iglesia); que se hace presente en nosotros por la Gracia (todos los Rollos Místicos y en particular Gracia).

Al centrarse alrededor de lo fundamental cristiano, el Mensaje del Cursillo limita al mínimo la materia del epístrofe. El primer día es el día de la fe; en él se muestra la Verdad; su Mensaje va dirigido al entendimiento.

 

2) Fase del testimonio.

La segunda fase es la del testimonio, que es lo que hace aceptable la Verdad; su Mensaje va dirigido a la voluntad. Es el día de la esperanza.

Una vez aceptada la Verdad, el siguiente paso debe ser vivir de acuerdo con esa Verdad y dejar que rija toda nuestra vida. Lo llamamos “enfoque de toda la vida a la luz del Evangelio”, que se define y testimonia en el Rollo de Piedad. Antes de lanzar el reto que supone la vida vieja y nueva del Rollista -su propia metanoia-, es necesario destruir dos posturas: la del “no quiero” porque todavía domina en él una falsa visión del cristianismo, que será destruida con la primera parte del Rollo de Piedad –beatos, practicones, fariseos-, y la del “no puedo” que salta en pedazos con la doctrina de las gracias actuales y la presencia de un Cuerpo Místico orante (Fe), que pide que uno pueda, que canta, que “se puede”, y que viene a testimoniarlo así en la Clausura. Son “palancas”, que han costado mucha sangre pero ninguna lagrima.

En el Rollo de Piedad se testimonia la “metanoia” del Rollista. Pero todavía ni se define ni se lanza a ella. El primer lanzamiento será hacia una ruptura con el pasado procurada en la intervención del Rollo de Piedad y expresada externamente con una confesión. Pero la confesión no es metanoia; es sólo su puerta de entrada. El primer lanzamiento verdadero a la “metanoia” se da en el Rollo de Estudio, cuando el Rollo ha sido bien entendido. En él se dice que el cristianismo es vida. Una vida vivida de acuerdo con la verdad que se ha aceptado, y con la fe que predicamos. En él se señalan por primera vez, los verdaderos obstáculos a nuestra “metanoia”, aquello que nos impide vivir de acuerdo con la Verdad: la cobardía, el orgullo, la cortedad, la niñería, la suciedad…

  El énfasis en lo apostólico no tiene lugar en la segunda fase del Cursillo ya que lanzar al apostoladazo a quien no ha hecho “metanoia”, es tan ridículo como lanzar a la “metanoia” a quien no alcanza aun la fe. El Estudio da solidez a  nuestra fe; da forma a nuestra vida; da eficacia a nuestro apostolado. En este orden.

La motivación final a la “metanoia” no puede ser otra que el mis­mo Cristo; su figura (4ª Meditación) y su amor (Sacramentos). Un rollo de Sacramentos bien dado  y entendido, debiera llevamos a la misma conclusión que la intervención del Rollo de Piedad: el gigan­tesco y sublime “todo esto por mí...”. Con una respuesta alegre, agrade­cida y confiada. Sacramentos es el Rollo de la esperanza.

 

El cristianismo es vida (Rollo de Estudio), conocida, vivida y pro­pagada (Rollos de Piedad, Estudio y Acción), traducida en vida de fe, esperanza y caridad (Rollo de Vida Cristiana), infundida, mantenida y alimentada (Rollos de Sacramentos. Fe y Vida Cristiana).

Quien esta dispuesto a romper con una vida pasada, quiere saber que le espera en la vida futura. Nuestra oferta es la verdadera y auten­tica felicidad, y la solución a todos los problemas que el hombre de hoy tiene planteados (Rollo Preliminar), testimoniadas en nuestra alegría y en nuestra vivencia. Saber que en Cristo y su doctrina está la solución a todos los problemas del hombre y del mundo (El Seglar en la Iglesia), Saber saborear un concepto triunfal del cristianismo, saber que “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasaran”. Escu­char un “no temáis; yo he vencido al mundo” (Meditación de El Men­saje). Saber que “Cristo y yo, mayoría aplastante”.

La esperanza cristiana es condición para la “metanoia” y clave verdadera de la perseverancia. Son Rollos de esperanza -y por eso de perseverancia- “Fe”, “Sacramentos”, (Obstáculos) (Vida Cristiana) (Gru­po y Ultreya).

Si, en el primer día se muestra la verdad, en el segundo se muestra el camino -Cristo-, y en el tercero se lanza a la vida. El Rollo de “Acción” inicia la tercera fase, que será de lanzamiento de la perso­nalidad.

Caigamos en la cuenta. Este lanzamiento supone ya una “metanoia”, y apenas hemos tenido un par de Rollos para lograrla. Habrá, por tan­to, que mantenerla y alimentarla a todo lo largo del Cursillo y de la vida, que debe ser un Cursillo perenne.

Esta tercera fase es el lanzamiento hacia la evangelización y hacia la “koinonía”. En el Rollo de “Acción” descubrimos que el apostolado es exigencia de la Gracia -algo se había sugerido ya en el Rollo de “Seglar en la Iglesia”-, y que todos debemos ser apóstoles; Y el de “Comunidad Cristiana”, nos dice cómo lo estamos siendo Descubriremos también que la manera más eficaz de serlo, se da desde el seno de una Comunidad y en compañía de un Grupo.

Debe quedar explicitado que no sólo pretendemos salvar personas sino también salvar ambientes, donde las personas se mantengan a salvo. Deberá quedar claro que los ambientes pueden conquistarse luchando simultáneamente en tres frentes, para vencer sobre nosotros -Rollo de “Vida Cristiana” y Hoja de Compromiso-, para vencer sobre los otros -Rollo de “Estudio y animación del ambiente”-, y vencer sobre el ambiente -Rollos de "Comunidad Cristiana” y de “Grupo y Ultreyas”-.

 

3) Fase de santificación en común

El lanzamiento a la “koinonía” -santificación en común- debiera ser la culminación y meta del Cursillo. Desgraciadamente, en muchos casos, el Mensaje se da truncado. A veces, se logra únicamente, un lan­zamiento hacia el apostolado individual, motivado en un encuentro per­sonal con Cristo. Con frecuencia falta aquel “concepto triunfal del cris­tianismo” y la decisión de una santificación en común. Y faltando esto último, no puede hablarse de una verdadera proyección de toda la vida a la del Evangelio.

La razón de porqué el lanzamiento a la “koinonía” suele ser insu­ficiente, es que se deja para el último minuto, lo que debiera irse cultivando a todo lo largo del Cursillo, para sólo consecharse en los Rolles de “Comunidad Cristiana” y “Grupo y Ultreya”.

Debiera prepararse a la “koinonía” desde el Rollo de “Gracia”, “El Seglar en la Iglesia” y “Sacramentos”, con una visión más encarnada de la doctrina del Cuerpo Místico. Los esquemas del Rollo de “Acción” y la Meditación del “Mensaje de Cristo”, tienen material de sobra para continuar este lanzamiento.

Siempre se ha dicho que el Rollo de “Comunidad Cristiana” prepa­ra el camino al de “Grupo y Ultreya” y se sigue diciendo, aunque ha de­jado de ser cierto. El esquema primitivo, lo lograba hasta el punto de que bastaba al de “Grupo y Ultreya”, para remacharla, una breve introducción, pudiendo continuarse con la explicación de la Reunión de Grupo.

Lo cierto es que, al cambiar el esquema de “Comunidad Cristiana”, se ha dejado sin motivación el Rollo de “Grupo y Ultreya”, y esta motivación debe darse aún a riesgo de desplazar a segundo o tercer termino, la explicación de la Reunión de Grupo. El Grupo, la “Koinonía” es lo que se pretende. El Cursillo y la “Reunión de Grupo” no son sino medios para lograrlo.

Si la “metanoia” no es un acto sino una actitud permanente, que supuso revisar lo que uno ha sido y el propósito de ser algo mejor, implica igualmente la revisión periódica de lo que se es y la planificación de lo que se hace y de lo que se hará. Supone, en otras palabras, la “Reunión de Grupo” como forma de revisión de vida. Si el Cursillo fue una revisión de vida, para que nuestra vida sea un Cursillo perenne, la Reunión de Grupo deberá ser también un continuo revisar.

La Clausura debiera ser el testimonio de la “koinonía” en que vive la comunidad, que ha enviado a sus apóstoles a la proclamación del kerygma.

Los “padrinos”, es decir, los que presentaron a la comunidad los candidatos al Cursillo, tomarían a su cargo, junto con el equipo dirigente y la Escuela, el tratamiento individual que seguirá a los tres días del Cursillo, y que puede compararse con aquellos cuarenta días de metanoia y catecumenado de que habla San Cirilo de Jerusalén.

En Nicaragua, pasado ese periodo, tenemos nuestra Convivencia de Rodaje, aclaratoria pero vivencial, en clima de “Tercer Día”, que cul­mina con una Misa y la renovación de las Promesas del Bautismo. El Cursillista esta ya integrado en la comunidad cristiana de la Ultreya, donde aprenderá a vivir en “koinonía”, y en donde localizará a los componentes de su Grupo; con ellos peregrinará hacia el Padre, por la vía de la normalidad, en amor y  ayuda mutua, proyectándose apostólicamente según su vocación y sus carismas.

 

Observaciones prácticas

A fin de evitar mal entendidos, consideramos necesarias las siguientes observaciones:

1.- No afirmamos que en C se den etapas rígidas. Secuencia y rigidez son cosas distintas. De hecho en cada Rollo del Cursillo, hay una regresión hacia Rollos anteriores y una transición hacia Rollos futuros. Así lo exige la pedagogía, y sólo así se  logra convencimiento y fijación de ideas.

2.- Las estaciones o etapas, en esta trayectoria de conversión, varían de un individuo a otro; no suelen darse completas en el Cursillo y necesitan completarse en el Poscursillo.

3.- La “metanoia” no es un acto aislado de la voluntad sino, un ir madurando convicciones y decisiones.

4.- Al comparar el proceso de conversión con el Mensaje del Cursillo, hemos analizado solamente la verdad de los esquemas. Todos sabemos que los Rollos contienen una verdad –la del esquema- y una vida: la del Rollista. Es precisamente el carácter vivencial de los Rollos, la fuerza del testimonio lo que hace aceptable a la voluntad lo ya aceptado par el entendimiento.

5.- La “teoría” del Cursillo no suplanta sino que explica la “viven­cia” del Cursillo. Siempre será más importante el ser que el cono­cer; siempre será más eficaz la santidad  que la sabiduría. No queremos ni podemos ajustar a un esquema la vivencia cristia­na, ni pretendemos que Cristo lo siga. Le damos infinitas gracias por darnos la fe cuando quiere y en la forma que le place, con C o sin ellos.

6.- Finalmente, queremos advertir que, aunque en el Cursillo se dice y se logra mucho más de lo que hemos señalado, debe te­nerse mucha prudencia para no decir más de lo que se debe. Pretendemos la vivencia de lo fundamental cristiano y sólo de lo fundamental cristiano. Aunque es cierto que tenemos la obliga­ción de enseñar a nivel catequético, la totalidad de lo que un cristiano debe creer incluyendo los últimos dogmas y enseñan­zas de la Iglesia, no hay obligación de enseñarlo todo en tres días, sino que tenemos la obligación de evitarlo prudentemente en la etapa del kerygma.

 

La pintura da realce y belleza al cuadro, pero también es cierto que el exceso de pintura acaba por ocultar el dibujo, por hacerlo difuso y confuso­ y se termina dando más importancia al color que al contenido.

En la medida que nos apartemos de lo fundamental cristiano, tendremos hombres catequizados pero no convertidos.

Sé de C donde, habiéndose expuesto mucho del Vaticano II se olvidó decir que Cristo estaba vivo porque había resucitado.

Sí hace algunos años nos preocupábamos de integrar en los esquemas todos los últimos pronunciamientos de la Iglesia, hoy la experien­cia nos lleva hacia un retorno a la simplicidad y a lo fundamental, dando en su justa medida y en forma encarnada lo que debe ilustrarlo, no sustituirlo, y hacerlo resaltar sin sepultarlo.

Debe interesarnos, el integrar a nuestras vidas la Verdad de la Jus­ticia y el  Mandamiento del Amor; deberemos lanzar a este compromiso mediante el testimonio y las vivencias de un equipo realmente com­prometido en la solución de esta problemática, de modo que esas vidas sean la ilustración y encarnación de aquellas verdades; y la doctrina social de la Iglesia sea resultado de la doctrina del Amor de Cristo; y nuestro amor al prójimo sea consecuencia de nuestro amor a Cristo, y nuestro amor a Cristo sea simple respuesta a su amor, porque El nos amó primero.

De lo contrario, tendremos hombres lanzados pero no motivados, estatuas de bronce, con pies de arena, sin base firme, imponentes y vistosos, pero débiles y efímeros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

          

 

 

 

 

 

 

          II. DENTRO DE LA IGLESIA

 

LOS CURSILLOS MOVIMIENTO DE IGLESIA

 

Los Cursillos de Cristiandad fueron al nacer, algo nuevo en la Iglesia. Y también algo distinto. Por eso fueron piedra de escándalo y objeto de persecución. Hoy no se les persigue, pero en muchas partes todavía no se les comprende porque a pesar del tiempo transcurrido siguen siendo algo tan radicalmente distinto a otras cosas de la iglesia que continúan siendo novedad.

No cabe aquí explicar lo que son los C de Cristiandad; preferimos remitir a la lectura de “ideas fundamentales”. Sólo quisiera explicar aquí algunas consecuencias derivadas del modo de ser de los C y subrayar algunos subproductos que no siempre sabemos captar, y que son causa, no pocas veces de fricciones, incomprensiones e inquietudes.

Los C son un Movimiento. Pero no siempre se adivina todo lo que este “ser Movimiento” conlleva y significa.

El Movimiento en la naturaleza, generalmente evidencia una fuerza de cambio. Obedece a una fuerza, interna o externa y da lugar a un cambio.

Sociológicamente un Movimiento es un conjunto de personas, ideas, valores, actitudes y circunstancias, es decir, un ambiente-fuerza que, por diferir o disentir del ambiente general reinante, genera o exige un cambio.

Los C al conjugar personas y comunicar una mentalidad –ideas, valores y actitudes- en la medida de su fuerza, van creando unas circunstancias que generan y exigen un cambio interior –una conversión- y exterior: la transformación de los ambientes circundantes. Como Movimiento son señal de vida. Como agentes de cambio son instrumentos de renovación.

 

Los movimientos en general

Pero los Movimientos por su propia naturaleza, están también expuestos:

1.- A la crítica, porque son distintos.

2.- A la persecución, porque son incómodos para los “instalados”, y

3.- Necesitan constituirse como un ambiente distinto a los demás, para la vivencia y constante reafirmación de unas ideas, valores y actitudes que en ellos se saben verdaderas, pero que no son todavía aceptadas o vividas por el ambiente general. Desde este ambiente se proyectan sobre los demás. Pero si no logran penetrar el ambiente general, tienden convertirse en ghetto. 0 pueden ser tenidos como secta. El cristianismo lo fue por mucho tiempo.

Si el Movimiento es aceptado plenamente por el ambiente en gene­ral, podemos suponer:

1.- 0 que ya ha comunicado al ambiente todo lo que lo hacía dife­rente y, por ello, ha perdido su especial identidad y su razón de ser. El fermento y la masa se han convertido en pan. Su labor de renovación ha terminado;

2.- 0 que desgraciadamente claudicó en sus ideas, valores y actitudes, y, en vez de fermentar el ambiente, fue absorbido por él.

 

En el primero de los casos, los Movimientos tienden a institucionalizarse para preservar lo logrado, y tratan de no cambiar más que lo indispensable para poder seguir siendo iguales. Por esto, sin cerrar los oídos a una crítica, que puede ser por lo demás justificada, y sin temor a la persecución que vendrá sin duda en la medida que seamos fieles al Maestro, temamos, sobre todo, la plena aceptación y complacencia del ambiente.

No todas las agrupaciones humanas funcionan de idéntica manera.

Cuando los hombres se agrupan:

 

Para perseverar o continuar

Para hacer

Para compartir

interesa

La estabilidad

Los resultados

Las personas

Se comparten

 

Unas tareas

Una vida

Se reparten

posiciones

programas

Ideas, valores, actitudes

Se espera

obediencia

iniciativas

amistad

Se comunican

Unas normas

Unos criterios

Un espíritu, un modo de ser

Se valora

Lo que se ha sido

Lo que se debe hacer

Lo que se puede ser en el futuro

Se mira hacia

El pasado

El presente

El futuro

La autoridad

Se delega

Se gana

Se detecta

Y radica

En un título

En la propia competencia

En unos carismas

El liderazgo se entiende como

Innecesario o como supervigilancia

Capacidad de planear o coordinar

Capacidad de contagio

Y se conoce por

Su título

Su eficiencia

Sus seguidores

Se forma

Una institución

Una organización

Una comunidad ambiente

Se inicia

Una tradición

Una campaña

Un Movomiento

 

La Iglesia institución, abundante en organizaciones, enriquecida por la tradición y amiga de campañas, valora, cada día más, la importancia de una comunidad como ambiente-fuerza para la comunicación del “modo de ser” cristiano.

 

El movimiento de Cursillos

El Movimiento de C, aunque tenga elementos institucionales u orgánicos, es, ante todo, una comunidad-ambiente. Influye en los de­más ambientes en la medida en que él mismo logra ser un ambiente, que influye sobre la conducta de las personas que lo forman.

Aunque en el ambiente del Movimiento existan algunas actividades y funciones, todas ellas tienen como finalidad, posibilitar y perfeccio­nar un compartir: la comunicación de un modo de ser -de ver, de pensar y de sentir-, que lleva a un modo de actuar: el modo cristiano.

En circunstancias tales como el terremoto de Managua, el Movi­miento de C continuó existiendo e influyendo, aún cuando to­dos sus elementos institucionales –Ultreya, Secretariado, Escuela y muchísimos Grupos- desaparecieron temporalmente.

En un ambiente no se pueden nombrar Dirigentes. Puede dárseles el titulo y no dirigir nada, o no ostentar el nombrecito y dirigir a muchos. Sólo se les puede detectar y confirmar o promover...

Un ambiente -o un Movimiento- como los trenes, no puede ser manejado u orientado desde fuera... Ni desde arriba, ni desde abajo. Sólo desde dentro.

Los C son un ambiente, y al igual que los demás ambientes, no pueden ser animados -vitalizados- sino por fermentación. “Ideas Fundamentales” lo llama contagio coherentemente explicitado. No se les puede impulsar por vía de legislación. La vitalización de los C exige la aplicación de su misma estrategia para la transformación de los ambientes: la lucha, desde dentro, en tres frentes simultáneos:

- en nosotros: el cambio de mentalidad hacia una mentalidad de cambio;

- en los otros, no en sus estructuras. Lo importante en C son siempre las personas. Actualizadas las ideas, valores y actitudes de nosotros y de los otros, se tomarán las iniciativas nece­sarias para cambiar;

- las circunstancias del ambiente de C.

Esto adquiere especial importancia si recordamos, además, que los C no son un Movimiento para niños dóciles, obedientes y “bien educados”, a quienes hay que decir que deben hacer, que no pueden hacer y como deben pensar, sino un Movimiento de:

1) Lideres: Dirigentes, no dirigidos, desde antes de haber hecho su Cursillo;

2) Adultos, a quienes el mundo ya dictó su quehacer;

3) Libres, y ahora, más conscientes de su libertad; y

4) Responsables, ante sí mismos y ante Dios.

 

Inmiscuirse en la forma o calidad de su realización en la vida cristiana es tan absurdo como el que el catedrático de arquitectura insistiese en revisar o reforzar los planos y casas de sus exalumnos. El arquitecto es ahora responsable de su trabajo, Y sólo debe rendir cuentas al dueño de la casa.

 

El movimiento de Cursillos y la Iglesia

En esto también son los C algo diferente en la Iglesia. Una diferencia que ha resultado traumática para muchos “catedráticos de Arquitectura”.

En los mismos planteamientos de su estrategia, encontramos un hecho indiscutible, que con frecuencia desaprovechamos e incluso com­batimos. Es el hecho de que los hombres se mueven por constelaciones. Y los Cursillistas no son una excepción. De aquí resulta que la formación de las llamadas “argollas” sea inevitable. Hace tiempo dejamos de combatirlas. Por el contrario, nuestro esfuerzo se centra en multipli­carlas y eslabonarlas de modo que, en vez de argollas, logremos tener una estupenda cadena de Dirigentes vivos, conjuntados, coordinados y centrados.

Otra cosa, que olvidamos con frecuencia, es que los C -Movimiento de Iglesia- son un Movimiento en el Cuerpo de Cristo. Un Movimiento orgánico. No necesitan moverse a golpes o empujones, co­mo bolas de billar. Tendrán movimiento, y se moverá sólo en la medida en que tengan vida; no pueden moverse o manipularse como piezas de ajedrez.

El comunicarles esta vida es nuestra única tarea. Pero más importan­te aún es el caer en la cuenta de que, en el organismo, el movimiento de muchos miembros -los brazos, par ejemplo- se origina por una oposición de fuerzas. Si, a la acción del bíceps no sigue la del tríceps, el brazo se repliega o agarrota. Es la conjunci6n de los dos lo que hace posible la continuidad de su movimiento. No debe asustarnos, par tanto, que existan orientaciones diferentes, ni siquiera una abierta oposición de fuerzas. Sólo debe asustarnos la desunión. Y debemos estar atentos en detectar cuando me toca el turno de ceder, para evitar una parálisis.

Los C son un Movimiento de Iglesia. Si nada de ella nos es ajeno, tampoco puede serlo su propia crisis. Debemos ser capaces de detectar qué y cuánto de nuestra crisis es crisis compartida con la Iglesia. Y enfrentar la crisis con la certeza de que el fruto de la crisis será una purificación.

Como parte de esta Iglesia, también debemos tomar conciencia de que ninguna de sus partes puede lograr aquello que requiere la acción conjunta de la Iglesia toda. No podemos hacerlo todo, puesto que no somos toda la Iglesia. Ni debemos desanimarnos par no haber logrado en treinta años lo que la Iglesia no ha logrado en dos mil.

 

 

Pastoral de Cursillos

Vamos a tratar de definir cual es la función específica de este Movimiento dentro de la Pastoral. Se trata de averiguar si los C de Cristiandad, en la forma en que fueron concebidos y con la finalidad específica para que fueron creados, tienen o no:

- Una función propia que desempeñar en la misión pastoral de la iglesia;

- Cual es esta función y

- Si la Iglesia los reconoce como instrumentos aptos para lograr su finalidad.

Contesto las dos primeras preguntas con una sola, cita que tomo de las conclusiones del Primer Encuentro Latinoamericano de Dirigentes de C de Cristiandad, celebrado en Bogotá y que dice así:

“Dentro de la acción pastoral de conjunto el, Movimiento de C es un agente con función específica. Esta función está determinada por su finalidad, esencia y método en la acción total de la Iglesia”.

 

La respuesta del encuentro es por tanto, que los C tienen una función que desempeñar dentro de la Pastoral; que esta función no es otra que el cumplimiento de nuestra propia finalidad y que por ello, tanto mayor será nuestra colaboración en la Pastoral cuanto mejor y más eficazmente cumplamos con la finalidad de nuestro Movimiento, dentro de su esencia y con nuestro método.

No nos invitaba el Encuentro a aceptar las cosas como están pues seria pensar que están como se debe, sino que, por el contrario debe­mos comparar lo que son  con lo que deben ser,  para hacer que estén como Dios manda. No hay que cambiar su finalidad, sino dar mayor eficacia a la finalidad que ya tienen, y darle toda la que deben tener. No hay que cambiar su esencia haciendo que los C se convier­tan en otra cosa, sino conocer mejor esta esencia y lograr que los C sean todo lo que deben ser. No hay que cambiar el método, sino lograr, adaptándolo dentro de la autenticidad, que el método, en su esen­cia, se integre en la acción total de la Iglesia.

Nuestra función, dentro de la Pastoral, está determinada por nuestra finalidad, esencia y método, y eso, naturalmente, necesita ser explicado y demostrado.

Los C son un Método que engendra un Movimiento. Más concretamente: son un método de renovación cristiana, que engendra un Movimiento apostólico, que tiende a impregnar de espíritu cristiano los ambientes y las estructuras. Estudiemos, pues, separadamente, cual es nuestra función en la Pastoral como instrumento de renovación cristiana y cual como Movimiento apostólico ambiental.

 

La acción pastoral de la Iglesia se centraliza en tres grandes campos:

1.- La Evangelización.

2.- La asistencia y promoción humana.

3.- La liturgia.

 

La Evangelización, a su vez, puede subdividirse en dos etapas:

 a) el kerygma, y

b) Catequesis.

 

Estas dos etapas son progresivas en la formación cristiana, y presuponen lograda la etapa anterior, como condición para pasar a la siguiente.

 

A. En la línea del kerigma

Los C como instrumento de renovación cristiana, están con­cretamente en la línea del Kerygma:

Hay dos etapas en el camino de la fe: la fe de conversión, que es el kerygma, y la fe de conocimiento que es la catequesis. El kerygma anuncia el acontecimiento de la salvación; la catequesis lo explica. De la misma forma que Dios primero crea y establece el acontecimiento de la salvación, y luego le explica y hace comprender a través de sus profetas.

El kerygma corresponde al acontecimiento y no a la doctrina, y, por tanto, como el C, es vivencial, no doctrinal. La catequesis es in­telectual y explica esa verdad.

El kerigma, como los C, busca engendrar la fe primera bus­ca anunciar lo fundamental cristiano; su fin es convertir.

La catequesis desarrolla las implicaciones de lo fundamental cristiano  y su fin es explicar y profundizar, En la catequesis la fe en Cris­to es el punto de partida. En el kerigma  y en los C la fe es el punto de llegada.

Sin embargo, desde el punto de vista de la salvación y de la vida cristiana, la fe de conversión lo contiene todo. El kerygma contiene en sí todo lo especial de la fe, y la catequesis no es un perfeccionamiento de la fe, sino simplemente su explicación. Esto la vamos a entender mejor con un ejemplo:

En el Evangelio descubriremos una fe que asombró al mismo Jesús. Me refiero a la fe del Centurión, de la cual decía el Señor que no había encontrado fe semejante en Israel. Sin embargo, si se hubiese pedido al Centurión que explicase el contenido de esa fe, no hubiera sabido hacerlo. Él creyó en el Señor. Creyó que Cristo era Dios, y eso bastó.

¿En qué creyó el Buen Ladrón para entrar aquella misma tarde en el Paraíso? ¿Cual fue la doctrina que hizo cambiar a Zaqueo y repartir la mitad de sus bienes? Ninguna. Zaqueo ni siquiera conocía al Se­ñor, No fueron catequizados, pero si convertidos.

En cambio, el Joven rico, que se sabía todos los textos de memoria e incluso había cumplido la ley desde su infancia, y, seguramente de haber ido a Cursillos, hubiera comulgado el primer día sin confesarse, no aceptó a Cristo; no creyó en Él. Le falto fe y, por ello, no cambió su mentalidad. Estaba catequizado pero no convertido. (Recuerden esto quienes olvidan que en el C buscamos la conversión y no la «confesión, descuidando muchas veces la conversión de quienes ya se han convertido.

Como la fe cristiana parte de la fe en Cristo, el kerygma y los C son esencialmente cristológicos y cristocéntricos, como lo fue la predicación de San Pablo, apóstol de los gentiles.

A estas alturas se podría argumentar que si la fe viene de Dios, ningún método humano la puede provocar. Efectivamente, no la puede provocar, pero sí propiciar.

En la fe hay dos elementos: por una parte Dios, que se manifiesta y por otra el hombre, que lo acepta. Por eso los C tienen también dos frentes de ataque: Dios, a quien acudimos con oraciones y “palancas”, pidiéndole que se manifieste, y el hombre a quien bombardeamos con Rollos y “labor de pasillo”, buscando que lo acepte.

Sin embargo, Dios se manifiesta también de otra manera; la que señala la “Lumen Pentium” en su número 50. Dice así:

“Dios manifiesta a los hombres, en forma viva, su presencia y su rostro, en la vida de aquellos hombres, como nosotros, que con mayor perfección se transforman en imagen de Cristo”.

Esta verdad teológica es la razón del “santo temor” a tener la vida muy par debajo de la verdad que predicamos; la razón del porqué cada Rollo debe contener una verdad -la del esquema- y una vida -la del Rollista- porque es en esa vida que se manifiesta Cristo. Es la razón del porqué, para dar un Rollo, primero hay que vivirlo; la del porqué los Dirigentes no van a Cursillos para convencer, sino que sus vidas convencen.

 

Kerigma y catequesis

Pero regresemos al programa pastoral de evangelización.

Al kerygma le sucederá la catequesis. Quien ha oído ha creído, recibe el bautismo y la instrucción. Aunque es cierto más la obligación de enseñar a nivel catequético la totalidad de lo que un cristiano debe creer, no hay obligación de enseñarlo todo. En tres días, sino que tenemos la obligación prudente de evitar que sea en la  etapa del kerygma.

Al kerygma y a la catequesis le sucederá, a su debido tiempo la homilía, es decir, la enseñanza ordinaria dentro de la comunidad. Después de .la  homilética vendrá la teología propiamente dicha, es decir, la investigación completa sobre el dogma cristiano, y finalmente, en, más alta cima vendrá la teología mística.

Desgraciadamente, en la práctica, se saltan etapas. Se lanza a la catequesis, presuponiendo una fe que no existe. Tenemos hombres catequizados -saben la doctrina-, hombres sacramentalizados –reciben los Sacramentos-, pero no hombres convertidos.

En la Iglesia primitiva se bautizaba a los ya convertidos. Hoy, en cambio, hay que convertir a los bautizados, y es en esta labor de la Igle­sia donde los Cursillos tienen una importancia y una eficacia demostrada.

Debemos concluir, pues, que la función de C es esencialmente kerigmática, y que su fin es convertir, no catequizar.

En algunos países, han querido hacer del segundo día del Cursillo el día de la “Gran Catequesis Sacramental”, con un Rollo de Sacramen­tos de cuatro y hasta ocho horas de duración. Por eso a veces oímos hablar de línea vivencial y de línea doctrinal.

 

Línea vivencial y línea doctrinal

Cuando se habla de línea vivencial y de la línea doctrinal no se indica un problema de contenido; que suele ser el mismo, sino de objetivos. No se quiere contraponer doctrina y vivencia, como si se excluyeran mutuamente.

La línea doctrinal significa y subraya una intención catequética y adoctrinadora; la línea vivencial insiste más bien sobre el aspecto kerygmático de la proclamación evangélica. Se trata de que las verdades, entrando por la cabeza, estallen en el corazón; que las palabras, exponiendo la verdad, obliguen a la vida; que la Iglesia, definida en “El Se­glar en la Iglesia”, se sienta presente en la intendencia y en la asistencia de los antiguos Cursillistas a la Clausura; que el Cristo de las Me­ditaciones sienta presente en las Visitas; que el amor a Dios se ma­nifieste en la  liturgia del Cursillo, y el amor al prójimo en la “labor de pasillo” y en la convivencia heterogénea e integral; que el mensaje mueva no sólo el entendimiento sino también la voluntad; que toda el C sea una Verdad experimentable, una vivencia.

Con demasiada frecuencia quienes desconocen esta función de conversión como específica de C, reclaman a C lo que estos no pueden dar y les atribuyen fallos que no son del Movimiento, sino de ellos mismos.

Opinan que el Movimiento no hace nada porque no lo hace todo, sin comprender que no hacen más porque no lo deben hacer. Quisieran que el Movimiento tomara a su cargo la catequesis y hasta la formación teológica de sus miembros, destinando a este fin nuestras estructuras del Poscursillo. Esta instrucción no puede ni debe darse colectivamente a toda la asamblea, por la sencilla razón de que cada uno de sus miembros se encuentra en un nivel distinto de formación cristiana.

El C nos lanza al estudio mediante un Rollo especial; nos hace sentir la necesidad de saber “dar razón de nuestra fe”; establece, dentro de la Reunión de Grupo, un instrumento de revisión y acicate de nuestro estudio, y, dentro de la Escuela, un Rollo místico, que está destinado a ir completando nuestra formación. Pero son ellos quienes tienen la obligación de formarnos, y a veces, brillan por su ausencia.

En el libro “Cde Cristiandad. Realidades y Experiencias”, página 85, leemos: “En cuanto a la tarea de formación progresiva y dirección espiritual es evidente que recaerá sobre el párroco, o sobre el consiliario que le representa. Cuando por cualquier razón o circunstancia, el sacerdote no puede desarrollar esta labor..., no debe enviar feligreses a C, mientras no se tenga la solución satisfactoria”.

Para colaborar con esta labor de la formación catequética que tiene el sacerdote, el método de C ha previsto el Rollo Místico de la Ultreya, como una oportunidad para ejercer esta función de modo co­lectivo; su propósito es precisamente el de explicar el hecho cristiano de las “vivencias” a la luz de la doctrina, señalar la verdad que engen­dra esa vida, catequizar el kerygma.

La que no puede aceptarse es que se dé a toda Ultreya un carácter doctrinal o catequético, por una razón que el Documento de Medellín señala en una de sus ponencias, cando dice:

“La conversión es una etapa que no se acaba nunca para el cristiano. El kerygma no es como un pórtico que da acceso a la nave de la catequesis, sino más bien es la cripta que soporta la nave, y que debe ser afianzada continuamente.

Par eso nuestras Reuniones de Grupo y Ultreyas deben mantener­se dentro de lo vivencial y en el ámbito de lo fundamental cristiano. La experiencia de otros países demuestra que, cuando se debilita la crip­ta, se viene al suelo la nave. Observamos, por otra parte, que la asis­tencia de Cursillistas a Cursos de catequesis, de Biblia, Encuentros Pastorales, etc., es la más nutrida entre todos los Movimientos apostólicos del país.

 

El movimiento de Cursillos en la pastoral

Como puede creerse que toda esta visión kerigmática de C brota a la luz de la creciente importancia que se da al kerygma dentro de la pastoral y que no formó parte de la intención original de sus iniciadores, quisiera transcribir rápidamente un par de testimonios, precisamente porque decíamos que la función de los C en la Pastoral está determinada par su esencia, finalidad y método, y es necesario demostrar que el kerygma forma siempre parte de esta esencia, de esta finalidad y de este método de C.

En 1951, es decir, a sólo dos años de haber nacido los C, el Padre Juan Capó decía a los Consiliarios de Acción Católica de Madrid:

“No se intenta una explicación catequética, si no que se sitúa en lo previo: la proclamación del mensaje que salva -kerygma-, de una vida nueva que transfigura y configura: conversión. Par esto pretende la experiencia personal -vivencia- de una realidad del Evangelio vivido. Se trata de lograr un encuentro personal con Dios vivo -Epifanía-, en el que la fe sea respuesta del amor a un requerimiento perso­nal, que compromete -compromiso-, y la oración es dialogo personal con el amigo”.     

Usando el vocabulario de la teología, diríamos que se trata de llegar, mediante el kerygma -anuncio de lo fundamental- a una epifanía, encuentro con Cristo que, al provocar la metanoia -cambio de menta­lidad- comporte una conversión que desemboque en la vida, y que se exprese en un compromiso apostólico y humano.

Esta misma trayectoria de la conversión al compromiso, la explica­ría quince años después, Pablo VI en su discurso de la Ultreya Mundial, con las siguientes palabras:             

“El seglar, al formarse en cristiano (conversión):

- reforma su mentalidad (metanoia);

- conforma su vida a la imagen de Cristo, y

- transforma, actuando en plena responsabilidad propia, las estructuras temporales en las que está inmerso”.

La metanoia no se reduce a la aceptación de una doctrina, ni siquie­ra a un cambio psicológico o cambio de costumbres, sino que desembo­ca en un compromiso de toda la persona, dentro de una visión nueva de la creación; por una esperanza que coincide con el plan universal de salvación de Dios. Y el kerygma es lo único que puede suscitar la metanoia.

Pensar que, por el hecho de mantenerse en la línea del kerygma y de la conversión estén por ello desligados los C del compromiso temporal y de la promoci6n humana y de la reforma de estructuras, es uno de los errores más lamentables en que podemos caer.

El mismo Capó explica: “La conversión que el C comporta -reforma de mentalidad, la llama el Papa- desemboca en la vida. Es una actitud práctica que, partiendo de la Gracia, se impone transfor­mar la vida y el mundo”.

Como todos sabemos -y así lo decimos en el Rollo de “El Seglar en la Iglesia”- lo que pretenden, tanto los C como la Iglesia, es transformar al hombre para que el hombre transforme el mundo y sus estructuras. El mundo, por tanto, es nuestra verdadera meta; el hombre solamente es instrumento y punto de partida de esta transformación y su beneficiario.     Como algunos Movimientos apostólicos siguen el camino contrario, conviene observar que el criterio nuestro, sigue teniendo validez en la estrategia pastoral de la Iglesia, y así lo subraya el documento de Me­dellín, en su Capitulo I-Nº 3:

“La originalidad del mensaje cristiano no consiste directamente en la de la afirmación de la necesidad de un cambio de estructuras, sino en la insistencia en la conversión del   hombre, que exige luego este cambio. No tendremos un continente nuevo sin nuevas, y renovadas estructuras; pero, sobre todo, no habrá un continente nuevo sin hombres nuevos, que, a la luz del Evangelio, sepan ser verdaderamente libres y responsables”.            

Así pues la conversión en C es punto de llegada a Cristo, pero debe ser punto de partida, pista de despegue, plataforma de lan­zamiento hacia el hombre y el mundo.

 

No comprometerse para poder comprometerse.

Otro error muy similar al anterior consiste en pensar que los C no lanzan a la acción, por el hecho de no tener una acción definida y colectiva, como Movimiento. Nada menos que un obispo nos decía, no hace mucho en una Ultreya, que ya era hora de que los C escogieran y decidieran que es lo que quieren hacer, refiriéndose, desde luego a alguna actividad apostólica concreta.

Se trata precisamente, una vez más de no comprometerse en una actividad única para poder comprometerse en todas, rechazando toda acción colectiva del Movimiento, para sustentar la acción libre y voca­cional a nivel de Grupo. Para las acciones especializadas existen los Movimientos y Organizaciones especializados. Sobre este tema el Pa­dre Juan Capó, decía lo siguiente en la Ultreya Mundial:

“Los Movimientos especializados suponen una experiencia viva del ser cristiano -pero no la procuran ellos mismos-, y le dan una fisonomía propia, un “así». Nosotros, previamente a ese a ese “así” intentamos este cristianismo consciente; diríamos que nos proponemos la proclamación del mensaje, el kerygma... El día que los C de Cristiandad trabajen a manera de cuerpo orgánico, se habrá puesto un “así”..., y habrán perdido esta situación de excepción, de predicar lo previo, lo fundamental, lo común, tan necesario a Pablo VI, a Mons. Hervás, a mí y a vosotros, para vivir en cristiano, y salvarnos.

Afirma, pues, que los C, después de muchos años, no sólo se mantenían dentro de la línea del kerygma, sino que debían además, mantenerse dentro de esa línea, tan necesaria para la Iglesia y para nosotros mismos, que posibilita, por la conversión de los fieles, - el naci­miento y vivificación de cuantos Movimientos especializados resulten necesarios, sin convertirnos en uno de ellos.

Un repaso a las orientaciones pontificias nos haría palpar que el fracaso de muchas tentativas ha nacido del suponer, para el montaje de nuestros Movimientos y organizaciones apostólicas una estruc­tura cristiana inexistente en la realidad o, al menos, sin arraigo en la vida. Es lo mismo que observaba Hervás en sus “Antecedentes Ideológicos”, y que siguen recalcando los C: Que el mundo está lleno de Movimientos apostólicos que pretenden saciar una sed cristiana que no existe. “Hay una gran falta de sed y una superabundancia de medias para saciarla”.

Por ello los C conservan esa “situación de excepción”, que Pretende dedicarse a despertar esa sed, y lanzar a los Cursillistas a saciar esa sed donde mejor les plazca, que es donde su vocación los in­dique, y a nivel de gropos voluntarios, fundamentados en la amistad, es donde, como dice el mismo Pablo VI, los grupos han encontrado “su fuerza y su fortuna” (Alocución de Feb. 1968).

Termina Capó diciendo: “El C se asienta sobre la esencial di­misión misionera y apostólica del Bautismo cristiano, anterior a todo mandato e institución positiva, la cual puede especificarla y darle cauce pero no la origina”.

Esta última afirmación será de especial interés, cuando pretendemos incorporar algunos textos al contenido doctrinal de C. Las enseñanzas pontificias, los textos conciliares y los documentos de Medellín encauzan y especifican  el mandato apostólico y nuestro compromiso con el hombre y el mundo, pero no los originan. Nuestro compro­miso con Dios, con el hombre y con el mundo, tal como decíamos en C, nace de nuestro Bautismo, de nuestra confirmación y del precepto de la caridad y la justicia, y brota en el ámbito de lo fundamental cristiano. Todos estos textos pueden -y quizá deben- incluirse en nuestro mensaje, para completarlo, pero no para sustituirlo. Ellos obligan sólo en cuanto reflejan lo fundamental. 0 mejor dicho, no crean una obli­gación, sino que se limitan a señalarnos obligaciones ya existentes, especificándolas y explicándolas.

La importancia de lo fundamental cristiano en la Pastoral, ha sido puesta en relieve por el mismo director del Instituto Pastoral Latinoamericano, al describir lo que él llama Pastoral Profética, la cual inten­ta centrar la acción de la Iglesia en el anuncio de la Buena Nueva. Los análisis de la descristianización han puesto de manifiesto, sobre todo, el hecho de que se ha minimizado toda una etapa de la palabra: la de la predicación misionera o kerygma. Hay que predicar lo sustantivo, lo fundamental. El propio Pablo VI, en su discurso en la Ultreya Mundial (28 de mayo 1966), en otras causas que explican la falta de éxito en la evangelización, apuntaba claramente a “no dar siempre la importan­cia debida al núcleo esencial y a lo fundamental cristiano”. (Con ello se refería precisamente al éxito alcanzado por el Movimiento de C.)

 

 

Los Cursillos, pista de lanzamiento

Volviendo al tema anterior, vemos que los C no sólo lanzan a la acción, sino que la motivan y justifican, dándole ese funcionamiento que nace de lo fundamental cristiano, y que al faltar en tantas acciones de la Iglesia, de genera en fracasos o en simple burocracia apostólica, carente de vida.

Quienes conocen el método del C, saben que la última de sus tres fases es la dedicada exclusivamente a un lanzamiento a la acción. Y que el proceso o secuencia de estas tres fases es el mismo que señalábamos antes:

Kerygma en su fase de información, epifanía y metanoia en su fase de testimonio, y compromiso y lanzamiento hacia la acción en su tercera, sin pretender, con ello que en el C se den etapas rígidas, En el Cursillo cada etapa debe estar fundamentada y ser el resultado de la anterior. El actuar cristiano debe ser el resultado de una vivencia cristiana. En nuestros Rollos de la Escuela hemos repetido, hasta la saciedad, aquellas frases de “Vertebración de ideas”:

“Cuando se hace sin ser aquello, son fuegos artificiales: sugieren lo vistoso, pero efímero y falso. Cuando se es, se hace mejor todo lo que se puede, y con Cristo se puede todo. Hay quienes hacen porque son, quienes parecen porque hacen, y quienes hacen por parecer. El parecer desplaza el centro de interés del ser. Entonces, el hacer ya no es exigencia natural del ser, sino un hacer sin sentido, que es casi siem­pre deshacer, ya que únicamente cotizan, no el ser, sino el haber hecho”.

Si a fuerza de escucharlas han perdido estas palabras su impacto en nosotros, citemos la opinión de Juan Andrés Vela, cuyo libro “Dinámica Psicológica y Eclesial de los Grupos Apostólicos” ha tenido tanta aceptación entre nosotros. En su capitulo X dice:

“En un mundo que da todo el valor al “tener” o al “hacer”, hay que afirmar la supremacía del “SER”. Cuanto más se tiene, más se estima a la persona...: es la idolatría del poseer. Cuanto más Se “hace” más se aprecia su personalidad: Es la herejía de la acción. Pero una persona tanto más vale cuanto más es, y, paradójicamente tanto más cuanto más da”.

 

B. En el campo de la animación cristiana de la sociedad

Hasta aquí hemos analizado la función que tiene el Movimiento de C dentro de la Pastoral, como instrumento de renovación cristiana y hemos visto que esta función se encuentra en el punto mismo de dicha Pastoral: en el campo del kerygma y de la conversión, sin cuya etapa no pueden o al menos no deben darse las demás.

Pero descubrimos también que, debido a esta trayectoria que nos lleva  desde la conversión al compromiso, los Cursillistas, si no los C, están también en el término mismo de la Pastoral, que es la ver­tebración de la cristiandad -la edificación del Cuerpo místico-, y urgidos por lo fundamental cristiano, de cara también al desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres.

 

Los Cursillos en la pastoral.

No queremos decir con esto que el movimiento de C sea indispensable a la Pastoral. Quiere decir que la Iglesia tiene en C un método apto y un Movimiento activo. Conviene también recordar que los C no son nuestros, sino de la Iglesia; que somos un Movimiento de Iglesia en manos de la Jerarquía y que nacieron bajo los auspicios de un obispo, como instrumento de Pastoral para la diócesis de Mallorca.

Nos preguntamos ahora si, como Movimiento apostólico, tenemos también algún lugar en la Pastoral.

En el capitulo 15, num. 17, de las Conclusiones de Medellín, leemos: “El obispo... debe preocuparse, en forma especial de que los Movi­mientos apostólicos ambientales que ocupan un lugar tan importante en la estructura pastoral diocesana, se integren armoniosamente en la prosecución de sus metas”.

No alude esta frase a los Movimientos apostólicos en general, ni a los parroquiales en particular, sino que se refiere específicamente a los Movimientos ambientales, que, como C, están de cara a la cristianización, de los ambientes extraparroquiales, a los cuales le atribuye un lugar importante en la pastoral diocesana; su integración en la Pastoral debe ser preocupación especial del obispo.

La importancia de estos Movimientos parece quedar explicada en el capitulo 10, num. 13, que dice:

“Promuévase, con especial énfasis y urgencia, la creación de movimientos laicos en los ambientes o estructuras funcionales donde se elabora y decide, en gran parte, el proceso de liberación y humanización de la sociedad a que se pertenece”.

Parece recordarnos que las zonas de influencia que forjan las costumbres, las creencias y aún los destinos de la parroquia, rara vez están en la parroquia misma; por ello es indispensable que, mientras se construye la comunidad cristiana parroquial se cristianicen simultáneamente los focos de influencia extraparraquiales, de la misma forma que es indispensable que, mientras se promueve el desarrollo integral de una comunidad obrera, se cristianicen las conciencias de quienes con demasiada frecuencia, impiden o determinen ese mismo desarrollo, y viven geográfica y mentalmente separadas de esa comunidad.

 

Parroquia y Cursillos

El carácter parroquial C, si alguna vez lo tuvo, fue superado en los primeros años del Movimiento. Ya en la Ultreya mundial en Roma decía Francisco Suárez:

“Los C hacen Iglesia y hacen parroquia... No debemos ser tan ciegos, que no veamos que, principalmente en los grandes centros urbanos, los hombres no viven ni a tono ni al ritmo que se les marca desde la torre de la parroquia. En cambio, ese mismo hombre no es­capa a un ambiente –al suyo- ni al núcleo de amigos. De la parroquia podrá escaparse; pero si logramos llegar a esa zona vital donde el hombre vive y trabaja y ríe y llora, es posible conquistarlos para Cristo, y, seguramente también para la parroquia”.

Ahora que los Encuentros de Pastoral señalan la insuficiencia de la parroquia come célula primaria de la Pastoral, para sustituirla por los conceptos de Grupos, Comunidades de Base y zonas de influencia, ve­mos qué acertados estuvieron quienes, hace rato, vienen proponiendo prácticamente lo mismo.

Creo que comprendemos ya porqué el “parroquianismo” es presen­tado, en nuestros C de Cursillos, como una de las desviaciones de este Movimiento. Movimientos parroquiales existen muchos; inclu­so Movimientos que pretenden también la conversión del hombre.

Convertirnos en un Movimiento parroquial más, sería robar a la Iglesia uno de sus pocos Movimientos ambientales.

Esta visión estuvo siempre en la intención de los iniciadores de C. Ellos al explicar los antecedentes ideológicos de C, nos señalan que no se trataba sólo de salvar almas, sino, sobre todo de los ambientes donde las almas pudieran mantenerse a salvo.

 

Porqué y para qué la selección de las “vértebras”

Otro criterio de gran actualidad pastoral y característica de C ha sido la preselección de candidatos-vértebras en el Precursillo.

Entendemos por “vértebras” más o menos lo mismo que el documento de Medellín entiende par “élites”: los agentes principales del cambio social, sin ningún juicio de valor ni connotación clasista: las minorías comprometidas, que ejercen una influencia o potencial, en los diferentes niveles de decisión cultural, profesional, gremial, económica o política.

En el capitulo 7, número 14, “Pastoral de Élites” del Documento de Medellín dice: “Es necesario animar, dentro de las élites, las minorías comprometidas creando en lo posible equipos de base, que hagan uso  de la pedagogía de la revisión de vida, haciéndoles comprender, al mismo tiempo que son apóstoles de su propio ambiente, estimulando, además su contacto  con los demás grupos en la vida parroquial, diocesa­na y nacional”.

Traduciéndolo al lenguaje de C diríamos: Es necesario se­leccionar y convertir a los ejes y vértebras de una cristiandad que, constituidos en Grupos, practiquen su Reunión, haciéndoles comprender que deben florecer donde Dios los plantó, estimulando su contacto con los hermanos a un ritmo más universal e interparroquial, median­te la Ultreya (De aquí que la Ultreya deba ser intertodoloposible y no parroquial). Son los mismos tres pasos que señalaba monseñor Hervás:

1.- Buscar y forjar las piezas

2.- Situarlas en su justo lugar,

3.- Vincularlas orgánicamente entre sí.

Ante una Pastoral que pretende primordialmente la formaci6n de comunidades de base y su integración, para la constitución de comuni­dades cristianas, debemos releer a monseñor Hervás, en la página 56 de su Pastoral, al hablar del Poscursillo.

Se trata... “no sólo de asegurar la permanencia de los frutos en el individuo, sino también y principalmente de la transformación ambiental, mediante la constitución de una verdadera familia, una comunidad cristiana, un frente común, haciendo eficaz y sistemático el contacto con los hermanos, mediante las llamadas Reuniones de Grupo”.

Por vertebrar cristiandad debemos entender también el estructurar una cristiandad-fermento, mediante la constitución de Gropos cristiandad, vinculadas entre sí por las Ultreyas: vertebrar pequeñas cristiandades para vertebrar cristiandad.

En donde esta comunidad de base-vértebra, que es el Grupo, no tiene ni plenitud ni sentido, sino que está unida, integrada en la columna vertebral que es la comunidad cristiana, esa comunidad cristiana, mientras no se construya otra más cercana, más auténtica y más estable, tendrá que llamarse Ultreya. La Ultreya no puede ni debe sustituir a la Comunidad Cristiana natural, pera sí puede suplirla en su ausencia.

Mis escasos conocimientos de Pastoral no me permiten continuar estableciendo un paralelismo entre los criterios de la Pastoral y los criterios que han regido nuestro Movimiento. Las muestras que hemos señalado, debieran convencernos de que hay la mentalidad de C, mucho más de lo que salta a la vista, y que, por tanto, antes de emitir juicio sobre su aptitud y eficacia, debiéramos profundizar mu­cho más porque sí para convertir a Juan, hay que conocer primero a Juan, para modificar los C, primero hay que conocer los C.

Sólo existe otra manera de evaluarlos: la que señala Cristo: conocerlos por sus frutos.

Pablo VI, en la I Ultreya Mundial, hacía precisamente esto, cuando decía: “C de Cristiandad, esa palabra acrisolada en la experien­cia y acreditada en sus frutos... que hoy recorre con carta de ciudadanía los caminos del mundo”.

En su alocución de Febrero de 1968 añadía refiriéndose a los Grupos: “Son semillas de amistad, que se han desarrollado y han llegado a ser colectivas y se han propagado por casi todo el mundo...: los con­templamos con complacencia, los alentamos y bendecimos”.

Las ponencias de Medellín nos traen otro testimonio de su eficacia: el de Monseñor Luís Eduardo Enríquez. Obispo Auxiliar de Caracas Y Presidente del Departamento de seminarios del CELAM, que dice así en la ponencia (Pastoral de Masas y Pastoral de Élites»: “Si debemos lamentar el fenómeno de la descristianización, nos debemos alegrar por el aumento de grupos de cristianos, cada vez mas numerosos, de cristianos conscientes de su fe y comprometidos con su Iglesia. Ciertos Movimientos de renovación cristiana como, por ejemplo, los C de Cristiandad... han contribuido a ello positivamente”.

 

Adaptar el método sin cambiar lo esencial

Hemos visto la forma en que fueron concebidos los C, no en su método sino en su mentalidad; no en su “como”, sine en su “Porqués”.

De ahora en adelante nos dedicaremos a ver si están como deben ser y, sobre todo, qué hacer para que estén como deben estar. Si estamos convencidos de que la mejor manera de colaborar en la Pastoral es dándole a nuestra propia finalidad toda la eficacia que debe tener, no trataremos de cambiar  la finalidad ni la esencia de C, sino de adoptar el método dentro de su autenticidad, para darle toda su eficacia.

Antes de proceder a cambiar conviene señalar los límites posibles de adaptación, para no destruir su esencia. Ante lo esencial se impone la unidad; ante lo realmente importante se impone el respeto; ante lo accidental, la libertad; y ante todo y ante todos, la caridad.

 

Los límites de adaptación no los podemos imponer ni yo, ni voso­tros, sino que los impone la definición misma de C, que es la que determina su esencia, su finalidad y su método. Pasados esos lí­mites, los C dejan de serlo, para convertirse en otra cosa. Y ya decíamos que no es eso lo que pretendemos, sino que los C sean todo lo que deben ser.

Una descripción amplia de C podría ser la siguiente: Los C de Cristiandad son un método de renovación o conversión cris­tiana que, mediante la vivencia y convivencia, el conocimiento y con­vencimiento de lo fundamental cristiano, engendra un Movimiento apostólico ambiental, que tiende a estructurar cristiandades que, me­diante la palabra y el testimonio, impregnen de espíritu cristiano los ambientes y las estructuras, en el ejercicio de la propia vocación y en el cumplimiento del plan personal de Dios para cada uno, con respeto a la libertad individual.            

Como instrumento de renovación, el Movimiento de C busca primordialmente la conversión por medio del kerygma, en un ambiente de convivencia integral y heterogénea.

Para ser kerygmático, debe ser vivencial; su doctrina debe Centrarse alrededor de lo fundamental cristiano.

Este kerygma debe resultar de un encuentro con Cristo, en un cambio de mentalidad que lance individualmente a un compromiso integral pero libre, con Dios, con el hombre y con el mundo, conviviendo ese cristianismo en el seno de una comunidad cristiana ambiental que intercomunicada con las demás por la Ultreya, continúa una verdadera cristiandad; sus miembros, al vivir la Gracia, individual y colectivamente, son testimonio de Dios, y con sus vidas impregnan de espíritu cristiano los ambientes.

Esto es lo que los C deben ser.

No busquemos cambiar los C, sino cambiar lo que tenemos entre manos, para procurar que sean auténtica y plenamente C de Cristiandad.

 

Señor:

-         danos serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar;

-         danos valor para cambiar las que debemos

-         danos sabiduría para detectar las diferencias.

 

Lo que se pide en Cursillos

Un rompecabezas podría definirse como una simplicidad en des­orden. Para muchos, los C son un autentico rompecabezas. Pero vienen a ser algo verdaderamente simple cuando mentalmente logra­mos poner sus piezas en orden.

No debemos extrañarnos, sin embargo, si la imagen resultante nos resulta novedosa: la imagen de un rompecabezas armado es siempre distinta a la de cada una de sus partes.

Los C pretenden la vivencia de lo fundamental cristiano. Pe­ro lo fundamental cristiano como vida -vivencia- es la comunión viva con Dios, inaugurada en el bautismo par la Gracia que, por el encuen­tro personal con Cristo y con el Espíritu en la  Iglesia -conversión­- se hace valor absoluto en la vida del hombre, de forma que este confi­gure según Dios toda su existencia, capacitándose para el cumplimiento de su misión salvífica entre los hombres y en el mundo.

Luego, lo que C pretenden conseguir, al completarse la ima­gen del rompecabezas, es:

- un hombre

- en (con) unión con cristo,

- por el Espíritu (Gracia)

- en comunión con los hermanos (Iglesia)

- cuyo modo de ser y de actuar esta configurando según Dios de manera absoluta,

- y es capacitado por el Espíritu para el cumplimiento de su mi­sión salvífica -vocación-.

Dicho de otra manera. Los C pretenden la progresiva CONVERSIÓN integral del individuo. La conversión de toda la persona. Esta conversión supone de parte del hombre:

1) Un cambio de mentalidad hacia el modo de ser -modo de pen­sar, sentir y querer-de Cristo;

2) Un cambio de vida –conducta- hacia el modo de actuar de Cristo

Pero este cambio, a su vez, necesita y presupone, de parte de Dios y por la acción del Espíritu, nuestra INCORPORACIÓN real y sobrenatural al Cristo total, de modo que, formando con El un solo Cuerpo -incorporar es entrar a formar parte del Cuerpo- del cual El es cabeza, y teniendo con El un mismo Espíritu podamos amar a Dios a los her­manos y al mundo, no a la manera nuestra, sino con su mismo amor, a su manera y en su medida.

Lo primero constituye el tema central de todos los Rollos seglares del C, orientados a convertirnos a Cristo, y lo segundo es el te­mario de todos los Rollos Místicos, orientados a convertirnos en Cristo.

Es aquí donde las piezas sueltas del rompecabezas, si no se saben ordenar, presentan sólo una caricatura de la imagen total.

 

Piedad estudio y acción

Aunque los Rollos místicos suelen dar una visión bastante completa de la acción de Dios en nosotros por la Gracia, los Rollos Seglares dejan a veces la impresión de que un converso es un hombre piadoso, estudioso y activo que, al finalizar el C, debe seguir teniendo ciertas reuniones para seguir siendo -o con suerte, ser- cada día más piadoso, más estudioso y más activo.

Por la PIEDAD se pretende mantener y acrecentar el “estado de gracia” concepto que algunos todavía interpretan como un simple no pecar, pero que otros muchos todavía atribuyen al esfuerzo continuado una férrea voluntad de ser cada día más virtuosos.

Por el ESTUDIO, se procura conocer cada día más doctrina, para “saber dar la razón de nuestra fe”.

Y se trata de hacer apostolado -ACCION- para “llevar a otro la Buena Nueva”, y, si se tiene una mentalidad apostólica seglar, transformar en cristiano los ambientes; y estructuras en que se esta inmerso.

Aunque nada de esto es malo o despreciable, constituye, sin embargo, una grave mutilación de lo que los C realmente pretenden de y lo que en C  realmente se dice.

Aun aceptando que la realidad dibujada en los párrafos anteriores, hace años que se viene superando en casi todas las partes del mundo, sigue siendo cierto que el mensaje primigenio de C es mucho más absolutizante que el que usualmente se da.

Prueba irrebatible de ello es la insistencia y el esfuerzo de tantos Dirigentes -sacerdotes y seglares- del Movimiento par pedir y exigir MAS en C. Señal inequívoca de que no han entendido su mensa­je. Los C no pueden pedir más, por la simple razón de que SUPONEN PEDIRLO TODO. El fallo está en que no hemos sabido captar la totalidad del contenido de ciertos términos que se manejan en C, y cuya sencillez confunde.

Porque la PIEDAD que se pide en C es NUESTRA VIDA TODA -todo mi conocer, querer y actuar en todo tiempo, lugar o cir­cunstancia-, orientada hacia Dios a la luz de TODO EL EVANGELIO, en unión vital con Cristo.

El ESTUDIO, como se entiende en C, no tiene como finalidad el saber más, ni siquiera el ser mejor, sino un mayor conocimiento de Cristo y de nosotros mismos, para una configuración de todo nuestro modo de ser -ideas, valores y actitudes- con el modo de ser y de amar de Cristo. El “conózcale a Ti, Señor, y conózcame a mi” es casi el esquema completo del Rollo primitivo de Estudio.

La ACCION no es un “quehacer”, sine la consecuencia y la realización de la Piedad y el Estudio. La Acción está fundamentada en la Pie­dad y orientada por el Estudio. Está fundamentada en la Piedad en cuanto es consecuencia de un modo de vivir, y está orientada por el Estudio par cuanto este modo de vida es a su vez, consecuencia de un cambio de mentalidad, que consiste en la configuración de nuestro modo de ser con el de Cristo.

El concepto queda aún más claro en el Rollo de Dirigentes, en donde el Dirigente cristiano es el que tiene toda su personalidad centrada por la fe y potenciada por la Esperanza y el Amor.

Porque tiene su inteligencia centrada par la Fe, hace la que Dios quiere lo que Dios hace, y hará las mismos cosas que El y aun mayores.

Porque tiene su voluntad potenciada por la Esperanza se lanza con confianza en la seguridad de que con Cristo todo lo podemos.

Y porque tiene su corazón impulsado por el Amor va poniendo al servicio de Dios y de los hombres todas sus cualidades humanas y sobrenaturales.

La explicación desconcierta a muchos, porque están acostumbrados a pensar en tres cosas distintas -Piedad, Estudio y Acción-, siendo así que se trata de presentar una sola realidad: el hombre converso.

Desde siempre fue evidente, en la literatura de C que el concepto de Piedad incluía los conceptos de Estudio y de acción puesto que se la definía:

- Como una vida de Gracia consciente (por el Estudio), creciente (por las prácticas de Piedad) y difundida (por la Acción).

- Como catolicismo auténticamente conocido (Estudio) vivido (Piedad) y propagado (Acción).

- Como orientación de toda nuestra vida hacia Dios.

Esta trilogía de Piedad, Estudio y Acción debe ser entendida como una fórmula pedagógica para expresar la progresiva cristianización –parte por parte- de todo el individuo. Y no puede entenderse desli­gada del resto de los Rollos.

 

Conversión global y conversión progresiva en la piedad el estudio la acción.

El Mensaje de C tras proclamar lo fundamental humano en el Rollo de Ideal -inteligencia, voluntad y libertad- procede a la cristianización sistemática de todo el hombre, pedazo a pedazo cristianización del hombre -cristificación sería más correcto- tiene como punto de partida una iniciativa una acción y un don gratuito de Dios: la Gracia edifica sobre la naturaleza.

Pero supone una aceptación, colaboración y respuesta al Don de Dios: conversión y fe.

El error suele estar en pensar que ésta respuesta está constituida por un acto único y definitivo de arrepentimiento -de lo pasado­- y de adhesión -futuro- a la persona y a la doctrina de Cristo.

La conversión integral supone una serie de pasos sucesivos que se ilustran a lo largo del Mensaje,

Supone, como primer paso, una conversión global: la decisión de cambiar de vida, que se testimonia en el Rollo de Piedad.

Si somos sinceros, a aquellas alturas del C, esta decisión a un cambio de vida suele estar mayormente motivada por una revisión de nuestro propio pasado –“la película”- y por la convicción de que nuestra forma de vida pasada nos ha llevado a la infelicidad. Desgraciadamente muchas de las “conversiones” de C se quedan a este nivel, y las expresiones de muchos delatan que miran este cambio como el fruto de un continuado y heroico esfuerzo de la voluntad. Si la conversión no va más allá, se queda en mutilación, quebrantamiento y ruptura interior de quien, permaneciendo igual, pretende actuar de distinta manera.

Los C, sin embargo, son conscientes de que

- este cambio de vida no es posible por largo tiempo, si no va acompañado o es consecuencia de un cambio de mente y corazón;

- la vida cristiana no consiste en una simple reorientación del hombre viejo, sino que exige muerte y resurrección, “una nueva criatura, nacida de lo alto” (Jn 3, 3-8). Y un nuevo corazón (Ez 26, 26-27);

- supone un cambio en las ideas, valores y actitudes de la persona; un nuevo modo de ser, de pensar, sentir, querer.

Este nuevo modo de ser consiste en una configuraci6n con el modo de ser de Cristo. Y tiene que ser el fruto de la acción del Espíritu en nosotros. 

Podemos pretender cambiar de vida en dos alternativas: caminan­do bajo la ley por el esfuerzo de la propia voluntad, lo cual casi siem­pre es un simple dar coces contra el aguijón, o viviendo en la fe bajo la acción del Espíritu (Ga 3, 2-5).

Supuesta la acción del Espíritu los C buscan el cambio de mente y corazón mediante el Estudio. Así lo dice expresamente el Ro­llo primitivo de Mallorca: “El Estudio es un medio para la progresi­va integración y conformación del hombre en Cristo, y sería un error mayúsculo convertirlo en una finalidad. A su vez requiere el empleo de medios aptos que vayan descubriendo y posibilitando la normal, viva y triunfal cristianización de nuestro ser”.

Este cambio de mentalidad y de vida además de ser progresivo en el tiempo, es igualmente progresivo en la persona, y se ilustra, a lo lar­go de todo el C, como una cristianización de nuestra inteligencia, voluntad y libertad (Rollo de Ideal); de nuestro conocer, querer y ac­tuar (Rollo de Piedad); de nuestra cabeza, corazón, voluntad, brazos y rodillas (Rollos de Estudio y Acción); de nuestra disciplina, simpatía iniciativa y generosidad (Rollo de Dirigentes); de nuestras ideas, valores y actitudes (Rollo de Estudio y animación del ambiente)

La Acción que pretenden los C, es el fruto de esta pro­gresiva conversión integral de la persona. En el Rollo primitivo de Acción leemos: “Sólo vale la acción apostólica que es consecuencia del ser cristiano. La acción que no es expresión del ser íntimo, no tiene fuerza de eficacia; a lo más sirve para tranquilizar a los que creen que con un determinado cupo de actividades han cumplido con su obligación… Se ha de procurar centrar el concepto de Acción en el punto preciso, para que no derive hacia un “se” sin acción que llega a “no ser”, que llega a no ser acción”.

Esta mentalidad de C en lo referente a la acción ha sido siempre piedra de tropiezo, y ha polarizado su dirigencia en dos grandes grupos:

- El grupo de quienes miran la “Acción” como quehaceres exigibles y en consecuencia tienden hacer de C una organización, a convertir los Grupos de Cristiandad, en equipos apostólicos y las Ultreyas en peceras.

- Y el grupo de quienes opinamos, con Rahner, que “todo cristiano es apóstol… en la medida en que es cristiano” En consecuencia lo importante es serlo cada día más, y por ello propugnamos que todas las estructuras del Postcursillo deben ser kerigmáticas en su intención, a fin de acelerar esta conversión integral del in­dividuo en la certeza que “todo lo demás se nos dará por añadidura”.

Este proceso de conversión integral no se agota dentro de C en la conversión integral de nuestra realidad interna sino que reclama la conversión -la transformación- de nuestra realidad externa: am­bientes, estructuras y sistemas. Sabemos, sin embargo, que lo segundo es consecuencia de lo primero, y que se da en la misma medida en que lo primero se logra. La progresiva transformación de “los otros” y del ambiente es consecuencia de la progresiva conversión de “nosotros mismos” y usualmente se da en esa medida. Si esto es cierto, es cierto también que los C no lograren la animación cristiana de la sociedad, sino en la medida en que logren la vivencia de lo Fundamental Cristiano. En ello debe centrarse nuestro examen de conciencia

 

Cursillos piden la persona misma

Regresando al tema central, insistimos en que C no puede exigir más al individuo, puesto que supone pedirlo todo. Dicho de otra manera. Los C no suponen pedir más a la persona; suponen pedir la persona misma y la persona toda para Cristo. La persona no supone dar algo, ni siquiera dar algo de sí misma, sino darse a sí misma y por entero a Cristo. Entrega total a su Señor.

Este es el uno -el uno mismo- de que hablamos cuando decimos que Cristo ofrece cien a quien de uno, pero no cincuenta a quien da la mitad que sería darse a medias.

El esquema central de lo que piden los C, es bastante ante­rior a los Rollos de Mallorca: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente (cabeza) y con toda tu fuerza voluntad)...; el segundo es semejante al primero”.

Aunque a primera vista parezca una contradicción, el darse por en­tero –conversión global- es un paso previo al entregarse pedazo a pedazo (progresiva conversión integral).

La entenderemos mejor con el ejemplo de la cosechadora, que acostumbramos a dar en el Rollo Preliminar del C: 1) El agricultor escoge una cosechadora, paga su precio y, desde ese momento en que el antiguo dueño  acepta la transacción y el cheque, la cosechadora toda es propiedad del nuevo dueño; 2) la entrega, sin embargo, se lleva a efecto mediante embarques parciales -los benditos cajones-, en nues­tro caso, áreas de nuestra vida y de nuestra personalidad.

El Divino Agricultor “nos conoció de antemano” (Rm 8, 29); nos eligió (1Pe 2,9), y pagó por nosotros el precio de su sangre. Habiendo sido hasta entonces dueños y señores de nosotros mismos y rectores de nuestra propia vida, en un momento dado miramos con asombro el valor del cheque en pago adelantado, y aceptamos la transacción de ceder el dominio, uso y posición de nosotros mismos, a quien desde ese momento se convierte en Dueño y Señor de nuestras vidas: conversión global. Nuestro nuevo Señor, porque confía en no­sotros acepta la progresiva entrega parcial de las piezas de nuestro ser. Pero porque nos quiere y necesita completos, como instrumentos  suyos exige la entrega de la totalidad de las piezas: la conversión integra.

Con el ejemplo anterior queda bastante clara la diferencia entre conversión global y progresiva conversión integral. Necesitamos explicar ahora  la diferencia entre cambio de vida y cambio de mentalidad: cambio de mente y de corazón.

Puedo intentarlo con el mismo ejemplo de la cosechadora, pero quizá no baste; voy a escoger otro:  

Lo que está a la venta no es una cosechadora, sino un destartalado “Fiat” modelo 1950, Desde el momento en que cambió de dueño, se re­orientan muchas de sus actividades hacia la agricultura. Ha dejado de hacer cosas que antes hacía, y hace cosas que antes no hacía: cambió de vida. Como consecuencia de este cambio, se han sufrido algunas alteraciones: se le han quitado algunas piezas, casi siempre accesorias incompatibles con su reorientación y se le han agregado otras que lo capacitan para su nueva actividad.

  Al “bumper” trasero le han soldado un arado, que escasamente logra arrastras; se le ha construido un garaje donde semanalmente se le recargan las baterías, diariamente se le rellena el tanque y mensualmente se le hace un chequeo general y un (tune-up» -ajuste de frenos- para que no se accidente en las curvas.

Pero evidentemente, el viejo ”Fiat”, no puede seguir así por mucho tiempo. Necesita ser hecho de nuevo. Partiendo de las mismas piezas existentes, fundiendo algunas -la Gracia edifica sobre la naturaleza- para modificar su forma o templar su acero, pero reordenándolas todas de manera distinta -nueva escala de valores- y agregando piezas nuevas -los dones y frutos del Espíritu- el dueño debe hacerlo de nuevo. El viejo «Fiat” tiene que ser totalmente desarmado -morir a sí mismo-,  y reconstruirlo en algo distinto -un nuevo modo de ser- conforme a un modelo único, modelo de modelos, Cristo Jesús.

En mi tierra donde los hombres suelen llevar una vida muy desordenada y las mujeres de cierta posición suelen, tener unos valores en  absoluto desorden, se descubre con facilidad la diferencia entre cambio de vida y cambio de mentalidad.           

El, hombre que sale de C, generalmente ha iniciado un cambio de mentalidad: “Ve con ojos nuevos las cosas de siempre”. Se le ha cambiado el corazón, y desea profundamente cambiar de vida. Su obstáculo principal suele ser la vida que ha llevado las circunstancias que se ha creado, los ambientes en que está metido las estructuras en las que se desenvuelve, el sistema reinante. La circunstancia santificante que ofrecen los C, le va ayudando a vencerlos obstáculos.

La “Gran Señora”, por el contrario, ha llevado una vida “recta”. Ha mantenido una conducta correcta. Y los ambientes hostiles a una “vida decente” son minoría en su vida. Quizá su misma seguridad, su relativo aislamiento, Y su existencia muchas veces superflua y en algún caso meramente decorativo, le han dado, sin embargo, una escala de valores que a veces no es escala, porque los valores están absurdamente je­rarquizados, y otras no son de valor porque lo que se valora, no vale nada.

Llevar o seguir llevando una “vida recta” le resulta relativamente fácil por falta de obstáculos externos. Su principal enemigo es interno. No es el mundo, sino la carne. Su viejo modo de ser que, coma su edad, cambia muy lentamente.

Le duele horrores hacer una generosidad, porque no es más generosa. Le cuesta horrores controlar la lengua, porque no ha cambiado su envidia. Le horroriza la sobriedad, porque su posición social, el qué dirán y lo que dejan de decir y el viejo afán de atesorar piedras y cosas demasiado en su escala de valores. Le cuesta horrores aceptar la circunstancia santificante de C, hecha casi enteramente de personas, porque el abrirse a la sinceridad y a la amistad profunda con otras mujeres, le resulta contrario a toda una trayectoria; y de ver en la otra mujer a una rival, adorable enemiga que, quizá como ella, fue educada meticulosamente desde niña en la importancia del parecer y el aparentar, cuesta saber ver a una persona hermana, con quien debe peregrinar en la vida.

Aunque el Señor, sin duda, bendice y agradece nuestro cambio de vida por lo mismo que nos ama y quiere nuestro bien, quiere también el cambio de nuestro modo de ser.

En esto consiste la diferencia entre el estar bajo la ley, teniendo que hacer lo que no podemos y dejando de hacer lo que queremos, por un heroico esfuerzo de voluntad, y el “haz lo que quieras” de San Agustín en donde lo que se hace es consecuencia normal de lo que se es, y lo que  se es, es obra del Señor, Lo cual siempre supone, de nuestra parte, el ponernos en sus manos y ser maleables y dóciles a la acción del Espíritu. Un cristiano es un hombre que hace lo que le da la gana, porque le da la gana, porque deja que Cristo le dé las ganas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

      III EN EL CAMPO DE LA METODOLOGÍA

  

 Lo fundamental cristiano

 Los C de Cristiandad son un método para dar a los bautizados conocimiento, convencimiento, vivencia y connivencia de lo fun­damental cristiano, lo cual engendra un Movimiento que tiende a ver­tebrar cristiandad.

Vamos a explicar la definición.

Decimos primeramente que los C son:

A.- Un método, es decir, un procedimiento conocido y demostrado como apto para alcanzar, con mayor probabilidad, prontitud y perfección, una cierta meta.              

La meta inmediata que este método quiere lograr, es que los bautizados conozcan, acepten, experimenten vitalmente y vivan comunitariamente aquello que es fundamental al cristianismo. Esto es lo que quiere decir, dar conocimiento, convencimiento, vivencia y convivencia de lo fundamental cristiano.

B.- Pero los C no son sólo un método que se sigue en tres días, y todo ha terminado. Como este método posibilita la vida cristiana y toda la vida siempre engendra movimiento, los Cursillistas, porque tienen vida, van originando un Movimiento que tiende a impregnar de espíritu y de criterio cristiano los am­bientes donde aquellos se mueven. A esto llamamos vertebrar cristiandad.

 

¿Qué es lo fundamental cristiano?     

Si nos fijamos un poco, observamos que, en el cristianismo como en todas las otras cosas hay elementos que son accidentales, elementos que son más importantes, elementos que son fundamentales. Es obvio que no tienen la misma importancia, por ejemplo, las campanas de una iglesia que el Cristo Sacramentado en el Sagrario, o que es mucho más im­portante vivir la Gracia que rezar una novena o llevar un escapulario.

Lo fundamental cristiano es aquello que, si falta, no existe cristianismo. Algo que obliga a todos los cristianos, algo en lo que debemos estar de acuerdo todos los cristianos. Y algo que tenemos que vivir todos los cristianos, si queremos ser cristianos.

Para comprender mejor lo que significa algo fundamental, imagi­nemos una gran Universidad, con muchos edificios y profesores, donde se enseña un montón de asignaturas. Imaginemos también que, por alguna extraña enfermedad, a todos los alumnos y profesores, de la noche a la mañana, se les olvida como leer y escribir. Desde este mo­mento todos los libros y bibliotecas resultan inútiles, las asignaturas imposibles y la Universidad deja de ser Universidad.

Lo fundamental cristiano es alga parecido; es el saber leer y escri­bir del cristianismo. La que posibilita todo lo cristiano, de la misma manera que el saber leer y escribir posibilita a uno el ser medico y a otro ser ingeniero. No consiste la medicina o la ingeniería en leer de corrido; pero la aplicación de esta capacidad de saber leer y escribir posibilita todo lo demás; si llega a faltar, se viene todo al suelo.

 

Lo fundamental y lo elemental

No hay que confundir lo fundamental cristiano con lo elemental cristiano. Lo elemental es aquello de lo que se puede prescindir cuan­do ya se ha avanzado un paco más. En matemáticas, por ejemplo, lo elemental sería contar con los dedos. A medida que avanzamos en las matemáticas, ya no será necesario. Lo fundamental, sin embargo, sería que dos y dos son cuatro, que seguirá siendo cierto, por mucho que se avance, y el día que dos y dos dejaran de ser cuatro, se irían a la porra todas las matemáticas.

Cuando se conoce y se vive todo lo fundamental cristiano, ya no se puede ser más cristiano, sino simplemente mejor cristiano.

Como el cristianismo es una vida vivida conforme a unas realidades, vamos a decir separadamente cuales son esas realidades funda­mentales que debemos aceptar, y como se supone que hemos de vivir, si hemos de ser consecuentes con estas verdades.              

Yo diría que lo que debemos aceptar, para ser cristianos, es:

Primero: que existe un Dios, ser personal, creador de cuanto existe, que es Amor y que, al tratar de revelarse a si mismo a los hombres, se nos manifestó como Padre. Un Padre que, ilusionado en cada uno de nosotros desde siempre, nos conoce, nos ama de forma per­sonal, y confía en nosotros.

Segundo: que este Dios se encama en el tiempo en Cristo, Dios y hombre verdadero, semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado, quien sufriendo voluntariamente por nosotros muerte de cruz, nos redimió con su sangre, liberándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte, y fue constituido por el Padre como Señor y Salvador. Resucitado de entre los muertos, nos congregó en Iglesia a la que constituyó como su propio Cuerpo Místico, comunicándonos su Espíritu como un don gratuito, de modo que podamos amarlo a El y a los demás con  su mismo amor.

Tercero: que todas estas maravillas se hacen realidad en nosotros por el Bautismo, actualizado en la conversión, en él recibimos el Espíritu de Cristo, y nos incorporamos a la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo que es Dios.

 

Esto es, pues, lo fundamental de la realidad cristiana. Y de eso hablamos durante todo el C: de Cristo en todas las Meditaciones; De la Iglesia, en el Rollo de “Sacramentos”, “El seglar en la Iglesia”, “Comunidad Cristiana”, etc.; de la Gracia se habla en todos los Rollos Místicos.       

Quisiera hacer hincapié en una cosa. Y es que las verdades que debemos aceptar y que hemos enumerado, no son ideas que hay que creer, sino sucesos salvíficos, que Dios hizo, que sigue haciendo en nosotros y por nosotros; hechos reales e iniciativas de Dios, que podemos aceptar o rechazar. Si yo digo “Dios es Omnipotente, tú puedes decir puedes decir: creo. Pero si Dios te dice: “Ve, hijo; yo soy el Padre que no conocías; ahora que te accidentaste, y estabas inconsciente, yo te recogí en el camino; te limpié te curé; te di una transfusión de mi propia sangre; cancelé tus deudas; te abrí una cuenta bancaria sin límites; quiero que seas gerente de mis empresas, y que te vengas a vivir con tus otros hermanos en mí casa”.

A esto no cabe decir: creo. No te está preguntando si crees, si no si quieres, es decir, si aceptas esto que ha hecho y quiere hacer por ti. Lo que equivale a decir es “Amén”, que es como termina el Credo.

Tener fe verdadera no consiste únicamente en tener por cierto el Evangelio -la Buena Nueva-, sino que supone una decisión y una postura ante la vida. Supone una decisión: si la decisión es “acepto”, va a suponer una vida distinta en la Casa del Padre. Y dejar otras mu­chas casas. El joven aquel posiblemente se fue a su apartamento, tiro a la porra un montón de trastos viejos, no par mandato de su Padre, si no par otro motivo muy distinto. El Señor, que es exacto en sus cosas, nos dice por qué, en Mateo 13, 44: El Reino de Dios es se­mejante a un tesoro escondido en el campo que, hallándolo un hombre, lo ocultó, y lleno de gozo par el hallazgo, fue y vendió todo cuanto tenía y compró aquel campo”.

Es por el gozo del hallazgo de encontrar a su Padre y por la con­fianza en sus promesas que el hijo manda los trastos viejos a la porra, pues se le ha abierto un infinito campo de nuevas posibilidades. Por eso el tono jubiloso de C.

 

El mandamiento nuevo y lo fundamental cristiano

Con todo esto vemos como la aceptación de unas realidades desem­boca necesariamente en una vida nueva.

¿Qué es lo que el cristiano debe vivir? ¿Qué deberíamos hacer? ¿En qué se reconoce que somos cristianos?

Nos lo dice el Señor: «Un nuevo mandamiento os doy: que os améis unos a otros, y que del modo que yo os he amado a vosotros, así también os améis recíprocamente. En esto conocerán que sois mis discípulos: si os tenéis un tal amor unos a otros”. (Jn 15, 13-14). “Nadie tiene amor mas grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando... Lo que os mando es que os améis unos a otros”.

Talvez alguno piense: “Esto es demasiado elemental. Amar es lo menos que puede hacer un cristiano”. Pero no. Amar es la único y todo lo que puede hacer un cristiano en cuanto tal; es la condición previa para que sea cristiano todo lo que haga: “Si reparto todo lo que poseo a los pobres, y si entrego hasta mi propio cuerpo para ser quemado, si no tengo amor de nada sirve” (1Cor 13,3).

Bueno, diréis: “Pero entonces, ¿que pasó con las Bienaventuranzas y las virtudes? ¿Ya no cuentan la paciencia, la mansedumbre el perdón, la humildad, la entrega?” Contesta la Escritura; “El amor es paciente, servicial y sin envidia, no quiere aparentar ni se hace el importante. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas, y perdona. Nun­ca se alegra de algo injusto; siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo, todo lo cree, todo lo espera y todo la soporta”. (1Cor 13,4-7).

Otro tal vez dirá: “Este ya se olvidó de todos los mandamientos”. Contesta el Señor (Juan 14, 23-24): “El que me ama, guardará mis mandamientos, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos mansión en él. Pero el que no cumple mis mandamientos no me ama, y los mandamientos que habéis oído, no es solamente mía, sino del Padre que me ha enviado”. Es por amor que el hijo obedece al Padre. Cuando no lo amábamos, era duro cumplir los Mandamientos. Ahora que lo amamos, lo duro es no cumplirlos.

En el amor está contenido no sólo la ley y los profetas, si no todos los tratados de moral. “Ama y haz lo que quieras”, decía S. Agustín  pues no puedes que­rer el mal para quien amas. Esta compendiado todo el modo de ser del cristiano, porque el amor es el modo de ser de Cristo, y por lo mismo que es su propio modo de ser lo que nos manda ejercitar, nos da su propio Espíritu que es su modo de ser y de amar, para poder amar, no de cualquier manera, sino coma Él nos amó.

Tal vez ahora captemos mejor la radical diferencia entre algo elemental y algo fundamental. El amor es, a la vez, la condición, el comienzo, el medio, la constante cristiana y la meta. Pero aún llegados a la meta como dice San Pablo, el amor nunca pasará. Algún día ya no necesitaremos ni fe ni esperanza, pues veremos a Dios cara a cara, pero seguirá teniendo vigencia el Amor; Dios, siendo infinito, es amor.

Quizás alguno piense: “Esto puede ser muy cierto; pero ¿Por qué no buscamos algo más práctico?”. Si creemos que esto no es práctico o eficaz es señal de que no hemos comprendido todo el alcance y la y la trascendencia y la repercusión que involucra la vivencia auténtica continua y progresiva de lo fundamental cristiano. Señal que no comprendemos o nos negamos a aceptar la gran fórmula de eficacia que nos ha dado el Señor: “Buscad el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”

Los C buscan, pretenden, procuran, posibilitan la vivencia de lo fundamental cristiano. Pero esto no quiere decir que no quieran o logren mucho más sino que esto lo posibilita todo.

Pretenden que el Reino de Dios se inicie y crezca entre nosotros, pero consiguen mucho más. Todas esas infinitas añadiduras de las que nosotros mismos somos testimonio viviente. Precisamente porque vemos que los C consiguen frutos tan diversos, es por lo que nos extraña que sólo pretendan una cosa, sin comprender que buscan esto porque esto es lo que posibilita todo lo demás. Rehusamos conformarnos con alguna que otra añadidura porque buscamos aquello que las consiga todas.

Los C buscan solucionar los problemas en sus causas, combatirlas en su raíz. Y la causa de los males es que el mundo vive de espaldas a Cristo y a su doctrina; es la negación de Cristo, que es una negación al amor. Para solucionar todos los males, Cristo no elabora un programa de quehaceres para ir reparando daños y poniendo parches, sino que se va a la raíz del mal, y propone como única solución el amarnos de la misma manera y con la misma intensidad con que El nos amó.

San Pablo a Filemón no le pide que libere a su esclavo Onésimo que lo ame, porque el amor es incompatible con la esclavitud; Cristo no nos manda directamente cambiar el mundo sino que nos da un motivo para cambiarlo, el medio para lograrlo, el fin a conseguir: un mundo lleno de su amor evidentemente será muy distinto del actual.

Si esto nos parece sencillo, alegrémonos, porque es lo único que el Señor nos pide. El sabe que el amor nos puede llevar a cualquier parte porque a El lo llevó hasta la cruz. Pero si nos pro si nos parece algo teórico estamos equivocados. El cristianismo no es algo teórico, sino simplemente la solución que todavía no hemos puesto en práctica, lo cual es algo muy distinto. “El Mandamiento nuevo sigue siendo nuevo porque sigue sin usarse”. Al menos en gran escala.

Nosotros sabemos que esta solución puede cambiar el mundo porque, en la pequeña medida que la hemos usado, nuestro pequeño mundo ha cambiado. Y el objeto del testimonio cristiano y nuestra misión como Iglesia es precisamente la demostrar al mundo que esto es cierto que el Evangelio es posible, y que su solución es eficaz.  

“Todo esto está muy bien, dirá alguno, paro dejémonos de “teologías”, y aterricemos. ¿Que es lo que tengo que hacer para ser cristiano, o por el hecho de ser cristiano?”.

Lo fundamental cristiano es algo común a todos, pero es distinto para cada uno. Por una parte, todos hacemos lo mismo, puesto que en cristiano es imposible hacer algo que, en una forma u otra, no sea expresión de amor a Dios o de amor al prójimo; pero cada uno vive y manifiesta este amor de distinta manera y con distintos frutos.

Todos los cristianos, en la medida que aman a Dios y saben que Dios los ama, proyectan su vida toda a la luz de todo el Evangelio. Por conveniencia propia. Porque aman al prójimo se proyectan apostólica­mente llevando a los demás la Palabra y el Reino de Dios. Porque aman al mundo hecho por Dios, quieren transformar sus ambientes y estructuras, conforme a la ilusión del Padre que cuando lo planeó quiso que fuera un paraíso. Y porque se aman mutuamente, buscan vivir y santificarse en común.

Pero la vivencia de esto es siempre distinta para cada uno. Dios no nos hizo en serie sino en serio. Nos hizo distintos porque nos necesita distintos, nos da carismas distintos y nos siembra en distintos lugares.

 

La gran  llamada a lo fundamental cristiano

Yo no entendí los C hasta el día en que comprendí que el cristianismo no es un programa, ni una lista concreta de quehaceres comunes a todos.

De parte de Cristo es una llamada; en los hombres, es un modo de ser.

El programa de Cristo para sus Apóstoles se lo da integro a Mateo: “Sígueme”. Se lo propone al joven rico: “Si quieres ser perfecto, sígueme” El vender todo lo que tiene y darlo a los pobres no es el programa, sino una preparación previa. Es, además una llamada personal, ineludible e intransferible que nada tiene que ver con la llamada del Señor a los demás: “Después Jesús le dijo a Pedro: Sígueme. Pedro miró atrás, y vio que le seguía también el discípulo amado de Jesús. Al verlo Pedro preguntó a Jesús: ¿Y qué va a ser de este? Jesús le contesta A ti ¿qué te importa? TU sígueme” (Jn 21, 19-22).

En el hombre lo cristiano es un modo de ser: el modo de ser de Cristo que es el único modo de ser perfectos y de ser felices, porque el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, esta hecho para ser imagen y semejanza de Cristo. Un modo de ser que se va manifestando en la vida como una manera de amar. La manera como El los amó. Y es este modo de ser y esta manera de amar lo que en la vida nos va llevando ha hacer ciertas cosas -las mismas que El y aún mayores-, y nos puede llevar a cualquier parte, como a El le llevo hasta el Calvario.

Cuando Cristo trata de dibujar u un seguidor, no lo describe en términos de lo que hace, sino en términos de lo que es. “Vosotros sois la luz del mundo. Vosotros sois la sal de la tierra”.

No se puede construir una casa hecha de luz; pero la luz es necesaria para construirla, para habitarla, para gozarla, para detectar y re­parar sus fallos y defectos, para iluminarla; es capaz de iluminarlo todo por el solo hecho de ser luz.        

Tampoco sirve la sal por si sola. Inclusive repugna. Pero le da sa­bor a todas las comidas, preserva de la descomposición. El cristianis­mo solo no nos permite construir sistemas, ideologías o estructuras netamente cristianas, pero es capaz de preservarlas de la descomposición. El cristianismo es algo así como el “sentido común” de Dios. Ni el “sentido común de Dios ni el de los hombres se presentan como un programa hecho, como un sistema de soluciones generales, sino que es algo que, residiendo en el hombre, va en cada momento iluminando cada situación y posibilitando una opción dentro de una inmensa gama de alternativas distintas.

No se puede construir o al menos no se ha intentado todavía cons­truir, una ideología o un sistema hecho enteramente de sentido común. Pero este es capaz de iluminarlas todas y toda ideología o siste­ma abiertamente opuesto al sentido común, están condenados a su autodestrucción.

¡Si tal cosa se puede afirmar con respecto al sentido común de los hombres, cuanto más cierto es esto con respecto al sentido común de Dios!

El cristianismo no ofrece, pues, un programa de soluciones concre­tas para la problemática del mundo, aunque excluye y descalifica de­terminados enfoques, imposibilitando así ciertos programas y ciertas soluciones incompatibles con él, sino que está ineludiblemente destinado a la persona, como el Reino que, sin ser de este mundo, esta den­tro de nosotros. Es por esto que en el Evangelio no se nos da un decálogo, sino la vida de un hombre y su modo de ser y actuar, ante la problemática que su vida y su mundo le presentan.

No hay sistemas cristianos ni estructuras cristianas. Y aún me atrevería a decir, ni hombres cristianos, sino únicamente un modo de ser que cualifica al hombre y las estructuras, en la medida en que se ejercita como un modo de amar.

Cristo y el ser y el pensar y el amar como Él, son la solución a todos los problemas que nos plantea la vida; la solución que Cristo ofrece al mundo, no es un sistema, ni una ideología, sino unos hombres congregados, como un pueblo, que, siendo como El, amando como El, y permaneciendo en El, vayan realizando en el mundo la voluntad del Padre.

 

 

La transformación de los ambientes

Los C pretenden la vivencia, continua y progresiva, de lo fundamental cristiano, es decir.

- que los hombres vivan verdaderamente en cristiano;

- que puedan siempre vivir así; y

- que cada día lo vivan mejor, llevándolo hasta sus ultimas consecuencias: la orientación de toda su vida a la luz de toda el Evangelio; la conversión integral y progresiva: de todo el hom­bre, cada día mayor.

Esta finalidad no se agota en la persona. Los C no se conforman con que algunos hombres sean cristianos, sino que pretenden que sus ambientes también la sean: quieren impregnar de espíritu y crite­rio cristiano los ambientes y las estructuras en que estamos inmersos.

La transformación de los ambientes es consecuencia de la vivencia de lo fundamental. Los ambientes se transforman en la medida de nuestra propia conversión. Lo demás es pedirle peras al olmo.

Pero la cristianización de los ambientes es además condición para poder vivir lo fundamental de una manera continua. El problema con que se enfrentan quienes trabajan por “salvar almas”, es que, cuando se las saca de la refrigeradora y regresan al ambiente corrupto de donde salieron, se descomponen.

Y entonces se nos plantea un dilema: si la cristianización de los ambientes es, a la vez, consecuencia y condición para la vivencia de lo fundamental cristiano, entonces ¿qué es primero? ¿El huevo o la gallina? Y la solución es: el nido.

Quisiera hablar de la transformación de los ambientes y de la necesidad de tener, al menos, un ambiente ya transformado, o en vía de transformación -un nido- para poder vivir lo fundamental y para poder transformar los demás ambientes, cristianizando el “gallinero”. Tal vez comprendamos porque los C al pretender la vivencia, necesitan procurar la convivencia de lo fundamental.

Las creencias, los valores, las actitudes y las formas de conducta del hombre son determinados, en gran parte, por el ambiente que nos rodea, y, por ello, el hombre corriente necesita al menos un ambiente cristiano, para poder vivir su cristianismo de una manera vital.

El cristianismo, en cuanto vida, es un modo de ser -el de Crista- que se va manifestando en la vida como un modo de amar: el modo como El nos amó.

 

Como todo modo de ser, el cristianismo tiene dos niveles:

1.- Un modo de ser interno, que es nuestro modo de pensar, sentir y de ver las cosas. Se tienen unas convicciones, unos valores y unas actitudes, que configuran nuestro modo de ser y que determinan, en buena parte nuestro modo de actuar.

2.- Y un modo de ser externo, es decir, nuestro modo de ser con los demás. Nuestro modo de relacionarnos con el mundo, con los hombres y con Dios, que, en cristiano se expresa como una relación de amor y de servicio, a la manera de Cristo, en la medida que tenemos sus mismas convicciones, valores y actitudes.

Pero nuestro modo de ser no es algo acabado y permanente, algo que esta siendo continuamente influenciado y bombardeando desde dentro y desde fuera con creencias, valores y actitudes no sólo distintas sino contrarias a las nuestras. Es decir, que el Reino de Dios –el modo de ser de Cristo- dentro de nosotros, como dice el Evangelio  sufre violencia.

Desde siempre, la Iglesia nos ha hablado de tres enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Dejando aun lado la carne, y tranquilo al demonio, vemos que lo que la Iglesia llama mundo, no es otra cosa que la suma de los ambientes contrarios a ese Reino.

Y un ambiente -tal como lo definimos en C- es el conjunto de personas ideas, valores, actitudes y circunstancias que coinciden en determinado tiempo y lugar, y que en mayor o menor grado, determinan la conducta de un cierto número de personas.

No creo que sea necesario demostrar que los ambientes determinan en gran parte, nuestro modo de ser y de actuar. Es el “dime con quien andas y te diré quien eres”. Es la razón por la que la madre no quiere que su hijo ande con “malas compañías” o en malos ambientes, es de­cir, entre personas cuyas ideas, valores, actitudes y circunstancias son contrarias a las suyas propias.

 

Influencia de los ambientes

Es necesario, sin embargo, valorar esta influencia, y ligarla a la finalidad y estrategia de Cursillos y de la Pastoral misma, con las siguientes afirmaciones:

1.- La influencia de los ambientes es mucho mayor de lo que regularmente suponemos, y sobre el hombre corriente su influencia es decisiva.­ Par ello, si el ambiente determina, en gran parte, el modo de los hombres, y el cristianismo es un modo de ser, nuestro ­modo de ser cristiano esta determinado, en gran parte, por el modo de ser de nuestros ambientes, y la cristianización del hom­bre corriente o al menos su vivencia cristiana, continua y progre­siva está condicionada a la cristianización de sus ambientes. Pri­mera conclusión: la cristianización de los ambientes es necesaria.

2.- No todos los ambientes tienen el mismo impacto sobre las personas ni todas las personas el mismo impacto sobre los ambientes. Líderes son aquellas personas que, al menos en algunos aspectos, influyen sobre el ambiente, más de lo que el ambiente influye sobre por ellos. Son por ello los “agentes de cambio”.

3.- De cara a la transformación de los ambientes, e criterio de eficacia exige que se dé prioridad a la cristianización de los líderes o agentes de cambio. Y puesto que en esta transformación se contra­ponen líderes y ambientes, es necesario conocer en los

AMBIENTES

LIDERES

- Las personas                            - el candidato

- sus ideas                                  - su personalidad,

- sus valores                               - su capacidad de asombro

- sus actitudes                           - su disposición

- sus circunstancias                    - su limpiabilidad.

       

Todo ello juzgado desde su capacidad de optar por un nuevo módulo de ideas, valores, actitudes y circunstancias.

4.- Aunque siga siendo importante el mantener a la gente a alejada de los malos ambientes, en el mundo actual ya no es siempre posible:

a) porque el mundo ha dejado de ser cristiano;

b) porque, aunque no vayamos a ellos, los ambientes vienen a no­sotros, debido a la movilidad de las personas y a los nuevos medios de comunicación.

5.- Por la misma razón, tampoco es normal pensar que todos los ambientes de nuestra vida sean cristianos, y puesto que nuestra mi­sión apostólica nos obliga a pensar en los que no lo son, todo cristiano necesitará -y el líder no es excepción- de al menos un ambiente, donde vivir y desde donde proyectar su vida cristiana.

6.- Un ambiente cristiano no es sólo un ambiente en donde todos los presentes son cristianos. En el ambiente de una cantina, los clientes habituales pueden ser todos cristianos y no serlo el ambiente. El ambiente depende de lo que se comparte y de la forma de compartirlo. De la afirmación explicita de lo que se es, y del compartir lo que se es.

Lo que decimos de la cantina se puede afirmar de un colegio católico, de una universalidad católica, o de un club católico de fútbol, cuyos ambientes pueden no ser cristianos. Esto es lo que no han comprendido quienes quisieran sustituir nuestras Ultreyas por centros de estudios, o convertir nuestros Grupos de Cristiandad en equipos de trabajo.

Necesitamos un ambiente en donde se hable de lo cristiano. En donde lo que se dice, sea aceptado por la mayoría. En donde la mayoría viva lo que se dice. Y en donde aquello se conviva y se comparta, en mayor o menor grado, de una manera cristiana.

 Lo importante en las Ultreyas no es lo que se dice; no es la letra sino el acompañamiento de la canción. El fondo musical. La comunidad que te está diciendo: “Yo pienso y siento como tú”. “Estamos en la cierto”, “Cristo es la solución”. “El Evangelio es posible”. Por ello tanto en la Ultreya como en el Grupo, lo importante es compartir la vivencia cristiana y el clima en que se comparte.

7.- El impacto de un ambiente no está determinado solamente por la cantidad de las ideas, valores y actitudes que en él se manejan, sino par la vivencia de esas ideas, valores y actitudes, y por la ca­lidad de nuestra convivencia con las personas que las detentan.

Un cambio en nuestras ideas y actitudes políticas por ejemplo, no obedece sólo al haber recibido nueva información, nuevas ideas o a que estas ideas no resulten evidentes o atractivas, sino, sobre todo, al convivir con ciertas personas en quienes éstas verdades se han hecho vida, o al menos algo importante en sus vidas. Siempre que se convive, algo se comparte, y se acaba siempre por compartir las ideas y valores que son parte vital de nuestras vidas. La con­vivencia posibilita el descubrir las vidas que encarnan esas verda­des, y tiene como consecuencia el contagio de las mismas.

8.- Por ello, si se quiere cambiar al hombre en cristiano, es necesario darle una oportunidad de relacionarse en cristiano con los demás, y una oportunidad de encontrarse con el hombre salvado. Dicho en otras palabras, la convivencia cristiana es esencial para la vivencia cristiana.

9.- La cristianización del mundo no puede planearse exclusivamente en términos de principios o valores, que deban ser aceptados por la persona. Cristo nos advierte que estos principios o valores no son aceptables para el mundo. Se necesita posibilitar una clase de con­vivencia con quienes los viven. Es decir, se necesita crear ambien­tes cristianos.

10.- Pero decíamos que no todos los ambientes tienen la misma fuerza, sino que unos ambientes influyen más que otros. Si esto es así, la conversión progresiva de las personas y la transformación progresiva de los demás ambientes, exige que el ambiente cristiano tenga sobre la persona más fuerza que los demás. Este ambiente-fuerza es la comunidad cristiana. La comunidad cristiana debe ser un ambiente, y debe, en cuanto ambiente, ser más fuerte que el ambiente general.

11.- Por eso, antes de pasar adelante, quisiera dejar flotando la inquietud de si no habrá sido un error -resabios de un enfoque ac­tivista- el centrar nuestro esfuerzo en que los hombres y las co­munidades hagan más y no el que sean más fuertes. Si el am­biente siempre actúa en la medida de su fuerza, y es de su fuerza de la multiplicidad de quehaceres que depende su eficacia, el promover la proyección hacia afuera de una comunidad apenas incipiente, sin promover simultáneamente actividades que la fortalezcan interiormente, puede ser no sólo inútil, sino suicida. Cuando los ambientes externos tienen más fortaleza que la comunidad acaban por vencer sobre ella.

De aquí que hayamos afirmado que todas las estructuras del Poscursillo deben ser kerigmáticas en su intención, para renovar, acelerar y consolidar el proceso de conversión iniciado en el Cursillo.

12.- La fuerza de un ambiente radica en la calidad y firmeza de sus ideas, valores y actitud; pero su impacto sobre los demás depen­de de la intensidad y forma de la vivencia y de la convivencia de la misma.

13.- Depende también de algo más: de su densidad. Cuando el ambiente cristiano se diluye en exceso, este pierde su sabor. Si la sal se torna insípida, ¿qué le devolverá su sabor?, dice el Señor. No siem­pre hemos comprendido cómo o porque se torna insípida la sal. En Israel la sal era tan valiosa que se mezclaba con la arena para hacerla rendir más. Cuando se mezclaba en exceso, perdía su sabor. De la misma manera pierden los ambientes su densidad cristiana. Cuando la dirigencia se mezcla entre Ultreyas Parroquiales; cuando por inflación el número de Dirigentes es pequeño en relación al número total de Cursillistas, las Ultreyas pierden su sabor.

14.- Quizá, ahora valoremos un paco más el porque nuestros esfuerzos están centrados en suscitar núcleos cristianos -ambientes fuertes y densos- en donde la vivencia de la fundamental vaya posibilitando la conversión integral y progresiva de personas lideres y de los demás ambientes, por la actuación de los líderes desde esa circunstancia o nido santificante.

 

Instituciones y ambientes

¿Por que intentan los C cambiar la sociedad partiendo de sus ambientes y no directamente de sus instituciones o estructuras? Hay una doble razón:

- porque los factores ambientales son, para la vida y el crecimiento cristiano, mucho más determinantes que los factores institucionales; por ello el esfuerzo pastoral debería centrarse en formar ambientes cristianos, no en reformar las instituciones cris­tianas;

- porque la comunidad cristiana es un ambiente, y no conviene convertirla en una institución.

Voy a intentar explicarme.

Entendemos por institución una situación estable, en donde los hombres se relacionan entre sí para la ejecución de un trabajo y con miras a la consecución de un objetivo.

La “General Motors”, el Gobierno, los colegios, los negocios, los partidos políticos -y desgraciadamente también muchas parroquias-, son instituciones: agrupación de personas que trabajan juntas para la consecución de un objetivo determinado.

Las instituciones y los ambientes coexisten de una manera tan estrecha, que, a veces, resulta sumamente difícil diferenciarlas; pero es necesario que comprendamos que son dos cosas distintas, y que sepa­mos como distinguirlas por sus características. Veamos algunas:

a) La institución existe en función de un trabajo a realizar, de un objetivo a lograr, y, en ella, las relaciones interpersonales se organizan como funciones o actividades en común, para la realización de este trabajo. El ambiente, por el contrario, no “hace” nada; es sólo el clima donde se hacen las cosas, aunque determinadas por el ambiente; este da fuerza a lo que se hace, y posibilita que se hagan muchas cosas. La institución existe para algo; el ambiente existe por algo. El ambiente existe porque unas personas quieren, y, mas aún, porque necesitan compartir algo de si mismas con otras personas.

b) Las relaciones en una institución son relaciones de trabajo y tienden a ser funcionales, es decir, en función del trabajo que se desempeña o del puesto que se ocupa. En una empresa el comprador necesita comunicarse con el Gerente de Ventas y este con los vendedores y con el despachador. Pero lo importante no es la persona, sino su función. Si mañana se cambia un vendedor será nece­sario al Gerente tratar con sus sustitutos, y la relación entre ambos será más o menos igual a la anterior.

Las relaciones en el ambiente son personales. Son con Pedro y Juan, con Pata-de-cabra y Cara-de-Piña; y si Cara-de-Piña falta, el ambiente quizá ya no sea igual y podría hasta llegar a desaparecer. Cara-de-Piña, es líder  de ese ambiente, pero no es Presidente ni Gerente del ambiente. Sus relaciones con los demás pueden estar fundamentadas en un interés común, -el billar-, en un ideal común -la liberación del país-, o en una problemática común, pero no en un trabajo en común. Esto no quiere decir que no puedan tener algunos trabajos en común -en muchos ambientes los hay-, sino que estos trabajos no son la causa de su convivir o compartir.

En la Colonia Centro América, de Nicaragua, existía una problemática común: el aumento exagerado en las cuotas de pagos de las casas, después del terremoto. Se trató de organizarlos -institución- para crear un frente común. A nadie le interesó; tenían un problema común, pero no lo compartían. La Renovación Carismática suscitó una convivencia y unos valores y actitudes comunes, y fue creando unos ambientes cristianos. Como resultado el ambien­te mismo suscitó un liderazgo, una conciencia del problema y hoy existe un frente común y un trabajo común de más de doscientas personas, para combatir el alza de las cuotas. Pero no lo creó el problema, sino el ambiente.

c) En una misma agrupación humana pueden co-existir elementos ambientales y elementos institucionales. La Universidad, por ejemplo, es una institución: un sistema organizado para la educación de una persona. Pero en esta institución hay un montón de ambien­tes, y muchas de las actividades que se realizan en el ambiente universitario, no tienen nada que ver con la Universidad-Institución. El trafico de drogas, por ejemplo.

A pesar de su importancia, muchos de los elementos institucionales de esa Universidad -lo mismo puede afirmarse de la parroquia-, vi­ven desconectados del ambiente universitario (o parroquial). La Junta Directiva, el profesorado, o el párroco, no son necesariamente parte del ambiente; por ello ejercen muy poca influencia sobre el. No porque el profesor o el párroco no sean lideres o les falte oratoria, o sus ideas no sean tan buenas como las otras o no sean santos, sino porque en general no forman parte del ambiente.  

Hay pues instituciones cristianas que existen sin ambiente cristiano. Algunas parroquias son así. Y hay ambientes cristianos que existen sin institución: el Grupo de Cristiandad, par ejemplo. Lo interesante es que los ambientes pueden cambiar a las gentes sin necesidad de ayuda institucional. Quizá el ejemplo más espectacular haya sido la Revolución juvenil y el Movimiento Hippie, combatidos por los gobiernos. Sin organización, ni fondos, ni libros, ni metodología, transformaron toda una generación en los Estados Unidos, mediante la convivencia y el compartir personal de unas ideas, unos valores y unas actitudes.

Las realidades ambientales difícilmente pueden combatirse con me­dias puramente institucionales. A un problema ambiental debe darse una solución ambiental. Pero no suele ser así. Tomemos un ejemplo: el problema suscitado por el machismo en Nicaragua, donde la madre debe de trabajar, pero no puede dejar al niño solo. En los barrios donde surge tal problema, la solución inmediata suele ser construir una guardería infantil: una institución. Aunque esto sea necesario y urgente, lo eficaz es construir primero una comunidad- ambiente. Las razones son claras:

a) La construcción de una guardería quizá solucione progresivamen­te el problema de algunos pero es seguro que de inmediato crea para otros muchos problemas, que habrá también de solucionar: diseño, financiamiento, construcción, administración, mantenimiento, capacitación de personal, sin descartar la posibilidad de que lo que empezó como guardería, termine en orfanatorio, porque hay madres que nunca regresan por el niño que dejaron cuidando.

b) Como lo que se combate es directamente el problema y no sus causas -en este caso, la promiscuidad, el machismo, el abandono de la mujer, la desintegración de la familia, etc.-, el problema no se soluciona, sino que aumenta; el año que viene, serán más los niños por guardar, y más las guarderías por construir.

c) Si se constituye una  autentica comunidad cristiana donde la gente se conoce, se ama, y se ayuda mutuamente, a lo mejor no es nece­sario construir la guardería, porque cada casa puede ser esa guardería, al menos por un tiempo.

d) Creada la comunidad, lo menos que puede suceder es que la guardería se construya de todos modos. Pero esta vez por iniciativa y colaboración permanente de sus miembros, en vez de por el entusiasmo, generalmente temporal, de unos pocos, muchas veces aje­nos al vecindario, que se han constituido, con el párroco, en el Comité Pro-Construcción de la guardería infantil de San Eutanasio El Troglodita, que sesiona los sábados por la noche, si no hay partido de fútbol.

e) Si se crea una auténtica comunidad cristiana, cada día serán me­nos las mujeres abandonadas, los padres irresponsables y los niños que guardar.

 

Necesitamos un cambio de mentalidad. Un paso del criterio de lo importante, al criterio de la eficaz, que se puede enunciar diciendo: que lo más importante no es necesariamente lo primero en el orden de las cosas que hay que hacer o de los pasos que hay que dar.

Los efectos ambientales pueden ser distintos y aun contrarios a las actividades institucionales. En las aulas puede enseñarse economía de un ángulo capitalista, y los ambientes hacer del alumno un marxista convencido.

El ambiente tiene sobre el hambre más impacto que la institución. De lo contrario, el problema de las drogas se podría solucionar simplemente con un decreto del Congreso (institución). Y la razón principal de ello está en que en un ambiente se esta par gusto y a gusto.

Una persona puede ser parte de una institución por motivos:

a)     por la fuerza: un preso en la cárcel; un loco en el manicomio,

b)     por la paga: un empleado del gobierno;

c)     por gusto: un voluntario del cuerpo de bomberos.

 

Pero sólo se puede ser parte de un ambiente por opción propia. Puedo verme obligado por las circunstancias a vivir con cierto grupo de personas. Pero, si no compartimos ciertas ideas, actitudes o valores no formamos todavía un mismo ambiente. Empiezo a ser del ambiente cuando me abro a   las personas; y, desde el momento en que me abro puedo influenciar y ser influenciado por ellas. Mi deseo mismo de pertenecer al Grupo, de identificarme con esas personas, me lleva a adoptar sus creencias, valores, actitud y formas de conducta, y hasta sus hábitos, sus modos y sus modas. Cuanto más significa el Grupo tanto más acepto sus valares, que empiezan a formar parte de mi vida y de mi modo de ser, aun cuando estoy lejos de ese Grupo o ambiente. Por el mismo procedimiento los ambientes cristianos nos llevan poco a poco a vivir como tales, aun dentro de los ambientes no cristianos, Y es entonces cuando estos se empiezan a transformar.

En la conquista de “los otros”, los ambientes siguen la misma estrategia recomendada para “nosotros” en el Rollo de “Estudio y ani­mación del ambiente”: conquistar primero el corazón después la vo­luntad, y sólo entonces la cabeza de unos hombres, que doblan sus rodillas ante señores tan distintos como son el mundo y Dios. Y una vez cambiadas las ideas -cabeza-, valores -corazón-, y actitudes -voluntad- de las personas, se procede, conjuntamente con “los otros”, al cambio de las circunstancias, generalmente institucionales, que constituyen el último bastión de los ambientes.

 

La iglesia institución

No queremos negar la importancia que, para el desarrollo del cristianismo tienen las instituciones de la Iglesia y, más aun, la misma iglesia-institución; pero debemos comprender:

a) que somos cristianos y miembros de la Iglesia, no porque se nos paga o se nos obliga a serlo, puesto que el cristianismo es una opción libre;

b) que el cristianismo es un modo de ser, de pensar, de sentir y reactuar;

c) si lo que mayormente determina o cambia nuestro modo de ser son los ambientes y no las instituciones, debemos concluir que las instituciones eclesiales no pueden ser en sí mismas el objetivo a lograr, sino un medio para promover la existencia y desarrollo de ambientes -comunidades- cristianas.

Es triste constatar la poca importancia que da el mundo de hay a los pronunciamientos admoniciones de la Iglesia-institución. Baste, como ejemplo el no lejano escrito de la santa Sede sobre la moral sexual ha sido objeto de mofa en cierta prensa mundial, porque el ambiente general estaba gritando que aquello eran tonterías.

Y es consolador constatar como exactamente lo mismo, dicho en un C de Cristiandad -vivencia, convivencia y clima- no sólo no de burla, sino de admiración, de introspección y de cambio que la Iglesia sea sólo una institución. Evidentemente es ambas cosas: una comunidad –y por ella un ambiente- y a la vez, una institución, que presta ciertos servicios a los fieles, y que se organiza con miras a la consecución de cierta finalidad –su misión-, mediante la ejecución de ciertos trabajos: su pastoral.

¿Qué sucede cuando predominan los elementos ambientales, y que sucede cuando predominan los elementos instrucionales?

En los primeros trescientos años de su historia, la Iglesia estaba formada por pequeñas comunidades, que permitían el conocimiento personal, el amor y la ayuda mutua. Tenían el cristianismo como lo más importante que hubiese sucedido en la vida y en la historia del hombre. Vivían en comunidad con el único objeto de vivir como cris­tianos. Más aún como la única posibilidad de vivir como cristianos, en medio de un mundo contrario a sus ideas, valores y actitudes. En pocas palabras la Iglesia era ante todo un ambiente; un ambiente denso y un ambiente con más fuerza vital que los ambientes que la rodeaban. De ahí que las comunidades atrajesen más miembros a su seno a pesar de los riesgos que involucraba ingresar en ella, y aceptar sus ideas, va­lares y actitudes contrarias al mundo, tontería para los griegos y escá­ndalo para los judíos.

En el siglo IV, primero Constantino, luego otros Emperadores Ro­manos se convierten al cristianismo y lo instituye la Religión del Es­tado. En poco tiempo toda la sociedad se vuelve cristiana, es decir, parte de la Iglesia. Pertenecer a la comunidad civil y ser cristiano viene a ser la misma cosa. Ya no es objeto de una decisión libre y personal: se nace cristiano.

La Iglesia era una institución, que presta ciertos servicios  -liturgia, sacramento evangelización enseñanza- a todos los miembros de una sociedad que aceptan en principio las ideas valores y actitudes cristianas. Aunque no siempre las practicaran no se discutía su validez.

Junto a las ventajas y virtudes de esta situación, surgieron problemas que subsisten hasta nuestro tiempo:

1) Aunque hay un mayor número de cristianos, el ambiento no es del todo cristiano. El “estándar” de vida cristiana es menor.

2) La densidad cristiana también ha disminuido. Los más cristianos no viven ya en ambientes cristianos, como lo hicieron cuando la necesidad los obligaba a compactarse, para la simple sobrevivencia cristiana, en un mundo pagano. Están diluidos y seguros en el seno de toda la sociedad.

3) Puesto que el no-cristiano es visto como “bicho raro” en tal sociedad, son muchos los que, ante la alternativa de ser cristia­nos o de ser rechazados por la sociedad, optan por la tangente tan popular de parecer cristianos. Se cumplen los preceptos, aunque no se vivan las ideas, valores y actitudes cristianas.

En los SS. XVII y XVIII empieza a suceder algo que caracteriza nuestro mundo de hoy. Se inició en Francia e Inglaterra y está representado par Priestly, Voltaire, Diderot y muchos más: la validez de las ideas, valores y actitudes cristianas se empiezan a poner en tela de juicio. Hasta entonces se aceptaban, aunque no se practicaran. Ahora empiezan a no aceptarse. Especialmente notorio es lo relativo a la moral y a ciertas ideas políticas como el concepto y origen de la autoridad. La Igle­sia institución mantienen sus principios, y se niega al dogma. Es más, donde hasta entonces el contenido del dogma se entendía como lo que Dios había hecho para salvar al hombre, ahora se impone como lo que el hombre debe creer para salvarse. A pesar de la postura inamovible de la Iglesia-institución, los ambientes de la sociedad siguen cambiando, y alejándose de las ideas, valores y actitudes cristianas.

Pero sucede algo peor, y es que, como durante siglos el hombre se ha ido acostumbrando a identificar “lo bueno” y “correcto”, en asuntos de religión y moral, con “lo aceptable” para la sociedad en general, lo bueno y lo correcto es también ahora lo que la sociedad acepta como tal: aunque no lo sea, y el cristianismo algo obsoleto o anacrónico. So­bre este principio están basadas, por ejemplo, las decisiones de la Corte Suprema de los Estados Unidos, con respecto a que es pornografía u obscenidad.

 

Para levantar el vuelo

Hemos vuelto al punto de partida. El cristianismo es otra vez para el mundo locura y escándalo. Pero algo ha cambiado, y es vital que detectemos qué.

En la Iglesia de los primeros siglos, el hecho de que la mayoría de los hombres rechazaran el cristianismo, no era necesariamente un motivo para perder la fe. Todo lo contrario. Este era uno de los principales alicientes del ser cristiano. El ser una excepción –un escogido- depositario de algo que el mundo no tiene y necesita. Y ser personas con una misión -enviados- para anunciar y dar al mundo la que le falta siendo en él y para él luz y sal.

Todo ello, desde un concepto triunfal del cristianismo. Desde la certeza de que Cristo es la solución a todos los problemas que el hombre de hoy tiene planteados. El Salvador, la Verdad, la Vida, el Camino. Y al mismo tiempo el Señor; que ha vencido al mundo.

Hoy por el contrario; la principal causa de la pérdida o abandono de la fe es precisamente el hecho de que la mayoría de los hombres y de los ambientes rechazan nuestras ideas, valores y actitudes, como locura Y escándalo. Porque hemos olvidado cómo y porqué el cristianismo es la solución.

Y quizá, sobre todo, porque a pesar de la Iglesia-institución, siempre firme y fiel a sus ideas, valores y actitudes, el cristiano de hoy no tiene una comunidad-ambiente, de gran fuerza y densidad cristiana, en donde la convivencia le permita detectar en los demás, la vivencia de lo fundamental cristiano, y ver hecha realidad, aunque a pequeña escala, la solución de Cristo: convivir con el hombre salvarlo y respirar una vez más ese acento triunfal, que sólo puede brotar de la fe, y que despierta en nosotros una conciencia de misión.

En un momento histórico en que esta situación no parece estar en vías de mejorar, sino que tiende a agudizarse y en que la Iglesia tiende a convertirse cada día más, en la que Rahner llama una Iglesia “en situación universal de diáspora”, nos vemos obligados a reenfocar nues­tra misión. Para captar con más profundidad su dable aspecto, que el Vaticano II define claramente, aunque hasta hoy el énfasis se está po­niendo en uno solo.

Y es que la Iglesia, llamada a ordenar y a reestructurar el orden temporal… a manera de fermento para la construcción de una nueva sociedad -tarea permanente del laico-, que nos diría Pablo VI, debe, desde ahora; sin esperar el cambio de la sociedad total, construir en el seno de esa misma sociedad, el prototipo de la futura, pequeño pero completo y perfecto, en donde el hombre pueda ver hoy mismo la validez de su solución y encontrarse con el hombre salvado: una sociedad humana y divina que, siendo signo visible de la futura sea a la vez instrumento para construirla. El “nido” donde empolle y desde donde levante vuelo el nuevo fénix que, en este momento, está apunto de consumirse en llamas.

 

A la luz de una parábola

El Reino de Dios es semejante a un edificio que construyó un señor. Y al terminarlo, vio que era bueno. Lo llenó de inquilinos, y redactó un reglamento, con el fin de que todos pudiesen vivir en paz y armo­nía dentro de el.

Pero, llegado el tiempo, vio que los inquilinos habían hecho de su obra una ruina y un infierno. Ninguna de sus instalaciones parecía funcionar. No se cumplía el reglamento de prevención de incendios; faltaba luz porque la mayoría de los focos estaban fundidos; los ad­ministradores se habían reservado para sí el uso del comedor y de los ascensores. Los vecinos no se conocían. Los del piso alto miraban con desprecio a los del piso bajo, y estos con envidia a los del alto.

Sus cimientos y pilares estaban carcomidos, y su estructura toda amenazaba derrumbarse.

Planeó entonces el Señor un segundo edificio, muy distinto al ante­rior, edificado en lo alto, donde todos lo pudiesen ver. El mismo habitaría en él, y pondría a su Hijo al frente de su administración y man­tenimiento. Y se dijo: voy a destruir el primero. Pero los inquilinos no lo quisieron abandonar, sino que se empeñaban en hacer pequeñas reparaciones, porque el segundo no estaba perfectamente terminado, y casi nadie sabía cómo seria vivir en él.

Invitó entonces el Señor a unos pocos inquilinos a trasladarse gratuitamente al edificio nuevo a fin de que pudieran contar a los demás coma era aquello.

Los más dispuestos a pasarse, fueron los del piso bajo. Se trasladaron con todo lo que tenían, dejando atrás sólo las cosas viejas, que ya no estaban a tono con la nueva casa.

Cuando volvían a visitar a sus viejos vecinos, les ayudaban en las reparaciones, y a protestar y combatir los abusos de la administración. Pero eran conscientes de que su misión no era esta, sino dar testimo­nio de lo que el Hijo estaba hacienda en la otra casa, y convencerlos de pasarse a ella, y posibilitar su traslado. “Lo que hemos visto y oído, se lo damos a conocer para que vivan en comunidad con nosotros” (1Jn 1, 3). Comprendían que era sólo cuestión de tiempo, porque el edificio sería irremediablemente demolido. Y el Señor cada día integraba al nuevo edificio a los que habían de salvarse.

Hoy como ayer la caridad y la misión misma del cristiano nos obligan a estar en el mundo…, pero sin ser del mundo. Y la Iglesia, aunque comprometida con el mundo, no puede olvidar su misión de ser Sacramento de Salvación. Y por ello, aunque su propia construcción no parezca en sí misma más importante o más urgente que la solución inme­diata de las necesidades, angustias y miserias de los viejos inquilinos, desde un criterio de eficacia, debe darle prioridad en el orden de los pasos que hay que dar, porque se sabe condición previa para el traslado de los inquilinos e instrumento de su salvación. La construcción del nido siempre antecede al vuelo de los pájaros, y lo posibilita.

También el Movimiento de C, fiel a su finalidad de posibilitar la vivencia auténtica, continua y progresiva de lo fundamental cristiano en orden a la animación cristiana de la sociedad, debe ser consciente de que el suscitar núcleos de cristianos es condición para lograr ambas cosas. Y de que, en C, el Grupo y la Ultreya son, a la vez:

- la condición previa para dar un C.

- la comunidad que envía a sus apóstoles.

- la que respalda con sus palancas al enviado.

- la principal protagonista del mensaje que se testimonia,

- el puerto de llegada de los nuevos.

- la circunstancia santificante que los forma

- la pista de despegue que los lanza,

- el porqué y el para qué del Movimiento de C.

 

Esquema de estrategia para la transformación de los ambientes.

Apliquemos ahora a la estrategia propia del Movimiento de C los criterios explicitados en los capítulos precedentes. Partimos, una vez más, del hecho de que el mundo ha dejado de ser cristiano; de que su influencia en la vida de las personas en las ideas, valores y actitudes de la sociedad, en las leyes de los Estados y en el trato entre las naciones, es cada día menor y, en muchas partes, absolutamente nula.

A esta visión del mundo sigue la visión de una Iglesia en “situación universal de diáspora” Si no nos dejamos engañar par la multitud de manifestaciones externas, con frecuencia carentes de vida, tomaremos consciencia de constituir una minoría pequeña rodeada de paganismo hostil por todas partes.

Los C pretenden superar esta situación, tomando, como finalidad propia, lo que el Concilio señaló como apostolado específico y labor permanente del laico: impregnar de espíritu y criterio cristianos la mentalidad y las costumbres, las leyes, estructuras y sistemas en que está inmerso en el libre ejercicio de su propia vocación.

 

I CONSCIENTES, sin embargo

- de que la influencia de los am­bientes es mucho mayor de lo que normalmente suponemos, y de que su influencia es de­cisiva sobre el hombre corriente;

-Aceptando el hecho de que el ambiente triunfa regularmen­te sobre el hombre corriente, comunicándole su propio modo de ser y de actuar;      

- Sabiendo que el modo de ser de Cristo y el modo de ser del mundo son contrarios;

 

I LOS CURSILLOS desde una es­trategia propia que los caracteriza.

-se proponen la selección, preparación y conversión inte­gral de líderes ambientales y su reinserción en los ambien­tes de donde salieron;

- reconociendo como líderes a aquellas personas que, al me­nos en algunos aspectos, in­fluyen sobre el ambiente más de lo que el ambiente influye sobre ellos, y pueden, por esa misma razón, considerarse “agentes de cambio” PRECURSILLO

 

 

II CONSCIENTES

- de que el líder que apenas ini­cia un proceso de progresiva conversión integral, debe re­insertarse de inmediato en los ambientes de donde salió, puesto que en ellos vive, se mueve y se realiza;

- de que estos ambientes son hostiles a la vida cristiana;

- y de que todo cristiano -y el líder no es excepción- necesita de un ambiente cristiano, donde afianzar y nutrirse y desde donde proyectar su vida cristiana;

 

II LOS CURSILLOS desde una es­trategia propia que los ca­racteriza, se proponen:

 

- la creación de una circuns­tancia santificante, que no sólo conserve, sino que acre­ciente y perfeccione la con­versión iniciada en el C, y que es indispensa­ble para la consecución de la doble finalidad de Cursillos;

 

- la vivencia y convivencia de lo fundamental cristiano, sin­tetizada como:

1.- orientación de toda la vi­da a la luz de todo el Evangelio en unión vital con Cristo.

2.- proyección apostólica y

3.- santificación en común;

 

- la transformación cristiana de los ambientes en el libre ejercicio de nuestra propia vocación. (POSCURSILLO)

 

    

III CONSCIENTES

- de que no basta con tener un ambiente cristiano, sino que la conversión, progresiva de las personas y la transformación progresiva de los demás ambientes exigen que el ambiente cristiano tenga mas fuerza que los demás ambien­tes sobre el modo de ser de la persona;

-de que el impacto de un am­biente no está determinado solamente por la calidad de las ideas, valores y actitudes que en él se manejan, sino por la vivencia de esas ideas, valores y actitudes, y por la cali­dad de nuestra convivencia con las personas que las de­tectan;

 

III LOS CURSILLOS Los Cursillos, desde una estrategia propia que los caracteriza:

- propugnan como pieza funda­mental de los C el Grupo de Cristiandad,

- que, par estar fundamentado en la, amistad humana de un núcleo reducido de personas, pero centrado en la vivencia de lo fundamental cristiano, lleva a un compartir profundo, no sólo de lo que se sabe o se hace, sino de lo que se es y de lo que se tiene;

- redunda en un encuentro ple­no de personas;

- y termina en una convivencia que va más allá de la reunión semanal, porque lo que se tie­ne en común es la vida mis­ma;

- llegando así a constituir un ambiente cristiano -fuerza, que nos preserva de los demás ambientes y nos proyec­ta hacia ellos-;

- y, a pesar de “no hacer” nada, constituye el clima que deter­mina lo que hace y, más aún, el que conforma nuestro mo­do de ser. POSCURSILLO

 

 

IV CONSCIENTES, FINALMENTE

- de que un ambiente cristiano no es simplemente un ambiente en donde todos los presentes son cristianos;

- de que el ambiente depende de lo que se comparte y de la forma de compartirlo; de la afirmación explícita de lo que se es y del clima en que se proyecta nuestro modo de ser;

- de que la cristianización del mundo no puede planearse exclusivamente en términos de principios o de valores que deben ser aceptados por la persona, puesto que Cris­to mismo nos advierte que estos principios o valores no son aceptables para el mundo;

- y de que el ambiente ejerce sobre el hombre más influen­cia que la institución, y de que los efectos ambientales difí­cilmente pueden combatirse con medios puramente institu­cionales, sino que a un proble­ma ambiental debe dársele una solución ambiental.

 

IV. Los Cursillos, desde la estrategia que los caracteriza:

- no desembocan directamente en las estructuras parroquia­les, sino que juzgan sus Ultre­yas -y aún su Escuela- co­mo «supletorias y complementarias» a la estructura parro­quial, para suplir donde falte, o complementar donde resulte insuficiente, ese ambiente­ fuerza que resulta de la pro­clamación explícita de mi ser cristiano, del compartir el modo de serlo en el ejercicio de mi vocación personal, pues, por la heterogeneidad y el número de las personas, nos mantiene y acrecienta la segu­ridad de que «se puede», a la par que nos va indicando có­mo. POSCURSILLO

- centran la metodología de sus tres días, en la creación de ambiente-fuerza, en donde lo que se proclama es lo fundamental, y lo que se comparte es la vida y los instrumentos necesarios para la convivencia y el clima.

 

 

 

Estrategia de Cursillos para la transformación de los ambientes.

Milito en C desde hace años, en estrecho contacto con per­sonas de muchos países, y conozco sus frutos a nivel de personas, de famillas, de parroquias, de ambientes, de estructuras, de ciudades, de países.

Sus frutos son tales que alguna vez he dicho no sin evidente eufo­ria, que necesitaremos la mitad de la eternidad en el cielo para terminar de contar las maravillas que por su medio quiso hacer el Señor.

En resumen, soy un enamorado de C. Y, sin embargo, estoy convencido -y así lo digo también cada ves que tengo oportunidad­- que en ninguna parte del mundo han rendido nunca los C más del diez por ciento del fruto que pueden y suponen dar.

Este ensayo pretende señalar solamente algunas de las causas que obstaculizan la plena consecución de su finalidad. No pretende dar fórmulas, sino abrir ventanas. No pretende ser exhaustivo, sino sus­citar nuevos escritos sobre el tema.

 

Obstáculos generales

Empecemos por enumerar las causas generales más  evidentes, para descender luego a temas más interesantes.

Los C no rinden los frutos que debieran:

1) cuando se desvía su finalidad.

2) cuando se desvirtúa su estrategia,

3) Cuando se mutilan sus estructuras, o

4) cuando se descuida a las Personas.

 

1.- En general, se desvía su finalidad cuando quienes encabezan el Movimiento:

a) No la conocen (ignorancia), y tiran con escopeta, contentos con recoger lo que caiga;

b) No la comprenden, y en consecuencia no la valoran. Por no va­lorarla minimizan su alcance, y usan cañones antiaéreos, para matar mosquitos;

c) No la aceptan, convencidos de que los C "deben usarse para otra cosa; generalmente para la Pastoral en moda;

d) Se la expropian para llevar el agua a su molino, y hacen del Movimiento sólo un Método.

 

2.- Se desvirtúa su estrategia

a) Cuando se piensa que el C convertirá en líderes a los que no lo son;

b) Cuando a los que si lo son, se les trasplanta o reubica;

c) Cuando se les asocia, para hacer todos, la misma cosa;

d) Cuando se valora más el hacer nuevas cosas, que el cristianizar todo lo que se es.

 

3.- Se mutilan las estructuras

a) Cuando lo que debe ser Grupo, se queda en simple reunión, o se convierte en equipo, célula, círculo o tertulia:

b) Cuando la Ultreya se convierte en cátedra, en palestra, en mitin o escenario;

c) Cuando la Escuela informa, pero no forma ni transforma;

b) Cuando el Secretariado se conforma con resolver problemas, en vez de suscitar iniciativas.

 

4.- En general se descuida las personas:

a) Cuando la Escuela no es un “cuerpo colegiado”

b) Cuando el Dirigente necesita  ser siempre dirigido;

c) Cuando, en vez de conocer, situar, iluminar y acompañar, nos conformamos con saludar, deslumbrar, encuadrar y abandonar a los Dirigentes;

d) Cuando se les separa del árbol antes de madurar.

 

Todo lo anterior puede sintetizarse en una frase: la conversión integral de las personas y la vertebración de la Cristiandad sólo las logra el Movimiento cuando está estructurado en sus tres tiempos de Precursillo, Cursillo y Poscursillo, y cada uno de estos tres tiempos es debidamente entendido y atendido.

 

Un obstáculo concreto

Dejando atrás las causas generales, aterricemos ahora hacia obstáculos concretos. Quizá uno de los más graves sea la falta de una clara diferenciación entre la estrategia que siguen los C y la es­trategia que debe seguir el Cursillista de cara a la transformación de los ambientes.

Los C tienen una estrategia que, en su visión más simple, consiste en la reinserción de líderes conversos en los ambientes de don­de salieron, actuando desde una circunstancia santificante que posibi­lite su progresiva conversión integral y el descubrimiento de su propia vocación, como cristianos en el mundo.  

Esta estrategia se realiza mediante los tres pasos o funciones de todos conocidos:

-buscar y forjar las piezas;

-situarlas en su justo lugar, y

-vincularlas orgánicamente entre sí.

 

O lo que es lo mismo

- Detectar y seleccionar los ambientes de mayor repercusión y, en ellos, a sus verdaderos líderes, que son los agentes de cambio;

- Forjarlos progres1vamente en cristiano: en el Precursillo, me­diante el “tratamiento”; en el C, posibilitándoles un inicio de conversión integral de toda la persona;  

- Situarlos, que es posibilitar que cada uno descubra y ocupe, con responsabilidad, el justo lugar que el Señor le reservó en el mundo, como vocación personal intransferible.            .

- vincularlos vitalmente con el resto del cuerpo orgánicamente, para recibir de él orientación, crecimiento e impulso, por el enriquecimiento y ayuda mutua de los demás miembros, cuya di­versidad de carismas confluye en el bienestar de todo el cuerpo.

Todo esto POSIBILITA la transformación de los ambientes pero no la REALIZA. Los C vertebran, estructuran la cristiandad que hace posible la transformación de los ambientes. Pero los C no transforman directamente los ambientes. Sus ambientes los transforma cada Cursillista concreto.

No basta con que exista un Movimiento de C para que los ambientes se transformen. Ni siquiera es suficiente que los C, como Método y como Movimiento, funcionen bien. Es necesario que cada Cursillista -salto de la estructura a la persona- conozca y pon­ga en marcha una estrategia propia, basada en las directrices y crite­rios que se supone que ha recibido en su C.

 

Desgraciadamente no suele recibirlos o no suele comprenderlos:

1.- Porque el Rollo de “Estudio y animación cristiana del ambiente” ha sido desvirtuado al poner el énfasis -o reducirlo- a un es­tudio estadístico o sociológico de la realidad, que equivale a mostrar la magnitud del problema sin dar una estrategia para su solución;     

2.- 0 porque, por falta de una concatenación adecuada, no se capta la estrecha relación de este Rollo con los de “El Seglar en la iglesia”, “Estudio”, “Acción” “Dirigentes”, “Comunidad cristia­na” y “Grupo y Ultreya”...

Hemos trabajado mucho en la concatenación de los Rollos, de cara a la conversión del individuo, y poco en su concatenación de cara a la transformación de los ambientes. Es necesario que, sin descuidar lo otro, desde la mitad del C en adelante, todo este centrado y orientado a la transformación de los ambientes.

 

En el Rollo sobre “El Cursillo”, suelo decir que sale sobrando todo lo que en el mensaje no esté orientado a:        

1.- Que el candidato tenga un inicio de conversión;

2.- Que el candidato tome conciencia de su realidad externa, y se comprometa a su transformación, y a

3.- Que el candidato tenga una circunstancia santificante, que ace­lere y perfeccione ambas cosas: su conversión personal y la transformación ambiental;

Su compromiso en esta transformación es, sin, embargo, insuficien­te. No basta con que quiera; es necesario que pueda. Y para poder bien, debe saber como.

Desgraciadamente en nuestro medio -Escuelas, Ultreyas, Homilías y Pastorales- sobran voluntarios para decirnos y recordarnos conti­nuamente todo lo que debemos hacer, y son pocos para iluminar un cómo.

En este ensayo vamos a tratar de explicar lo que llamaremos la “estrategia para la transformación de los ambientes” -lo cual interesa a cada Cursillista- para diferenciarla de la estrategia para la verte­bración de la Cristiandad, que interesa sobre todo a los Dirigentes del Movimiento.

Antes de explicarlo, me parece necesario hablar previamente de algo que podríamos llamar:

 

Condiciones previas a la tramitación de los ambientes

I.- Ante todo me parece necesario que el Cursillista comprenda clara­mente en que consiste el cambio que se busca. Para comprenderlo, le puede ser útil la siguiente aclaración con respecto a ciertas dife­rencias básicas entre ambiente sistema y estructura.

El ambiente configura nuestro modo de ser; la estructura determi­ne nuestro quehacer; el sistema impone un modo de actuar.

El formar parte de un ambiente implica una conversión a las ideas, valores y actitudes que lo constituyen; en cambio, la estructura sólo exige la aceptación -voluntaria o no- de unas funciones y objetivos.

El estar bajo un sistema, sólo supone el acatamiento -voluntario o no- de ciertas normas y procedimientos; en el ambiente, las deci­siones y los actas fluctúan libremente de conformidad con las ideas valores y actitudes de las personas que las detentan.

En la estructura las decisiones están predeterminadas por el obje­tivo que se pretende lograr, y las acciones están limitadas por la fun­ción que en ellas se ejerce. En los sistemas, éstas están predetermina­das por las leyes y procedimientos que los constituyen.

Una vez constituida la estructura, o puesto en marcha el sistema, ninguna persona aislada puede, en cuanto tal, modificar su esencia u objetivos, porque la primera y más importante función en la estructura es precisamente la de garantizar su continuidad, y la primera ley del sistema, garantizar su imposición.

En este sentido nadie “gobierna” las estructuras o sistemas. Simplemente las cuida y supervisa; quienes les encabezan, tienen, como función primordial y ley superior e ellos mismos, la preservación del “statu quo”, el auto-fortalecimiento y la consolidación de lo logrado.

De aquí que el “cambio de estructuras” y la “abolición del sistema” supongan mucho más que la sustitución de las personas que las encabezan e inclusive alga más que un cambio en las ideas, valores o acti­tudes de tales personas. Hay muchas estructuras y sistemas injustos, encabezados por personas de buen coraron y gente de buena voluntad.

Suponen el cambio -sustitución- de los objetivos a lograr, el cambio -sustitución- de las “reglas de juego”.

Como este cambio no puede brotar del seno mismo de la estructura o del sistema, muchos afirman que debe ser violentado desde fuera.

Como dentro del sistema actual, la posibilidad de cambiarlos trasciende la función o la autoridad de una sola persona o grupo de perso­nas, quienes propugnan el cambio directo de las estructuras o la abolición de un sistema, suelen, a su vez, propugnar o desembocar en un régimen totalitario.

Otros opinan que, aunque este cambio de reglas y objetivos trascien­de o esté fuera del alcance -y del deseo- de unos pocos, si está al alcance de la masa, la cual, tras un proceso de concientización, exige y realiza este cambio, dando lugar a la revolución cultural.

Determinar si este cambio es o no es necesario; determinar qué debe cambiarse y en qué medida, o con qué pretendemos sustituir lo que se cambie; juzgar si los medios para lograrlo son lícitos o aptos, es de­cisión que compete y obliga al ciudadano de cada país concreto.

La que debiera ser evidente, a estas alturas, es que este cambio de estructuras y sistemas puede ser distinto en cada país, respondiendo a las necesidades concretas de cada lugar, y se ha realizado de diver­sas maneras a lo largo de la historia, según la realidad de cada época; el cambio que nosotros pretendemos es para “todas las gentes”, y vá­lido “hasta la consumación de los tiempos”.

No intentamos simplemente un cambio, sino la “cristianización” de la sociedad y el establecimiento del Reino de Dios. El cambio que buscamos es, además, distinto, ya que, una vez consumado, no resulta­rá la implantación de un nuevo sistema -leyes y normas a cumplir- ­que sustituya al anterior, ni la supremacía de una superestructura: la Iglesia. Confiamos en que la Iglesia ya habrá aprendido que no se pue­de “legislar” el cristianismo, ni tratará de repetir el Sacro-Imperio. El cambio consistirá en el contagio de un modo de ser -el de Cristo- ­cuyas ideas, valores y actitudes son capaces de iluminar -luz- y dar sabor -sal- cristiano a todo posible sistema o estructura del futuro, y en el seguimiento de una persona, no de una ideología o una “causa”.

Nuestra tarea tiene que preceder al cambio de estructuras, a fin de iluminar el camino, y continuar después del cambio, puesto que lo tras­ciende. Y no podemos olvidar sin serias consecuencias que, si bien es cierto que los presentes sistemas y estructuras son con frecuencia un serio obstáculo a la vivencia cristiana, y por ello su cambio nos debe interesar profundamente, también es cierto que, en los países donde éste cambio supone haberse realizado ya, el “standard de vida cristia­na” no ha de mejorarlo en absoluto.

Ningún sistema ni estructura puede generar de por sí vida cristiana.

Aceptamos que algunos serán un obstáculo menor que otros. Pero el Señor nos advierte que su Reino y los del Mundo serán siempre distintos.

 

De todo lo anterior tendría que resultar evidente que:

- si el cristianismo es un modo de ser, y no un simple quehacer;

- si su modo de actuar no está regido por la imposición de una ley,

- sino por las mociones de un Espíritu;

- si supone la conversión a unas ideas, valores y actitudes;

- y consiste en el libre y voluntario seguimiento a una persona,

- cuyo Reino se inicia en el corazón del individuo,

- la puerta lógica de entrada a la iluminación y salazón de la sociedad tiene que ser la persona, continuando por los ambientes y culminando en las estructuras. En este orden.

 

II.- Es necesario que el Cursillista conozca sus limitaciones y sus posibilidades y delimite su parcela.              

En el Rollo de “Ideal” decimos que éste debe ser asequible, pues, de lo contrario, se transforma en utopía. Son muchos los que se rinden de antemano porque se plantearon imposibles.

 Confrontado con la realidad nacional o mundial, con la sociedad corrupta, con “el sistema viciado”, o con la “estructura opresora”, el Cursi­llista se siente impotente, y ve, como única salida, el “organizarnos para formar un frente unido”.      

Pero un “frente unido cursillista” sería sólo un frente unido más, entre los muchos “frentes unidos” que tiene ya la sociedad. La existen­cia de uno más constituiría evidentemente un aumento en la división, no en la unidad.  

Los “frentes unidos” de la sociedad suelen ser, además, uniforma­dos. En general se agrupan porque tienen una misma ideología, unos mismos intereses, unos programas, unas metas, unos métodos y unas consignas similares. Todos podemos y quizá debemos ingresar en ellos.

Nosotros tenemos un mismo Señor; pero su seguimiento es distin­to para cada uno. Y expresamente integramos el Movimiento, buscando la máxima heterogeneidad en todos los sentidos.         

Donde se ha experimentado el “frente unido cursillista”, siempre ha resultado en división, no en unidad.

El mensaje de C aunque confronta a la persona con el mun­do, no la enfrenta con el mundo, como bloque. Ni con la sociedad, ni con la estructura, ni con el sistema, sino con sus ambientes.

Le da una visión general, pero una tarea particular, en una parcela concreta: la pequeña parcela de sus propios ambientes.

No le pide romper un directorio telefónico, sino romper cuatro o seis páginas.

El Cursillista necesita tener una sola visión de Iglesia. Saber que el éxito supone la labor de muchos. La Iglesia tiene como campo el mundo; el Movimiento de C, los ambientes de este mundo, y cada Cursillista concreto el suyo propio. Cada uno debe conocer la amplitud de su campo y la medida de su influencia.

Al que nació para general no se le permitirá quedarse en sargento.

Quienes por su posición, sus carismas o sus medios, tienen influencia sobre todo el ámbito nacional, deben proyectarse en ese limbito.

Pero quien tiene un ámbito menor, debe centrarse en él, y todos han de comprender que nuestra proyección cristiana no es un “concur­so”, para ver quien hace más; sino el concurso de todos en el Plan de Dios, realizando cada uno lo propio. El Señor no nos preguntara cuanto hicimos, sino si hicimos su voluntad.

Para que el Cursillista acepte sus limitaciones, además de valorizar su parcela, deberá tener presente:

 

1.- Que los demás deberán aceptar y valorar la importancia de su grano de arena en la consecución del todo. El peor enemigo de la finalidad de C, es el dirigente seglar y el Sacerdote que nos dice que no “estamos haciendo nada”, porque no lo estamos haciendo todo; el que quiera verlo a uno en todas partes, y a todos en el mismo lugar; el que exige a los C lo que la Iglesia no malogrado en dos mil años.

2.- Que cada uno deberá, determinar la amplitud de su influencia, teniendo en cuenta que, quien es líder del ambiente, no lo es necesariamente en los demás, -de aquí la gravedad del trasplan­te-, y que aun el mayor de todos ellos -el Líder de lideres- ­tuvo su Nazaret.

3.- Que cada uno deberá valorar la amplitud de su repercusión, con la seguridad de que la proyección cristiana no termina nunca donde comienza; y que, debido a la interacción de los ambien­tes, la idea que se enciende en el ambiente de una Universidad puede repercutir en el Congreso; los valores que se afirman en el hogar, repercutirán en la economía del país, y las actitudes que una vez adquirimos en la tertulia, en “la mesa de un bar”, en el convivir, al parecer intrascendente y superfluo, marcaron profundamente grandes áreas de nuestra conducta, y alguna vez decidieron nuestra vida.

4.-  Que la fuerza del ambiente es tal, que difícilmente se puede hablar de ambientes sin importancia. Hay en mi tierra una ciu­dad tradicionalmente austera y sobria, convertida hoy al más absurdo y vulgar “snobismo”. Yo podría ponerle nombre, lugar y fecha, quien y cuando comenzó el proceso. Comenzó con la compra de aquel “Cadillac” y la actitud general de ostentación, que luego se proyectó y contagió a los “Señores Principales” de la ciudad. El ambiente; en donde se incubó la nueva mentalidad fue el Club Social, Y en él las “mesas de tragos”, en donde convergen semanalmente todos los ricachones del pueblo. La que en un tiempo fue cuna de todos los intelectuales del país, hoy ha institucionalizado su mediocridad, superficialidad y “snobismo”. El progreso se mide por el número de “yates” en el puerto, mientras la ciudad languidece y se deteriora a simple vista. Bastó una idea, un valor, una actitud y unas circunstancias en que proyectarlas, para decidir el triste destino de toda una ciudad.

 

Estructuras y ambientes

Más que explicar, trataré de ilustrar, pues la imagen es siempre más clara que el concepto. De los ejemplos iré sacando conclusiones y abstrayendo los principios y elementos que caracterizan la estrategia.

Managua es la sede del Gobierno. En ella están el Congreso los ministerios, las Cortes, los Cuarteles y muchas otras entidades que constituyen la estructura gubernamental. Hay Bancos, Compañías Financieras, Instituciones de Ahorro, Institutos de Desarrollo, que sin pertenecer a un mismo dueño o grupo de personas, pueden, sin embargo formar una única y sólida estructura porque coordinan sus esfuerzos, sus recursos o sus decisiones para la consecución de los objetivos que tienen en común.

También encontramos Cámaras de Comercio, de Industria de la Construcción; Sindicatos, Cuerpos Colegiados de Abogados y de Arquitectos que pueden tener objetivos o intereses contrarios los unos de los otros, pero que agrupan en su seno a personas e instituciones con intereses u objetivos comunes, y por ello constituyen estructuras inde­pendientes en sí mismas.

Finalmente, hay también Colegios, Universidades, Institutos, Clíni­cas, Hospitales, Diarios, Radiodifusiones, Estaciones de Televisión que también son estructuras: grupos de personas que se agrupan y coordinan para conseguir unos objetivos, prestar unos servicios o proteger ciertos intereses, que pueden coincidir o no coincidir con el bien común.

  Estas estructuras se resisten al cambio porque en sus votivos radica precisamente su razón de ser.

A su vez, ellas están sujetas a un sistema que regula sus transacciones y operaciones, que está constituido por leyes y procedimientos no necesariamente escritos, sino aceptados por el uso, y que pueden inclusive ser ilegales y aun inconstitucionales.

Ejemplo de lo primero son las leyes que rigen sI sistema capitalista, la sociedad de consumo, el sistema burocrático las legislaciones          del país y los estatutos y política de las empresas.        

  Ejemplo de lo segundo pueden ser, en lo político, “se prohíbe hablar mal del gobierno”; en lo económico, “los sueldos no los determina la justicia sino la competencia”; en lo moral, “robar al fisco no es pecado”; en lo social, “el pobre es distinto del rico ante la ley”; en lo familiar “el hombre tiene derecho a ciertos pecados que están prohibidos a la mujer”

 Como se ve, muchas de las “leyes y procedimientos” del sistema sí pueden ser cambiados.

Regresando a las estructuras, observamos que, en cada una de ellas, suceden muchas cosas que no tienen nada que ver con “el giro del ne­gocio” o las funciones normales que en ella se realizan para la conse­cución de su objetivo. Ni con las leyes o procedimientos oficiales que las rigen.

La Universidad, además de médicos, fabrica drogadictos y guerrille­ros. El comercio, además de mercaderías, compra y vende personas mediante el soborno. La industria, además de productos, genera obsolencia; el ejército, en vez de constituir una defensa, puede ser una amenaza; el gobierno, en vez de procurar el bien común, puede velar por sus intereses de un partido o de una persona; la publicidad, en vez de anunciar algo que satisface una necesidad o un deseo despierta el de­seo de cosas innecesarias; la prensa, en vez de informar, desorienta; lo llamado a entretener, corrompe; los llamados a acelerar el proceso de desarrollo, lo retrasan...

Todo esto afecta a las vidas de muchas personas, y las más afectadas no suelen ser precisamente las que trabajan en esa estructura, sino las de fuera.

Nada de lo que he descrito sucede por casualidad.  Dentro de cada una de estas estructuras coinciden, en un momento dado, ciertas per­sonas con ciertas ideas, valores y actitudes, que, debido a ciertas circunstancias, son verdaderas causantes de lo que allí sucede.

Estas personas, ideas, valores, actitudes y circunstancias, que coinciden en determinado tiempo y lugar, y que en mayor o menor grado influyen sobre el comportamiento de un cierto número de personas, Constituyen lo que llamamos un ambiente.

Estos ambientes sí pueden ser transformados y su transformación repercutirá, sin duda alguna, sobre el comportamiento no sólo de las personas, sino de la estructura misma, puesto que comprobamos que su comportamiento anómalo presente no obedece únicamente a sus elementos institucionales o a sus sistemas o leyes oficiales, sino a ele­mentos mayormente ambientales.

Uno de los criterios que debemos tener siempre presentes, es que el ambiente, según ya dijimos, ejerce sobre el hombre más influencia que la institución, y que los electos ambientales difícilmente pueden combatirse con medios puramente institucionales; a un problema am­biental debe darse una solución ambiental.

Un ambiente no puede cambiarse con leyes o decretos, Si así fuera bastaría una circular de la Gerencia diciendo “se prohíbe robar” par acabar con los desfalcos. Es necesario el cambio de las ideas, valores, actitudes de las personas que constituyen el ambiente, como zona de influencia.

Tampoco bastan los elementos institucionales para, garantizar la consecución de los objetivos oficiales de la institución o estructura. Una Universidad puede canalizar todos sus elementos instituciones hacia la formación de empresarios con una mentalidad capitalista, Y los am­bientes de la Universidad producir marxistas convencidos.

Por eso los C, al pretender la transformación de la sociedad tratan de penetrarla a través de sus ambientes y no directamente de sus instituciones, estructuras o sistemas. De hecho, hasta la aparición de la Encíclica “Populorum Progressio”, el término “estructura” era extraño a su literatura.

 

Nuestros ambientes

Una vez conocido lo que es un ambiente y su comportamiento, el siguiente paso tiene que ser IDENTIFICAR los nuestros.

Para poder identificarlos, lo primero que tenemos que vencer es la impresión de que los ambientes sean una cosa abstracta, un ente de razón.

Son algo muy concreto y fácil de detectar. Están constituidos por personas con un rostro y un nombre y apellido. Estas personas tienen unas ciertas ideas, valores y actitudes, Y las expresan con fuerza de una manera u otra, y, precisamente porque las expresan, repercuten so­bre el comportamiento de un cierto número de personas. Si no se ex­presan, no constituyen un ambiente, y esto es algo que con frecuencia olvidamos los líderes cristianos. En una oficina todas las personas que en ella trabajan, pueden ser cristianas, aunque no lo sea su ambiente.

Quien expresa estos valores y actitudes, puede ser una sola persona y, sin embargo, dominar el ambiente con sus ideas, valores y actitudes. Las formas de expresión son infinitas. Pueden ser frases como es­tas: “ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón”; “lo malo de fulano es que es demasiado bueno”; “yo soy soltero, la casada es mi mujer”; “a babosos ni Dios los quiere”; “Dios mío, si con beber te ofendo, con la curda te pago y me quedas debiendo”; “Cristo dijo: “ahí los dejo para que el vivo viva del pandejo”. Quienes así hablan, están evidentemente, en el Grupo de “los que creen en Dios, pero nada más, y son católicos par descuido”.

Pueden expresar sus ideas, valores y actitudes, en su absentismo de los lunes, en las revistas que guardan en la gaveta, en los chistes que cuentan, en sus reacciones ante el problema de un compañero y las arbitrariedades del jefe o en el espíritu de servicio a los demás.

Cualquiera que sea la forma de expresión, si tienen la fuerza sufi­ciente para crear ambiente; las ideas, valores y actitudes son detectables e identificables con las personas que las detentan y contagian a los demás.

Nuestro siguiente paso será, el delimitar los ambientes. Mientras lo hacemos, iré señalando igualmente su interacción, su comportamiento, sus características y medidas de influencia y los demás pasos de la es­trategia.

 

Una estrategia al vivo

Si tomamos una estructura cualquiera, veremos que no es algo monolítico, ni homogéneo, sino que en ella existen varios ambientes con ideas, valores, actitudes y líderes distintos.

Vamos a inventarnos una empresa. Cualquier parecido con firmas vivas o difuntas es puramente casual.

Veremos como muchas cosas que suceden en esta firma, afectan a infinidad de personas y a un a otras empresas, y, sin embargo, no necesariamente tienen que, ver con el giro del negocio.

En la contabilidad, por ejemplo, impera un ambiente de promiscui­dad sexual, iniciado por uno de los auxiliares, que se las da de “play boy”, y que ya se ha contagiado al Departamento de Ventas. Como re­sultado de este ambiente y de ciertas circunstancias de trabajo, Enri­que que arquea las cajas, se enredó con Norma, la cajera, y ahora su esposa le esta pidiendo el divorcio.

Aquí tenemos un ambiente de trabajo repercutiendo en una estruc­tura familiar.

Me cuenta el auditor de la empresa que, en todos los casos de desfalco, descubiertos en la historia de la firma, el robo tuvo como móvil las exigencias económicas de una amante. Todos fueron despedidos, y uno de ellos guarda prisión.

En estos casos, efectos ambientales externos a la firma repercutieron dentro. Un asunto sexual repercutió sobre el trabajo de unas personas, la economía de una empresa y la vida toda de un presidiario.

Las secretarias tienen otro ambiente. Almuerzan juntas, están muy unidas, y se ven con frecuencia fuera del trabajo. Entre ellas hay una lengua larga que ha ido contagiando a las demás, juntas han creado en toda la empresa un clima tal de chisme, de calumnia y de intriga, que ya nadie se siente seguro ni en su honra ni en su puesto.

Los “Office-boys” tienen otro ambiente. En el trabajo casi no se ven pero van juntos a nadar a la Laguna de Tiscapa. Su líder es Caraleón: que no es el mejor preparado ni el más inteligente de ellos, pera sí el mayor nadador y el más osado en los peligros de la laguna, lo que le ha merecido la admiración de los demás. Hace unos meses, Caraleón llevó cinco “churros” de marihuana, y los repartió entre ellos.

Esto demuestra que se puede ser líder por “carismas” muy diversos, y que la proyección de nuestra influencia no necesariamente coin­cide con el área de nuestras mayores habilidades. Ninguno de los “of­fice-boys” nadan hay mejor, pero ya todos “queman”.

La Junta Directiva ha mantenido el criterio de que “un máximo de eficiencia y un mínimo de sueldo son la clave de un precio sin compe­tencia”. Como resultado de estas ideas, valores y actitudes, una firma similar ha cerrado sus operaciones, y otra que pretendía pagar salarios justos, se ve obligada por el sistema a la injusticia.

Lo curioso es que el Gerente General tiene ideas sociales muy avanzadas, pero no las expresa, y por ello no ha logrado influir en ese ambiente. Este criterio lo inició e impuso el Gerente de Producción. El que más influye, no es necesariamente el que ocupa el puesto más alto.

Aunque el Presidente de la firma es antigubernamental, cuando la última huelga general del Comercio, la empresa no cerró sus puertas, porque su buen -amigo y compañero de “póker”, Coronel Guandique, le advirtió que el Gobierno tomaría represalias, y sus compañeros en e Club de Golf, que también son dueños de otras empresas, lo convencieron de que “lo mejor es no meterse, que estas cosas afectan el clima económico del país”, y que “es mejor aguantar al Presidente que tenemos, porque el siguiente puede resultar peor”.

Aquí tenemos dos ambientes ajenos a la empresa y, al parecer, superfluos, que determinaron, sin embargo, una decisión de importancia.

La curioso es que el “alboroto más grande que ha tenido la em­presa en muchos años, se origina en la bodega. La inició un ayudante, de ideas socialistas. No parecía ser un líderazo, pero sabía lo que tenia que hacer; y había planeado minuciosamente su estrategia;

No empezó par hablarles a sus compañeros acerca de la lucha de cases, ni del triunfo del proletariado, para ganarse su inteligencia. Al principio, no les arengo, les arengó ni les habló “de la causa”, ni los comprometió con un programa concreto, conquistando su voluntad, sino que prime­ro les conquistó el corazón. Les hizo ver “lo mal que iban las cosas”. “Cómo, con los sueldos que ganaban, era imposible vivir”. “En el futu­ro todo sería distinto”. Donde había una necesidad, ahí estaba Roberto. Si había que interceder por alguien, Roberto era el primero. Los visita­ba después de las horas de trabajo, y hablaba con ellos largamente.

Después que se hubo ganado el corazón de mucha gente, vino toda lo demás: Las asambleas, la recolección de firmas, las arengas, el pliego de peticiones, el contrato colectivo. La Directiva tuvo que ceder ante el ayudante de bodega. Y la institución ante el ambiente.

En la contabilidad don Arturo que vivía pendiente de las ideas, va­lores y actitudes que se expresan en la firma, recordó que todo esto que había hecho Roberto, se lo habían planteado en su C. Parece mentira, pero fue esto lo que le hizo revivir su C y recapacitar. Se dio cuenta de que todo cristiano -y el líder no es excepción- necesi­ta de al menos un ambiente cristiano para conservar su modo de ser, y que ese -ambiente cristiano debe tener una fuerza tal, que influya sobre él más que el ambiente circundante. Y regresó a su Reunión de Grupo y a su Ultreya.

Allí reconoció que había menospreciado la advertencia de que nuestra lucha debe ser simultanea en los tres frentes; que somos a la vez soldados y campo de batalla; que la lucha se lleva a cabo dentro de nosotros, con los otros y contra las ideas, valores y actitudes, que cons­tituyen un ambiente; que poco a poco, el hombre viejo había vuelto a triunfar en él, y que, poco a poco, las ideas, valores y actitudes de los otros le habían vuelto a gustar y convencer. Quedó claro que no ha­bía alternativa: o su ambiente se transformaba, o este acababa por transformarle a él.

Y empezó a orar (rodillas). Tomo la decisión firme de no retroceder en su conversión (cambio de mentalidad), y de ponerse al servicio del Señor en esa parcela de su vida, (voluntad). Comprendió que, para lograr ambas cosas, necesitaba conocerse mejor a sí mismo, a su Señor, y a los ambientes a su alcance (inteligencia). Sobre la marcha descu­brió que, lo que al principio le resultaba un sacrificio porque sus accio­nes brotaban sólo de una decisión (voluntad) y de un conocimiento (i­nteligencia), ahora le resultaba grato, espontáneo, ilusionado y mucho más eficaz porque brotaba de un corazón lleno de amor de Cristo y de un nuevo modo de ser. Todos los días el Señor le llenaba el corazón de Amor par su unión vital con Cristo, y todos los días él lo derramaba sobre los demás. Comprendió que el Señor le había dado un corazón nuevo, que quería que cada día, se le devolviera usado.

Don Arturo se sonrió cuando un día comprendió que la conquista del ambiente no era nada nuevo para él. Que ya antes -antes de que hallara a Cristo- lo había transformado -para el mal, claro esta­- con solo ser como era, y manifestar su modo de ser. Que a la luz para iluminar, le basta ser luz, y al excremento, para apestar, le basta ser excremento. Que antes, su personalidad había estado centrada y poten­ciada por la codicia, el egoísmo, la lujuria, etc., y todo ello le aguzaba su inteligencia para darle la estrategia exacta, y potenciaba su volun­tad para reclamarle las iniciativas necesarias, a fin de conseguir lo que su corazón enfermo le pedía… ser dirigente del mal le había resultado la cosa más fácil, la más natural y la más grata del mundo.

Ahora sucedía exactamente lo mismo. Lo único que había cambiado era la fuerza que lo impulsaba. La gran diferencia entre el antiguo di­rigente del mal y el nuevo dirigente cristiano no estaba propiamente en que don Arturo fuera un hombre distinto; el C no cambia a nadie. Tenía la misma inteligencia, voluntad y libertad de antes, y to­davía descubría vivas en si mismo todas o, al menos, muchas de las lacras y fallos antiguos: orgullo, cobardía, niñería, cortedad y sucie­dad. La que había cambiado era la fuerza que dominaba su persona y dirigía su vida. Ahora tenía toda su personalidad centrada por la fe y potenciada por la esperanza y el amor.             

Porque tenía su inteligencia centrada por la fe, hacía lo que Dios quiere, quería lo que Dios hace, y hacía las mismas cosas que El, y “aún mayores”. Porque tenía su voluntad potenciada par la esperanza, se lanzaba con confianza, en la seguridad de que “con Cristo todo lo po­demos”. Porque tenia su corazón impulsado por el amor, iba dando a Dios todo lo que tenia y era, a medida que lo iba teniendo, y ponía al servicio de Dios y de los hambres todas sus cualidades humanas y so­brenaturales: el amor iba aguzando su inteligencia, potenciando su simpatía, provocando su generosidad, exigiendo su disciplina, reclamán­dole iniciativas y formando su unidad.

Ser Dirigente Cristiano no requería ser un Superman. No requería el tener esas cualidades en cantidades navegables, sino en tener las que se tienen, centradas por la fe y potenciadas por la esperanza y el amor.

A la luz, para iluminar, le basta ser luz; pero a al foco de don Arturo le había faltado la fuerza que le pusiera incandescente. Cuando se lleno de, la luz, vino sola, y el iluminar fue sólo la consecuencia natural de tener esa fuerza en él. Y no la escondió bajo la cama.

Empezó a hacer amigos y hacerse amigo, para, con el tiempo, hacerlos amigos de Cristo a fin de que también “los otros” tuvieran las ideas, valores y actitudes de Cristo, y un día Cristo llegará a ser el verdadero propietario y gerente de esas vidas y de esa empresa.

Casi le salió hernia por el esfuerzo de aguantarse, para no saltarse etapas, tratando de ganar directamente para Cristo la voluntad y la cabeza de sus compañeros. Pero comprendió que el primer paso era ganarse el corazón de esas personas, mediante una simple amistad hu­mana. Lo demás vino después, y todo resultó más natural y más autentico, porque brotó, no ya de una estrategia, sino de una sincera amistad y de un verdadero amor a esas personas.

 

El ambiente de la Contabilidad se fue transformando en cristiano, y al igual que había sucedido antes, este también se proyectó sobre el de las cajeras, las secretarias, el archivo y otros, conectados a la contabilidad por las circunstancias de trabajo.

También la casa de don Arturo y sus ambientes de diversión se fue­ron transformando.

El alcance de proyección de esta cadena en el tiempo y el espacio sólo lo mediremos en el cielo. Nos parecerá increíble haber logrado tanto, y haremos bien en no creerlo, porque no lo lograrnos nosotros. “¡Es el Señor!”.

Don Arturo estaba decidido a posibilitarle al Señor la transforma­ción de toda la empresa. Pero para lograrlo, no apuntó hacia arriba, hacia la Junta Directiva, sino hacia abajo, a la bodega, que ya había de­mostrado su capacidad de influenciar la Directiva.

La conquista de “los otros» y de las ideas, valores y actitudes en su ambiente de la contabilidad era labor de él. Allí él era líder.

Pero vio claro que, en el ambiente de la bodega, no lo era. No sólo no influenciaba en él, porque las circunstancias de trabajo no lo conec­taban a la bodega suficientemente, sino porque el personal de bodega lo miraba con recelo, y lo identificaba más con “los intereses del patrón” que con su propia problemática.              

Don Arturo vio que la situación justificaba la intervención de C, y que Alberto era el candidato lógico. Seleccionado el ambiente de influencia, y detectado en él su verdadero líder, tenía que empezar el “tratamiento” de Roberto. Pero antes de hablarle a Roberto de Cristo, empezó a hablarle a Cristo acerca de Roberto. Empezó a orar por el.

“Casualidad” es el seudónimo que usa Cristo cuando no quiere firmar con su nombre. Dio la “casualidad” de que la mujer de Roberto en­fermó gravemente, y hubo que operarla. Consiguió dinero en muchas partes, pero el dinero se esfumaba con increíble rapidez. No le quedó más remedio que recurrir a la empresa. Y el canal oficial para estas solicitudes, resulto ser don Arturo el Contador.

La solicitud fue rechazada por la Gerencia. Roberto no era bien visto en esos círculos, y se le contestó que “el reglamento interno no contemplaba préstamos mayores al equivalente a tres meses de sueldo”. Al golpe que recibió Roberto, al escuchar la respuesta a su solicitud de boca de don Arturo, siguió un golpe todavía mayor: don Arturo, sonriente, le ofrecía, sin intereses ni plazo fijo, todos sus ahorros, para hacer frente a la situación. Roberto se quedó mirando los ojos de aquel desconocido, y no descubrió en ellos ningún motivo oculto. Sólo una alegría especial y un profundo amor. Desde entonces algo cambió en el corazón de Roberto.

Al principio visitaba a don Arturo para llevarle algún abono para descontar de la deuda. Luego continuó visitándole, porque aquel hom­bre lo intrigaba: algo tenía que a él le faltaba. Entre otras cosas, felicidad. Y terminó visitándolo por la simple razón de que entre ellos se había desarrollado una profunda amistad.

En que consistió el “tratamiento” de don Arturo, lo adivináis todos.

Roberto hizo el C, y lo que allí pasó, también lo podéis suponer. Lo que quizá fue distinto, es que en el Poscursillo su Padrino no per­mitió que Roberto cometiera los errores que él había cometido. Desde su vivencia le fue mostrando, en sus Reuniones de Grupo, la necesidad absoluta de una Comunidad Cristiana, para poder triunfar en la batalla simultánea en todos los frentes.

La labor de Roberto en la empresa no comenzó organizando Misas de Navidad, ni lecturas bíblicas, aunque en el transcurso de los años hubo espontáneamente de todo eso. Roberto siguió diciendo exactamente lo mismo que antes; y continuo siendo mal visto por la Junta Directiva como revoltoso, aunque la Gerencia si notó que el clima mismo de la empresa, las relaciones entre el personal, sus ideas, valores y actitudes habían cambiado, y aún la eficiencia había mejorado.

- Lo único que había cambiado en las acciones de Roberto, eran cuatro cosas:

1) Su  motivación: era evidente que el odio y el resentimiento habían sido desplazados por el Amor, y las consignas de fuera por una fuerza interior;

2) Su Jefe y Señor: el seguimiento de una doctrina fue reemplaza­do por el seguimiento de una Persona, capaz de iluminar todas las doctrinas;

3) El objetivo inmediato de su afán: “la causa” cedió su primer lu­gar a las personas. Ya no vio con alegría que las cosas estuvie­ran todo lo peor que pudieran estar, para que así se hiciera más evidente la lucha de clases, y se acelerara el proceso de cambio. Sus compañeros camaradas lo tildaron de “desarrollista” pero no podía aceptar la tesis de Caifás de que “es necesario que uno muera para que el pueblo se salve”. Porque, aunque su Dios había pensado igual que Caifás, escogió ser Él el que debía mo­rir para la salvación de todos los demás; y cambió, en fin, su objetivo final: el gobierno del proletariado cedió su lugar al Reino de Dios.

 

 

El cursillo

 ¿Qué se dice y qué se hace en un C de Cristiandad? Y, ¿por qué y para qué se dice y se hace?

Cuando sabemos qué queremos conseguir, nos es mucho más fácil pensar qué debemos decir, qué debemos hacer, Y cómo lo debemos de­cir y hacer.

 

El Movimiento de C de Cristiandad tiene:

1.- Una finalidad remota, que es la misión misma de la Iglesia en su proyección seglar: la re-animación cristiana de los ambien­tes y las estructuras;

2.-  Una finalidad próxima, que es la conversión integral y progresiva de los agentes del cambio;

3.- Una estrategia que puede resumirse en la reinserción de esos líderes conversos a los ambientes y estructuras de donde sa­lieron actuando de forma consciente y responsable, desde una circunstancia santificante.

 

La reestructuración del orden temporal -su finalidad remota- más que una finalidad, es una consecuencia; es el producto resultante de tener líderes, cada día más cristianos, actuando en lugares claves con responsabilidad y eficacia.

Los C no pueden fermentar los ambientas; lo que pueden hacer es infundir espíritu y criterio cristiano a los fermentos, e insertarlos en la masa. La fermentación la tiene que lograr cada cristiano concreto.

Por eso podemos olvidar, de momento, esta consecuencia o finali­dad última, para estudiar qué conviene decir y qué conviene hacer en el C a fin de conseguir:     

1) Que el candidato tenga una circunstancia santificante que ace­lere y perfeccione esta conversión; 

2) Que el candidato tome conciencia de su realidad externa, y se comprometa en su transformación.

 

I.- ¿Qué se dice en el cursillo?

Supuesta la Gracia de Dios, solicitada en las palancas, la conversión se procura en el C mediante:

A.- Una preparación de la persona;

B.- La proclamación de unas realidades que hay que conocer y aceptar;

C.- La motivación de una vida que hay que vivir.

 

A.- La Preparación consiste en un Rollo preliminar y un Retiro

a) En el Rollo Preliminar se explica el qué el porqué, el para qué, el para quién, y el cómo del Cursillo; es una llamada a aprovechar el C plenamente.

b) El Retiro, compuesto de tres Meditaciones, contienen en sí los tres elementos de la Penitencia;

1.- Un examen de conciencia, con la visión de nuestra “película”;

2.- El dolor de los pecados, ante el amor y perdón del Padre en la Parábola del Hijo Pródigo;

3.- Y un propósito de enmienda: “me levantare e iré a mi Padre”, motivado por las “Miradas de Cristo”, que exigen una respuesta y una reacción como la de Pedro.

 

B.- Terminada la preparación sigue la proclamación de lo fundamen­tal cristiano: una síntesis del dogma católico.

Se habla de Dios Padre y de su infinito amor en la segunda Meditación; de Cristo en todas las Meditaciones; de la Iglesia en los Ro­llos de Gracia, El Seglar en la Iglesia, Sacramentos, Comunidad cristiana y Grupo y Ultreya, especialmente, y de la Gracia en todos los Rollos místicos; del Bautismo en el Rollo de Sacramentos; de su actualización -la conversión- en los Rollos de Piedad, Estu­dio, Acción, Dirigentes, vida Cristiana, Comunidad Cristiana y Gru­po y Ultreya, en los que se destaca:

- la proyección de toda la vida a la luz de todo el Evangelio (“Piedad”);

- la configuración de toda la personalidad con Cristo (“Estudio”)

- la unión vital con Cristo (“Vida Cristiana”);

- la proyección apostólica (“Acción”, “Dirigentes” y “Estudio y “Animación de los ambientes”);         

- La vida comunitaria (“Comunidad Cristiana”, “Grupo y Ultreya”) y toda la teología acerca de la Iglesia, como Pueblo de Dios, ini­ciada en el Rollo de “El Seglar en la Iglesia.”);

 

C.- Esta proclamación no se hace de manera puramente didáctica, sino vital y existencial, con una motivación para el cambio.  

  En el Cursillo nos hallamos con:

1.- La promesa de encontrar en esos días la verdadera y auténtica felicidad (en el Rallo Preliminar);

2.- Una visión de nuestro pasado, en la primera Meditación, y en las falsas posturas denunciadas en casi todos los Rollos;

3.- En “ideal” se hace una llamada a ser hombres;  

4.- En “Gracia”, una llamada a ser cristianos;

5.- En el “Seglar en la Iglesia” “Acción” y “Dirigentes” una llamada a que el hombre cristiano sea miembro activo y responsable dentro del Pueblo de Dios;

6.- En “Fe” una llamada de Dios y de la Iglesia orante a la con­versión;

7.- En “Piedad”, el testimonio de alguien que ha respondido a esta llamada;

8.- En la intervención del Rector en la segunda noche, una llamada a dar ya el primer paso, reconciliándonos con Dios por la confesión;

 

9.- En “Estudio” se señalan los obstáculos ordinarios para el salto inicial de conversión;

10.- En “Obstáculos” se prevén las dificultades a la vida de la Gracia. Se nos presenta la forma de vivir y acrecentar esta vida en “Vida Cristiana”;

11.- Se nos ofrece un modelo: en la figura de Cristo;

12.- Se destaca lo que Él ha hecho y hace por nosotros para posibilitar la plenitud de nuestra vida cristiana en “Sacramentos”;

13.- Y se nos da el porqué de todo lo que El ha hecho y de todo lo que debemos hacer: porque Él nos amó primero, y nos amó hasta el extremo: Meditación de la Pasión, en el Rollo de “Co­munidad Cristiana”.

 

Ahora bien: ¿Qué se dice en el C para lograr que el hombre tome conciencia de su realidad externa y se comprometa con su transformación?

“El Seglar en la Iglesia” da la primera visión, aunque no la última, del mundo que nos rodea, como algo muy distinto de lo que Dios planeó para el hombre.  

En “Obstáculos” se ve que el Plan de Dios para el hombre no ha cambiado, y se detecta la frustración del Plan por el pecado.

En “El Seglar en la Iglesia”, se define el apostolado en sus dos vertientes de evangelización y reestructuración del orden temporal.

En “Acción” se dice que este apostolado no es una supererogación, sino algo consustancial a la vida cristiana, exigencia del Bautismo -del ser Iglesia-, de la Confirmación y del precepto de la caridad.

En “Dirigentes” se ve nuestra corresponsabilidad en esta situación, la necesidad de un cambio y la posibilidad del mismo.

En “Estudio y animación cristiana del ambiente” se explicita como lograrlo.      

En “Comunidad Cristiana” como se está logrando. En “Grupo y Ultreya”, cómo asegurar su logro.

La fermentación cristiano de los ambientes  debe lograrse desde una circunstancia santificante, porque estos están insertos en circunstancias normalmente hostiles a la vida de la Gracia, y porque la con­versión, iniciada en el C no es completa ni perfecta, y debe re­novarse, acelerarse y perfeccionarse a lo largo de toda la vida.

Esta circunstancia envolvente, en la normalidad de las vidas con­siste en una unión vital con Cristo y una comunión con los hermanos. Ello se explica y testimonia mayormente en los Rollos de “Comunidad Cristiana” y “Grupo y Ultreya”.

 

¿Qué conclusiones podríamos sacar de lo dicho?

a.- Aunque en el C no se dan etapas rígidas porque la pedagogía exige, para la mejor comprensión y fijación de ideas una regresión hacia temas ya tratados, una repetición constante de las ideas-fuerza y una proyección hacia temas que luego se ampliarán, pueden distinguirse en el C diferentes fases sucesivas y con­catenadas con formalidades distintas, que se deben respetar de cara a la eficacia.

b.- No se trata de un conocimiento progresivo de la teología, sino de conjugar elementos de teología, psicología y pedagogía, para saber qué decir, cuánto decir, qué no decir y cuándo y cómo decirlo, para lograr lo que se pretende.

c.- En el Mensaje del Cursillo se adivinan tres grandes fases: de información (de “Ideal” a “Piedad”), de testimonio (de “Piedad” a “Acción”)  y de lanzamiento (de “Acción” a “Comunidad Cristiana”). En las dos primeras se informa y testimonia lo que Dios ha hecho por nosotros -Dogma. Y Sacramentos-; hasta la tercera fase no se lanza a una respuesta directa a corresponder a este amor.

d.- El “qué decir” esta definido por la triple finalidad, que señalábamos antes, y por el carácter kerygmático del C. En C todo lo que no esté orientado a procurar la conversión, a compro­meter en la transformación del mundo, o insertar en una circuns­tancia santificante, está sobrando.

En consecuencia, ningún Rollo puede tener como meta el simple conocimiento de una verdad. Se pretende llegar por el estudio al conocimiento, por el conocimiento al amor, por el amor a la fe –decisión  personal y existencial del hombre ante Dios-, y por la fe a la vida.

e.- En inigualdad absoluta de temario, un C puede ser puramente kerygmático o convertirse en catequético, según la intención, for­ma o estilo con que se expongan y orienten las verdades en él contenidas. Un Rollo de “Sacramentos” será catequético si pongo el énfasis en la materia, forma y ministro del Sacramento; será ke­rygmático si mi intención es mostrar el amor infinito de Cristo por nosotros. En un Rollo kerygmático todo de be estar orientado a la conversión del individuo.

f.- Tan importante como decir cosas es lograr que se acepte lo que se dice: dar convencimiento. En la aceptación de lo que se dice, in­tervendrá:

 

1.- La obligatoriedad del Mensaje, que será tanto mayor cuanto más fundamentales o vitales sean las verdades que se exponen. Sacrificamos o mermamos la obligatoriedad del Mensaje, cuan­do nos apartamos, en lo teológico, de lo fundamental cristiano; en lo humano, del sentido común y del conocimiento exacto de la realidad.

Cuando exigimos a alguien lo que no le obliga, cuando exigimos a todos lo que no obliga a todos, o cuando se exigen imposibles. Cuando se desubica a las personas, se violenta su vacación o se exceden sus carismas.

Cuando se pide menos de lo que pide el Evangelio. Cuando se exige más de lo que exige el Evangelio.

En el Cursillo no se crean obligaciones; sólo se descubren obligaciones ya existentes, contraídas en el Bautismo;

2.- Que la presentación del Mensaje se haga en forma asequible a todos. Los doctores, los teólogos, los filósofos y los literatos, a veces deslumbran, en lugar de iluminar;

3.- Que la verdad vaya respaldada por el testimonio de una vida;

4.- Que procuremos dar vivencia de todo aquello de que se habla en el Cursillo: Dios, Cristo y su Espíritu, Iglesia, Gracia, Con­versión, Amor a Dios, Amor al prójimo, Amor al mundo.

 

¿Cuánto  hay qué decir, y que no hay que decir? Contamos solamente con tres días, y, aunque en tres se puede decir mucho, es asombro­samente paco lo que se logra fijar. Preguntemos a cualquiera qué re­cuerda de lo que se le dijo en el C. A veces sólo queda que “Somos hijos de Dios, hermanos de Crista y templos del Espíritu Santo”. A veces esto basta. Lo logramos repitiéndolo setenta veces siete veces.

El C no pretende solo exponer unas verdades, sino fijarlas y grabarlas, como con fuego, en la mente y el corazón. Para aprender más doctrina, hay tiempo de sobra, y la Iglesia tiene mil medios para enseñarla. El C -se dice la primera noche- se hace sólo una vez en la vida. Nuestra capacidad de absorción es limitada.

¿Cuánto hay que decir? Lo indispensable.

¿Qué no hay que decir? Todo lo que sea sobra­do, o distraiga la atención, o diluya o sepulte lo fundamental cristiano.

¿Cuándo decirlo? Es también importante. Tan importante como ser exacto es ser oportuno. Hay una fase de lanzamiento, que cronológica­mente dura la mitad del C. Sin embargo, he visto hacer lanza­mientos desde la misma noche de entrada. He visto esperar una res­puesta donde no ha habido una llamada. He visto esperar una respuesta al amor de Dios; -antes de haber conocido y experimentado el amor de Dios.

No debemos hacerlo así, por la simple razón de que el procedimien­to no da resultado. La experiencia lo ha demostrado. En el primitivo esquema de evangelización, la Iglesia tiene dos etapas: en la primera se presentaba el Dogma y los Sacramentos, orientados a mostrar la Buena Nueva, el amor de Dios y lo que Dios ha hecho por nosotros. Solo entonces se hablaba de los Mandamientos. Del Mandamiento. Hoy, en cambio, aprendemos los Mandamientos antes de conocer quien los manda, ni por que ni para que.

Aprendamos de Cristo, que sabe dar primero su cuerpo, su Sangre, su Vida y su Espíritu, antes de mandar a los discípulos a transformar el mundo.

- un discurso retórico o una arenga;

- una conferencia;

- una charla-intrascendente, pues intentamos dar lo fundamental cristiano;

- ni un sermón impersonal; si escogimos a unos candidatos, hay que escoger lo que se les debe decir.

Un Rollo es una explicación en público de unas realidades, hecha en forma simple, profunda y encamada, para comprometer.

Debe mantenerse en el- campo del dogma del sentido común y de la realidad exacta y evidente. Cuando esto se logra, el C resulta prácticamente difícil de ser rechazado, supuesta la Gracia de Dios.

Debe hacerse en forma simple, para que sea asequible a todos, más fácil de captar, de digerir y de recordar.

De forma profunda, para que llegue hasta el corazón y hasta las últimas fibras del ser.

De forma encarnada, es decir, testimonial. La maravilla de Cristo no es que sea la Palabra, el Verbo, si no que sea el Verbo Encarnado. Par eso convence y arrastra. Porque vivió lo que predicaba. La gente no quiere oír doctrina. Quiere verla caminando para creer en ella. El mundo no quiere maestros, sino testigos.

El Rollo no se da para que guste, ilustre o entretenga; se da para comprometer.

 

Para comprometer es necesario que el Rollo:

- se comprenda: simple;

- que se asimile -profundo y

- que se haga vida: encamado.

 

Hay una verdad: la del esquema. Hay que darla toda. Todo el es­quema tiene una razón de ser.

Hay una vida: la del Rollista. Verdad que se esta viviendo o se trata limpiamente de vivir.

Hay unos destinatarios, con idiosincrasia y capacidades distintas pero conocidas, lo cual exige unas adaptaciones en la forma, según el auditorio: el ejemplo de Cristo, al explicar la Gracia: la dracma per­dida; la perla de gran valor, el tesoro escondido.

Estos destinatarios tienen una disposición, una circunstancia, una religiosidad y unos problemas distintos, que suponen adaptaciones en el contenido del Rollo; con mayor énfasis en algunas de sus partes.

La finalidad del Rollo responde a la finalidad de cada fase del C. Un buen Rollo no es un “Rollo bonito”, donde llora hasta el apun­tador, sino el que logra todo lo que con él se pretende conseguir en ese momento del C.

Los Rollos son necesarios, pero no lo son todo en el C. En todo caso, Pongamos un 50 %. Lo más importante es la vida cristiana de los Dirigentes, comunicada al lograr encuentros plenos de personas, por una convivencia integral y por el clima del C.

Con lo que se dice en el C, hemos logrado solamente dar co­nocimiento, por la palabra, y convencimiento, por el testimonio. Pero,

 

II.- ¿Qué se hace en un cursillo?

¿Cómo damos vivencia y convivencia de lo fundamental cristiano?

 

La vivencia de lo fundamental cristiano.

Dar vivencia de algo no es lo mismo que “contar vivencias”. Dar vivencia de algo es hacer presente, actual, experimentable, aquello misma que se proclama o se expone en palabras.     

En el C se da vivencia de Dios, al encontrarlo en Cristo: “Quien me ve a Mi, ha visto al Padre”.

Se da vivencia de Cristo, que está realmente presente, porque nos reunimos en su nombre, y presente en cada uno de nosotros por la Gracia, y asequible en el Sagrario, como lo testimoniamos con nuestras Visitas habladas.

Se da vivencia de la Iglesia, que se hace presente y experimentable en el espíritu de unidad, amor, servicio y solidaridad del Equipo de Dirigentes, representantes y enviados -eso quiere decir apóstol- de esta Iglesia y en la intendencia o palancas de una cristiandad, que está en espíritu y verdad con los Dirigentes del C.

La Gracia se hace asequible y experimentable por medio de los Sacramentos -Penitencia y Eucaristía- y por tantos testimonios del amor de Cristo por nosotros.

Nuestra propia conversión se hace experimentable por el testimonio del Rollista, pero sobre todo por la convivencia de tres días y por el encuentro pleno de personas en la llamada  “labor de pasillo”.

El amor a Dios lo demostramos con la oración y la liturgia. Nuestro amor al prójimo, amando y sirviendo a cada uno de los asistentes de mil maneras: preocupándonos por su confort por su alegría, por sus problemas –sondeo- por su solución -estoque-, y por su futuro: vuelo de reconocimiento.

 

La convivencia general en el Cursillo.

Finalmente, llegamos a lo que, a mi modo de ver y supuesta la intendencia, es lo más importante de un C la convivencia

Un C por correspondencia o por televisión, es imposible. Co­mo es imposible un C, en el que los asistentes o los Dirigentes, una vez terminados los Rollos, se fuesen a sus casas.

Así como Jesucristo es a la vez la Verdad la Vida y el Camino hacia ambas, también el C supone unas verdades de Dios, las vidas de unos hombres, y un camino para llegar a ellas que es la convivencia.

Se trata de llegar por la convivencia a un encuentro pleno de personas; por el encuentro pleno, al conocimiento de las vidas de esas personas, y por el conocimiento de esas vidas, al convencimiento y aceptación de unas verdades que por estar encarnadas en las vidas de esas personas, invitan a creer y a vivir.

En el C podemos diferenciar dos tipos de convivencia: una de tipo general, de todos a todos, y una convivencia de tipo particular, mediante los contactos personales. Me gusta hablar de ellas separadamente.

Evidentemente la convivencia de todos a todos no puede ser una convivencia cualquiera, sino un tipo de convivencia especial, que per­mita hacer presente y experimentable es decir, que permita dar vivencia de lo fundamental cristiano: dar vivencia de caridad fraternal, viven­cia de conversión, vivencia de Cristo.

En una convención nacional de ajedrecistas, hay, sin duda, convi­vencia, pero no el tipo de convivencia que necesitamos; le falta un clima adecuado.

Entendemos por clima el conjunto de actitudes y circunstancias que determinan el tipo de una convivencia.

¿Qué circunstancias y que actitudes son esas, que hacen, posible el que la convivencia de un Cursillo sea apta para descubrir, en las vidas de unas personas, unas verdades de Dios, y tener vivencia de ellas? Las resumiríamos así:

1.- Sinceridad: dicen que una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil, y que basta que un eslabón se rompa para que se rompa la cadena.

En el C se da una cadena de verdades eslabonadas; con fre­cuencia, el Cursillista duda de cada uno de los eslabones. Si a cada duda sigue luego un convencimiento de que aquello era cierto, que cuanto se les dijo era verdad, después de tres o cuatro eslabones acaban por aceptar la cadena entera. Si, por el contrario, se descubre una pe­queña falsedad, la cadena se rompe y se rechaza. Una falta de sinceri­dad, descubierta un año después, puede ser suficiente para que un Cursillista se desilusione. A la sinceridad se falta con verdades a medias.

2.- Respecto a la libertad: si Dios la respeta, es lo menos que pode­mos hacer nosotros. La conversión o es un acto libre y personal, o no es conversión.

No se trata de arrancar decisiones, sino de madurar convicciones. La libertad se puede violentar entre otras formas:

a) Con un ritmo excesivamente acelerado. Cuando hay bombardeo de ideas, sin tiempo para su asimilación, la persona se ve obligada a aceptar la idea anterior, para poder atender la siguiente; pero su acep­tación es superficial. Hay necesidad de recreos largos y de descanso suficiente.

b) Mediante una malentendida solidaridad de grupo. Es el caso de la “oveja negra” de la Decuria. Erradamente buscamos que no tenga la cara para decir que no, cuando lo que pretendemos es que tenga corazón para decir que si. No debemos presionar. Aunque no se vio­lente, se irrespeta la libertad cuando el Rollista pretende decir no sólo lo que cada uno debe hacer, sino hasta lo que debe pensar.

3.- Autenticidad y normalidad: lo normal es siempre auténtico, Y lo autentico suele ser normal. Hay que evitar profesionalismos, alegría prematura, vocabulario desacostumbrado y todo exceso de atenciones, de entusiasmo y de simpatía. En cada C se dice de alguien que parece “cura” disfrazado. Hay que ac­tuar como seglares, no como “curas”. Cada día resulta más fácil, porque los curas están dejando ciertos “estilos”; que les eran peculiares. Es preciso, sin embargo, que el “cura” sea aceptado como “cura”, no a pesar de ser “cura” porque actúe como seglar.

4.- Humildad. Una humildad real, no aparente, ante los hombres y ante Dios:

a) Ante los hombres, pues no se trata de mostrarles nuestras riquezas, sino de que ellos descubran las suyas. Debe haber claridad y sencillez en los Rollos. Hay que saber escuchar valorar las sugerencias, las objeciones, las iniciativas de los demás.

Ante Dios, en actitud de sembrar y de regar, pero sabiendo que sólo El da el crecimiento.

5.- Iniciativa que siempre es el resultado de un buen criterio, por una parte, y de la confianza en Dios, que opera a través nuestro. El que está esperando a que el Rector le oriente o porque no sabe lo que está pasando, o no confía en el Rector Supremo.

6.- Santa “mala intención” para ser astutos como serpientes / prudentes como palomas, lo cual no es lo mismo que “pasarse de vivos”.

 

7.- Santo temor y temblor a tener la vida muy por debajo de la verdad que predicamos. Para ser Dirigentes de Cursillos no nos va quedando más remedio que ser santos y cada día más santos.

8.- Criterio de eficacia, sabiendo que no buscamos una clausura “espectacular”, sino una vida perenne, no que la fruta caiga sino que madure.

9.- Y en todo y con todos, caridad manifestada como comprensión, tolerancia, paciencia, servicio y entrega.

 

Todo en el C –los Rollos, la liturgia, la alegría, los cantos, los chistes,, las Decurias- tiene su razón de ser, su importancia. Vamos a destacar sólo tres elementos, que colaboran de forma espacialísima en la eficacia de la convivencia:

1) El aislamiento: para ver el bosque hay que salirse del bosque. Al hacer un alto en el camino, conviene estacionarse fuera de él, o nos atropellan. Para tener un clima-aire acondicionado- hay que cerrar las puertas y así la convivencia es más intensa;

2) Un conocimiento previo y una selección de candidatos, con una personalidad y una circunstancia conocida, con una disposición procurada por el “tratamiento” en el Precursillo

3) La heterogeneidad:

-de la iglesia con conocimientos de doctrina distintos, con religiosidad, carisma y madurez distintos;

-la del mundo, con una educación, una problemática, unas profesiones y vocaciones distintas.

Ello permite experimentar que la unidad en la Iglesia es posible.

Unidad en la diversidad, no en la uniformidad. Así es posible experimentar la caridad cristiana, que se proyecta más allá de los intereses comunes, más allá de los problemas en común, de la afinidad de caracteres, de la diferenciación y de la afinidad de una clase social o de un gremio.

Donde se puede amar no sólo a los que nos aman, sino también a los próximos y a los menos próximos. A los lejanos y a los enemigos.

Y convivir todos como hijos de Dios, hermanos de Cristo y hermanos todos el uno del otro, aprendiendo a ver a todos con los ojos de Cristo, ante quien valemos igual, porque pagó por nosotros el mismo precio: su Sangre.

 

La convivencia particular en el C.

Lo que llamamos “sondeo” debe entenderse como un encuentro con el hombre. Consiste en tratar de hacemos amigos, con apertura y simpatía por nuestra parte, facilitando que “el otro” se abra, porque pre­viamente yo me he abierto y he buscado su amistad; será el encuentro de dos hombres.

Lo que llamamos “estoque”, debe ser el encuentro con un cristiano, permitiendo al “otro” que pueda encontrar en nuestra vida de fe, de esperanza y de amor, la verdad que El necesita. Para ello se necesita una total sinceridad y, sobre todo, muchísimo amor.

Lo que llamamos “vuelo de reconocimiento” deberá ser el encuen­tro con un miembro responsable y activo de la Iglesia, tratando de mostrarle nuestra proyección apostólica en el “Cuarto Día”, como una invitación a que él haga otro tanto, aunque no lo mismo.

En resumen: lo que se dice en un C está orientado a dar conocimiento por la palabra, y convencimiento por el testimonio; lo que se hace en un Cursillo, esta orientado a dar vivencia y convivencia de lo fundamental cristiano.

 

 

Mi rollo sobre el estudio

El mundo ha dejado de ser cristiano. No es extraño que muchos se sientan como extraviados. Peor todavía: sin rumbo, sin brújula. Por que Cristo es el único camino, ¡y lo hemos perdido!

No es extraño que se viva en el error, o, peor todavía, en la mentira, en la hipocresía, sin base o sin sentido porque El es la Vida. ¡y no lo tenemos!

El mundo ha dejado de ser cristiano. Muchos de nosotros también. ¿Por qué? Es la pregunta a la que quisiera saber dar ahora respuesta.

Sin duda hay muchas razones, o al menos, muchas excusas. En el fondo; la principal razón de por qué muchos no somos cristianos -y ya sé que les va a parecer absurda- es que no conocemos el cristianismo auténtico, o no queremos aceptarlo.

Entre vosotros hay muchos “leídos y estudiados”. Yo también era leído y estudiado. Me eduque en un colegio religioso, y me gradué en una Universidad católica. Después de dieciséis años de estudiar religión –dogma, moral, culto, apologética, leyes, normas y ritos- no supe qué era ser cristiano. No hice sino aprender un montón de verdades a medias.    

  Y una verdad a medias es la peor de las mentiras: penetra por lo que tiene de verdad, pero envenena por lo que tiene de mentira. Una mentira-mentira no engaña a nadie. Pero una verdad a medias convence por lo que tiene de verdad, y engaña por lo que tiene de mentira. Y el resultado es que permanecemos en el error, porque estamos convencidos de que no tenemos la verdad.

El que nada sabe está abierto a la verdad. El que aprendió verdades a medias, esta vacunado contra la verdad total.

 

Algunos prototipos

a) He visto amigos que se llaman ateos, y lo son. Y lo son con todo derecho y razón, porque el Dios en el que no creen, nunca ha existido. Les presentaron una visión tan distorsio­nada de Dios, que era imposible aceptarla. Y llegaron a la con­clusión de que Dios no existe nunca ha existido. Les presentaron una visión de Dios que era imposible aceptarla. Y llegaron a la conclusión de que Dios no existe. Y existe Dios; pero como Dios no era el Dios que le presentaron nunca  pudieron conocerlo.

b) Conozco a otros que dicen que el cristianismo es cosa de niños; algo infantil y ridículo. El de ellos realmente es cosa de niños. Tan cosa de niños, como que esta basado en aquello que aprendieron para recibir la Primera Comunión, sin que nunca se preocuparan por entender aquello desde una mente adulta. Por eso su cristianismo es ridículo. ¿Que se diría si yo viniera aquí a dar un Rollo con mi vestido de Primera Co­munión? Me verían ridículo, claro. ¡Pues es igual! Ni el vestido ni el cristianismo nos sirven ahora a nivel de Primera Comunión. Nosotros hemos crecido, pero nuestro cristianismo se quedó chiquito.

Es el cristianismo infantil del que ahora cree en Dios, por lo mismo que entonces creía en el Nino Dios: para que le trai­ga juguetes. Y cuando Dios no le da juguetes -los juguetes de niño grande-, deja de creer en Dios, igualito que cuando dejó de creer en el Niño Dios: cree en Dios y se porta bien, por las ventajas que le puede traer en este mundo o en el otro.

Es el cristianismo del que todavía no ha descubierto que no puede existir el Niño Dios que trae juguetes sólo a los niños ricos, sino que el que existe, nos dice que El no hace acepción de personas: el Dios que hace salir el sol, y llover sobre: Justos y pecadores por igual. El que con su Sangre nos igualó, al pa­gar el mismo precio por todos nosotros.

Si aquel hombre hubiera estudiado un poco más, hubiera aprendido que miente el que dice a los pobres que se confor­men con su miseria, porque esta es la voluntad de Dios. Esta no es la voluntad de Dios, sino la voluntad de los hombres. Dios no fabrica pobres; los fabricamos nosotros. Dios aborrece el pecado y la miseria de muchísimos hombres. Esto es el pro­ducto del pecado de otros muchos hombres: de su avaricia, de su lujuria, de su ambición, de su gula, de su egoísmo... o de su pereza.

Todos estos conocían una “verdad a medias," contra la verdad completa.

c) Hay otros que creen que el cristianismo consiste en una serie de cosas que hay que hacer, y, como para ellos lo importante es hacerlas, no necesitan estudiar qué sentido tiene aque­llo que hacen, porque lo hacen o para que. Son los rutinarios. Viven de la obligación y del cumplimiento. Van a Misa porque hay que ir. No entienden la Misa, ni se han preguntado porque van a Misa, o para qué. Son muy cristianos, y llegan tarde a Misa y se quedan a la puerta queriendo imitar al Publicado del Evangelio, pero es par salir los primeros. Pero siempre salen igual que como entraron.

Cumplen sus promesas al Santo, porque, si no, se fastidian. Confiesan sus malas acciones, pero no cambian sus erradas actitudes. Comulgan una vez al año, en las primeras comuniones de los hijos, y en las Misas de muerto de los parientes.

d)  Para otros el cristianismo ni siquiera consiste en hacer ciertas cosas, sino en no hacer un montón de cosas: no robar, no matar, no fornicar.

Los judíos tienen estos mismos Mandamientos, los cumplen mejor que nosotros, y no son cristianos.

Estos que centran el cristianismo en un no hacer, son los que todavía creen que las cosas son pecado porque están prohibidas, y no que están prohibidas porque nos dañan. El Señor, que nos ama, nos advierte del peligro, porque quiere que seamos felices.

Saben que algo es prohibido, pero no se preocupan en averiguar porqué. Se abstienen de hacer lo prohibido. Sí, se creen “vivos”, para ir al cielo. Si, son sinceros, para pasar por buenas personas. Si son pícaros, para que no los metan presos. En el fondo lo importante, para ellos, no es no hacer el mal, sino el poder hacerlo sin que nadie se entere: El mal no está en robar, sino en que los agarren. La importante no es ser felices, sino parecerlo. Lo importante no es ser buenos, sino ac­tuar como si lo fueran.

Todos estos conocen la ley, pero no son amigos del juez.

Para ellos el cristianismo es una carga y no una liberación. Cristo es un opresor, no el Salvador. Viven en el temor, y no conocen, el amor: Han hecho del Evangelio, en vez de una Buena Nueva, una nefasta noticia. A estos cristianos burgueses, que no roban, que no matan, que no hacen nada malo, pero tampoco hacen nada bueno, debemos recordarles que el Señor nos juzgará par lo que pudimos hacer y no hicimos: “Tuve hambre, y no me diste de comer; tuve sed, y no me diste de beber; estuve desnudo y no me vestiste”.

e) A otros les pasa lo que a un amigo mío. Estaba conversando con él y le dije:

-¿Eres quizá cristiano?

-¡Claro, -me dijo-; yo creo!

-¿Crees en qué? -le volví a preguntar.

-¡Pues, en Dios!

-Hombre, le dije; los budistas creen en Dios, y los mahometanos creen en Dios. Y no son cristianos.

- ¡Am, me dijo, porque no creen que Cristo es Dios; pero yo si creo!

También yo creo que Somoza es Presidente y, sin embargo, no soy somozista. ¡Y el diablo cree que Cristo es Dios! Es más está se­guro de que Cristo es Dios y, sin embargo, no es cristiano!

- ¡Ah, me respondió, ya me estás enredando!

-¡No, enredado ya estás, pero no porque te haya enredado yo!

El cristianismo no consiste esencialmente en unas verdades que haya que creer, sino en una proposición que hay que aceptar.

Si yo digo: “Dios es Omnipotente”, tú puedes replicar: ¡creo! Y ¿qué quieres decir con eso de “creo”? Pues que es Verdad. De la misma manera que es verdad que esta pared es blanca; pero, si fuera verde, daría igual.

El creer que algo es verdad, no es suficiente. Es verdad que Dios es tu Creador, y es verdad que lavarse los dientes evita la caries. Pero aquello no es algo más importante para ti; porque, tres veces al día, te acordarás de lavarte los dientes, pero ni una sola te acordarás de Dios.

Si Dios simplemente existiera, bastaría con creer en El. Pero si Dios se te acerca, y te dice: ¡Oye, hijo; yo soy tu Padre; fíjate bien, res “igualito” a mí! Aunque no hayas vivido conmigo, Yo te amo. Es más: te necesito, me haces falta. Cuando aún estabas inconsciente te busqué. Tu hermano Mayor te dio una transfusión de su propia sangre, y te estamos curando las heridas. Todo lo mío es tuyo. Quiero que seas gerente y socio de mis empresas, y que vengas a vivir en mi casa junto con tus hermanos. Que estés donde ya esté…

A esto no basta contestar “creo”. No te estoy preguntando si crees, sino si quieres, si aceptas. Sólo se puede decir “Amen”, que es como termina el Credo.

Y menciono el Credo, porque el Credo -el dogma de la Iglesia- no es sólo una síntesis de lo que debemos creer para salvarnos, sino la historia de lo que Dios ha hecho y sigue hacienda para que seamos salvos.

 

Dios se acerca al hombre

¿Que nos dice la Escritura? Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, pasando por el Evangelio, se nos dice cómo Dios se acerca al hombre. No la historia del hombre buscando a Dios, sino la historia de Dios que se acerca al hombre, y lo sigue, y lo persigue hasta que lo consigue.

Y cuando llega, ¿qué le dice? Le dice: “Yo soy tu Padre, Dios todo perfección y gracia. Como no encuentra la manera de darse a cono­cer, lo más parecido que encuentra para que nosotros entendamos lo que es y quiere ser para nosotros, dice: -Yo soy tu Padre. Quiero que, me trates de tú: «Venga tu Reino; hágase tu voluntad”. Y que me llames: “Abbá”, Papa.

“Yo te amo. Te amo a ti concretamente, “a Juan” de una manera personal.

Vosotros, los hombres, amáis a los hijos antes de nacer; pero ni siquiera sabéis si será niño o niña. Yo te amo sólo como a un hijo, desconocido, sino como a “Juan”. Te amé como ibas a ser. Y, porque te pensé, existes. Así dice Yahvé, tu Creador: No temas: te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Eres precioso a mis ojos: eres estimado, y Yo te amo. No temas; Yo estoy contigo” (Is 43, 1-3). “Con amor eterno te he amado; por eso he reservado gracia para ti” (Jr, 31,3).

¿Quieres saber cómo te quiero? “¿Puede olvidarse una mujer de su niño de pecho, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien aunque ella llegase a olvidarse, Yo nunca me olvidaría de ti” (Is, 49, 15), El Señor nos ama antes de que pequemos, mientras estamos pe­cando y después de haber pecado. Porque el Señor aborrece el pecado, pero ama al pecador. Como la madre, que aborrece la calentura por­que hace sufrir al niño, pero al niño lo ama siempre -y más aún qui­zá-, cuando está con calentura.

“Los montes se correrán, y las colinas se moverán; pero mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá” (Is 54, 10). Y esta es Palabra de Dios. Y porque es Palabra de Dios, que nunca pasa, ya sabemos como sigue la historia: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la que corres­ponde al Hijo Único del Padre” (Juan 1, 14). En Él todo es amar y fi­delidad.

“El, que era de condición divina, no se aferró celosamente a ser igual a Dios, sino que se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y, en la condición de hombre, se humilló, hecho obediente hasta la muerte y muerte en una cruz. Por eso Dios lo engrandeció, y le concedió un nombre sobre todo nombre, para que, ante el nombre de Jesús, toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesús es Señor, para gloria de Dios” (Flp2, 6-11).

“Tanto ama Dios al mundo, que le dio a su único Hijo, para que todo el que crea en Él, no perezca, sino que tenga la vida eterna, pues Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3, 16-17).

Dice San Agustín que, por amor a nosotros, el Padre hizo con el Hijo lo mismo que Judas: lo entregó a la muerte.

Nos sigue diciendo el Padre: “Todo lo mío es tuyo”. San Pablo lo dice de otro modo: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios”. Quiero que seáis gerentes y socios de mis empresas. Porque esto es lo que significa ser Iglesia: depositarios y conti­nuadores de la obra del Señor en la Creación, en la Redención, en la Santificación; Que vengáis a vivir en mi casa, junto con vuestros hermanos. Que estéis donde yo esté, y seáis hijos en mi casa. “La voluntad de mi Padre es que todo hombre que ve al Hijo y cree en Él, tenga la vida eterna; Y Yo le resucitare en el ultimo día” (Jn 6, 40). “Yo soy la resurrección y la vida” (Lc 4, 25). “Te ruego par todos aquellos que me has dado: Yo quiero que allí donde estoy Yo, estén también ellos conmigo y que contemplen mi gloria...” (Jn 17, 24)

Leyendo este párrafo de S Juan, comprendí lo que yo llamo “el complot de Dios”, la confabulación de Dios para salvarnos. Me imagino la “Corte Celestial” constituida así:

Juez del Distrito del Crimen: Jesús de Nazaret, hermano del acu­sado, el que fue condenado a la muerte en la cruz, asumiendo la condena de todos nosotros.

Abogado defensor: el Espíritu Santa, amor y omnipotencia de Dios. Corte de Apelaciones: la Madre del Acusado, con todo lo que es capaz de hacer una madre por su hijo, y con su poder para hacerlo.

Corte Suprema de Justicia: el Padre del Acusado. Único Artículo de la ley: se prohíbe ser infeliz.

Único Mandamiento: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”.

Se necesita ser descastado para condenarse; pero que los hay, los hay.

Sigue diciendo al Padre el Señor: “La gloria que Tú me diste, se la di a ellos, a fin de que sean uno, como Tú y Yo somas uno. Yo en ellos y Tú en Mí, para que sean consumados en la unidad” (Jn 17, 22-23).

Nuestro destino es estar con Él y ser unos con la Santísima Trini­dad: el Padre, el Hijo, el Espíritu santo y “Juan”, una sola cosa. Lo dice San Pedro en su primera carta: “Este Cristo, con su propia grandeza y poder, nos entrega las promesas más extraordinarias y preciosas, para hacernos así partícipes de la naturaleza divina” (1Pe 1,4),

Y lo confirma S. Juan en su primera carta: “Ya la sabemos: cuando Él se manifieste en su gloria, seremos semejantes a Él” (1Jn 3, 3).

Prefiero que sea Él quien siga hablando: “YO os he amado como el Padre me ama a mí: con toda la fuerza de que es capaz de amar Dios que es infinito amor. Permaneced en mi amor... Esto os lo digo para Yo gozarme en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. Este es mi pre­cepto: que os améis unos a otros como Yo os he amado. Nadie tiene amor mayor que este de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando. Ya no os digo servidores, por­que el servidor no sabe lo que hace su señor; os digo amigos, porque os he dado a conocer todo la que aprendí de mi Padre. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a Vosotros y os he destina­do para que vayáis, y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. Entonces cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Yo os ordeno esto: que os améis unos a otros”.

Yo no creo que se necesite ser ni sabio ni erudito; ni siquiera es necesario saber leer y escribir para entender esto:

1) “Yo os amo como el Padre me ama a Mí”;

2) “Amaos los unos a los otros.

 

No hay nada difícil de entender; se trata simplemente de aceptar:

“Dichoso, -dice el Señor-, el que escucha mis palabras, y la pone en prác­tica”.

Y el colmo de la ternura es que, hasta para que podamos poner esto en práctica, nos tiene el Señor un regalo: para que no podamos decir “YO quiero, pero no puedo”, el Señor nos da su propio Espíritu, que es su propio modo de ser, su manera de amar: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”, dice San Pablo (Rm 5, 5).           

Este es el don de Dios, el regalo de Cristo. Él mismo, dándose a nosotros gratuitamente, para, que podamos ser como Él, y hacer las mismas cosas que Él, y aún mayores (Jn 14, 12), Y vivir en comunidad con los hermanos, como Él vive en comunión con el Padre y el Espíritu Santo.

Tener fe no consiste solo en creer, en tener por cierto que Cristo es Dios, o en admitir que lo que está escrito en el Evangelio, realmente sucedió, que lo que Cristo enseñó, es muy bueno. Yo sé que Obama es un personaje retieso, y que lo que ha dicho la Prensa de él es cierto y que hasta me gustan sus discursos; pero, para ser sincero, Obama me tiene sin cuidado. A lo mejor, si lo conociera o me encontrara con él, todo sería distinto.

Yo me encontré un día con Cristo. Sé que ha resucitado y vive. No lo busqué yo a Él. Él me salió al encuentro. Sucedió hace once años, un mes y once días. Y podría describirlo como si hubiese sido hoy.

No hubo en Él ninguna reclamación, ni un reproche por mi vida pasada. Por el contrario, me inundó con su ternura y su alegría, y supe que Dios es amor.

Vine al Cursillo, donde Él me dijo: “Venid a mí los que andáis agobiados por el peso de una carga enorme, que Yo os aliviaré. Y descubrí que el Señor es fiel a sus promesas. Poco  a poco, me fue reconstru­yendo el corazón, y me dio unos nuevos ojos, para ver con ojos nuevos las cosas de siempre. Y supe que era la paz. Y supe que ser cristiano y ser feliz es la misma cosa, porque las dos consisten en ser como Él. En tener su modo de ser y su manera de amar.

Recuerdo como me resistía a aceptar las Bienaventuranzas –“Dichosos los pobres, dichosos los mansos."-. 0 sus consejos: “Perdonad a los que os ofenden, amad a los que os odian”.

Poco a poco, voy comprendiendo que Dios nos hizo como se hacen esas maquinas que sólo funcionan bien en un sentido, que, si caminar al revés, echan chispas. No sirven para nada, y acaban por romperse. Vi que Cristo Jesús es el modelo perfecto que “todo lo hizo bien”, y su Evangelio el “Manual del fabricante”, que nos dice como estamos hechos y como debemos actuar para funcionar bien y ser felices.

Él mismo fue rehaciendo mi casa hasta convertir en un verdadero paraíso lo que yo había hecho un infierno. Y supe que Cristo Jesús es el salvador.

Y un día me dijo algo que, tarde o temprano, os dirá a vosotros... “¡Sígueme! ¿Seguirte? ¿A dónde, Señor, y para qué y cómo? “Ven y veras”.

La llamada de Crista es siempre distinta para cada uno; pero el camino es siempre el mismo. Él es el camino. Y Él es mi roca, mi fortaleza, mi alcázar, mi Rey y mi Señor.

Es más bello vivir un solo día con Él que todo lo que se pueda imaginar. Y he comprendido porque el cielo tiene que ser eterno: cualquier vida sin Él, después de haberlo conocido, es un infierno. Estar en el cielo es caminar con Cristo en la tierra.

También supe que, como dice S Pablo, aunque nosotros podamos en, algún momento serle infieles, Él permanece fiel hasta el final. Y que está conmigo todos los días hasta la consumación de los siglos. Y ésta es la única razón del porqué puedo cantar “el cuento”, once año más tarde.

Creo que, con lo dicho, hemos podido comprender que el estudio es necesario para que nuestro cristianismo no sea ni una serie de prácticas sin sentido, ni unas verdades que basta creer, o unas normas que hay que cumplir, sino que el cristianismo es Vida y, como no tenemos más que una vida, tiene que ser nuestra vida misma y nuestra vida toda, la que sea iluminada y guiada por Dios, a la luz del Evangelio.

Del Evangelio, que no es una lista de preceptos, sino la vida de un hombre -Cristo- con un modo de ser de ver, de actuar, y de amar, que va resolviendo todos los problemas y alternativas que le presenta la vida, desde este modo de ser.

Creo que ser cristiano es ir teniendo, cada día más, el modo de ser de Cristo y la manera de amar de Dios. Cuando la vida me plantea un dilema, comprendo que puede resolverse en cristiano con esta sola pre­gunta: ¿Qué haría Cristo en mi lugar?

Para poder actuar yo como haría Cristo, cuando el mundo me plan­tea un problema, necesito conocer tres cosas:

-conocer a Crista,

-cono­cerme a mí y

-conocer el mundo que me rodea.

 

Secreto de la sabiduría

Por eso si me dijerais que aterrizara de una vez, para deciros que tenéis que estudiar no os haría una larga lista de libros. Para estudiar lo que interesa, no se necesita ni saber leer. En la “Guía del Peregrino”, que se nos da la primera noche- del C, hay una frase de san Agustín, que dice: “En esto está el secreto de la sabiduría: conózcate a Ti, Señor, y me conozca a mí”.

Que te conozca a Ti Señor, y me conozca a mí. Para eso es el estudio.

Para conocer mejor a Dios, y para conocernos mejor a nosotros mismos.

Conocer a Cristo, para ir tratando de ser como Él: el único hombre perfecto, el que todo lo hizo bien. Conocerme a mí, para ir descubriendo qué me impide ser como Él. Conocer el mundo, para ir transformándolo en lo que Dios quiso que fuera: un paraíso. Porque no se ha dado por vencido, y, un día, entregará al Padre su Reino, al fin de la historia.

Con el estudio he ido logrando conocer un paco a mi Señor. En realidad, si no lo conociera, no sería para mí el Señor. Nadie sigue a un desconocido. Por eso yo decía que, en el fondo, la razón por la que mu­chos no son cristianos, está en no conocer ni al verdadero Cristo ni su verdadera doctrina. Yo no sería capaz de darles las riendas de mi vida, si no los conociera. Pero como lo conozco, sé que puedo fiarme de Él. Más todavía: es el único líder del que me atrevo a fiar.

 

Conocer a Cristo

En el Evangelio hay un episodio que siempre me ha impresionado, y que quisiera compartir con vosotros. Lo recoge Juan, que estaba pre­sente cuando pasó: “Cuando terminó estos discursos, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entró con sus discípulos. Judas, el que lo entregó, conocía este lugar, porque Jesús se había reunido muchas veces allí con sus discípulos. Llevó pues, consigo soldados del batallón y policías mandados por los Jefes de los sacerdotes y los fariseos, y llegó allí con linternas, an­torchas y armas” (Jn 18, 1-3). Fijaos. Juan distingue dos tipos de guardias: unos son los policías del templo que estaban bajo la autori­dad de los sacerdotes; otros son soldados romanos, duros, sin miedo a nada ni a nadie.              

Jesús, que sabía lo que iba a pasar, les salió a su encuentro. No se esconde; no corre; no se conforma con esperarlos, sino que les sale al encuentro. Y preguntó:

-“¿A quien buscáis? Contestaron:

-A Jesús de Nazaret.

Jesús dijo:

-Yo soy. Al oírle decir, Yo soy, cayeron de espaldas”.

Tiene que haber sido un “Yo soy” como aquel “Yo soy la luz del mundo; el que viene a mí, no camina en tinieblas” (Jn 18, 4-6).

Y otra vez es Él el que interroga: no unos guardias o unos teólogos, que pudieron creerse con derechos de interrogar a Dios.

-“¿A quien buscáis?

- A Jesús de Nazaret, le respondieron.

-Ya os he dicho que soy Yo. Yo soy el que buscáis; por tanto, de­jad que los demás se vayan” (Jn 18, 7-8).

Es como si lo estuviese di­ciendo ahora mismo a todos nosotros: Yo Soy el que buscáis, hombres de todos los tiempos; ¡dejad de buscar!

Y agrega Juan: “Al decir esto, se cumplía lo que no mucho antes había profetizado: No he perdido a ninguno de los que Tú me has dado” (Jn 18, 9).

Mi líder no es el líder que, a la hora de las piedras tiene preparada la embajada donde se va a asilar, ni el líder que tiene listo su helicóptero para salir “huyendo”, mientras que a los demás se los lleve el diablo. Si alguien tiene que caer preso, Él va a ser el primero. El único.

Y va más allá. El atrevido de Pedro saca una espada vieja, y empie­za a repartir mandobles de ciego. El que paga los platos rotos, es un pobre  criado del Sumo Sacerdote, al que Pedro cortó la oreja. Pero el Señor no quiere que se derrame sangre. De ninguno de los dos bandos: “Y tocando la oreja, lo sanó. (Jn 18, 10).

Mi líder es así. Si hay que derramar sangre, la primera es la de Él.

Mi Señor es “subversivo”, pero no se mueve en la clandestinidad, sino a la luz del día. Por eso dice a los guardias:

-“¿Acaso soy un ladrón para que salgáis a detenerme con espadas y palos? Todos los días estaba entre vosotros, enseñando en el Templo; ¿Por qué no me detuvisteis?”.

Y con la misma claridad se lo dice después al jefe de los sacerdotes en casa de Anás:

-“Yo he hablado abiertamente al mundo. He enseñado en las casas de oración -sinagoga- y en el Templo donde se reúnen todos los judíos. No he hablado nada en secreto” (Jn 18,20),

Entonces, como ve que lo tiene amarrado, un esbirro le dio una bofetada y le dice:

-“¿Que manera es esa de contestarle al jefe?”. Jesús, que no se ensaña con los de última fila, le contesta con más serenidad que a los demás:

-“Si he hablado mal, muéstrame en qué; pero si he ha­blado bien, ¿por qué me pegas? (Jn 18, 23l.

A los pobres soldados rasos del palacio de Pilatos ni siquiera les dice nada, cuando le pegan y le escupen.

Tampoco es payaso mi Señor. Herodes quiere que le haga algún milagrito, un truco de magia. Con eso tan simple, puede Jesús quedar bien con el hombre, y salvarse. Pero mi Señor no se rebaja ante nadie. Ni le dirige la palabra siquiera. No se rebaja ante un reycito adúltero, puesto por un poder extranjero, que ni siquiera es judío.

Sin embargo, no se calla a la hora de decir la verdad. Aunque lo maten. Lo llevan ante el Congreso: el Sanedrín.

“Y levantándose el jefe de los sacerdotes, le dijo: Te conjuro por el Dios viviente que nos digas si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”.

-Le dice Jesús: “Tú lo has dicho. Yo soy. Y un día veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios, poderoso, viniendo en medio de las nubes del cielo”. Sólo por ver ese día, vale la pena todo lo demás.

“Entonces el jefe de los sacerdotes rasgo sus vestiduras y dijo: “¿Pa­ra qué queremos ya testigos? ¡Reo es de muerte!” Y lo mataron por decir la verdad.

En un líder así si se puede confiar. La mejor descripción del Señor la da el mismo Pilato en dos palabras: “Ecce Homo”. “He aquí al Hombre”. El hombre íntegro. El hombre completo. Con todo lo que se nece­sita para ser hombre. Cristo es el mejor espejo para conocemos a no­sotros mismos, y ver en que medida somos hombres.

 

“Conózcame a mí”.

El estudio tiene que darnos también un mejor conocimiento de nosotros mismos. No nos conocemos. Este mundo nos exige tanto aparentar lo que no somos, que hemos llegado a olvidar como somos de verdad.

Otros ni siquiera tenemos tiempo para averiguar cómo somos. A otros nos da miedo averiguarlo. Yo creo que el C es una oportunidad para tener no sólo un encuentro con Cristo, sino también un encuentro con nosotros mismos.

Dios nos hizo a imagen y semejanza suya. Y Cristo nos dice:”Sean perfectos como mi Padre Celestial es perfecto”

¿Qué nos pasa entonces? No sólo no nos sentimos en ese camino de perfección sino que fallamos continuamente en el campo puramente humano.

Fallamos en nuestro matrimonio. Fallamos con los amigos. Fallamos en darle plenitud y sentido a nuestra vida. Fallamos en nuestras relaciones con Dios.

 

Las causas de nuestros fallos

Created by DPE, Copyright IRIS 2005Created by DPE, Copyright IRIS 2005Yo diría que los hombres fallamos por uno de estos cinco motivos:

Por orgullo.

Por cobardía.

Por suciedad.

Por cortedad.

Por niñería.

Os invito a descubrir en qué dosis interviene cada una de estas causas. Entonces sabremos en realidad cuanto somos y cuanto nos falta para ser todo lo hombres y todo lo santo que a Dios le ilusiona que seamos.

 

1) ORGULLOSO es el que se valora por encima de lo que vale. Siem­pre cree que vale más que los demás. Y como él mismo se ha fijado un valor que no tiene, se pasa toda la vida aparentando lo que no es, y tratando de convencer a los demás de que sabe más de lo que sabe, o de que tiene más de lo que tiene, o de que puede más de lo que puede, o de que es mejor de lo que en realidad es.

A la larga termina siempre haciendo el ridículo y haciéndose daño a sí mismo.

Yo conozco gente que ha perdido toda su vida, su salud, su dinero y hasta su mujer por tratar de aparentar un “status” económico que no tiene. Por aparentar, se compra lo que no se necesita y se gasta lo que no se tiene y se contraen deudas que después no se pueden pagar.

He visto jóvenes haciendo el ridículo ante señoritas por aparentar que  tienen plata cuando en realidad no tienen más que deudas.

Por orgullo y simple vanidad se enamoran muchos hombres casa­dos, de la primera que les muestra admiración. Pero es de la admira­ción que se enamoran en realidad, no de ellos.

He visto al orgullo desbaratar matrimonios, porque ni él ni ella son capaces de rectificar, de pedir perdón, de decir “me equivoque, o hice mal”.

He visto insistir en proyectos absurdos porque alguien fue incapaz de dar su brazo a torcer. El orgulloso ante un problema siempre le echa la culpa a algo. El nunca tiene la culpa.

He conocido gente capaz de hundirse -y aun de suicidarse- antes de pedir ayuda o consejo.

Par orgullo el “picado” desafía a la mujer, en vez de pedirle dis­culpas.

Por orgullo se pierde una fortuna en una mesa de “poker”, para que no digan que se acobardó.

Por orgullo se matan entre sí familias enteras, para vengar el honor.

Par orgullo el mentiroso se mantiene en el error.

Por orgullo no nos arrodillamos ante Dios.

“Aprended de Mi, que soy manso y humilde de corazón”, -dice el Se­ñor.

Siendo Dios, se hace hombre. Siendo el ofendido, se acerca buscando  la reconciliación. Siendo traicionado, contesta al beso de Judas con la palabra: ¡Amigo! Siendo Señor de cielo y tierra, te pide tu amistad. Siendo todopoderoso, te pide tu ayuda para construir su Reino.

 

2) COBARDIA  Cobarde es el que no le da la cara a la vida. El que ante un proble­ma, un reto o una llamada del Señor, no se atreve a tomar decisiones, por miedo a que lo comprometan.

De pequeñas cobardías se construyen los grandes fracasos.

Por cobardía, por miedo al que dirán, empieza el adolescente, a beber, a fumar marihuana, o droga, a ir al casino, a ver pornografía… a ponerse de novio/a. Para parecer hombre grande, ¡Qué grandeza!

Por miedo al que dirán, no nos atrevemos a decir en público lo que creemos, a defender nuestras ideologías, o proclamar nuestra fe.

Muchos esclavos no están atados por cadenas, sino por el miedo a la libertad. De pequeña cobardía en pequeña cobardía, se va convir­tiendo en servil el hombre libre.

Por miedo a la verdad, preferimos vivir, como el avestruz con la cabeza bajo las alas.            

Por miedo a tener que tomar decisiones, preferimos no ver los problemas.

Por miedo a la realidad, y queriendo huir de ella, se droga el drogadicto se emborracha el pusilánime.

Por cobardía se denuncia al amigo. Por cobardía se alaba al delincuente. Por cobardía se da la mano al ladrón.

Por cobardía nos hacemos como monos: nada veo, nada oigo, nada digo.

Por cobarde negó Pedro al Señor.

Por cobarde no supo nunca el joven rico lo que es vivir en la amistad del Señor.  

Por cobarde se lavó las manos Pilatos, y condenó al Justo de los Justos.

 

3) SUCIEDAD Sucio es el que busca la felicidad, pero equivoca el camino confundiendo la felicidad, que es paz y alegría, con el placer.

Sucio es el que pone sus pasiones por encima de todas las cosas.

Sucio es el que pone el carro antes que el caballo. Es decir los sentimientos antes que la razón y la fe.

Sucio es e que se juega la educación de los hijos y el bienestar de su familia por un rato de excitación.

Sucio es el ladrón, porque pone su ambición por encima de la po­breza, del sudor, de la sangre y aun de la vida de los demás.

Sucio es el adúltero, porque no le importa cargarse la honra de una mujer o la felicidad de un matrimonio, con tal de satisfacer su lujuria.

Sucios son el calumniador y el intrigante, porque se complacen en embadurnar de suciedad a los demás.

Sucio es el prestamista que se bebe el sudor ajeno.,

Sucio es, sobre todo, el que no quiere limpiarse de toda la carga de lodo que lleva encima, porque así está más sabroso...

 

4) NIÑERÍAS Y niño es el que actúa infantilmente.

El que hace de la vida un pasatiempo, o de las personas un juguete.

Niño es el superfluo, el vanidoso y el payaso.

Niño es el irresponsable, el mimado y el malcriado.

El niño no tiene problemas; el problema es él mismo.

Niño es el que cree que la vida se lo debe todo por el solo hecho de existir.

El que todo lo reclama, pero no siente que tenga que dar nada.

El niño no tiene deberes; sólo derechos.

Niño es el que quiere conseguir las cosas gritando y pataleando.

Niño es el incapaz de tomar decisiones sin, consultárselo a su mama.

Niño es el que centra su vida en llamar la atención.

Niño es el que no sabe distinguir entre lo serio y lo trivial.

Niño es el egoísta que sólo existe para sí mismo.

Niño es el que por que no gana su equipo agarra la pelota y se va a su casa porque la pelota es suya.

Niño es el que ante la menor contrariedad o dificultad se borra

Nino es el que no quiere saber la verdad o aceptar la realidad, por­que duele.

Como el niño, que no acepta que le pongan una inyección porque duele, aunque la inyección sea para su bien.     

“La verdad os hará libres”, dice el Señor.

Pidámosle una inyección de esa verdad.

 

5) CORTEDAD. No me refiero a los que son cortos por naturaleza. A los que, por falta de talento, no pueden captar ciertas verdades o ciertos valores. Ni a los tímidos, que ya nacieron así.

Me refiero a los que simplemente se “quedaron cortos”.

Al que, llamado a ser General, se queda en Sargento.

A los que, por falta de ideal, por falta de brújula o de disciplina, son lo que el mundo los va haciendo ser.

Corto es el hombre sin convicciones.

El veleta que cambia de dirección, según de donde sople el viento, o el que anda como cometa sin cola, que hoy tira para acá y mañana para allá, sin dirección ni sentido ni frutos.

Corto es el que piensa, habla o hace lo que le dicta la moda.

Corto es Vicente, que va donde va la gente.

Corto es el que, a los cincuenta, cuarenta o treinta años, no ha descubierto quien es, ni que quiere, ni para qué hace lo que hace, ni para qué le sirve lo que tiene.

Corto es el que nunca se ha planteado la posibilidad de ser algo distinto a lo que es.

Corto es el que no reconoce su ideal, o no es consecuente con él.

Corto es el que se conforma con existir o con sobrevivir.

El que trabaja sólo para poder seguir trabajando.

El que acumula sólo para tener, o el que estudia sólo para saber.

Corto es, sobre todo, el inconsciente.

Por inconscientes no captamos la angustiosa necesidad de amor de todos los que nos rodean.

Por inconsciencia herimos a los que más queremos.

Por inconscientes descubrimos muy tarde que nuestros hijos se hicieron drogadictos, o simplemente inútiles; que nuestra mujer nos odia, y nuestro esposo no nos ama, o que nuestro matrimonio está en ruinas.

Por inconsciencia no apreciamos las cosas bellas que nos rodean, ni captamos que cada hombre es una isla rodeada del amor de Dios por todas partes.

Por inconscientes no descubrimos la inmensa bondad que hay en el hombre más malvado.     

Par inconscientes despilfarramos el dinero y desbaratamos nuestra salud.

Por inconscientes permitimos que otros dirijan nuestra vida; que nos digan lo que tenemos que hacer y lo que debemos pensar.

Por inconsciencia nos metemos donde no alcanzamos, decimos lo que no creemos, y hacemos lo que no queremos.

Finalmente, por inconscientes no somos capaces de ver las necesida­des de los hermanos.

Hay hermanos que no comen. Pero no son los únicos necesitados.

Hoy el mundo ha creado tres clases sociales:

  -la de los pobres que no comen,

  -la de los de en medio que no ríen,

  -y la de los de arriba que no duermen...

 

En los días de un C, podemos ir descubriendo cuanto hay en nosotros de orgullo, de cobardía, de suciedad, de niñería o cortedad, y en que medida estos obstáculos nos separan de la felicidad y de la perfección, que Dios quiere en cada uno de nosotros.

 

¿Remedio? el estudio

Para esto es, pues, el estudio: para conocer mejor a Dios, a noso­tros mismos y al mundo que nos rodea. Creo que toaos hemos entendido que el estudio no es para saber más, o deslumbrar a los demás con nuestra erudición.

El estudio es necesario para saber dar razón de nuestra fe. Para darle sentido a nuestros actos. El estudio es la puntería de la acción, para darle forma a nuestra vida, para conformar nuestro modo de ser con el de Crista, y para transformar lo que nos rodea, conforme a la ilusión de Dios.

Es necesario para poder ir resolviendo en cristiano los problemas que nos plantea la vida.     

Es necesario para ir descubriendo como y por qué el cristianismo es la solución a todos los problemas, que el hombre de hoy tiene plan­tea dos.

Es necesario para ir descubriendo, con los ojos de Dios, la razón de ser de todas las cosas: del dolor, del gozo, de la pobreza, de la en­fermedad, del trabajo, de las guerras, del amor.

Hay mil maneras de estudiar. José Armando Serrano es un jardinero. No tiene una biblioteca, pero es de los hombres más sabios que conozco. José Armando estudia mirando los jardines y los animales del campo. Un día nos decía:

-“¡Que tristeza! Mirad: los pájaros empiezan a alabar al Creador desde que amanece. Las vacas levantan la cabeza cuando mugen y saben mirar hacia el cielo, como las gallinas después de beber agua. Los árboles levantan sus brazos en alabanza al Creador. Y todas las criaturas siguen al pie de la letra la ley de Dios. Solo el hombre desobedece. El hombre es el que más favores recibe de Dios, y el único que no lo alaba.»

Otro día José Armando decía: “Fijaos en el jardín. Sólo es bonito cuando crecen juntas las plantas verdes y las amarillas y las rojas y las violetas. El Señor no se repite. Todas las plantas son, distintas y viven juntas… Sólo el hambre discrimina a los que no son de su condición, y quiere que todos sean como él es”.

Y es que José Armando estudia en Gracia, guiado por el Espíritu y ve las cosas como las ve Cristo.

Estudia también el que se acostumbra a meditar. El que trata de conocerse a sí mismo por la meditación, el examen de conciencia a la Dirección Espiritual.

Estudia el que lee la Prensa, y trata de interpretar lo que lee, y de diferenciar entre la verdad y el engaño.

Estudia el que se reúne con otros amigos para compartir entre sí lo que cada uno va descubriendo, y así conocer mejor cada día a Dios, a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.

Y, sobre todas las cosas, estudia el que escucha la Palabra de Dios. No el que la lee para interpretarla como exegeta, o para enseñarla como maestro, o para explicarla como teólogo, sino el que la escucha para aceptarla y ponerla en práctica.

Este si que será sabio, pues ya hemos dicho que el cristianismo no es sólo una serie de verdades que hay que creer, sino principalmente una vida que hay que vivir.

El estudio es necesario, para ser cristiano; pero no consiste el cristianismo en estudiar o saber. También el médico necesita estudiar para ser médico; pero no le basta con aprender; necesita poner en práctica lo que aprendió.

“Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en prac­tica”.

Ser cristiano es crecer cada día, en el modo de ser de Cristo y la manera de amar de Dios.

Y el Evangelio es precisamente el libro donde podemos descubrir ese modo de ser de Cristo y ese modo de amar de Dios.

Yo he llegado a la conclusión de que ese modo de ser y ese modo de amar con la misma cosa. ¿Cómo es Cristo? Cristo es Dios, y Dios es Amor.

San Pablo, cuando quiere descubrir cómo es el modo de ser de Cris­to, nos habla de como es el amor:

“El amor (Cristo) es paciente, servicial, sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante (por orgullo).

No actúa con bajeza (por cobardía).

No busca su propio interés (por suciedad).

El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona (sin niñerías).

Nunca se alegra de lo injusto y siempre le agrada la verdad (sin cortedad)

El amor disculpa todo, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta”.

 

Porque Cristo nos ama, nos perdona todo, y soportó la cruz por nosotros.

Porque todo lo cree, tiene fe en nosotros.

Porque todo lo espeta, confía en nosotros y tiene la esperanza de que, cuando lo encontremos, todo sea distinto.

 

 

IV.- A LA LUZ DE UNAS VIVENCIAS

 

 

Del arsenal de mis reflexiones.

No tengo toda la verdad.

No me siento depositario de ninguna verdad. No vengo a “pontifi­car”. Si he de ser totalmente sincero tengo que confesar que cada día son menos las casas que sé con certeza. Sé que el Señor me ama; sé que el Señor me llama… y muy poco más. No represento a nadie; lo que pueda compartir hay, serán “cosas que pienso” y que doy, con todo amor sin pedir a nadie que piense como yo.

Los que me conocen saben que cuando hablo, me pasan dos cosas: una, que quisiera decirlo todo de una vez. Agotar, el tema. Cargo el Rollo con tantas cosas que resulta pesado, y no lo quieren oír o no lo pue­den entender, porque quiero decir en media hora lo que tal vez llevo tres años meditando.

Lo otro es que, cuando hablo “de algo”, me entusiasmo tanto con el tema, que doy la impresión de que lo importante es eso y sólo eso. Si hablo de Piedad, parece que descuido la acción. Si hablo del indi­viduo, que la Comunidad no interesa; si hablo del compromiso tempo­ral, doy la sensación de que descuido la espiritualidad; si del Grupo de Cristiandad, que la Reunión no importa.

Digo todo esto porque es importante que sepamos que ninguno de nosotros tiene la Verdad completa. La verdad la tenemos todos cuando estamos unidos en el Señor; si nos tomamos la molestia de dialogar, vamos descubriendo como cada uno tenía guardado un pedacito de esa verdad, y mutuamente nos enriquecemos.

 

Tiempos difíciles

Nos ha tocado vivir en un país y en una época, muy difíciles. Pero si este país y estos tiempos difíciles son los que nos cobijan, queramos o no, estamos envueltos en sus dificultades.

Hubo un tiempo en que necesitábamos de estadísticas para descu­brir que hay pobreza y miseria entre nosotros. Hoy, el amor de Cristo hacen posible que estemos en un mismo sitio con muchos de los que llamamos hermanos, porque son nuestros hermanos, y viven en la pobreza. Y ya no necesitamos de estadísticas, porque vienen a com­partir un poco de su pobreza con nosotros.

En Nicaragua hay pobreza. Si vemos el problema en su totalidad, no le hallamos solución. Países mucho más ricos -los Estados Uni­dos, Rusia- no lo han logrado solucionar con todos sus millones. Nues­tro presupuesto nacional completo apenas solucionaría el hambre no por unos pacos meses, sino unas semanas. Y habría hambre de nuevo porque la provocaría otro problema: la ignorancia. Si aplicáramos en­tonces todo el presupuesto de la Republica a la educación pública, vol­vería a haber hambre, y volvería a haber ignorancia, porque la provo­caría otro problema: la opresión, que sigue fabricando nuevos pobres y nuevos ignorantes.

Y a sí podríamos seguir por horas, enumerando nuestras lacras, de las cuales, Señor, nos sentimos coresponsables ante Ti. Para este pro­blema global nadie ha dado la solución. Y, sin embargo, existe.

 

¡Hay solución!

Cada día con más temor -si hay más temor es porque hay menos fe-, en un tono que ya casi ni se oye, los cristianos decimos que la tenemos. Y la tenemos, porque la solución está en el Evangelio. La lástima es que el Evangelio sea la vida de un hombre, y no la vida de todos nosotros.

El Mandamiento Nuevo sigue siendo nuevo porque sigue sin usarse.

Y la gente sigue creyendo que el Evangelio es una solución teórica, cuando en realidad es sólo una solución que no se ha llevado a la práctica.

La curioso es que nos preocupamos más por buscar nuevas solu­ciones que por usar la que tenemos, a pesar de que, en la medida que la hemos usado la hemos encontrado eficaz.

Queremos curar el mal sin aplicar la medicina. Algunas medicinas traen un rotulito que dice: “Agítese antes de usarse”. Ojalá que toda esta “agitación” de los cristianos signifique que, al fin, nos hemos de­cidido a usarla.

Yo no voy a decir cómo cambiar al mundo en unas cuantas fáciles lecciones. Pera sí conozco algunas cosas que podrían mejorarlo un paco.

 

El Reino de Dios

Entiendo que trabajamos por el advenimiento del Reino de Dios.

A mi me gusta mucho la idea del Reino de Dios. Y una de las cosas que más me gusta del Reino de Dios es que con el Reino vienen todas las añadiduras.       

A mí me encantan las añadiduras que vienen con el Reino, y que son precisamente todas estas que andamos buscando: no habría entonces  hambre, ni miseria, ni ignorancia, ni opresión.

Porque yo entiendo que Dios reina donde se cumple su voluntad, y la voluntad de quien nos ama -y porque nos ama nos pensó felices-, no ha de ser que sigamos como estamos. Entiendo que, entre otras cosas, su voluntad es que el hambriento coma, el sediento beba y el desnudo vista.

Y entonces deberíamos hacer dos cosas: pedir que venga el Reino y hacer que venga el Reino.

Lo primero supone orar. Y lo curioso es que ya no rezamos. Y si somos incapaces de pedir, ¡Cuánto más lo seremos de hacer, lo que es más difícil!

“El Reino de Dios está dentro de vosotros”, dice el Señor. 0 debiera estarlo. Si no está en nosotros, es decir, si el hacer y cumplir la volun­tad de Cristo no es todavía tu propia voluntad, si Cristo no vive en ti por la gracia, si sus mandamientos, si el amor no rige todavía tus ac­tos, ¿qué Reino piensas llevar a los demás si no puedes dar lo que no tienes?

Pero si lo tienes, tú eres parte de la solución. La solución que ofre­ció Dios al mundo, fue su Hijo. Y la solución que Cristo ofrece al mun­do, es su Iglesia. Tú eres parte de esa Iglesia que es precisamente el inicio del Reino de Dios en la tierra. Por eso tú eres parte de esa solución. En C decimos que el mundo no anda mal porque existan muchos paganos, sino porque existen muchos cristianos que lo son, pero “no ejercen”.

Yo creo que ahora vamos a entender mejor la solución:

1º.- rezar para que venga a nosotros su Reino;

2º.- que cada uno de nosotros ocu­pe con responsabilidad su lugar en el mundo, para lograr que a todas partes llegue un poco de ase Reino;

3°- procurar que cada día haya más personas que, teniendo la solución en el corazón, la vayan ponien­do en el mundo.

Y aquí podría detenerme sobre la importancia vital que tiene hoy, más que nunca, la oración. 0 podría repetir, como en el Rollo de Es­tudio del Ambiente, la necesidad de conquistarnos a nosotros, y de conquistar a otros -los otros-, si es que hemos de conquistar los am­bientes. Y podría expresar mi tristeza de ver como hemos perdido la fe en la eficacia de los C cuando es obvio -parque cada uno de nosotros es testimonio vivo de ello- que la tienen para conseguir precisamente las tres cosas mencionadas.

 

Hacer que vega el Reino.

Yo querría centrar este capítulo en el segundo punto: en que, si cada uno de nosotros ocupara, con responsabilidad, con madurez, su lugar en el mundo, el mundo podría ser muy distinto. Se trata, como decimos en el C, de que cada palo aguante su vela. Y si tu palo aguanta varias velas porque eres un “palo de hombre”, puede que aguantes con responsabilidad todas las velas que Dios te ha dado.

Que las velas grandes y las chiquitas “jalen parejo”, y que todos sepamos a dónde va el barco. Y que el timonel, que es en la Iglesia, la Jerarquía, ocupe también su lugar. Y que nosotros le demos su lugar. Y que cuando arrecie la tempestad, nos acordemos de rezar, gritando otra vez: “Señor, despierta, que nos vamos a pique”. Aunque de nuevo nos reprenda y diga: “¿por qué teméis? ¿Acaso no estoy Yo con vosotros?

Quisiera dejar muy claro que ocupar nuestro lugar no significa apoltronamos. Ocupar nuestro lugar es florecer donde Dios nos plante, y acudir donde Dios nos llame. El Cristianismo es Vida, y la vida nos lleva a muchas partes; pero, en cada una de estas partes, tenemos un ­lugar que es nuestro, porque nadie lo puede ocupar por nosotros.

Creo que una de las Parábolas más claras del Evangelio es la del buen Samaritano. El Samaritano no era inspector de caminos, ni Radio-patrulla, ni trabajaba, en el camino. Simplemente bajaba también de Jerusalén a Jericó. En cuanto se aproximó al moribundo, el moribundo se le hizo prójimo, y él sintió la obligación de amarlo como a si mismo. Y le amó sirviéndole.

El Sacerdote y el Levita eran muy “buena gente”; no nos equivoque­mos. Ocupaban un lugar muy importante y lo que hacían en ese lugar, era muy bueno, y hasta muy santo. Se equivocaron creyendo que eso era suficiente. Y no lo era. Porque Cristo los llamó, y no acudieron.

Por otra parte, no dice el Evangelio que en adelante, el samaritano abriera un hospital, y que de siete a nueve recorriera los caminos bus­cando “apaleados”. Ni que el Sacerdote y el Levita arrepentidos, colgaran los hábitos, y se hicieran enfermeros. El Mandamiento es amar al pró­jimo como a ti mismo; y a nosotros nos amamos siempre y en todas partes.

Si actualizamos un poco el Evangelio, es muy posible que, en esta o aquella manifestación política, tú hayas tenido un lugar que ocupar aunque tu puesto no era en la política. Pero si asistieses a esta a aquella manifestación en defensa de los “derechos humanos” y de la libertad, y al regreso tu mismo te encargaste de violarlas en tus empleados, en tu servicio, en tú mujer y hasta en tus hijos eres un hipócrita. Si antes el asistir a una procesión no te hacia cristiano ni llenaba tu dosis de cristianismo, el asistir a una manifestación tampoco la llena hoy.

Hay, pues, que acudir donde Dios nos llama, paro hay que florecer también donde Él nos plantó.

El Señor nos llamará pocas veces a que hagamos actos extraordi­narios, para probar nuestra fidelidad; nos llama todos los días a hacer lo ordinario para probar nuestra constancia. No dice el Señor: “Toma tu cruz y aplástate”. Ni “Sígueme sin tu cruz”. Sino: “Toma tu cruz y con ella a cuestas, sígueme”.

Alguien debe sembrar hoy y curar hoy y cosechar mañana. Alguien debe construir hay y hacer poesía hoy, y pintar hay, y pensar hoy, Y escribir hoy, y protestar hoy, y rezar hoy. Y la Iglesia debe tener pro­fetas y pastores y apóstoles y doctores y rebaño, y cada uno ocupar su lugar y acudir a sus llamadas. Es muy importante que Cristo a Mateo le diga: “Sígueme…” Y que Mateo deje sus bártulos. Y al de Gerasa: “Vuelve a tu casa y a los tuyos”. Y que éste vuelva. A Lázaro: “Leván­tate”. Ya los demás: “Soltadlo y dejadlo ir”. Y es importante que José de Arimatea esté en el Sanedrín, al pie de la Cruz y en el sepulcro.

Y que María en su cesa haga lo posible para que Cristo salga fuera y cada uno haga 10 suyo para que Cristo pueda hacer de !as suyas, y sa­lirse con la suya que es redimir este mundo.

 

Sentido de responsabilidad

Antes dije que debíamos ocupar nuestro lugar, y ocuparlo con responsabilidad.

Más que hablar de responsabilidades, yo quisiera hablar de posibilidades. Cuando de veras se ama a Cristo, la vida entera debiera ser un panorama de posibilidades de todo lo que podemos hacer por ÉL. Pero creo también que, en cristiano, donde hay una posibilidad, siempre surge una responsabilidad.

En el C de Cristiandad que responsabilidad significa habilidad para responder algo. Responsabilidad cristiana es por tanto la habilidad o capacidad de responder a la llamada de Cristo. Si hay llamada y hay posibilidad, hay responsabilidad.

 

A esta llamada yo la llamaría vocación.

La posibilidad de responder quisiera dividirla en tres partes:

-ca­risma.

-posición y

-madurez.

A veces, cuando he hablado de vocación, han entendido que hablaba de la profesión. Por eso repito que toda llamada de Cristo es vocación. Como todos hemos sido llamados por Cristo a la justicia y al amor, todos estamos obligados a amar y a hacer justicia. Nada que vaya con­tra la justicia o el amor, puede llamarse vocación cristiana.

Pero Cristo nos llama también a ejercitar ese amor y esa justicia en forma distinta en cada uno. A ti, dentista, te llama a sacar dientes con amor, y a cobrar la extracción con justicia. Y a ti, juez, a hacer justicia por amor y con amor. Cada profesión, cuando se cumple bien, es un acto de amor y de justicia, porque es un acto de servicio. Amar es servir; es un servicio a la comunidad, no sólo un beneficio para ti. Si el servicio es justo, tu remuneración es justa.

 

Carismas, posición, madurez

Tú responsabilidad dependerá, en gran parte, de tus carismas. Si no sabes leer y escribir, no te sientas obligado a escribir, pero siéntete obligado a reclamar justicia. Y el que no escriba, que hable, y el mudo que gesticule; pero todos con caridad. Que nuestro mejor editorialista no deje la pluma para agarrar una metralleta, porque a lo que más puede aspirar es a pegarse un balazo en el dedo del pie. Que el poeta haga buena poesía, el pintor buenos cuadros.

Tu responsabilidad dependerá también de tu posición.

Si eres abogado o juez, estarás más comprometido con la justicia. Si eres medico o sacerdote más comprometido con el amor.

Si eres gerente de una empresa, tu responsabilidad es mayor que la del portero, en lo concerniente a la estructura de sueldas, y la del portero, mayor en el trato cortes de los que entran y salen.

Si tu posición te da autoridad, tiembla, porque eres responsable de cuantos están bajo tu autoridad.

Cuando Dios nos creó, nos hizo imperfectos. Pudo hacernos hombres hechos y derechos, y nos hizo apenas semilla en el vientre de nuestras madres. Pudo hacer que, en vez de bautizarnos, aquel día nos dieran el Premio Nobel. Lo cual hubiera sido aburridísimo. Pero tuvo una genti­leza extraordinaria. Nos hizo imperfectos para que pudiésemos tener un futuro como personas y una historia como comunidad. Nos hizo imperfectos para que tuviésemos capacidad de perfectibilidad. Y luego nos mandó: sed perfectos. Es una llamada a la madurez.

Nosotros, que en ocasiones nos creemos más que Dios, reclamamos a veces lo que Dios nos manda: ser perfectos hoy. Él pide que lleguemos a ser perfectos. Ser hoy mejores que ayer, y mañana mejores que hay.

Si al Cristo Adulto le pidió su Padre morir en una cruz, al Cristo niño sólo le pidió dormir en un pesebre. Con nuestras exigencias, a ve­ces crucificamos la fe de quienes, como cristianos, apenas están en pañales o empiezan a dar sus primeros pasos.

Cada vez que juzguemos, o esperemos, o pidamos algo a alguien, pensemos siempre qué hacia yo a su edad. Pero no le pidas hoy que haga lo que a ti te ha tomado cinco o más años decidirte a hacer, o em­pezar a hacer.

Dice San Pablo: “Cuando yo era niño... actuaba como niño”. Si has tenido tiempo de convertirte en cristiano adulto, no andes haciendo niñerías; Si crees que seis meses o tres años después de haber salido de tu C, Cristo te pide lo mismo que entonces, te equivocas. Al que nació para General, no se le permitirá quedarse en Sargento.

En el Rollo de Ideal nos decían que el hombre esta hecho de inteligencia, de voluntad y de libertad. Yo creo que la madurez de la inteligencia es la formación; la madurez de la voluntad, la acción, y la madurez de la libertad, la liberación de los demás.

La madurez de la inteligencia

La madurez de la inteligencia es la formación.

Hay una cosa en la que creo que nos hemos equivocado, y por eso debo decirla. Siempre hemos creído que la “Hoja de Compromiso” era un instrumento de perseverancia; en realidad es un instrumento de madurez. Dios no nos pide sólo que perseveremos -es lo menos que se puede esperar de nosotros-  sino que crezcamos, y nos perfeccio­nemos.

Creo que, si muchos de nosotros no hemos crecido en Cristo, es porque descuidamos esa “Hoja” de la que muchos se ríen. Incluso más de algún sacerdote.

Y se ríen porque más fácil que enseñar es reclamar. Porque más fácil que dar Dirección Espiritual es regañar. Porque más fácil que ir dando madurez, es esperar que la tengamos, por el solo hecho de ha­bernos encerrado tres días.

Luego dicen que no creen en milagros, pero los piden.

No veo como puede madurar una persona que ha hecho el C sino mediante el estudio, la meditación, la oración, la Dirección Espiritual, la Reunión de Grupo. Los Cursillistas muy maduros de hoy, pasa­ron todos por ahí. Lo importante de la “Hoja”, claro está, no es que lo contemos. Lo importante es que la hagamos.

Si faltan los seglares maduros, que reclama el Concilio, no nos quejemos: pensemos si les estamos dando los medios para madurar.

 

Madurez de la voluntad

La madurez de la voluntad es la acción.

Esto significa que la madurez de tu acción será proporcional a la madurez de tu voluntad. No voy a criticar a quienes por ser ya maduros, piden acciones maduras a quienes ellos mismos juzgan inmaduros. Voy más bien a criticar a quienes, no siendo maduros, quieren lograr cosas que exigen madurez...  sin lograr primero lo pequeño.

Son los que quieren subir a la torre, pero no ponen una escalera, Y no suben un peldaño porque un peldaño es muy poca cosa; con esa excusa no suben a la torre ni al peldaño.  

El buscar lo grande no nos excusa de ir logrando lo pequeño. Lo pequeño es lo que hace posible lo grande. ¡Si crees de veras que mañana vas a pagar lo justo a los empleados de tu hacienda, pero hoy todavía te duele en el alma la limosna que diste al cieguecito de la esquina...! ¡Hermano, primero vas a ver muchos cieguecitos antes que tus empleados reciban lo que es de ellos!

Si te crees capaz de morir por alguien “en cuanto se te presente la ocasión”, pero ahora no vives para nadie, sino para ti..., ¡no te preocupes, que vas a morir de viejo!

Si buscas el amor, pero no buscas al amado...  ¡a otro con ese cuento!

No se puede amar a todo el mundo, sin antes amar a alguien. A propósito, ¿a cuantos amas boy? Pongámoslo de otra manera; ¿A cuántos les consta que los amas? Para ver a Cristo en todos los hombres, primero hay que verlo en alguno,

Una de las cosas que me encantan de las Ultreyas, es que nos con­tamos lo que ya hemos hecho, lo que ya somos. Y esto debiera maravillarnos tanto como lo que “debiéramos” hacer. Porque es señal de que vamos en camino de ser mucho más: es ir dando a Dios todo lo que se tiene, a medida que lo vamos adquiriendo.

 

Madurez de la libertad

La madurez de la libertad es la liberación de los demás.

Eso debiera indicar que estamos igualmente obligados a liberamos a nosotros mismos, si hemos de liberar a los demás. Si no somos due­ños de nosotros mismos porque todavía somos esclavos de nuestro orgullo o de nuestro enojo o de nuestra lascivia.... ¡es imposible que liberes a otros! ¡Es totalmente imposible!

Es posible que vayas fabricando nuevos esclavos. Esclava de tu lascivia, la prostituta. Esclava de tu orgullo, tu esposa. Esclava de tu enojo, tu servicio. Esclavos de tu ambición, tus empleados.

Si además de no ser dueño de ti mismo, tampoco lo eres de tus cosas porque eres esclavo de la ambición, y porque, en vez de tener las cosas a tu servicio, resulta que estas al servicio de tus cosas..., no serias capaz de darlas. Si no eres pobre en el auténtico sentido de la palabra, no sacarás de la pobreza a los demás.             

Si no somos dueños del mundo, porque ya ni somos lo que Dios nos hizo, sino lo que el mundo ha hecho de nosotros, no digamos que vamos a cambiar al mundo. Porque se van a reír de nosotros. Si no comprendes al que es menos libre que tú, ¿cómo vas a liberar lo que ni siquiera comprendes?           

Finalmente, si no respetamos la santa libertad de nuestros herma­nos, a quienes vemos y amamos, ¿cómo vamos a respetar o a liberar a aquellos otros hermanos a quienes no vemos?

Todo lo que llevo dicho es bien paco. En algunas cosas debí insistir más. Clarificar. Dar más énfasis a otras. Señalar aquel otro ángulo del asunto, porque lo tiene. Mi intención hubiera sido dar algo lo más pa­recido a la verdad. Pero, como decía al principio, la verdad completa la tenemos sólo cuando estamos unidos todos en el Señor, y unidos por el amor  dialogamos. No digamos hoy en la Misa: “El Señor esta con vosotros”. Digamos con todo el corazón: “El Señor está con nosotros”. Lo importante es que ahora, de ahora en adelante, todos estemos con El. Todos iguales: el griego que el romano, el Señor que el esclavo. Unidos todos a El y a los demás por el amor.  

Que cada día sirva para ir poniendo de moda el amor. Que amándonos  coma El nos amó, es decir, con nuestros fallos, con nuestras diferencias, no por lo que somos, sino a pesar de lo que somos, logremos que ese Mandamiento Nuevo sea menos nuevo cada vez, si queremos tener un mundo nuevo.

 

 

Sigamos reflexionando

 

Algo que vale la pena: el grupo

Es una lástima que muchos no hayan captado todavía la maravilla de estar integrados en un Grupo de Cristiandad.

Es una lástima que muchos no hayan hecho nunca Reunión de Gru­po o que la hayan abandonado: la Reunión de Grupo es algo así como el billete de lobería que se compra para, algún día, tener la dicha de sacarse el “gordo”, que es un Grupo de Cristiandad.

Es una lástima que las Reuniones cansen -y con razón a no po­cos-, porque se reúnen, pero no se unen. Tal vez siguen creyendo que “compartir” significa simplemente “contarse las cosas”, cuando “compartir” es “participar”, “tomar parte con”, “hacer partícipe de”, “de­partir” y hasta “repartir”. Compartir lo que se es, lo que se hace, lo que se cuenta hacer y hasta lo que se tiene, porque, donde se da una auténtica comunidad humana. y cristiana, suele darse también una pro­gresiva comunidad de bienes.

Es una lástima que los Grupos no sean siempre una auténtica comunidad cristiana, animada por un auténtico amor, que desemboque en servicio, en ayuda mutua, en comunicación de toda clase de bienes, materiales y sobrenaturales.

Es una lástima que las Reuniones no sólo no se lleven al terreno de lo trascendente, sino que aburran por intrascendentes.  

Y sobretodo, es una lástima que algunos tachen de ineficaz –y re­chacen y menosprecien- algo que nunca han conocido. Porque invariablemente quienes “abandonan” -creen ellos- su Grupo, son los que nunca lo han tenido de veras. Quienes lo han tenido, no pueden vivir sin él. Aquellos confundieron la “Reunión de Grupo” -en la Ultreya o en el atrio de una iglesia- con la verdadera Reunión de Grupo, que sólo es posible en el seno de un auténtico Grupo de Cristiandad, la cual no puede conseguirse en la primera Ultreya ni quizá en la décima m en la centésima, sino que es fruto de largos esfuerzos, búsquedas y plega­rias. Para muchos la Reunión de Grupo -la de veras- es todavía ALGO A CONSEGUIR... Pero vale la pena.  

Quisiera en estos momentos, ser verdaderamente santo para poder hablar “con autoridad”. Puesto que no lo soy, ruego que mis palabras se tomen como una simple muestra de cariño, sin afán de reprender ni de dogmatizar.

Es una lastima que haya divisiones entre nosotros. Y es una lástima porque, según nos dijo el Señor, por la unión de los cristianos creará el mundo que Cristo es el enviado. Unirnos es hacemos uno, y dividir­nos es hacemos dos; pero Dios es uno solo.

Quiero decir que Cristo nos enseña que su unión con el Padre y con el Espíritu Santo los hace uno, aunque dentro de la unidad de natu­raleza, siguen siendo tres personas distintas. Quiero decir que unir no es uniformar, sino unificar lo distinto: unidad en la diversidad no sin la uniformidad.           

El que nos pide permanecer unidos, es el mismo que nos creó distintos, y que nos necesita distintos. Nuestro afán de uniformar a las personas es consecuencia de nuestra propia pequeñez. El infinitamente grande y poderoso, hizo las cosas distintas, sin repetirse nunca; si nuestras huellas digitales son distintas en cada persona, cuanto más importante es que también sean distintas las huellas que, a su paso por la vida, vaya dejando cada uno.

Se trata de una tentación que es vieja. A la Comunidad de Corinto le dice San Pablo: “Os ruego que digáis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros escisiones, sino que seáis consumados en un mismo pensamiento y un mismo sentir” (1Co 1,10).

Y el problema también es viejo. ¿Recordáis? “Cada cual de nosotros dice: Yo soy de Pablo; yo soy de Apolo; yo de Cefas; yo de Cristo. ¿Está dividido Cristo? ¿Por ventura fue Pablo crucificado par voso­tros?” (1Co 12,12). “¿Qué es, pues, Apolo? ¿Y qué, Pablo? Ministros, por cuyo medio creísteis. Yo planté; Apolo regó; pero quien dio el crecimiento fue Dios. Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento: El que, planta, y el que riega son iguales cada uno recibirá su recompensa conforme a su trabajo. Porque nosotros sólo somos cooperadores de Dios, y vosotros de Dios sois la­branza; de Dios edificación” (1Co 3, 5-9).

 

El porqué de las divisiones.

Más tristes todavía son las causas de estas divisiones. En algunos casos son simples niñerías. Resentimientos por discrepancias sin im­portancia. Por diversidad de opiniones.

Recuerdo que, en el III Encuentro Mundial de Dirigentes de C había un traductor que se había alejado, por muchos años, de Dios y de la Iglesia, quien sabe si también por tonterías. Nuestro Encuentro lo ha hecho regresar. Decía el: “Yo he servido de traductor en centena­res de convenciones y conferencias; pera sólo aquí he visto que perso­nas con opiniones tan diversas se digan claramente las cosas, y aun lle­guen a ofuscarse y, sin embargo, al salir del salón, se abracen y son­rían. Se adivinaba en ellos que se amaban, y estaban unidos por algo -por Alguien- mucho más importante que cualquier diferencia.” Me pregunto si este traductor hubiera encontrado al Señor, de no haber visto el testimonio de nuestra unidad en la diversidad.

Otras causas hay mucho más serias. Si no dieran tristeza..., tendrían que darnos risa. Porque es a la vez cómico y triste que, en nombre de la justicia, se falte a la caridad. Porque es cómico y triste que quienes vociferan en favor de la libertad, condenen a su hermano, porque no piensa como ellos o porque milita en un bando político contrario. Es cómico y triste que quienes buscan la liberación, no puedan liberarse a sí mismos de sus propios prejuicios y rencores. Yo creo que la justi­cia se busca practicándola.

Y a los justos les diría todavía alga más: que la justicia es esencial al cristianismo, porque es el mínimum de caridad a que está obligado el hambre. Pero la justicia no es todo el cristianismo La cristiano es el amor que trasciende de la justicia. Como le decía una vez a un amigo a quien quiero mucho: ¿Tú exiges justicia? Haces bien. ¿Quieres regir tu vida por la justicia? ¡Estupendo! Porque se te hará justicia. Sólo que el último día, cuando se te haga justicia..., ni pidas misericordia. Quien se rige Por la justicia sola, tendrá un juez Justo..., y se le hará justicia. Quien busca en la misericordia la perfección de la justicia, tendrá un juez misericordioso. No hemos aprendido todavía a perdonar, aunque recemos diariamente el Padrenuestro.

Nos sentimos superiores a los demás. Después de todo, sólo los superiores y poderosos tienen poder de perdonar. Pero el más poderoso de todos no condena, sino que perdona. Los que acusan están de pie arro­gantes, las frentes en alto, vociferando. Cristo está agachado, mirando al suelo. Ha tomado la misma postura que la adúltera, porque ha to­mado su lugar. Sólo  escribe algo en el suelo, como quien toma nota, y luego advierte: “El que esté sin pecado, que lance la primera piedra” “¿Por qué ves la brizna, en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga en el tuyo?

Digo esto porque se ha generalizado un espíritu crítico. Parece como si quisiéramos estar alertados ante los fallos y culpas posibles de nuestros hermanos. Todo el mundo pasa ante nuestro particular tribunal de justicia y, como las mujeres del vía Crucis, nos lamentamos de los pecados ajenos, sin parar mientes en los nuestros. Y esto también es historia vieja: “Dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban mu­cho en sí mismos, teniéndose por justos, y despreciaban a los demás. Dos hombres subieron al templo a orar: el uno fariseo, y otro publicano: El fariseo, en pie; oraba para sí de esta manera: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni como este publicano. Y el publicano se quedó allá lejos, y ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, y hería su pecho diciendo: ¡Oh Dios, compadécete de mí que soy un pobre pecador! Os digo que este bajó justificado a su casa, y no aquel” (Lc 18, 9-14).  

No hemos aprendido todavía a pensar y a sentir como Jesús. Creo que, a veces, nos sucede que nos ha deslumbrado tanto su persona, que se nos olvida que esta persona tiene también una doctrina y una escala de valores y un modo de ser y de actuar. Hemos aceptado a Cristo, pero no todo lo que viene de Él. Le llamamos camino pero no le seguimos. Le llamamos verdad pero no le creemos. Le llamamos vida, pero no le imitamos. “Si algún día os desconozco no os extrañéis».

En la “Hoja de Compromiso” copiamos: a veces aquel parrafito del Eclesiastés: “¡Ay de aquel que cae y no tiene quien le levante!” Nos quedamos cortos: “¡Ay de aquel que cae, porque habrá muchos que le acabarán de hundir!”. Hacemos leña del árbol caído; enterramos, pisoteamos y condenamos a quien Cristo resucitó. No me extraña que Cris­to se ausente a veces de nuestras reuniones. Seguramente andará bus­cando la oveja perdida, dejando solas a las otras noventa y nueve que están muy satisfechas de sentirse en su redil. Porque ellas son las que se portan bien, las dóciles, las blancas, las sanas. ¡Sólo que Cristo vino a sal­var lo que había perecido!

 

“Nos preocupa” el Movimiento

Lo triste es que, en el fondo, lo que más nos preocupa es el prestigio del Movimiento de C. Nos preocupa más el Movimiento, que las personas que lo forman. “Hay que salvar al Movimiento aunque, para lograrlo, tengamos que condenar o excomulgar a las personas”. Si alguien falla, si alguien cae, si alguien escandaliza, quisiéramos verle ale­jado del Movimiento, de las Ultreyas, de nuestras Reuniones, sin tener en cuenta que nuestras reuniones no son para los santos; son para los que quieren serlo, aunque no siempre quieran. En las Ultreyas faltan muchas personas que debieran estar, si los que estamos, fuésemos más santos.

 

A Cristo no le interesa particularmente el Movimiento de C.

Le interesan las personas, los hombres. Cada persona en concreto. Por ellos murió, no por los C. No “nos preocupemos” por el Movi­miento. A los C los prestigia Cristo.

Y digo que nos preocupa más el Movimiento que las personas, por­que los pecados del mundo no nos escandalizan, ni nos preocupan. Los pecados de las personas del servicio, de los compañeros de trabajo, de los amigos, pasan desapercibidos. Sólo el pecado de los Cursillistas nos aterroriza y escandaliza. Eso, francamente, no lo perdonamos. Muy poco importa si Cristo ya lo perdonó. Preguntémosle otra vez: -Señor, ¿cuan­tas veces debo perdonar? ¿Una, dos, tres, siete veces? Creo que la res­puesta sigue siendo: “setenta veces siete”.

Yo quisiera ver nuestras Ultreyas llenas de todos esos que llamamos “pecadores”. Porque somos pecadores, vivimos en un mundo que se halla en situación de pecado, rodeados por todas partes de pecado. ¿Có­mo pensamos transformar en cristiano una sociedad si nos atemoriza un pecador?

Esta tentación de querer hacer de lo nuestro un Club exclusivo para santos, es muy vieja. Por eso propuso el Señor esta otra parábola: “Es semejante el Reino de Dios a uno que sembró en un campo semilla buena. Pero mientras su gente dormía (y debemos reconocer que so­mos muchos los que nos dormimos), vino el enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando creció la hierba y produjo froto enton­ces apareció también la cizaña. Acercándose los criados al patrón le dije­ron: -Señor, ¿no has sembrado semilla buena en tu campo? ¿De dón­de viene, pues, que haya cizaña...? ¿Quieres que vayamos y la arranque­mos? Y les dijo:

-No, no sea que, al querer arrancar la cizaña, arran­quéis con ella el trigo. Dejadlo crecer conjuntamente hasta la siega”. (Mt 13, 24-30). Me temo que no hayamos seguido el consejo. Mucho tri­go se ha perdido por andar arrancando cizaña, por meternos a segadores, siendo así que Él… sólo nos mandó sembrar. Y lo que es más grave: es un trigo que ya nadie podrá resembrar. ¡Y es trigo de Dios!

Pienso que el pecado de Adán fue un pecado de desobediencia. No aguantó la ley de Dios. También hoy nos resulta muy, difícil soportarla. Pero no fue este el primer pecado ni el más grave. Porque hubo antes uno mucho mayor -el de los ángeles- que fue pecado de orgullo, y que debe haber sido mayor, puesto que a Adán Dios sólo le sacó del Paraíso, y a los ángeles les precipitó en el infierno.

Cuidémonos del orgullo. Del orgullo de creemos mejores que los demás. Del orgullo de pensar que lo que yo pienso, es la única verdad; lo que yo hago, es lo mejor, que todos deben pensar como yo pienso, y hacer lo que yo hago. A cada uno pide el Señor algo distinto, y aquel poquito que para sus pequeños será suficiente en orden a ganar la vida eterna, puede que para ti sea pecado de omisión, ya que estabas llamado a mucho más. ¡Tú que te sientes a nivel de los ángeles..., tiembla! ¡Tú que te crees santo, tiembla porque es señal inequívoca de que no lo eres!

 

¡Cuidado a los cambios únicos!

Hay dos cositas más, que quiera sólo esbozar, porque creo que pueden hacer mucho daño entre nosotros. Hoy se habla mucho de so­cialismo como una opción socio-política para los cristianos. Y, eviden­temente también para los no cristianos. Y creo que plantear eso esta bien. No debe escandalizarnos. El cristianismo es luz y puede iluminarlo todo. El cristianismo es sal y esta llamado a dar sabor a toda actividad humana.

Debemos recordar, sin embargo, que está es una OPCIÓN y sólo eso. Que no podríamos señalarlo como camino único, sin afirmar también que todos los santos y cristianos auténticos que han pasado por la historia, resulta ahora que no fueron tales santos ni cristianos porque no fueron socialistas. Toda actitud que intente identificar el cristianis­mo con el socialismo o con el capitalismo o con cualquier otro sistema socio-político, es una actitud retrógrada y contraria a los criterios de la Iglesia de hoy. Es retrógrada toda actitud que lleve a identificar la Igle­sia con cualquier sistema u orden concreto establecido, en un momento en que la Iglesia trata precisamente de romper las ataduras que más o menos le ligaban estos sistemas y poderes.

Hoy se espera de la Iglesia que opine, que apruebe, que rechace, que emita un juicio de valor que venga a iluminar, desde el ángulo del Evangelio, la problemática de hoy, del hombre integral, con todo lo que es, con todo lo que maneja, con todo lo que lo manipula. El papel de la Iglesia se ve claro en este pasaje del Evangelio: “Le dijo uno de la mu­chedumbre: -Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la heren­cia. Él les respondió: -¿Pero, quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros?”.

No es una actitud evasiva la de Cristo. Afirma que no le compete descender a la aplicación práctica de un principio, sino solamente ex­poner los postulados desde los cuales el hombre, en uso legitimo de su libertad, resuelva su problema.

Y así lo hace: «Mirad de guardaros de toda avaricia, porque, aunque se tenga mucho, no está la Vida en la hacienda”.

Que el Magisterio, pues, nos de las pistas generales de orientación, y que cada uno siga los dictados de su conciencia, sin canonizar su posición, sin anatematizar otras opciones. Creemos que hoy, igual que hace dos mil años, pueden seguir a Cristo el Zelotas, guerrillero, y Mateo romanófilo, Tomás el intelectual y Pedro el arrebatado, Santiago el agresivo, y Juan hecho de delicadeza y sentimiento.

A nuestros sacerdotes quisiéramos pedirles un favor: son los depositarios de un tesoro de doctrina. Estudiaron años enteros y tienen mucho que comunicar. ¿Por qué en lugar de comunicar la Verdad y la Esperanza, se entretienen en comunicar sus dudas e incertidumbres sus frustraciones y temores? ¿Por qué dar más importancia a la opinión que a la doctrina? ¿Por qué presentar lo debatible en circunstancias donde no es permitido el debate? No nos cerramos a lo nuevo. No queremos instalarnos en la seguridad. Nos gusta la búsqueda. Quere­mos estar al día con la Iglesia de hoy y de aquí. No queremos la de ayer, que ya no es, ni podemos vivir hoy la de mañana. Sólo pedimos a nues­tros sacerdotes que nos presenten sus creencias, no sus dudas. Lo que saben o lo que creen, no sus interrogantes. Razones, no opiniones; he­chos, no teorías. Y quisiéramos también pedirles que se pusieran de acuerdo. Aceptamos lo distinto, pera no podemos aceptar lo contra­dictorio.

Juzgue cada uno cual ha sido su trayectoria en el proceso de su  conversión: si ha querida encontrar en Cristo a un padre bueno, o a un cómplice ingenuo. Si ha buscado en Cristo sólo la paz y no el compromiso; si quiere un Cristo sin cruz que es... querer imposibles; si ha hecho de Cristo un justificante de sus caprichos; si ha reducido el Evangelio a la medida de su propia pequeñez; si ha buscado en la Iglesia o en C una manera de ser servido y no una oportunidad para servir; si busca en las Ultreyas algo que le entretenga o emocione... Piensa que si, como dice Rahner, todo cristiano es apóstol en la medida en que es cristiano, si no has sabido ser apóstol, será porque no has sabido ser cristiano. Pregúntate que piensa Cristo de ti, que piensas tanto en los demás.

 

A los treinta años de Cursillos

A través de los años y las singladuras por donde el Señor ha querido llevarnos, hemos podido apreciar las maravillas que esta realizando en el mundo, a través de este instrumento providencial de los C. Nos entusiasma ver cómo el Movimiento se renueva y se va poniendo a la vanguardia de la Iglesia, en su teología, en su metodología, en sus realizaciones. Es un Movimiento joven y vigoroso, con sólo treinta años de vida. Se nos llena la boca hablando del Movimiento de C. De sus santos de sus realizaciones, de sus luchas.

Yo soy un enamorado de C. No sólo par lo que el Señor, por este medio ha hecho en mi, sino también por lo que ha hecho y signe hacienda en su Iglesia, en cada uno de nosotros. Yo he dicho muchas veces que, si hubiese sido necesario dar treinta C para que uno sólo de nosotros se convirtiera,  valía la pena darlos. Para que un sólo matri­monio se reconstruyera, para que un sólo alcohólico o drogadicto se reformara, para que una sola empresa fuese más justa, para que una sola voz se alzara reclamando justicia, para que un solo oprimido se liberase, valía la pena dar un C.

Pero el Señor que paga el ciento por uno, nos colma de bienes. ¿Cómo medir el mal que pudo hacerse, y no se hace? ¿Cómo medir la alegría de un hijo, que ha vuelto a tener padre? ¿Cómo medir la ale­gría en el cielo por nuestros santos que ya están en el cielo? ¿Cómo se mide la vida cristiana de cada uno?  

Yo creo que Cristo y la Virgen estad, hoy también de fiesta. Porque cada uno de nosotros costó toda la sangre del Señor nuestra sed de ser santos es una transfusión de sangre y de alegría para Cristo. Pero creo, sobre todo, que lo que le llena de alegría es saber que nos brota del fondo del corazón la frase tantas veces repetida: “Cristo cuenta con nosotros” Yo le pondría a la frase una coma, para decirle al Señor: “¡Cristo, cuenta con nosotros! “

 

De cómo lo mejor es enemigo de lo bueno

 

-Y mientras no hagamos esto, no estamos haciendo nada, dijo el Padre. Con esto terminó su intervención en una Ultreya, que nunca ol­vidaremos.

Aquella noche Enrique no pudo dormir. -Realmente soy un egoís­ta-, se decía. ¡Te debo tanto, Señor! Mi hogar... ¡Que diferencia! se respira tu presencia y tu paz. Mis amigos no hablan sino de Ti. El taller mismo es otra cosa. Y todo esto en tan poco tiempo; que a mí mis­mo me parece mentira. Gracias, Señor, perdona mi aburguesamiento. Te prometo que, a partir de mañana, todo será distinto. Aunque no soy sino un pobre mecánico, tiene que haber alguna manera de servirte en mi prójimo.

Y, efectivamente a la mañana siguiente, muy temprano Enrique fue donde su párroco: -Padre, le dijo, yo no soy instruido; pero quisiera poder servirle a mi Señor. Y he pensado que quizá podría ayudar en el Catecismo con los niños.       

Aquello fue como pegarle un sombrerazo a un loro. El Padre se puso lívido de cólera: -¡Niños... niños y viejas! Es todo lo que se oye en esta iglesia. ¿De qué sirve enseñarle catecismo a los niños si, al volver a sus casas e mal ejemplo de sus padres destruye todo lo lo­grado? El papá, borracho y la mama en la calle  haciendo quien sabe qué. ¡Pero esto se acabó! De hora en adelante, en esta parroquia no se da catecismo a los niños, si los papas no asisten también a los Cursos. ¡Esta es la nueva consigna!

-Realmente el Padre tiene razón, se dijo Enrique. ¡Qué bueno que la Iglesia esté reajustando sus sistemas a la realidad en que vivimos! Los tiempos nuevos reclaman nuevas fórmulas. No podemos seguir ca­nonizando el pasado...

En la Escuela de Dirigentes, Enrique descubrió muy pronto que no se debe menospreciar el pasado: -Hay en toda la Iglesia un regreso a !as fuentes. Y a los métodos de la primera Comunidad Apostólica. Hoy comprendemos que es absurdo catequizar a los no convertidos. Pri­mero hay que ser la proclamación del kerygma, y luego la enseñanza, Antiguamente se bautizaba a los convertidos; hoy tenemos que convertir a los bautizados. Este Chale Mántica sí que sabe como es la casa, terminó diciendo Enrique. ¡Si hasta habla como un cura!

Quince días después. Enrique se matriculó en el Centra de Estudios pastorales, para prepararse debidamente. La primera charla fue sobre Pre-Evangelización: “No podemos hablarle de Cristo a un pueblo con el estómago vacío, empezó diciendo el maestro... “porque tuve ham­bre, y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estu­ve desnudo, y no me vestisteis...”

Enrique seguía oyendo pero no escuchaba. Las palabras del Se­ñor martilleaban acusadamente su corazón, lleno de amor, y se sin­tió invadido de vergüenza y de una profunda tristeza: “¡Cómo pueden creer en el amor de Dios, se repetía, si los propios discípulos no nos preocupamos de las necesidades más elementales de los hermanos! Obras son amores y no buenas razones. ¡Ha llegado la hora de la acción!

En el barrio de “El Chorizo” todos queríamos a Enrique. Solo llevaba dos meses de haber llegado con aquella su sonrisa de ángel y aquellos ojos limpios, aunque cada vez más tristes, y ya todos lo amábamos. Es cierto que no era mucho lo que nos traía: cuatro medicinas y algunos frijoles, y... ¡alegría!

Un día Enrique comprendió su grave error: “Dales un pescado y comerán un día, -le había explicado el líder- enséñales a pescar y comerán todos los días”. ¡Cuanto tiempo, y cuanto daño hemos hecho! comprendió Enrique. Hemos estado fabricando vagos. El Padre José tiene razón: mientras ellos tratan de convertirlos en los artífices de su propio destino, de enseñarles a bastarse a sí mismos yo he venido con un paternalismo a ultranza a obstaculizar su labor. La Iglesia. Misma lo ha comprendido. Ya Cáritas no regala alimentos, sino herramientas y maquinaria, El pueblo está cansado de limosnas que no agradece, y que son un insulto a su propia dignidad de personas. “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”.

Y pasaron los meses. A Enrique lo “corrieron” del barrio los mismos cristianos. “No se deben tolerar los desarrollistas que, ayudados par el imperialismo yanqui, vengan con sus Paños tibios a retrasar y obstaculizar el proceso de liberación de un pueblo que, gracias a una Pastoral de Concientización no acepta ya soluciones parciales. La hora de América Latina ha sonado. ¡Liberación o muerte!

La Ultreya de anoche estuvo muy buena. Esta vez el Padre si que habló claro contra los quietistas. Lástima que el pobre Enrique no lo oyera. Debe estar enfermo. Hace días que no lo veo por la Ultreya.

¡Qué lástima que esto no sea sólo un cuento!

 

Las gentes de mi ultreya

Elida es psicóloga, y tiene ojos azules. Mi comadre es prieta; cocina para otros. Lorena es arquitecto y canta.

La Maria de los Guises vende verdura en el mercado; todas son iguales.

Bayardo es maestro mecánico: doscientas treinta libras de sólida ternura. Ya no queda nada en sus ojos, que delate viejas cicatrices. En Venezuela no podían creer que nunca terminó Enseñanza Primarla. Bayardo es una de las maneras, que tiene Dios, de dar la paz.

Pinita, Flori, La Negra, Ileana, Nélida, La Coco, cantan canciones entre vivencia y vivencia. Las llamamos “Las Chicharras”. ¡Por ellas sabe la noche que Cristo ha resucitado!

Juan José es campesino. Su hija menor le enseña a leer: los dos usan la Biblia como texto. A Juan José no le gustó Roma ni Paris, porque la gente le pareció muy desdichada y corrompida. Juan José ora todos los días por mí. Dios lo escucha.

Los “hijos del trueno” son tres: el mayor es carpintero, y se llama José, El segundo es José Armando. El tercero, Felipe. Entre los tres miden seis metros de ancho. Llevan sobre sus hombros una multitud. Son inofensivos cuando callan. Pero sus sonrisas levantan ampollas.

Urania tiene una guitarra. Como todo lo suyo, está al servido del Señor. Tiene una guitarra, pero no sabe tocarla. No sabe un solo signo. En la misa “rasca” con entusiasmo sus cuerdas sueltas, mientras eleva su cabeza maya, en oración de alabanza a su Señor. Urania tiene una guitarra que desafina terriblemente con las guitarras de los jóvenes, ex drogadictos, que vinieron, vienen... y se quedaron. Algunos visitantes la miran con disgusto, de reojo, y se preguntan como es posible que, entre quinientas personas nadie sea capaz de decide que se calle. No comprenden que, siendo de Ucrania, no puede su guitarra guardar silencio en la alabanza. ¡Gritarían las piedras!

Jorge es Militar. Enrique es comerciante.  Anita es enfermera.

Alfredo es médico.  María es verdulera.  Mercho es chofer.

¡Jesús… es el Señor!

publicado por mccsanmartin a las 12:04 · 5 Comentarios  ·  Recomendar
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Comentarios (5) ·  Enviar comentario
Queridos hermano, les comento que me gusto mucho lo instructivo de esta pagina y quisiera saber si es posible, me pueden mandar mas de sondeo y estoque, que realmente no lo tengo muy claro. De ser así, se agradece en nombre de nuestro señor Jesucristo. Raul Enrique Ponce cc 55 de la plata
publicado por raul enrique ponce, el 21.05.2012 00:08
TODA LA LITERATURA DE CURSILLOS ES MUY VALIOSA, LOS FELICITO POR PUBLICAR TANTA INFORMACIÒN, ESTO NOS AYUDA PARA MEJORAR NUESTROS CONOCIMIENTOS, SÒLO QUE EN ALGUNAS OCACIONES NO PODEMOS BAJAR LA INFORMACIÒN POR ESTAR BLOQUEADA. SOY DE PANAMA, DE LA ESCUELA DE DIRIGENTES DE LA DIOCESIS DE CHITRÉ. QUE DIOS LOS BENDIGA. SALUDOS.
publicado por Elias Rodriguez, el 27.10.2012 19:14
GRACIAS POR TAN VALIOSO APORTE, ME GUSTARIA SI ES POSIBLE TENER EL LIBRO MISMO, VIVO EN JINOTEGA-NICARAGUA Y QUISIERA TENER CONTACTO CON EL AUTOR, DON CHALE. SI ME PUEDEN AYUDAR FAVOR ESCRIBIRME A:
jairolaguna@gmail.com
publicado por Jairo Laguna, el 04.07.2013 16:09
Muy bien excelente !
publicado por Lucio Mendieta, el 20.10.2013 17:26
Vivo en Lima Perú Hace muchos años asistí a un cursillo y me alegra mucho encontrarme con una página que es de bastante utilidad aparte de hacerme recordar mi cursillo me lleva a reflexionar sobre lo que estoy haciendo ya que soy un agente pastoral en mi parroquia es una pena que no se puedan leer los rollos porque creo que siempre necesitamos de ellos pues es como hacer una revisión o limpieza interior de nuestro ser, los felicito y a la vez agradezco a Dios por haberles inspirado a crear esta pagina.
publicado por Gloria Doris Carreño Romero, el 14.06.2014 13:37
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1 Comentario: carlos Rodriguez
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